Ninoshima: un refugio insular

Naomi Hirahara [Perfil]

[14.10.2016] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | Русский |

Isamu, el padre de la escritora de novelas de misterio Naomi Hirahara, nació en California, pero fue llevado cuando era niño a Hiroshima, donde sobrevivió a la bomba atómica en 1945 a unos pocos kilómetros de la explosión. Su madre Mayumi, nacida en Hiroshima, perdió a su padre en el bombardeo. Poco después del final de la Segunda Guerra Mundial, Isamu regresó a California y se estableció temporalmente en el negocio de la jardinería y el paisajismo en el área de Los Ángeles. Después de que Isamu contrajese matrimonio con Mayumi en Hiroshima en 1960, la pareja construyó un nuevo hogar en Altadena, y posteriormente en South Pasadena.

En agosto de 2016, con una Beca Aurora Challenge de la Fundación Aurora en Los Ángeles, la autora viajó a Japón para aprender más sobre la historia de la pequeña isla de Ninoshima cerca de Hiroshima, y su conexión con el bombardeo atómico. En el siguiente artículo la autora escribe sobre la investigación que realizó allí para preparar su séptima y última novela de su serie de misterio protagonizada por Mas Arai.

Visitando una isla de Hiroshima

Soy una de las pocas personas que llegan a Ninoshima por primera vez en este viaje de 20 minutos en ferry  desde el puerto de Ujina, en el sur de la ciudad de Hiroshima. No es de extrañar que me encuentre de pie, estudiando el mapa de color de la isla pegado en una de las paredes del barco. El resto de pasajeros—muchos de ellos alumnos de una escuela primaria—están sentados en la galera, más interesados los unos en los otros que en los verdes montículos de Ninoshima que dominan el paisaje en la distancia.

Con 278 metros de altura, Aki no Kofuji, el pico más alto de la isla, es llamado el Monte Fuji de Hiroshima. Esta cumbre atrae a excursionistas a la isla; y también hay ciclistas que se atreven a enfrentarse a las estrechas y ventosas calles que rodean Njinoshima. Los que se dedican al cultivo de ostras han establecido su base en la isla, con postes de conchas de vieiras en las que han anclado huevas de ostras visibles cuando la marea está baja. Y esta isla tiene sus propias escuelas de primaria y secundaria situadas una al lado de la otra.

Pero yo no voy a Ninoshima como excursionista, ni por la pesca, los deportes acuáticos, las ostras o la escuela. Voy a  aprender cómo esta isla ha sido históricamente un refugio para los japoneses en momentos de transición y de grandes problemas. Hoy apenas contiene una población de 1.000 personas, y nadie—ni los japoneses, ni siquiera los residentes de la ciudad de Hiroshima—conoce mucho sobre Ninoshima. Pero yo guardo algunos lazos directos con la isla: uno de los parientes de mi madre ayudó a fundar un hogar para personas mayores allí, y otros continúan administrándolo. Como resultado de esta conexión, puedo echar un vistazo a un lugar que tal vez las personas de fuera hayan olvidado pero que sin duda la historia no.

Los postes de conchas de vieiras en las que han anclado huevas de ostras son visibles cuando la marea está baja.

Un lugar de refugio

La isla sirvió una vez como un centro de cuarentena médica que acogía a soldados que regresaban de la primera guerra sinojaponesa (1894-95), cuando había preocupación ante una creciente epidemia global de cólera. Más tarde se convirtió en un centro de internamiento para prisioneros alemanes durante la Primera Guerra Mundial, explica Miyazaki Kazuo, un exrepresentante del pueblo que se autodenomina “guía voluntario por la paz”. Después de que cayese la bomba, cuando los heridos y enfermos necesitaban un lugar al que ir, y éste no fue otro que Ninoshima.

Como Ninoshima aún tenía intactos sus grandes edificios, las víctimas de la bomba atómica fueron transportadas allí en botes salvavidas. Es increíble imaginar esta pequeña isla convirtiéndose en un refugio para 10.000 víctimas. De hecho, muchas de las impactantes fotografías de hombres y mujeres quemados por la explosión fueron tomadas en la isla.

Las víctimas estuvieron aquí 20 días. Por supuesto, muchas fallecieron, pero otras que sobrevivieron fueron transferidas a otras instalaciones médicas mejor equipadas en Japón.

La historia de Ninoshima y sus conexiones con la guerra podría haber terminado aquí. Pero había una fuerza mayor—un espíritu de redención—que no dejaría escapar la isla. Al año siguiente, 1946, un hogar para niños que habían quedado huérfanos en la Segunda Guerra Mundial, el Ninoshima Gakuen, fue construido.

Treinta y cuatro niños, con sus ropas desgarradas y sus cabezas afeitadas, formaban parte del grupo inaugural que hizo de Ninoshima Gakuen su casa. Más tarde, en 1967, estas instalaciones fueron acompañadas en la isla por la residencia de personas mayores Heiwa Yōrōkan, establecida por una organización sin ánimo de lucro que tuvo a uno de mis parientes, Mukai Satoshi, como su fundador y director. Estas instalaciones ampliaron más tarde sus servicios para incluir cuidados asistenciales. La mayoría de las residencias de personas mayores en esa época estaban bajo el paraguas de un templo budista, por lo que la existencia de una independiente de ese tipo de afiliación fue algo innovador.

La estatua de Kannon frente al Heiwa Yōrōkan erigida para rezar por las víctimas de la bomba atómica.

Al sur de ls escuelas de primaria y secundaria de la isla hay un cenotafio conmemorativo del estallido de la bomba atómica—nada especial comparado con Hiroshima, donde hay colocadas placas similares por toda la ciudad. No obstante, éste señala el lugar aproximado en el que una fosa común con 617 cuerpos fue descubierta en los terrenos de la escuela secundaria en 1971. Los huesos fueron trasladados por la bahía hasta el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima. Estos hallazgos continuaron en 2004, cuando los restos de 85 personas fueron desenterrados en un campo más allá de la escuela.

Brotes de esperanza

La ceremonia oficial conmemorativa de la paz en Hiroshima se celebra el 6 de agosto, pero Ninoshima tiene su propia ceremonia dos días antes, el 4 de agosto. Me han dicho que esta es mucho más recogida, una versión de pueblo, pero en verdad yo estoy ilusionada con esta reunión más íntima.

Paso la noche en la residencia de mis parientes y despierto temprano el 4 de agosto. El sol ha salido ya y se puede sentir una cálidad humedad que se eleva desde el terreno. Paseo y tomo algunas fotografías. He estado echando un vistado a una lombriz tan larga como mi zapado y a dos hombres jugando al gateball, un deporte parecido al croquet popular entre las personas mayores en Japón, en un campo cercano a las pistas de tenis de la isla. Poco después me dirijo a la costa. En este camino vacío en el campo el canto de las cigarras es quebrado por el motor de una scooter.

Una anciana envuelta en ropas y vistiendo un sombrero para protegerse de este sol de justicia aparca su scooter cerca de un jardín al otro lado de una carpa blanca preparada para la ceremonia conmemorativa. Se dirige hacia una caseta de jardinería y yo paseo por el jardín, que está sobre una pendiente.

Hay un cartel que indica que el terreno es Irei no hiroba, o un lugar para el descanso de los fallecidos. Este cartel explica que los distintos lotes de flores representan los seis ríos de Hiroshima.

El cartel explica que este es el área conmemorativa donde los restos de muchas de las víctimas de la bomba atómica fueron descubiertos.

Una excavación para desenterrar los restos en 2004 (izquierda) y los huesos desenterrados. (Fotografías cortesía de Miyazaki Kazuo). Los restos están ahora consagrados de forma colectiva en el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima.

Mientras observo los tallos de una variedad de girasol, la mujer del scooter me dice en japonés “estos fueron idea mía”. Me explica mientras sostiene una manguera que ella no es de la isla, pero que se trasladó allí con su marido hace un par de décadas. En medio de la tristeza, la pérdida y el horror de la guerra, ella quiso plantar flores.

Me hace señas para que entre en la caseta. Al lado de los cortabordes para el jardín hay fotografías en blanco y negro pegadas a las paredes de madera. Al escribir novelas de misterio y haber conocido el legado de Hiroshima cuando tenía 14 años, las imágenes no me impactan inmediatamente, pero sí que parecen fuera de lugar en este rincón idílico. Son imágenes de calaveras negras apiladas, huesos humanos medidos e identificados. Es demasiado para procesarlo en este día de creciente calor.

Poco a poco personas vestidas de negro comienzan a ocupar las sillas plegables debajo de la carpa blanca. Lo único que de verdad aporta color a estas ceremonias es una fila de decoraciones brillantes de color amarillo y dorado, sobre las que descubro poco después que se trata de una ofrenda típica de Hiroshima durante el periodo del Obon.

Decoraciones tradicionales del Obon en Hiroshima.

Estudiantes de la localidad asisten a la ceremonia conmemorativa.

Tomo asiento bajo la carpa, siendo probablemente de nuevo una de las pocas personas que vienen por primera vez y también la única extranjera aquí. Los niños de la escuela primaria cercana, vestidos con sus uniformes para la ceremonia pese a estar en su descanso veraniego, ocupan las filas de atrás. Unos monjes budistas cantan un sutra y uno habla, mencionando a su propia abuela, una hibakusha (superviviente de la bomba atómica), así como la visita del presidente estadounidense Barack Obama al Parque Memorial de la Paz de Hiroshima hace unos meses ese mismo año. Se hace una ofrenda con incienso y la ceremonia termina en unos 45 minutos.

Allí es donde conozco a Miyazaki, que me cuenta la historia de la isla. Después vamos a Ninoshima Gakuen, que ya no es el tradicional orfanato sino más bien un lugar para los niños que no pueden vivir en casa con sus padres. Aprendo por uno de los administradores cómo los consejeros trabajan con estos niños para conseguir que expresen sus emociones y sentimientos—algo a lo que no animan frecuentemente en Japón, al menos en el entorno educativo.

Inochi no tō (Monumento a la vida), situado en la colina sobre Ninoshima Gakuen.

Miyazaki me lleva al lugar en el que se eleva una estatua en la colina sobre el Gakuen. Desde la distancia, parece un niño flotando en mitad del verde follaje, pero ahora veo que es un monumento budista, con una inscripción que dice Inochi no tō (Monumento a la vida). La estatua fue erigida en 1971 para conmemorar el 25.° aniversario del hogar para niños. Hay una pequeña cámara detrás que guarda las cenizas de aquellos que trabajaron allí y de varios de los que se quedaron.

Como el pequeño ferry que me llevará de vuelta a la ciudad de Hiroshima está al llegar al embarcadero del Gakuen, vamos caminando colina abajo. A medida que andamos entre un grupo de niños que se acercan al patio de tierra, espero que Ninoshima sea para ellos un lugar de paso, el lugar de su segunda oportunidad. Aunque aún se siguen descubriendo huesos del pasado, espero que la isla no se convierta en un lugar maldito por la destrucción, sino más bien en un remanso de vida—un terreno idóneo para las flores silvestres así como para los brotes de esperanza sembrados por sus habitantes.

(Traducido al español del original en inglés. Fotografía del encabezado: Aki no Kofuji visto desde la parte de la isla que da al puerto de Hiroshima. Cortesía de Miyazaki Kazuo.)

  • [14.10.2016]

Autora galardonada con el premio Edgar por su serie de novelas de misterio de Mas Arai. Nacida en Pasadena, California. Se licenció en Relaciones Internacionales en la Universidad de Stanford y estudió en el Centro Interuniversitario para Estudios Avanzados de Lengua Japonesa en Tokio. Ha trabajado como reportera y editora del Rafu Shimpo. En 2004 publicó su primera novela de misterio, El verano del Gran Bachi, protagonizada por Mas Arai, un jardinero nipoamericano que vive en el sur de California. En la actualidad trabaja en su séptima y última entrega de la serie.
Sitio web: http://www.naomihirahara.com/

Artículos relacionados
Otras columnas

Últimos vídeos

Últimas series

バナーエリア2
  • Opinión
  • Detrás de la noticia