La Familia Imperial como modelo y la decadencia de la familia japonesa

Yamada Masahiro [Perfil]

[08.11.2016] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | FRANÇAIS | Русский |

Después de la guerra, el romance que condujo al matrimonio del entonces príncipe heredero con Shōda Michiko y el estilo de vida familiar que iniciaron juntos se convirtieron en modelos para los japoneses. Con la diversificación que ha experimentado la familia, en el Japón actual ya no existe una imagen ideal de la misma, pero los recientes mensajes del Emperador arrojan luces sobre ciertos aspectos relacionados con este tema, que un experto en temas familiares analiza en el presente artículo.

Cuando uno está especializado en sociología de la familia, acaba viendo desde esa perspectiva académica incluso a la Familia Imperial. Tanto en el mensaje difundido por el Emperador en agosto sobre su intención de abdicar, como en sus deseos previamente expresados de que sus funerales y su mausoleo sean simplificados, se aprecia que el Emperador se adelanta a la época previendo el modelo familiar que se está imponiendo en Japón, país que sufre escasez de nacimientos y un rápido envejecimiento de su población.

Desde la era Meiji (1868-1912), la vida de la Familia Imperial ha funcionado como un modelo para las familias japonesas. Veamos, pues, a través de la Familia Imperial, cómo ha evolucionado la familia japonesa y cuál puede ser su futuro.

El matrimonio entre consanguíneos era la norma en la Familia Imperial

Dando un salto de unos 1.400 años en la historia, comencemos por el periodo Asuka (siglos VI-VII), época en que el poder imperial estaba todavía asentándose. Era una época poligámica, como es bien sabido, y en ella el matrimonio entre consanguíneos era la norma tanto en la Familia Imperial como en el conjunto de la nobleza. El Emperador Tenmu tomó por esposas a varias de sus sobrinas, hijas de su hermano mayor, el también Emperador Tenji. Una de ellas se convertiría en la Emperatriz Jitō. Y el hijo de esta Emperatriz, el príncipe Kusakabe, se casó con una de las hijas del citado Tenji (la futura Emperatriz Genmyō), es decir, con su propia tía. Casarse era también posible entre hermanos de diferente madre. Actualmente se han prohibido las uniones entre hermanos y entre tíos y sobrinos, pero siguen permitiéndose los matrimonios entre primos, lo cual es un remanente de aquella época.

Por otra parte, desde el periodo Asuka al periodo Heian, que finaliza en el siglo XII, existió en la Familia Imperial y entre la nobleza la modalidad matrimonial llamada tsumadoikon, consistente en que el hombre visitara la casa de su esposa. Cuando nacía un bebé, este era criado en la casa materna. En caso de tener varias esposas, el marido establecía un orden de visita. Si el marido ascendía en la escala social y podía permitirse tener casa propia, se llevaba consigo a su esposa o esposas y a todos sus hijos. Aspectos de este sistema aparecen en la obra literaria La historia de Genji (Genji monogatari, de Murasaki Shikibu), que data del siglo XI.

Una visión flexible y diversa del matrimonio entre el pueblo llano

A partir del periodo Kamakura (1185-1333), que marca el declive de la nobleza cortesana y el ascenso de la casta guerrera o militar (los bushi), el tsumadoikon es abandonado y se generaliza el yometorikon, es decir, un estilo de matrimonio en el cual, al casarse, la mujer pasa a residir en la casa del marido. Representa, pues, el inicio de la familia de descendencia directa o el sistema del ie (literalmente, “casa”). Se cree que este sistema, en el que la formación de la familia no se apoya exclusivamente en lazos sanguíneos, pues para perpetuar la casa se puede incluir en la misma al marido de una hija o incluso adoptar un matrimonio en caso de no haber descendencia directa, fue influenciado por el confucianismo chino. Hay que añadir que, a diferencia de Occidente, en Japón sí se permitía el divorcio.

Se cree que, entre el pueblo llano, la familia y el matrimonio adoptaban formas más flexibles y variadas que entre los bushi o los nobles. En el periodo Edo (1603-1867), el índice de divorcio entre la población campesina de la región de Tōhoku (porción septentrional de la isla de Honshū) se acercaba al 50% y era, por tanto, comparable al índice actual en Estados Unidos. En la zona suroeste del país, existía el ashiirekon, en el que se establecía un periodo de prueba durante el que la novia convivía con el novio en la casa paterna de este. Si la novia no se adaptaba a los usos y costumbres de la casa el matrimonio no se formalizaba y ella debía buscarse otro novio. A su vez, en la región de Kagoshima (extremo sur de la isla de Kyūshū) existía el inkyosei, que exigía que, una vez formado un matrimonio, el matrimonio de la generación anterior se “retirase”, formándose dos hogares separados. Este sistema explica que, todavía hoy en día, sea en la prefectura de Kagoshima tan elevada la proporción de familias nucleares (padres e hijos, sin los abuelos). En muchos lugares, entre el pueblo llano eran tradicionales las visitas nocturnas de los jóvenes a las casas de sus amadas (yobai) y había regiones en las que los jóvenes de ambos sexos podían tener libremente experiencias prematrimoniales.

Como queda de manifiesto, hasta la Restauración Meiji las costumbres relacionadas con la familia japonesa han sido muy variadas, dependiendo de la época, la clase social y el área geográfica, así que no puede aseverarse que una determinada forma de entender la familia sea la forma tradicional japonesa.

La Restauración Meiji y el establecimiento del sistema del ie

Con la Restauración Meiji se pone en marcha el proceso de modernización de Japón. Simultáneamente, se comienza a considerar cuál sería la modalidad de familia más conveniente para el Japón moderno. Es en este contexto en el que se da a conocer el estilo de vida de la Familia Imperial. El Emperador Meiji, por ejemplo, en sus apariciones públicas se presentaba con el cabello corto y vestido a la occidental. Trascendió que la Emperatriz era reacia a ataviarse de aquella forma. En resumen, el estilo de vida del Emperador, incluyendo su vestimenta, su alimentación y las características de su residencia, se convirtieron en un modelo que la gente debía imitar.

En 1898, cuando se estableció el Código Civil, se produjo un gran debate sobre cómo debería concebirse la familia japonesa. En dicho código, básicamente, tomando por modelo la familia de la clase de los bushi del periodo Edo, se conceden amplios derechos al cabeza de familia (kachō), quedando reconocidos dentro de su potestad el manejo del patrimonio familiar, así como el matrimonio y divorcio de los hijos. A conveniencia del ie, la familia podía obligar a una mujer a divorciarse. Sin embargo, los tiempos exigían introducir también elementos de la cultura moderna basada en el cristianismo occidental. Por ejemplo, hasta el final del periodo Edo en Japón se reconocía la poligamia, pero el cristianismo es estrictamente monogámico y, por principio, no admite el divorcio. Por otra parte, en Japón, al igual que en China, Corea y otros países, existía la costumbre de que los cónyuges mantuvieran sus respectivos apellidos, mientras que en Occidente se disponía un apellido común para ambos. Como solución de compromiso, junto al reconocimiento expreso de los derechos hereditarios de los hijos de las concubinas, se introdujo en el nuevo Código Civil, entre otras disposiciones, la obligación del apellido común, a imitación de Occidente.

La Familia Imperial, un modelo en el Japón posterior a la guerra

Con la derrota de 1945, el ideario del Japón imperial quedó obsoleto. Se buscó en una vida familiar rica el nuevo sostén moral para los japoneses. No se trataba de reeditar el sistema tradicional del ie, sino de que el marido, con su trabajo fuera de la casa, y la mujer haciendo las labores del hogar y criando a los hijos, fueran construyendo una vida familiar rica. Era, pues, el modelo familiar vigente en la época en Estados Unidos y en Europa, que en Japón puede denominarse “modelo familiar posterior a la guerra”. Y uno de los modelos propuestos para obtener esa rica vida familiar fue la familia formada por el entonces príncipe heredero.

En 1959, su alteza el príncipe heredero (actual Emperador, Akihito) tomó por esposa a Shōda Michiko. Fruto de este matrimonio nació un año después el entonces llamado príncipe Hironomiya (actual príncipe heredero, Naruhito), creándose así una “familia nuclear” como la que era común en Occidente.

En aquel entonces, todavía se practicaba mayoritariamente el matrimonio concertado o miai kekkon. Según el National Fertility Survey de 2015, en 1957 el 54,0 % de los matrimonios se originaba en entrevistas concertadas, frente al 36,2 % de matrimonios por amor espontáneo. Este solo comienza a superar al primero hacia 1965. En la época, se hizo especial hincapié en que el príncipe heredero y Michiko, cuyo romance fue conocido como “amor en la cancha de tenis”, se encontraron en una instalación deportiva de Karuizawa, se gustaron y eligieron mutuamente como pareja. Desde ese momento, casarse por amor se convirtió en un ideal para muchos japoneses. Cabe imaginar que muchos jóvenes se sintieran alentados a encontrar su propio amor al leer en la prensa que incluso los miembros de la Familia Imperial formaban matrimonios basados en el afecto.

Los entonces príncipes (actuales majestades imperiales) en su primer partido de tenis tras su boda. Instantánea tomada el 31 de mayo de 1959. (Fotografía: Jiji Press)

La princesa Michiko como ama de casa ideal

Pero más aún que el hecho de ser un matrimonio por amor, fue la crianza directa de los hijos por parte de los propios príncipes lo que supuso un hito histórico. Poco antes de nacer el primogénito, el entonces príncipe heredero hizo saber públicamente que deseaba criar a sus hijos directamente “hasta la época del bachillerato” (23 de diciembre de 1959, Mainichi Shimbun). Disponer de un amplio servicio doméstico era común antes de la guerra y todavía durante los años 50 en las capas superiores de la sociedad (por supuesto en la Familia Imperial y aristocracia, pero también entre los empresarios, terratenientes y comerciantes ricos). Los niños quedaban en manos de las amas de cría y del resto del servicio. Se consideraba que, fuera de los estratos más bajos y pobres de la sociedad, cuidar de los niños e imponer disciplina no eran funciones propias de los padres. El actual Emperador también fue criado por una nodriza y por los encargados de crianza y educación de la Casa Imperial. Por esta razón, se dice que su madre, la entonces Emperatriz Kōjun, con amorosa severidad, trató de disuadir al joven matrimonio de su deseo de encargarse personalmente de la crianza de sus hijos.

Además, se conservan fotografías de la época en las que puede verse a Michiko en delantal, preparando por sí misma las primeras papillas (¿?) de su hijo en la cocina. Estas fotografías nos muestran cómo Michiko se convirtió también en modelo de la nueva ama de casa o mujer amorosamente dedicada a “sus labores”. Antes de la guerra, no habría sido posible imaginar a una mujer de la Familia Imperial en la cocina, guisando por sí misma.

Y de hecho los hogares con un “ama de casa” fueron aumentando en el Japón posterior a la guerra. Antes de la misma, entre el pueblo llano, en las familias de agricultores y similares predominaban los autoempleados o autónomos, y las mujeres, igual que los hombres, salían fuera para colaborar en las tareas del campo. En las capas superiores de la sociedad, las mujeres no solo no hacían un trabajo remunerado, sino que confiaban al servicio las tareas domésticas y la crianza de los hijos. Después de la guerra, con la industrialización del país, muchos hombres se convirtieron en empleados y también aumentó la proporción de mujeres que se dedicaban al hogar y a los niños, una situación que alcanzó su pico en torno al año 1975. Y la princesa Michiko fue un modelo para este nuevo tipo de mujer.

Los entonces príncipes (actuales majestades imperiales) pasan con sus hijos unos días de descanso en el Hotel Prince de Karuizawa, en la prefectura de Nagano. Instantánea tomada el 13 de agosto de 1966. (Fotografía: Jiji Press)

Asimismo, cada vez más frecuentemente, los medios publicaban informaciones que iban más allá de las funciones públicas de los miembros de la Familia Imperial y mostraban al matrimonio del príncipe heredero compartiendo con sus hijos momentos de ocio. Antes de la guerra, en las familias de las clases superiores, lo normal era que el marido, la mujer y los niños se divirtieran cada cual por su cuenta y fueron precisamente el príncipe heredero y la princesa Michiko quienes sirvieron de modelos para este nuevo concepto del ocio en familia.

Una época sin modelos familiares y la familia del Emperador

Ahora, en Japón, más que a una diversificación o una destrucción de la familia, estamos asistiendo a una “decadencia” de la familia. El modelo familiar de posguerra en el que el hombre trabaja fuera y la mujer se ocupa del hogar sigue muy arraigado y muchos, incluso entre los jóvenes, siguen considerándolo el modelo ideal. Al mismo tiempo, ha aumentado el número de personas que creen que lo ideal es que ambos cónyuges trabajen fuera de casa. Y, por encima de otras tendencias, está creciendo la proporción de personas que, deseando casarse, no pueden hacerlo y pasan a engrosar las filas de quienes yo denomino “solteros convivientes con padres”.

Parece ser que las nuevas generaciones de la Familia Imperial ya no van a ser mostradas como modelos de nuevas formas de entender la familia. El matrimonio por amor se ha convertido en el esquema más habitual y cuando el príncipe de Akishino (hermano menor del heredero, Naruhito) formalizó su unión con una excompañera de estudios, pocos se sorprendieron. Igualmente, cuando el propio Naruhito se casó con la diplomática Owada Masako, yo imaginé de que formarían un matrimonio del tipo en el que ambos cónyuges siguen su propia carrera, y me atreví a comentar que sería deseable que fuesen un modelo para la nueva familia japonesa de la actual era Heisei.

Pero la realidad ha demostrado que en ningún sentido este matrimonio se ha convertido en un modelo ideal, incluso acaba uno pensando si no será que la excesiva atención que han concitado se ha convertido en una carga para ellos. Más bien, en lo que han terminado convirtiéndose es en un elocuente ejemplo de lo difícil que resulta compatibilizar las actividades profesionales de los cónyuges no solo para los hogares normales, sino también para el del príncipe heredero y su esposa. Hemos llegado a una época en que ya no es posible mostrar un modelo como la forma ideal de concebir la familia.

El mensaje imperial como parte de las actividades shūkatsu

Lo que sí me ha parecido que podría dar origen a “modelos” para las generaciones que están próximas a retirarse de su actividad profesional son los mensajes hechos públicos por el Emperador, este año sobre su deseo de abdicar y en 2013 sobre la simplificación de su mausoleo y de sus ritos fúnebres.

La Casa Imperial de Japón no tiene una tumba que haya sido transmitida de generación en generación, como tampoco la tiene la familia Tokugawa, de la que salieron son shogunes del periodo Edo o Tokugawa.

Las tumbas imperiales son en Japón básicamente individuales, incluyendo las más grandes, como la del Emperador Nintoku, aunque también existen ejemplos que hoy podríamos calificar de “modernos”, como la tumba del Emperador Tenmu, que incluye también la de la Emperatriz Jitō (por supuesto, las demás esposas de Tenmu tienen cada una su tumba).

La tumba familiar tradicional, en la que se venera a los antepasados y que es heredada por el primogénito, se generalizó a partir de la era Meiji. Cuando abundaban los niños quizás no fuera así, pero hoy en día, cuando la población soltera no hace más que crecer, para mucha gente mantener una tumba que sigue perteneciendo a la familia generación tras generación ya no es posible. En este contexto, el Emperador se adelantó y propuso la simplificación de su mausoleo imperial. Esto, en mi opinión, está lleno de sentido.

Y después de aquel primer mensaje, llega este otro sobre su intención de abdicar el trono, algo que no está previsto en la legislación japonesa. Últimamente la gente habla mucho del shūkatsu (literalmente, “actividades terminales”, las orientadas a testar y determinar las honras fúnebres y el destino último de los restos mortales), palabreja formada a imitación de konkatsu (preparativos nupciales) que inventé. Pensar que esas cosas se solucionarán por sí solas sin necesidad de hacer nada podía ser válido, quizás, en una época en que los matrimonios tenían muchos hijos, pero ya no lo es. Ahora, cada vez son más los que dejan dispuestas todas las cosas relacionadas con su propio final, bien porque no tienen hijos o bien porque, aun teniéndolos, desean aligerar su carga en lo posible.

En cierto sentido, puede decirse que los mensajes del Emperador entran dentro de este rango de actividades. Demuestra, en mi opinión, que está pensando en su propio final de forma que se pueda aligerar en lo posible la carga que supondrá para los japoneses, lo cual hace que el respeto y la admiración que ya sentíamos hacia su majestad sean todavía mayores.

(Escrito el 3 de octubre de 2016 y traducido al español del original japonés)

Fotografía del encabezado: en el recién reformado Palacio de Akasaka (Tokio), sus majestades el Emperador y la Emperatriz, su alteza el Príncipe Heredero y su alteza el príncipe de Akishino, acompañado por toda su familia, visitan el salón Asahi-no-ma el 30 de mayo de 2010. (Fotografía: Jiji Press)

  • [08.11.2016]

Nacido en Tokio en 1957. Cursó estudios de doctorado en la Escuela de Sociología de la Universidad de Tokio, que interrumpió en 1986. Es profesor en la Facultad de Literatura de la Universidad de Chūō desde 2008. Se ha especializado en sociología de la familia, sociología de los sentimientos y estudios de género. Entre sus obras, destacan Parasaito shinguru no jidai (La era de los solteros parásitos; Chikuma Shinsho, 1999), Shōshi shakai Nihon: Mō hitotsu no kakusa no yukue (Japón, país sin niños: ¿qué pasará con la otra brecha?; Iwanami Shoten, 2007) o Kazoku nanmin (Refugiados familiares; Asahi Shimbun Shuppan, 2016).

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