Los desastres naturales y el espíritu de los japoneses

Alexander Meshcheryakov [Perfil]

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Los terremotos de Japón que no aparecen en los textos clásicos

El archipiélago de Japón se encuentra entre las zonas del planeta con mayor número de terremotos. Si investigamos con detenimiento la historia del país, veremos que hay muchos registros relacionados con terremotos. Sin embargo, en la literatura clásica japonesa apenas se hace referencia a ellos. ¿A qué se debe esto? Hay dos razones principales.

Los terremotos tienen consecuencias fatales para las ciudades. Y es por ello que las principales víctimas de los terremotos son, sobre todo, los habitantes de las mismas, que en su mayor parte fallecen abrasados por los incendios que provocan los temblores, o aplastados bajo los escombros de las casas que quedan destruidas. No obstante, este tipo de situación es algo que, comparativamente, se ha empezado a dar en épocas recientes. En la Antigüedad y en la Edad Media las ciudades eran bastante escasas, la mayor parte de ellas de tamaño no muy superior al de aldeas, y los únicos edificios que se podían considerar de cierta altura eran las pagodas de cinco pisos y otras construcciones budistas.

Además, las casas tradicionales japonesas se construyen basándose en métodos que parten de técnicas y conocimientos acumulados a lo largo de miles de años por los carpinteros, y poseen una gran resistencia frente a los terremotos. El armazón no depende para su integridad de clavos o similares; está construido con gruesos troncos de madera encajados entre sí, y sus paredes están hechas de papel. Hoy en día resulta complicado construir de este modo, pero los pilares principales no se clavan en el terreno, y las columnas no están conectadas a los cimientos de la casa. Cada una de las columnas va colocada sobre un pedestal formado por guijarros. De este modo se logra construir una casa que “flota” sobre el suelo incluso con pequeños temblores. En resumen, la casa misma tiene un movimiento independiente del suelo, por lo que se consigue desviar hábilmente la energía de los terremotos.

“Hōei kakō” (cráter Hōei, vista del volcán extinguido Ashitakayama), obra de Utagawa Hiroshige

La segunda razón por la que los registros de Japón sobre sus terremotos pasados son tan escasos tiene sus raíces en la ideología y la forma de pensar de los propios japoneses. En la filosofía política de Japón (al igual que la de toda Asia oriental), los terremotos se consideraban sucesos en los que una existencia que superaba al entendimiento humano castigaba a los gobernantes que hacían sufrir al pueblo. Por lo tanto, los intentos por relatar los efectos de un terremoto, o pintar el estado de una zona afectada por uno, eran vistos como una insolencia, y sobre sus autores recaía la ira de las autoridades de la época.

Pero no son solo terremotos los desastres naturales que los japoneses parecen no querer registrar. Lo mismo ocurre con las erupciones volcánicas. El monte Fuji, que se ha convertido en un símbolo de la unión de Japón con la belleza de la naturaleza, no siempre lo fue, a lo largo de la historia del país. Durante mucho tiempo el Fuji estuvo en actividad; en la época Edo, los japoneses mostraban un sorprendente respeto hacia la montaña como gran fuente de vida, pero al mismo tiempo la temían. La última erupción del monte Fuji, la llamada Gran Erupción Hōei, ocurrió a mediados del periodo Edo, en 1707.

Esa erupción, que ocurrió tras el Gran Terremoto de Hōei y sus decenas de réplicas, cubrió la ciudad de Edo de cenizas. Pese a los tremendos daños que causó, apenas quedan registros sobre ella. Los pintores de la época, posteriormente, siguieron retratando el Fuji en su figura más hermosa, como si la erupción jamás hubiera ocurrido. Y lo mismo se puede decir de los poetas de la época.

El Gran Terremoto de Kantō, el peor desastre del siglo XX

Catedral de la Santa Resurrección en Ochanomizu, Tokio. Muchas iglesias ortodoxas de todo el mundo donaron dinero para la reconstrucción de la catedral, destruida en el Gran Terremoto de Kantō, pero la mayor parte de los fondos provinieron de creyentes ortodoxos japoneses.

Desde comienzos del siglo XX el miedo de los japoneses hacia los terremotos fue creciendo. Debido al aumento de la población, esta se concentró en los núcleos urbanos, y las construcciones en madera fueron siendo reemplazadas por los edificios de ladrillo. Como resultado, los daños provocados por los desastres se veían multiplicados. La gente también comenzó a vivir en las costas, y no era raro que los tifones de gran magnitud se llevaran por delante las vidas de cientos de personas.

El desastre natural más grande que sufrió Japón en el siglo XX fue, probablemente, el Gran Terremoto de Kantō ocurrido el 1 de septiembre de 1923. En aquel momento la población de Tokio apenas alcanzaba los tres millones de habitantes, pero entre las personas que se ahogaron lanzándose a los ríos para tratar de salvarse de los incendios ocasionados por el terremoto, los abrasados por las llamas, y aquellos que fueron aplastados por los ladrillos, el número de fallecidos ascendió hasta los 100.000. Las infraestructuras ―luz, teléfono, telegrama, agua― quedaron interrumpidas, y casi todos los edificios de piedra, recogidos en guías de viaje como lugares emblemáticos de la ciudad, fueron destruidos.

Construida en 1891 por el sacerdote ruso Dimitrovich Kasatkin (más tarde canonizado como San Nicolás de Japón) que se trasladó desde Rusia para enseñar la doctrina ortodoxa, la Catedral de la Santa Resurrección fue durante mucho tiempo el edificio más alto de Tokio, pero durante el terremoto sus campanas cayeron, su cúpula fue destruida y se desplomó.

No sería una exageración decir que el único edificio que logró aguantar el terremoto fue el Hotel Imperial (el anexo Wright del antiguo Hotel Imperial), diseñado por Frank Lloyd Wright. El Hotel Imperial fue el primer edificio de piedra resistente a terremotos de Japón. El Gran Terremoto de Kantō causó tremendos daños a la ciudad de Tokio y a seis prefecturas vecinas, entre ellas Kanagawa, y los daños totales se estiman en cuatro veces el presupuesto nacional de aquel momento.

Los japoneses mantienen la calma ante la tragedia

Sin embargo, pese al caos que generó un desastre sin precedentes como aquel, los ciudadanos no perdieron un ápice de su característico espíritu japonés. La gente, incluso cara a cara frente a la muerte, fue capaz de mantener su dignidad. El escritor ruso Boris Pilnyak, en su obra Korni yaponskogo solntza (El origen del sol de Japón), escribió lo siguiente: “Tras los incendios que provocó el terremoto, los supervivientes se reunieron para hacerse cargo de los cadáveres. La gente había colocado muchos cadáveres de forma ordenada, uno junto a otro, para quemarlos, pero se dieron cuenta de que bajo los mismos había unos niños que todavía estaban vivos. Los adultos formaron una fila, quemándose al hacerlo, para actuar como escudo entre los niños y el fuego, y poder salvarlos.”

El origen del sol de Japón, del escritor ruso Boris Plinyak

El diplomático polaco Stanislaw Patek escribió acerca del reencuentro entre un padre y su hija, que se habían visto separados durante la confusión del terremoto.

“Tras el terremoto, un padre y su hija, que habían quedado separados, se encontraron en la calle por casualidad. Incluso tras divisarse a lo lejos, ni el padre ni la hija corrieron al encuentro del otro. Se acercaron y, al estilo japonés, se hicieron una profunda reverencia juntando las manos ante sí, añadiendo únicamente un ‘buenas tardes’. Ninguno de los dos tocó al otro en ningún momento.”

Cuando las personas comparten un gran sufrimiento con los demás, se hacen aún más humanas. Akutagawa Ryūnosuke, en su ensayo corto Taishō jūninen kugatsu tsuitachi no taishin ni saishite (Durante el terremoto del 1 de septiembre del año 12 de la era Taishō), escribió lo siguiente.

“Tras calmarse el terremoto, las personas que habían salido de sus casas para refugiarse parecieron comenzar a echar de menos a los demás. Por todas partes se veía a gente (…) que hablaba espontáneamente, de forma cariñosa, con sus vecinos, compartiendo tabaco o peras, cuidándose los niños unos a otros. La gente que se había refugiado sobre la hierba(…) abrían su corazón los unos hacia los otros. (…) Esa bondad, que normalmente no se puede ver entre el gentío, conformaba una visión hermosa. Es un recuerdo que me gustaría mantener vivo para siempre.”

Tras el Gran Terremoto de Kantō, el seísmo que azotó Japón y más ha impactado la memoria internacional es el Gran Terremoto de Hanshin-Awaji (magnitud 7,2), ocurrido el 17 de enero de 1995. Dicho desastre, que se cobró las vidas de más de 6.000 personas, causó daños estructurales a muchos edificios, y demostró la falta de preparación existente de cara a las labores de rescate. La lentitud en las medidas del Gobierno causó un gran descontento entre los ciudadanos, e incluso la yakuza repartió agua y alimentos entre las víctimas. Además, pese a la terrible situación que provocó el Gran Terremoto de Hanshin-Awaji, los japoneses, lejos de guiarse únicamente por su propio provecho, mostraron poseer una gran fuerza interior para la colaboración. A pesar de haberlo perdido todo, de haberse quedado solo con lo puesto, ningún ciudadano intentó robar en establecimientos u hogares privados, sino que hicieron cola con calma para recibir el reparto de artículos de primera necesidad y alimentos.

El terremoto de 1995 trajo consigo muchas lecciones que aprender. Se comenzaron a exigir criterios aún más estrictos en la calidad de las construcciones y sus materiales. Se comenzaron a impartir conferencias y clases aún más sistemáticas para enseñar a los ciudadanos qué medidas tomar en caso de emergencia. Y sin embargo, la naturaleza es imprevisible y actúa según le place.

Para el 11 de marzo las actitudes de las personas tampoco habían cambiado

El 12 de marzo de 2011 era sábado. Me levanté más tarde de lo normal y, al encender la radio, escuché sobre el terremoto que había azotado Japón el día anterior, así como sobre el gigantesco tsunami que lo siguió. No había datos precisos, ni información sobre el número de víctimas. A mediodía recibí una llamada de TV Rain: querían que participara en un programa para comentar la situación de Japón. Al principio del programa la moderadora anunció con gran énfasis que el pánico se había apoderado de la población y estaban saqueando Fukushima. Yo le aseguré con rapidez que, por lo que sabía, era imposible pensar que en Japón se podían dar saqueos incluso en casos de desastres, que no creía ni una palabra de todo aquello. Parece que ella tampoco me creyó a mí. No obstante, unos instantes más tarde, personas de todas partes del mundo comenzaron a compartir el dato, a través de diversos medios de comunicación, de que era evidente que en Japón no se produciría ni un solo caso de saqueo pese a ocurrir un desastre. Esas tragedias son terribles, pero lo cierto es que me alegré de que los japoneses no traicionaran la fe que había depositado en ellos.

Últimamente muchas personas que no conocen demasiado Japón dicen que el Japón actual se ha alejado mucho de aquel Japón antiguo, tan positivo. Casi nadie se viste con la ropa tradicional japonesa, escuchan música occidental, comen más pan que arroz. Se pueden citar muchos cambios así. Pero no dejan de ser cambios superficiales. Por mucho que cambien los tiempos, los japoneses continúan preservando con celo los valores espirituales que han poseído durante largo tiempo. “No está bien tomar lo que no es nuestro”; esta idea también forma parte de esos valores.

Además también se oyen muchas críticas como esta: “Los jóvenes japoneses de hoy día solo se preocupan por sus problemas y sus asuntos personales, y no piensan en su país o la sociedad en su conjunto. No se pueden comparar a la generación de japoneses que levantó su país de las cenizas tras la Segunda Guerra Mundial.” Sin embargo cuando se produce un desastre queda claro que esta valoración es errónea. Una gran cantidad de jóvenes de todo el país han ayudado en las tareas de reconstrucción tras el terremoto del Este de Japón. Yo mismo tuve el privilegio de encontrarme con un joven peluquero que cortaba el pelo gratis a la gente de las zonas afectadas, y a un joven pintor que retrataba a las personas que habían sobrevivido al desastre.

La tragedia de Fukushima no solo arrojó luz sobre la fantástica materia prima de que están hechos los japoneses. Nos hizo encarar directamente los problemas que todos los países del mundo afrontan. A medida que avanzan la ciencia y la técnica, el ser humano ha empezado a considerarse omnisciente y omnipotente, y a creerse con el derecho de “domar” a la naturaleza. Esto es un grave error. Quizá la construcción de plantas nucleares en un país de terremotos como es Japón haya sido una elección desafortunada. En ese sentido, no debemos considerar la tragedia de Fukushima como algo ocasionado únicamente por la naturaleza, sino también por el ser humano. Las personas que se plantean construir nuevas instalaciones no pueden de ningún modo olvidar que la naturaleza tiene sus propias reglas, y no perdona los errores y el engreimiento de los humanos. De cualquier manera, yo quiero creer en otra de las fantásticas cualidades de los japoneses: la de aprender de sus errores pasados.

Imagen del encabezado: el pueblo castiga al gran namazu (Silurus asotus). En el periodo Edo se creía que los terremotos eran causados por un gigantesco namazu que vivía en el subsuelo. Las obras Ansei Edo jishin (Gran Terremoto Ansei, 1855) y Namazu-e provienen de la colección Ishimoto “El namazu en la información sobre desastres de los periodos Edo y Meiji”, Kawaraban. Biblioteca de la Universidad de Tokio.

  • [20.04.2016]

Historiador, japonólogo y literato. Nacido en Rusia en 1951, se graduó en 1973 por el Instituto de Estudios Asiáticos y Africanos de la universidad de Moscú. Máster en 1979 y doctor 1991 en el departamento de Historia. Tras el máster trabajó durante 20 años, desde 1979, en el Centro de Estudios Asiáticos de la Academia Rusa de las Ciencias. Investigador superior desde 2002. Posteriormente aceptó un puesto como profesor de Estudios Orientales en la Universidad Nacional de Humanidades de Rusia. Presidente de la Asociación de Investigadores Ruso-japoneses entre diciembre de 2003 y marzo de 2008, y editor en jefe de la revista monográfica Nihon - fude to katana no michi (Japón - el camino de la pluma y la espada). Miembro del comité editorial de la revista monográfica Tōyō korekushon (Colección oriental). Autor de unas 300 obras, entre las cuales se cuenta Meiji tennō to tōji no Nihon (El emperador Meiji y el Japón de su época), con la que ganó en 2012 el Premio al Autor Ilustrado, del Departamento de Humanidades. Además de sus obras académicas, ha publicado tres colecciones de poesía y tres de prosa. Como traductor, ha participado en las traducciones al ruso de autores de la talla de Murasaki Shikibu, Ishihara Shintarō o Kawabata Yasunari.

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