Una valoración del discurso del presidente Obama en Hiroshima

Daniel Sneider [Perfil]

[09.08.2016] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | Русский |

Cuando Barack Obama se convirtió en el primer presidente estadounidense en el cargo en visitar Hiroshima, su discurso aprovechó para advertir sobre la amenaza que las armas nucleares suponen para la humanidad y la necesidad que el ser humano tiene ahora de volcar su ingenio en la tarea de alcanzar un mundo libre de ellas. Las reacciones fueron mayoritariamente positivas, pero tal como afirma el autor de este artículo, la opinión de aquellos que encontraron sus declaraciones insuficientes puede servir de indicador para profundizar en la reconciliación entre los países de Asia-Pacífico de cara al futuro.

Desde el momento de la capitulación de su país en agosto de 1945, poniendo un punto final a la Segunda Guerra Mundial, los japoneses han debatido enérgicamente y sin fin sobre la forma en la que deben entender los sucesos que condujeron a su país a la guerra y las lecciones que deben aprender de ello. En los primeros años de la ocupación estadounidense y la reconstrucción de posguerra, una narrativa progresista ha culpado en su totalidad el régimen de la guerra, dominado por los militares y sus aliados políticos, y encabezado nominalmente por el Emperador Hirohito.

Más tarde, durante la posguerra, la retirada de la izquierda en la vida política e intelectual en Japón trajo consigo un resurgir de unas ideas conservadoras en torno al pasado. En esta versión de la historia, el imperio japonés actuó en defensa propia, contrarrestando el cerco del imperialismo de Occidente y liberando a Asia del yugo colonial.

La memoria dominante sobre la guerra en Japón, no obstante, sigue siendo la de la narrativa pacifista. En esta idea del pasado la guerra es en sí el enemigo. Para los japoneses, la lección fundamental de la guerra es que la experiencia de destrucción y los horrores bélicos no deben repetirse jamás. Para Japón, y por extensión para todas las naciones, no existe algo como la “guerra justa”. Es una narrativa de victimización que evita en gran medida la pregunta de quién fue responsable de la guerra.

Ecos de la narrativa pacifista

El presidente de los Estados Unidos Barack Obama se plantó en medio de este debate cuando visitó Hiroshima, el lugar donde se lanzó la primera bomba atómica el 6 de agosto de 1945. Ningún lugar expresa esta narrativa pacifista de manera tan clara, y con más convicción, que el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima y su museo. Al decidir visitar esta ciudad, un controvertido paso considerado por otros presidentes estadounidenses pero rechazado hasta entonces, y, lo que es más importante, en el contenido de su conmovedor discurso, el presidente Obama aceptó sin medias tintas la visión pacifista que ha transmitido el Japón de posguerra desde el final de la contienda.

El presidente comprendía claramente que tendría que recorrer un campo de minas político y filosófico. No podía reconsiderar la decisión de utilizar las armas nucleares tomada por su predecesor, el presidente Harry Truman, en pleno auge de una guerra mundial que estaba a punto de alcanzar su quinto año para los Estados Unidos. Una disculpa, o incluso un amago de una, estaba completamente descartada. El presidente tampoco podía parecer ignorar el sufrimiento de otros durante la guerra, particularmente de aquellos que eran los enemigos de Japón.

El presidente Obama abraza al historiador Mori Shigeaki, que encontró a las familias de las víctimas estadounidenses de la bomba atómica y logró poner sus nombres en la lista de los hibakusha. (© Jiji)

El discurso magistralmente elaborado evitó precisamente cualquier tipo de disculpa. Al recordar a los fallecidos, tuvo cuidado de presentar sus respetos no solo a los hombres, mujeres y niños japoneses que fallecieron, sino también a los “miles de coreanos” y a la decena de prisioneros estadounidenses que murieron en el ataque. Hizo una escueta pero elocuente referencia a las numerosas víctimas de la guerra, aquellas que fueron “disparadas, golpeadas, invadidas, bombardeadas, apresadas, privadas de alimento, gaseadas hasta la muerte”, algunas de ellas a manos del ejército japonés.

El presidente y sus consejeros acertaron también al evitar mostrar abiertamente su conformidad con la historia de victimización que representa el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima. La exposición del Museo Memorial de la Paz destaca entre los estadounidenses por su inadecuada presentación de la secuencia de los hechos, empezando por la invasión japonesa de China y su ataque a Pearl Harbor, que finalmente condujeron a los últimos días de la guerra. La exposición fue modificada levemente hace algunos años para responder a la falta de contexto histórico, pero aún así sigue presentando una historia victimista. Es por eso que el presidente sólo hizo una visita rápida al propio museo, aunque lo compensó con un emotivo abrazo con uno de los hibakusha durante la ceremonia.

Mientras recorría esas peligrosas arenas, Obama hizo mención del núcleo de ese sistema de creencias del pacifismo japonés. En su discurso argumentó que la propia guerra, impulsada en términos generales por la inhumanidad del hombre contra el hombre y por fuerzas presentes hoy en cada nación, es el enemigo.

“En cada continente la historia de la civilización está repleta de guerra, ya sea motivada por la escasez de cultivos o la sed de oro, impuesta por el fervor nacionalista o el fanatismo religioso. Se han alzado y han caído imperios. Pueblos han sido sometidos y liberados. Y en cada momento han sufrido inocentes, un número inabarcable, y sus nombres han sido olvidados con el tiempo”, declaró Obama.

Con gran elocuencia, Obama situó las circunstancias que llevaron a los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en ese amplio marco. Sus comentarios se centraron en el horror particular de las armas nucleares, una expresión de la terrible ironía que supone que la creatividad científica pueda dar paso a una gran destrucción. “El progreso tecnológico puede condenarnos si no hay un progreso equivalente en las instituciones humanas. La revolución científica que nos llevó a la división de un átomo requiere también una revolución moral”, destacó Obama.

Esfuerzos para un mayor reconocimiento

Este enfoque moralista, con su interpretación pacifista, no está exento de críticas, y menos aún en los Estados Unidos. Para los críticos, este discurso pasó por alto la cuestión de la responsabilidad. Si la guerra es simplemente el producto de la capacidad inherente del hombre para hacer lo inhumano, entonces ¿cúal es la responsabilidad legal y moral de los que pusieron la guerra en marcha, una idea que está en la premisa de los juicios contra los crímenes de guerra celebrados tras la contienda? Estos juicios han sido denunciados por algunos como la “justicia de los vencedores”, expecialmente por los conservadores en Japón, aunque la mayoría de los estadounidenses están de acuerdo con las sentencias dictadas contra los crímenes de guerra.

“Hiroshima representa algo más que los efectos de una bomba nuclear”, escribió el exprisionero de guerra estadounidense Lester Tenney en un artículo en el Wall Street Journal publicado el 11 de mayo. “Es la culminación de una guerra que empezó el Imperio de Japón y llevada adelante con una brutalidad atroz, una guerra en la que murieron más civiles que combatientes”.

Tenney, ahora en la noventena, es el líder de un grupo de exprisioneros de guerra que buscan reconocimiento y compensación por haber sido utilizados como mano de obra esclavista en las minas de carbón de Kyūshū. Tenney estaba a unos pocos kilómetros del lugar en el que estalló la bomba de Nagasaki y escribió con convicción sobre cómo esa bomba le salvó la vida.

“Obama quiere utilizar su visita a Hiroshima para destacar los riesgos de una guerra nuclear. Pero esta no es la única lección. Nuestro servicio como veteranos de la Guerra del Pacífico debe ser recordado y no quedar olvidado en un discurso grandilocuente. La visita del presidente será hueca, un gesto sin importancia, si la historia completa de la Guerra del Pacífico no es preservada. Hiroshima no debe ni puede existir fuera del contexto de la guerra en Asia-Pacífico y de todos los fallecidos”, escribió Tenney.

Las feroces críticas a la visita y el discurso del presidente por parte de los conservadores de los Estados Unidos no pillaron a nadie por sorpresa. Un destacado columnista del medio conservador National Review le acusó de “equidistancia moral y sentimentalismo sensiblero”. David French escribió que la absolución de la responsabilidad japonesa era inaceptable.

“No, señor presidente, la imagen de la nube con forma de hongo nos recuerda de forma descarnada los horrores del Impero de Japón y el ingenio y la resolución de los ciudadanos estadounidenses para derrotar a una de las fuerzas más genocidas que el mundo ha visto jamás”, apuntó French.

French está entre aquellos que creen que el presidente se disculpó de hecho por la decisión de Truman de utilizar armas nucleares. Desde su punto de vista, Obama fracasó a la hora de apoyar claramente la justificación central: que las bombas sirvieron para concluir rápidamente la guerra, evitando la pérdida de muchas más vidas tanto estadounidenses como japonesas, como habría ocurrido si se hubiesen invadido las islas principales del archipiélago. Esta afirmación es ampliamente compartida por el público y los historiadores estadounidenses, e incluso por el mismo presidente. Pero aparentemente Obama se doblegó ante la sensibilidad de los japoneses al no repetir dicha afirmación en su discurso.

Entre la izquierda estadounidense también había gente contraria a la visita del presidente. Para ellos no es problemático el hecho de que abrace las ideas pacifistas. Más bien es la hipocresía de esa postura. Las personas que abogan por el control de armas apuntaron que la administración Obama había destinado presupuesto a la ampliación del programa de armas nucleares de los Estados Unidos, a pesar de su retórica antinuclear.

Para otras personas, su visita sirvió realmente para apuntalar el Gobierno conservador del primer ministro Abe Shinzō y permitirle, con el apoyo estadounidense, seguir adelante con su rechazo del pacifismo japonés de posguerra.

“Al abogar en su discurso por el desarme en una nación cuya Constitución pacifista ha a contribuido a poner en cuestión con su postura en Asia, Obama se ha arriesgado a otorgar credibilidad a las peligrosas ideas que subyacen a la retórica de Abe: que Japón puede conservar mejor su identidad como cultura pacifista si acepta la restauración de su papel militar en los asuntos de índole internacional”, afirmó el escritor estadounidense Dreux Richard en el New York Times.

Lecciones para otros líderes

El mejor análisis sobre el impacto de la visita de Obama a Hiroshima podría provenir de los países del Noreste Asiático, donde las tareas para alcanzar la reconciliación de posguerra aún no han terminado. Si esta visita sirve únicamente para dar validez al estatus de víctima de Japón, podría enviar un mensaje incómodo para aquellos que sufrieron la agresión japonesa en Asia. Las reacciones negativas en China y Corea a la visita han tenido un carácter ritual y, según los estándares de la retórica de siempre respecto a la historia de la guerra, fueron relativamente suaves. En Corea hubo un esfuerzo consciente por no reaccionar de forma exacerbada ante la visita, al menos en deferencia a su aliado estadounidense.

No en vano la visita de Obama a Hiroshima también ha puesto un reto sobre la mesa para Japón y en particular para el primer ministro Abe, algo que los medios utilizaron fácilmente. Si el presidente estadounidense puede hacer una visita a Hiroshima y reconocer el dolor que se produjo a manos de los americanos, ¿por qué el líder japonés no puede tener un gesto de reconciliación similar en el monumento en memoria de aquellos asesinados por los invasores japoneses en Nankín, o en Seúl reuniéndose con las llamadas “mujeres de solaz”?

El presidente demostró valor politico al romper el tabú histórico contra esta visita. Y es notable que las voces críticas fueron menos numerosas y más suaves de lo que muchos temían. Hubo quien aconsejó a Obama que no fuera temiendo el revés político que podría haber generado, especialmente en este año electoral candente. En cambio, el presidente entendió correctamente que los Estados Unidos, como nación, estaba preparada para hacer frente a su pasado bélico. Esta es una lección que otros líderes pueden, y deben, aprender también.

(Traducido al español del original en inglés. Fotografía del encabezado: el presidente Barack Obama habla en Hiroshima, el 27 de mayo de 2016. © Jiji)

  • [09.08.2016]

Director adjunto de investigación en el Centro de Investigaciones Walter H. Shorenstein para Asia-Pacífico, de la Universidad de Stanford. Su estudio se centra en la actual política exterior y política de seguridad nacional de Estados Unidos en Asia, y en la política exterior de Japón y Corea del Sur. Licenciado en Historia de Asia Oriental por la Universidad de Columbia y máster por la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard. Ha sido corresponsal del Christian Science Monitor en India y Tokio, y director de la delegación en Moscú. Ha sido también redactor en las secciones nacional e internacional del San Jose Mercury News. Entres sus publicaciones podemos citar Cross Currents: Regionalism and Nationalism in Northeast Asia (Contracorriente: Regionalismo y Nacionalismo en Asia Nororiental) y History Textbooks and the Wars in Asia: Divided Memories (Los libros de texto de historia y las guerras de Asia: Recuerdos divididos).

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