Barrio marginal, Yokohama: Las personas sin techo y las prestaciones sociales en Japón

Sociedad

Varias importantes ciudades japonesas tienen un barrio pobre conocido como doya-gai. La palabra doya es una respetable jerga callejera japonesa. Es la palabra yado (posada) al revés, y significa alojamiento barato. El equivalente en español sería “barrio marginal”; y en ambos casos estamos hablando de un barrio pobre habitado casi exclusivamente por hombres. Los más famosos en Japón son Kamagasaki, en Osaka, San’ya en Tokio, y Kotobuki en Yokohama.

El doya más barato de Osaka, el doya-gai de Kamagasaki, donde uno puede alojarse todavía por menos de mil yenes la noche.

Los doya-gai representan un cierto refugio como última opción para hombres con problemas. Tal vez se han quedado sin empleo, o su matrimonio se ha roto, o han perdido su casa por no poder pagar el alquier, o han salido de prisión sin tener a dónde ir. En ese caso, todavía pueden acudir a los doya-gai, donde pueden alquilar una habitación barata sin tener que aportar ninguna prueba de su identidad, ni depósito ni dinero para las llaves, ni avalista, todas esas cosas con las que tendrían dificultades. Antes incluso podían encontrar un empleo, mal pagado, pero que les daba para comer, beber y pagar el alquiler de la habitación.

Muchos japoneses apenas son conscientes de la existencia de los doya-gai. Y los que los conocen, los consideran sinónimo de lo más bajo de la sociedad. Baladas humanísticas de la década de los años 60 del siglo pasado hablan de ellos, como San’ya Blues de Okabayashi Nobuyasu, o Kamagasaki Ninjō (La humanidad de Kamagasaki) de Mitsune Eiji.

Supervivencia en el Kotobuki post-burbuja

Kotobuki, mi doya-gai local, está encajado entre construcciones de lujo en el corazón de Yokohama. Está cerca del estadio de béisbol de los Yokohama DeNa Baystars, del moderno distrito de compras Motomachi y del barrio chino. De hecho, además de ser un doya-gai, Kotobuki es también en cierto modo un barrio coreano, puesto que la mayoría de los doya están regentados por coreanos. Sin embargo, se ven pocas señales de ello cuando paseas por la zona.

Foto izquierda: Escuchando un sermón cristiano en una calle de Kotobuki. Si lo escuchas hasta el final, puedes conseguir un ágape gratis. Esto se denomina āmen de rāmen (decir amén para conseguir un cuenco de fideos). Derecha: hombres haciendo cola para que voluntarios les repartan comida en Kotobuki.

Llevo unos veinte años estudiando Kotobuki y otros doya-gai, y durante este tiempo he observado que han sufrido una radical transformación de centros obreros a centros de beneficencia.

En 1993, cuando llegué por primera vez a Kotobuki, la mayoría de los hombres que vivían allí eran jornaleros. Cada día se levantaban muy temprano, a las cuatro o a las cinco de la mañana, para intentar encontrar trabajo para ese día. Hay un mercado de trabajo en Kotobuki denominado yoseba, o lugar de encuentro, donde la mayoría de los contratistas tienen vínculos con las bandas yakuza locales. También hay dos espacios para intercambios laborales públicos, uno gestionado por el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar y otro por el gobierno local.

A mediados de la década de los 90 del siglo pasado, la vida para los jornaleros era muy dura. El estallido de la burbuja económica al principo de la década hizo desplomar la demanda de mano de obra temporal. La mayoría de empleos para los jornaleros eran en la industria de la construcción, que en Japón está organizada mediante una complicada pirámide de contratistas, subcontratistas y sub-subcontratistas. Los jornaleros están en la base de la pirámide, y se contrata más personal cuando una obra está especialmente concurrida. Por ello, cuando se rompió el fondo del mercado inmobiliario japonés, el efecto sobre los doya-gai fue devastador. A lo largo de la década de los 90, la lucha diaria por conseguir trabajo se intensificó. Los hombres se pasaban horas haciendo cola frente a los centros de contratación temporal antes de su apertura a las 6:15, intentando conseguir un buen lugar entre la aglomeración que se producía en el momento en que las persianas metálicas empezaban a subir.

Hacia el final de la década, habían tan pocos empleos que la mayoría de hombres habían abandonado la lucha y en los centros de contratación reinaba una inquietante tranquilidad.

Cada vez más hombres se veían incapaces de pagar el alquiler de las habitaciones de los doya, y pasaron a ser personas sin techo. Había docenas de hombres durmiendo por todo Kotobuki y cientos más en las calles circundantes, en la estación de Kannai, o en las inmediaciones del estadio de béisbol.

Leyes para ayudar a las personas sin techo

Hamakaze, el centro de acogida público para personas sin techo en Kotobuki.

En la actualidad hay un número inferior de personas sin techo viviendo en las calles de Yokohama. Esto es parte de una tendencia a nivel nacional: la población sin techo oficial de Japón ha disminuido de 25.296 personas en 2003 a 7.508 en 2014. Esta mejora se debe en parte a la aplicación de la Ley de Apoyo a la Autosuficiencia de las Personas Sin Techo de 2002, que tenía un límite de diez años pero que fue ampliada a cinco años más en 2012. Con esta ley de ámbito estatal, los gobiernos locales y el gobierno nacional comparten el coste de la construcción de una red de centros de acogida municipales para personas sin techo creadas para sacar a las personas de la calle y ayudarlas a volver a tener casa y empleo.

Uno de estos lugares es Hamakaze, el único centro de acogida permanente para personas sin techo especialmente construído para este fin en Japón, justo en el centro de Kotobuki. Se trata de un edificio blanco de siete plantas equipado con 250 camas, 230 para hombres y 20 para mujeres en una planta aparte, en habitaciones compartidas con cuatro a ocho camas cada una. El tiempo máximo de estancia es un mes en las plantas inferiores y seis meses en la planta superior, que está reservada para las personas que tienen trabajo y están ahorrando para poder mudarse a su propio hogar. Se permiten varios periodos de residencia, aunque es necesario esperar al menos un mes antes de solicitar la readmisión en las plantas más bajas. Esto ha hecho que algunos hombres acaben desarrollando un estilo de vida cíclico, alternando un mes en Hamakaze y un mes en las calles. 

Dentro de la tienda de atención de la campaña de supervivencia invernal de Kotobuki en 2013. El autor está en el extremo izquierdo.

Pero hay otro mayor motivo por el que las estadísticas de las personas sin techo son más positivas en la actualidad, y es el gran aumento de receptores de protección social (seikatsu hogo), la principal red japonesa de ayudas benéficas. Esta protección está diseñada para cumplir con la promesa consagrada en el Artículo 25 de la Constitución japonesa, de “unos estándares mínimos de vida saludable y culta” para todos los ciudadanos. En el pasado ocurría que a los hombres de los doya-gai se les negaba a menudo la protección social por no disponer de una dirección permanente. Esta política, que no está especificada en la Ley de Protección Social sino que fue inventada por los representantes locales, hizo que irónicamente las personas que más necesitaban las ayudas no pudiesen ni tan siquiera solicitarlas.

Después de una intensa campaña llevada a cabo por el sindicato de jornaleros de Kotobuki, el requisito de disponer de una dirección permanente como condición previa para optar a las prestaciones sociales fue eliminado a mediados de los años 90. A raíz de ello, el número de receptores de las ayudas aumentó de forma significativa. Kotobuki tiene una población residente en doya de unas 6.500 personas. Hace veinte años, en su mayoría eran jornaleros, pero hoy más del 80 % viven de las prestaciones sociales.

Generosas prestaciones que pueden sufrir recortes

En términos globales, la prestación social es un sistema de ayudas benéficas generoso. Proporciona cerca de 80.000 yenes al mes, más un alquiler cercano a los 50.000 yenes y atención médica y dental gratuitas. Los hombres que utilizan el dinero con prudencia pueden tener techo y comida. No hay duda de que los doya-gai se han convertido en un entorno social más humano desde los tiempos en que los jornaleros eran tratados como “mano de obra desechable” que era utilizada cuando convenía y luego era abandonada para morir en las calles cuando esas personas ya eran demasiado ancianas o demasiado débiles para trabajar.

Pero esto no puede durar eternamente. Las cinco mil personas que en Kotobuki utilizan las protección social no son más que la punta de un gran iceberg. Desde su tasa más baja en 1995, con 882.000 personas, el número de receptores de estas ayudas en todo Japón ha ido aumentando año tras año, alcanzando los 2,15 millones en junio de 2014. Al mismo tiempo, la deuda nacional ya ha sobrepasado los mil billones de yenes y, localmente, la ciudad de Yokohama tiene también un grave problema de deuda pública. Tarde o temprano, estas dos tendencias van a obligar a una reducción de las ayudas. De hecho, justo el año pasado el Gobierno puso en práctica una serie de recortes en la protección social que redujo los pagos en un 10 %.

Pero por ahora, la envejecida población de Kotobuki está siendo bastante bien cuidada. Han surgido centros de atención entre los doya, y los receptores más ancianos de las ayudas reciben atención médica en sus habitaciones, se les sirve comida y se les lleva a centros de atención de día en silla de ruedas si es necesario. Es impresionante ver el nivel de atención que se proporciona aquí a los más desfavorecidos en una importante ciudad japonesa.

(Escrito el 10 de noviembre de 2014)

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