La historia de dos ganaderos de Fukushima
Cinco años después del desastre

Yamada Toshihiro [Perfil]

[22.03.2016] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS |

El día del cierre

Es 3 de diciembre de 2015. El matrimonio de ganaderos Sanpei Toshinori (60 años) y Sanpei Keiko (57 años), residentes de la ciudad de Motomiya en la prefectura de Fukushima, observan cómo se van vendiendo, una tras otra, las vacas de su establo.

La venta de las vacas empezó a las 10 de la mañana y ha reunido a unos cincuenta ganaderos. Los asistentes van alzando la mano para quedarse con las vacas que les interesan de las cuarenta y nueve que han puesto a la venta los Sanpei. El precio de cada ejemplar se fijó mediante una valoración realizada previamente por expertos del sindicato y un veterinario. Las vacas más caras tienen hasta cuarenta compradores interesados; en esos casos la venta se asigna por sorteo.

La venta termina en unas horas. “Al ver cómo las vacas se vendían y se las llevaban en el camión, me acordé de cinco años atrás, cuando nos evacuaron de casa y nos llevamos a las vacas con nosotros. Es muy duro, la verdad”, explica Keiko, la esposa. Y añade: “Durante estos cinco años he estado absorta en sobrevivir. Tal vez por eso no me había dado cuenta de la realidad hasta ahora; hoy por primera vez me invade la sensación de haber perdido algo muy importante”.

Hoy este matrimonio que ha consagrado cuarenta años de su vida a la ganadería cierra el negocio.

Una granja a 25 kilómetros de Fukushima Daiichi

El 11 de marzo de 2016 se cumplieron cinco años desde el Gran Terremoto del Este de Japón. Cinco años antes la central nuclear Fukushima Daiichi, gestionada por TEPCO, fue engullida por un tsunami y sufrió un apagón eléctrico que acabó provocando un accidente nuclear sin precedentes en la historia de Japón. Las fugas radiactivas obligaron a evacuar a los habitantes de la zona circundante a la central, y hoy en día muchos de ellos siguen sin poder regresar a su lugar de origen, excepto en visitas puntuales.

Desde el accidente me he encargado de documentar la situación del matrimonio de ganaderos Sanpei, que al estallar el desastre vivían a 25 kilómetros de la central, en la zona de Tsushima (Namie-chō) de la prefectura de Fukushima. Los dos han trabajado codo con codo durante 40 años para sacar adelante su granja sin la ayuda de nadie. ¿Qué han significado para ellos estos últimos cinco años? Para esta pareja, que afirmaba sin vacilar que la ganadería lo era todo para ellos, la decisión de cerrar el negocio llega tras cinco años viviendo bajo la sombra de la central nuclear.

La primera vez que fui a entrevistar a los Sanpei, se desplazaban 30 kilómetros todas las mañanas desde su residencia en Namie-chō hasta un establo provisional para ir a cuidar a las vacas. El accidente nuclear les impidió seguir teniendo a las vacas en el establo de su granja, y tuvieron que trasladarlas al establo provisional.

Justo después del accidente el matrimonio había evacuado la zona dejando atrás a las vacas. Pero para ellos sus animales eran más que una mera fuente de ingresos, por lo que una vez en el refugio se dieron cuenta de que no podían abandonarlos a su suerte.

Así pues, los Sanpei habían buscado un establo en la ciudad de Motomiya, lejos de la central nuclear y a una hora en coche de su vivienda de Namie-chō, y habían trasladado allí a las vacas. Según cuenta Keiko, en aquel entonces querían seguir con la ganadería costara lo que costara, y para ellos el traslado al establo provisional supuso un gran paso adelante. Un buen día su esposo Toshinori, trabajador taciturno y diligente, llegó a casa y le declaró, no sin cierto optimismo en la voz: “Vivimos demasiado lejos del establo”.

El matrimonio Sanpei poco después de establecerse en la granja provisional de Motomiya-chō, el 23 de mayo de 2011. Cortesía de Kōriyama Sōichirō.

Aun después de trasladarse, los Mikame no abandonaron la esperanza de regresar a su antigua granja. Por eso no descuidaban la limpieza de la granja, ahora vacía, de modo que las vacas pudieran regresar a ella en cualquier momento. Su imagen cortando el pasto y esparciendo polvos antimoho para que las vacas no resbalasen al volver se me quedó grabada en la retina. “En aquel tiempo conservábamos una esperanza vaga de futuro”, explica Keiko con nostalgia.

Sin embargo, como el desastre causado por el accidente de TEPCO no mostraba perspectivas de solucionarse, a los pocos meses los Sanpei se mudaron a un apartamento cercano a la granja provisional y retomaron el negocio desde allí.

El traslado de las vacas y la vuelta a empezar

La ganadería es un trabajo durísimo. Por la mañana hay que dedicar unas tres horas a ordeñar, limpiar y dar de comer a las vacas. A mediodía se reparte el pasto de nuevo, y por la tarde se vuelve a ordeñar y a limpiar. Si el ordeño y la limpieza no se realizan de forma regular, las vacas enferman, así que no se puede descansar ni un solo día.

Por desgracia, al reemprender el negocio los Sanpei se toparon inmediatamente con el problema de la mala reputación de la contaminación radiactiva. En aquel momento ya se habían registrado niveles de radiactividad superiores al límite fijado por el Ministerio de Salud en alimentos como las espinacas y la leche, así que la mala fama de los productos de Fukushima se extendió. El fenómeno se bautizó como “la discriminación de Fukushima”.

Sanpei Keiko ocupada en su trabajo matutino poco después de poder retomar la venta de leche tras el accidente nuclear, el 26 de diciembre de 2011. Cortesía de Kōriyama Sōichirō.

A pesar de todo, los Sanpei no abandonaron la venta de leche, y empezaron a someter la producción a las pruebas de radiactividad impuestas por las autoridades. Para poder comercializar el producto, era necesario que las pruebas —realizadas una vez por semana— dieran valores inferiores al límite admitido tres veces seguidas. Había que tomar una muestra de leche en una botella de plástico y entregarla en mano al representante del sindicato de ganaderos que acudía a recogerla. Al final los resultados indicaron que la leche no estaba contaminada por la radiactividad, pero durante el tiempo transcurrido hasta la obtención de los resultados tuvieron que desechar toda la leche producida porque no podían venderla.

Tras superar esa etapa de dificultades, siguieron produciendo leche durante años, aunque el negocio era deficitario. Si perseveraron durante todo ese tiempo, solo fue para recuperar su antigua vida y volver a ganarse el pan con la ganadería.

El matrimonio Sanpei sigue con su trabajo en el establo de Motomiya-chō aun sufriendo pérdidas. 20 de julio de 2012. Cortesía de Kōriyama Sōichirō.

La cara y la cruz de las subvenciones astronómicas

En diciembre de 2013 el Gobierno japonés renunció al objetivo mantenido hasta entonces de lograr que todos los evacuados del desastre volvieran a su lugar de origen. Eso motivó a los Sanpei a trasladarse definitivamente al establo que alquilaban. Además las personas como los Sanpei, evacuadas a largo plazo de las zonas denominadas de “difícil regreso”, recibieron las subvenciones de TEPCO y otras fuentes de una tacada.

Las subvenciones asignadas tuvieron un efecto colateral inesperado: al recibir todo el dinero de golpe, los receptores perdieron instantáneamente la motivación para trabajar. “Aunque la situación no había cambiado nada, de repente nos llegó una cantidad de dinero inaudita. En el momento en que vi la cifra en la cuenta del banco, me sentí totalmente vacío”, explica Sanpei.

Entonces algunos de los evacuados comentaron que recibir ese dinero era “como si les hubiera tocado la lotería”. Teniendo en cuenta los daños sufridos por el accidente, no sé si esa expresión era muy acertada, pero según las estimaciones oficiales una familia corriente de cuatro miembros evacuada de la zona de difícil regreso debió recibir una subvención de hasta 107 millones de yenes. Los Sanpei recibieron también otras subvenciones por el equipamiento ganadero y por el terreno y los bienes inmuebles.

La zona declarada como catastrófica se divide actualmente en tres categorías: la zona de “difícil regreso”, donde los niveles de radiación son más elevados y por ello está prohibido entrar; la zona en vías de restablecimiento, donde sí se puede entrar pero no vivir, y la zona de residencia limitada. Las subvenciones asignadas fueron de 72 millones de yenes para familias de cuatro miembros en el caso de la zona de residencia limitada y de 57 millones de yenes en el caso de la zona en vías de restablecimiento. En algunos casos sucedió que personas que eran vecinas recibieron subvenciones distintas, un fenómeno que sigue provocando disputas incluso después de estos cinco años.

El matrimonio Sanpei fue objeto de la envidia de los vecinos que recibieron subvenciones más reducidas, que les espetaban “vosotros sí que habéis tenido suerte, con todo lo que habéis recibido”. “Esas palabras me demostraron lo rápido que se olvida la solidaridad entre las víctimas ante semejantes cantidades de dinero”, lamenta Keiko.

Con todo, los Sanpei se entregaron en cuerpo y alma a restablecer su negocio ganadero. Y aún se encontraron con otra piedra en el camino: el Abenomics, la estrategia económica lanzada en diciembre de 2012 por la Administración del primer ministro Abe Shinzō. Las medidas económicas para combatir la deflación provocaron la caída del precio del yen, lo que encareció el forraje para las vacas lecheras —la mayoría importado— y hundió el negocio en un déficit del que los ganaderos no lograban salir por más meses que pasasen.

Aun así, las subvenciones les permitieron dedicar varios millones a la compra de vacas de buena clase en concepto de “inversión infraestructural”; al estar de alquiler en el establo, era lo único en lo que podían invertir. Eso sí, de vez en cuando los ingresos secundarios como los de la venta de nuevas terneras les permitían reflotar las cuentas y obtener beneficios. Y así, a trancas y a barrancas, fueron llevando adelante su negocio ganadero.

La rendición

Por si todo lo demás hubiera sido poco, en septiembre de 2015 surgió otro grave problema para el negocio de los Sanpei: dejaron de poder desechar el abono de las vacas. Por una serie de circunstancias, el establo al que solían encargar esa tarea dejó de poder prestarles servicio. La ganadería no puede llevarse a cabo si no se tiene forma de desechar el abono. Los Sanpei consideraron todas las opciones posibles, y al final decidieron abandonar la ganadería. Era el fin de su negocio.

“Hemos vivido ofuscados durante cinco años”, declara Keiko. “Sabíamos que era difícil. Al principio decidimos intentar seguir tres años más y, si salía mal, dejarlo. Pero logramos seguir adelante gracias a las subvenciones. Y, a pesar de todo, me da rabia jubilarme a esta edad”. Su marido añade: “Llegamos a la conclusión de que, para llevar un negocio que solo se aguantaba gracias a las subvenciones, más valía abandonar. Así que nos propusimos dejarlo a los cinco años”.

Una vez que tomaron la decisión de deshacerse de las vacas, los Sanpei volvieron a sentir el peso de cuarenta años de trabajo sobre sus espaldas. Keiko comenta: “Entonces me di cuenta de que había llegado el final”. Y Toshinori lamenta: “Hablando claro, es una auténtica lástima abandonar un negocio que llevaba desde la generación anterior en marcha”.

En la actualidad los Sanpei se han construido una vivienda nueva lejos del establo y realizan otros trabajos. Toshinori se encarga de cuidar la granja y realizar el mantenimiento de la maquinaria de un centro geriátrico. Es su primera experiencia laboral como asalariado. Keiko dedica unas horas al día a ayudar en el establo de unos conocidos.

Keiko, hasta hace poco acostumbrada a cuidar de las vacas lecheras los 365 días del año, afirma con una sonrisa que ya ha logrado acostumbrarse a su nuevo estilo de vida. Pero añade, con el corazón en la mano: “La verdad es que, si pudiera, devolvería todo el dinero que hemos recibido hasta ahora a cambio de que todo volviera a ser como antes”.

Notas:
Zona de “difícil regreso”: zona que, a causa de los niveles extremadamente elevados de radiación, se encuentra cercada para impedir el acceso.
Zona en vías de restablecimiento: zona en la que se aspira a que los residentes puedan volver a establecerse en el futuro.
Zona de residencia limitada: zona en la que se aplican medidas aceleradas de reconstrucción y recuperación, preparándola para alojar de nuevo a los ciudadanos evacuados.

Fotografía del titular: El matrimonio Sanpei, que decidió cerrar su negocio cinco años después del accidente nuclear. Tomada en el establo de Motomiya-chō el 24 de noviembre de 2015. Cortesía de Kōriyama Sōichirō.

  • [22.03.2016]

Redactor de la revista Newsweek. Ha trabajado en Kōdansha y en la agencia Reuters. Investiga y escribe principalmente sobre cuestiones internacionales y problemas sociales. Ha traducido Kuroi warudo kappu (El mundial negro, Kōdansha) y Anata no miteiru ōku no shiai ni daihon ga sonzai suru (Los partidos que ves tienen un guión, Kanzen). Es autor de Monstā an'yaku suru tsugi no arukaida (Al-Quaeda: el monstruo detrás de la escena, Chūō Kōron) y Hariuddo kenshi fairu Tōmasu Noguchi no yuigon (Archivos de las autopsias de Hollywood - el legado de Thomas Noguchi, Shinchōsha).

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