La sonda Akatsuki y la carrera espacial japonesa

Nakano Fujio [Perfil]/Tamazawa Harufumi [Perfil]

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El 7 de diciembre de 2015 la Agencia Aeroespacial Japonesa (JAXA) logró que la sonda Akatsuki entrara en órbita con Venus. En los cinco años que han pasado desde el primer intento fallido, la sociedad japonesa ha experimentado un profundo cambio en su percepción de la carrera espacial.

Los éxitos de rutina olvidados en la carrera espacial

Todas las misiones tripuladas del Programa Apolo de la NASA, entre el Apolo VII y el XVII, se realizaron con éxito; de entre todas ellas es la undécima la más famosa por ser la primera en colocar a un ser humano en la Luna y dejar escritas en una página de la Historia las palabras “Un paso pequeño para un hombre, un gran salto para la humanidad”. Por otro lado el Apolo XIII, que pese a lograr entrar en órbita con la Luna no logró posarse en su superficie debido a problemas técnicos, fue inspiración para el gran éxito de la gran pantalla que protagonizó Tom Hanks y cuyas imágenes del regreso a la Tierra causaron una fuerte impresión. Y no obstante, a pesar de que las otras nueve misiones fueron rotundos éxitos que se posaron en la Luna o incluyeron paseos por el espacio y estancias de larga duración por parte de los astronautas, no dejaron su impronta en la memoria de los ciudadanos, y fueron rápidamente olvidadas. Quizá porque se trataba de “éxitos rutinarios”.

Cinco años desde la fallida puesta en órbita de Akatsuki

El 7 de diciembre Akatsuki entró en la órbita de Venus, aunque el éxito se comprobó dos días más tarde. Akatsuki (“amanecer”) se lanzó por primera vez en un cohete H-IIA en 2010, pero un fallo en el motor impidió que pudiera entrar en órbita con Venus, como estaba planeado. Cinco años más tarde ha tenido una segunda oportunidad. Así, Japón ha podido seguir los pasos de la antigua Unión Soviética, Estados Unidos y Europa, y avanzar en su observación del planeta vecino. Se trata de la primera sonda japonesa en orbitar otro planeta salvo la Tierra.

2010, el año en que se lanzó la sonda, fue un año de éxitos para la carrera espacial japonesa, y por eso muchos no recuerdan el lanzamiento de Akatsuki, el 21 de mayo. Pero probablemente sí recordarán la reentrada en atmósfera de Hayabusa tres semanas más tarde, el 13 de junio, una cápsula cuya misión era recoger muestras de polvo de un asteroide. Hayabusa completó la misión y aterrizó en el desierto australiano, donde fue recuperada por un equipo de astrofísicos; el evento se pudo seguir online a través de los servicios japoneses Ustream y Niconico, así como de las redes de algunas universidades. 20th Century Fox, Shōchiku y Tōei produjeron películas sobre Hayabusa y su éxito sin precedentes, y la carrera espacial experimentó un tremendo auge entre el público japonés. Dado el ambiente, es lógico que la puesta en órbita de Akatsuki se siguiera con un interés inusitado, aunque resultara fallido.

Akatsuki no vagó por el espacio sin rumbo, en los cinco años siguientes. Pese a tener los controles dañados sus cámaras y dispositivos de observación funcionaban correctamente, y pudo recoger datos científicos mientras seguía una órbita alternativa desde la que hacer un segundo intento. En marzo de 2011, aprovechando su posición entre el Sol y Venus, se utilizó para realizar observaciones fotométricas del planeta. En junio del mismo año, cuando se encontraba el Sol entre Akatsuki y la Tierra, la sonda envió ondas de radio con un oscilador ultraestable, con lo que se pudieron obtener datos sobre el modo en que dichas ondas se veían afectadas por los vientos solares y el plasma emitidos por el Sol. Aunque el oscilador había sido diseñado para observar Venus, también pudo cumplir esta función de forma admirable.

Y sin embargo, estos cinco años han sido duros para Akatsuki. Dada su aproximación al Sol, algo que no estaba planeado, no se puede asegurar que su equipo no se haya visto dañado por las altas temperaturas. Sus propulsores principales, con los que iba a colocarse en órbita, sufrieron daños hace cinco años, y ahora solo puede ajustar su posición usando propulsores más pequeños. Dadas estas limitaciones, entrar en órbita con Venus era como enhebrar una aguja.

La importancia de la continuidad en las investigaciones espaciales

El desfase temporal entre la Tierra y la sonda la hace difícil de controlar. Además, con máquinas de tal complejidad, es de esperar un pequeño porcentaje de error humano. Esto significa que a veces deben tomarse con gran rapidez decisiones sobre la viabilidad de un objetivo, y en caso de no poder cumplirse, sobre qué objetivos alternativos son factibles. Un ejemplo es Hayabusa. La misión se topó con un problema tras otro, pero en cada ocasión los miembros del equipo usaron todos sus conocimientos para solucionar las cosas y lograr, en última instancia, traer la sonda de vuelta a la Tierra, una hazaña que cautivó los corazones de muchos.

Venus, en una fotografía tomada por Akatsuki desde una distancia de 72.000 kilómetros (7 de diciembre, 14:19 hora de Japón / imagen cortesía de JAXA)

No obstante, desde otro punto de vista se hizo evidente que era necesario corregir los fallos del diseño de Hayabusa que habían provocado los problemas con los motores, los errores con el equipo de muestreo y los problemas que impidieron utilizar el vehículo MINERVA (siglas en inglés que corresponden a “micro/nano vehículo robot experimental para asteroides”). Todo lo aprendido enfrentándose a estos problemas deberá aplicarse a los diseños futuros como parte imprescindible del continuo desarrollo tecnológico. Es necesario que exista una continuidad en los proyectos para que los técnicos e investigadores jóvenes, incluidos los estudiantes de posgrado, puedan utilizar la experiencia de sus predecesores para mejorar los pasos que van desde el diseño hasta la fase operativa de esos proyectos, así como la habilidad para la toma de decisiones a medida que surjan problemas. Sin embargo, conforme aumenta el tiempo que transcurre entre proyectos, es cada vez más difícil conseguir las habilidades que se adquieren trabajando en una misión. Por desgracia los presupuestos son limitados, pero la investigación espacial en Japón debe continuar pese a esas limitaciones.

La carrera espacial en Japón se ha convertido en simples “éxitos rutinarios”

Dos semanas antes de que Akatsuki entrara en órbita con Venus se lanzó un cohete H-IIA con un satélite de comunicaciones a bordo para la empresa Telstar, de Canadá (el satélite Telstar 12 VANTAGE). Era la primera vez que Japón dedicaba su tecnología espacial a hacer negocios, al lanzar un satélite comercial de otro país. El motor LE-5B de la segunda fase del cohete usaba también tecnología de reignición hasta entonces nunca vista, un tipo de motor que produce un efecto similar a un acelerón en coche al llegar a una cuesta, tras viajar por una cuesta abajo con el motor apagado. Esto permite al cohete viajar mucho más lejos por el espacio, donde no hay “gasolineras”, y llevar los satélites hasta puntos mucho más cercanos a las órbitas planetarias. Este lanzamiento fue muy significativo para la industria espacial japonesa, pero dado que era un “éxito rutinario” no atrajo mucha atención.

Cuatro años tras la aventura de Hayabusa se lanzó también la nave orbital lunar Kaguya, la cual completó una misión casi perfecta. Pero también fue prácticamente ignorada por tratarse de otro “éxito rutinario”. Resulta irónico que los esfuerzos realizados para recobrar a Hayabusa recibieran grandes elogios, a pesar de deberse a problemas que surgieron durante la misión.

Quizá el hecho de que la historia de Hayabusa eclipsara por completo a la de Kaguya y la falta de interés por el lanzamiento del satélite para Telstar no sean necesariamente algo negativo. Para los implicados en la carrera espacial puede resultar frustrante, pero Japón realiza regularmente lanzamientos similares, sea sondas, naves orbitales o transportadores a la Estación Espacial Internacional, y ninguno de esos proyectos individuales deja impresión en la memoria del público. Dado que los lanzamientos exitosos se han convertido en la norma, resultan poco frecuentes los casos de lanzamientos fallidos y satélites que no alcanzan la órbita planeada. Los medios de comunicación ya no protestan por el derroche de millones y millones de yenes de los contribuyentes para material que terminará en el mar o flotando en el espacio como chatarra.

Tolerancia de la sociedad japonesa hacia los “fallos con éxito”

El Apolo 13 no logró posarse sobre la Luna, el principal objetivo de su misión, pero se consideró un “fallo con éxito”. El entonces presidente estadounidense Richard Nixon alabó a los miembros de la tripulación y el equipo de controladores en tierra que los ayudaron a regresar. Esa misión, parece, cambió la opinión que la sociedad estadounidense tenía sobre la investigación espacial.

La investigación de Venus, el lucero del alba por el que los japoneses sienten tanta afinidad, está a punto de comenzar. Sin embargo Akatsuki solo tenía una esperanza de vida de cuatro años y medio, contando desde su lanzamiento en 2010. Además ha sufrido daños. Quizá se enfrente a un final dramático en el curso de su misión, pero aunque no logre completarla es posible que la gente la recuerde con cariño, al igual que hace con Hayabusa. Y si logra completar la misión y la comunicación entre la Tierra y la sonda cesa un día, será un nuevo éxito inesperado, tras el cual quizá sea también olvidada.

Aún es pronto para saber si al final Akatsuki permanecerá en el recuerdo del público o será olvidada como otro “éxito rutinario”. La historia de Hayabusa de 2010, el año en que se lanzó Akatsuki, tocó los corazones de los japoneses pese a los numerosos problemas de la misión, y parece haber generado una buena dosis de tolerancia entre el público hacia el programa espacial cuando se enfrenta a dificultades y fallos. Quizá sea este el motivo por el que se ha generado un nuevo interés hacia Akatsuki, con su segundo intento.

(Artículo traducido al español del original en japonés.Imagen del banner: representación artística de la sonda climática para Venus, Akatsuki; imagen cortesía de JAXA)

  • [02.02.2016]

Ensayista y periodista de ciencia y tecnología. Profesor especial del Departamento de Estudios Sinérgicos del Espacio de la Universidad de Kioto. Doctorado en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Tokio. En 1978 viajó a Australia para investigar a sus aborígenes. Comenzó a escribir en 1982. Es autor, entre otras obras, de Nihon no uchū kaihatsu (El programa espacial japonés; Bunshun Shinsho, 1999) y Kagaku gijutsu wa naze shippai suru no ka (¿Por qué hay errores científicos y tecnológicos?; Chūkō Shinsho Laclef, 2004).

Doctorando del Observatorio Kwasan de la Universidad de Kioto. Graduado en Ciencias por la Universidad de Kioto; máster en Física y Astrofísica por dicha universidad.

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