¿Cómo encarar la nueva administración de Trump? El futuro de la alianza nipo-estadounidense

Teshima Ryūichi [Perfil]

[24.11.2016] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | FRANÇAIS | Русский |

En unas presidenciales reñidas hasta el último momento, el republicano Trump logró finalmente imponerse a la demócrata Clinton. El autor de este artículo, que ha cubierto in situ durante largos años la relación entre los dos países, recalca la gran importancia que tiene para Japón mantener una sólida alianza con Estados Unidos, alianza que Trump ha hecho estremecerse con sus declaraciones durante la campaña.

La alianza nipo-estadounidense, un buen punto de partida para la nueva administración

Quizás sea el pueblo de Japón, país que ha mantenido durante más de medio siglo una alianza con Estados Unidos, el más conmocionado por la elección de Donald Trump como presidente de este país. China, nueva potencia militar, en sus aspiraciones de convertirse también en una potencia marítima, está haciéndose notar en el Mar de la China Meridional y en el de la China Oriental. La ciudadanía japonesa tiene una percepción muy directa de esta actitud agresiva de China y por eso siente la alianza con Estados Unidos, hoy más que nunca, como algo realmente importante.

Sin embargo, como candidato del Partido Republicano, durante su campaña electoral Trump ha expresado sus dudas sobre el actual estado de esta alianza, lo cual ha producido mucha ansiedad en Japón.

“Aunque Estados Unidos sea atacado, Japón no va a hacer nada. Hay que renegociar, entonces, el Tratado de Seguridad”, manifestó Trump, arremetiendo contra el tratado e incluso insinuando la posibilidad de abolirlo. Es difícil encontrar una persona, en la esfera política norteamericana tal como se ha presentado hasta el momento, que critique tan abiertamente la alianza nipo-estadounidense.

La función de esta alianza es prevenir conflictos en la región de Asia Oriental y actuar como fuerza disuasiva frente al poder militar nuclear de China y de Corea del Norte. Y las bases militares de que Estados Unidos dispone en Japón son una pieza clave en la estrategia seguida por aquel país en la región Asia-Pacífico. Pero no parece probable que este tipo de explicaciones se basten para hacer rectificar a Trump.

En esencia, con esta serie de manifestaciones lo que está haciendo Trump es declarar que su país va a abandonar la jefatura de la alianza de los países occidentales y va dejar de actuar como corresponde a un líder mundial. Esto implica crear un enorme vacío estratégico en Asia Oriental y el peligro de que, para llenarlo, acaben ocurriendo algunos desórdenes.

Aprovechando el antagonismo ruso-estadounidense, China ha construido siete islas artificiales en el Mar de la China Meridional y reclama como propio todo el territorio comprendido dentro de la llamada Línea de los Nueve Segmentos (Jiuduanxian). Y está militarizando dichas islas construyendo en ellas pistas de aterrizaje de más de 3.000 metros. Si, en estas circunstancias, se debilita la alianza nipo-estadounidense, este siglo XXI se nos va a presentar plagado de desórdenes.

No es que Trump haya comprometido el prestigio de la superpotencia norteamericana con algún escándalo de faldas. Lo que ocurre es que, con su pretensión de anteponer Estados Unidos al resto de cosas, proclamando que la búsqueda del beneficio particular de Estados Unidos es lo primero, ha sacudido desde sus cimientos la confianza depositada en su país. Sus ideas de perseguir desnudamente los intereses nacionales ha hecho más patente la subyacente tendencia al aislacionismo del país y espoleado un nacionalismo malsano. Y esto es una pócima explosiva.

“Japón, Corea del Sur…, deben defenderse por sí mismos. Si quieren hacer frente a la amenaza nuclear norcoreana, que se armen también ellos nuclearmente”.

Como candidato a la presidencia, Trump no ha vacilado en decir que Japón no parece dispuesto a gastar lo necesario para su seguridad nacional y que su dependencia de su aliado, Estados Unidos, es excesiva.

Desde el fin de la guerra, ha habido un planteamiento inconfesado que ha guiado la política exterior y de seguridad de Estados Unidos, y que se ha mantenido sin cambios con independencia de que fueran demócratas o conservadores quienes ocuparan el poder, y ese ha sido no poner bajo ningún concepto el botón nuclear al alcance de Japón, en Asia Oriental, ni de Alemania, en Europa. Porque dar facilidades a dos países que en cualquier momento podían desarrollar estas armas si se lo proponían equivalía a renunciar a su condición de superpotencia.

Sin embargo, como candidato, Trump se ha mostrado favorable a permitir que países como Japón, Corea del Sur o Arabia Saudí se nuclearicen. Y esto ha avivado los debates latentes en dichos países sobre la posibilidad de dotarse de ese tipo de armamento. En especial, si Arabia Saudí diese el paso, esto sacaría a relucir la posesión de dicho armamento por Israel, lo cual a su vez abriría la puerta a la nuclearización de otros países del Medio Oriente. Nos arriesgaríamos a que, con el tiempo, las armas nucleares pasasen también a manos del autodenominado Estado Islámico. No sería arriesgado decir que la alarma creada por estas declaraciones de Trump está detrás de la primera visita a Hiroshima de un presidente en activo de Estados Unidos, protagonizada por ese mismo Barack Obama que decía aspirar a un mundo libre de armas nucleares.

Trump ha luchado por la presidencia bajo el lema de “Haz de Estados Unidos un gran país de nuevo”. Pero para ser grande, un país debe ser primero un líder respetado en el mundo. Por eso, si su intención es realmente hacer de Estados Unidos un gran país de nuevo, lo más importante es coordinar esfuerzos con el resto de países que comparten el ideal de la libertad. Es precisamente la alianza nipo-estadounidense lo que puede asegurar que el barco de la nueva administración Trump se haga a la mar en buenas condiciones.

El magma del descontento popular, la fuerza que ha aupado a Trump al poder

“Al otro lado de la frontera con México, China construye una tras otra nuevas y potentes plantas industriales, y los productos fabricados por las manufactureras chinas inundan el mercado estadounidense. Así es como nuestros industriosos trabajadores van perdiendo sus empleos”.

Con estas palabras, el entonces candidato Trump excitaba la ira de la gente haciendo ver que por culpa del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) firmado con México, excelentes empresas salían huyendo de Estados Unidos y la situación se traducía en un gran número de desempleados.

El sector de la clase trabajadora conocido como poor white (blancos de bajos ingresos) es el que ha impulsado la carrera hacia la presidencia del magnate inmobiliario Trump como candidato republicano. En su mayoría, son personas que han pasado del bachillerato al mundo laboral. Estas personas han depositado su esperanza en Trump para que cambie su actual situación. Y son ellos quienes lo han convertido en el 45º presidente de los Estados Unidos, echando abajo todos los pronósticos de los medios de comunicación.

En estados claves en la batalla electoral, como Ohio, con numerosas empresas manufactureras, o Michigan, que en otro tiempo recibía el apodo de “el estado del automóvil”, la clase trabajadora blanca ha apoyado en bloque a Trump. Estos bastiones tradicionales del Partido Demócrata cayeron en un abrir y cerrar de ojos. Ahora más que nunca, querríamos que Trump, que asumirá la presidencia a finales de enero, desplegara políticas que contribuyan a crear una sólida clase media. La economía no se regenerará solamente bajando los impuestos a los ricos. Si no se asegura el apoyo de las clases medias, su aventura terminará con su primer periodo presidencial. No se ve cómo podría vencer así en unas próximas elecciones. Una política económica firme es imprescindible no solo para Estados Unidos: lo es también para la estabilidad de la comunidad internacional.

La pregunta es, en todo caso, por qué Hillary Clinton, que con su renombre, recursos económicos, respaldo organizativo y capacidad de formulación de políticas aparecía como el candidato con más posibilidades, ha caído de esta forma, casi sin oponer resistencia, ante el magnate inmobiliario. Observando el ambiente que se respiraba al final de la campaña electoral, mantuve en todo momento ante los medios de comunicación mi idea de que cabía esperar una gran sorpresa. La base electoral de Clinton resultaba demasiado frágil y cualquier pequeña ofensiva del equipo republicano de Trump bastaba para hacerla temblar.

James B. Comey, director del FBI, hizo público poco antes del cierre de campaña que la investigación sobre los mensajes de correo electrónico de Clinton durante su mandato como secretaria de Estado permanecía abierta. Este anuncio tuvo un fuerte efecto y el equipo demócrata de Clinton no pudo evitar que el candidato republicano le pisara los talones en las encuestas. Esta es la explicación que ofrecen los medios. Pero no es eso lo que ocurrió. En una campaña presidencial se propala todo tipo de informaciones. No es creíble que por una sospecha así todos los estados que se consideraban ganados para el equipo azul retornaran, uno por uno, a la condición de estados más disputados.

Al cerrarse la campaña, se esperaban que los resultados más ajustados se dieran en Ohio, Florida, Carolina del Norte y Pensilvania. A ellos se sumaron a última hora Nuevo Hampshire y Maine, dos estados de la región de Nueva Inglaterra que se daban ya por demócratas, pero que pasaron del azul al gris. Y con la apertura de las urnas la mayor parte de los estados en disputa cayeron en manos de Trump.

Hillary Clinton es una política que no está a la altura a la hora de la verdad. Lo evidenció ya en 2008, cuando perdió la batalla por la nominación demócrata ante Obama. Es lo que pienso después de haberla seguido de cerca informativamente en Washington. Esto se ha vuelto a notar al reavivarse el escándalo de los correos electrónicos. Pero este escándalo no es más que uno de los factores que han intervenido en su derrota. Más decisiva que eso ha sido la desilusión que se siente hacia el Partido Demócrata y hacia los políticos convencionales. Se había confiado en que un presidente joven y perteneciente a una minoría social como Obama podría cambiar las cosas, pero esto había resultado ser una mera ilusión. La decepción fue mayúscula. La derrota del Partido Demócrata ha sido también la respuesta del pueblo norteamericano, que había despertado ya del sueño que lo ilusionó ocho años atrás.

Las señales que presagiaban esto comenzaron a aparecer muy pronto. La carrera hacia la nominación dentro del Partido Demócrata fue un vía crucis para Clinton. Hay jóvenes que, por falta de medios económicos, no pueden acceder a una universidad estatal, y muchos de ellos se congregaron en torno a la figura del senador Bernie Sanders, representante del ala más izquierdista del partido. Clinton trató de ofrecer un buen paquete de medidas para satisfacer a los jóvenes, pero en ningún momento se sintió apoyada en su carrera. Durante el año largo que duró la campaña presidencial, la finalmente derrotada Clinton debió de sentir en carne propia la revuelta de las bases. Pudo conocer hasta qué punto el magma del descontento fluye bajo la superficie de la sociedad norteamericana del siglo XXI.

Rompamos los techos invisibles que impiden a las mujeres ascender en la escala social. Tal era el mensaje de Clinton en su pugna por convertirse en la primera presidenta del país. Estoy enterado de los muchos obstáculos a los que se enfrentan las mujeres, también en esa sociedad, para poder brillar profesionalmente. Pero, aun siendo consciente de eso, creo que el juicio de situación que llevó al partido a situar en primer plano el objetivo de colocar en la Casa Blanca a una mujer quedaba un tanto anclado en el pasado. Tal vez la candidata favorita, Hillary Clinton, esa política que había venido moviéndose tan largamente en el corazón de la política norteamericana, estuviera acercándose sin saberlo a su fecha de caducidad.

Japón debe tomar la iniciativa en la creación de un orden internacional en Asia Oriental

Pero volvamos al ya presidente electo, Donald Trump. Desconocemos todavía si la administración que se dispone a formar será finalmente una administración a la que Japón pueda dar la bienvenida, o si por el contrario tomará actitudes agresivas. Los medios de comunicación japoneses ensayan todo tipo de previsiones. Pero me atrevo a decir que lo que está haciendo peligrar los fundamentos de la alianza nipo-estadounidense es precisamente esa actitud pasiva de quien lee, quizá con cierta intranquilidad, el pronóstico del tiempo para mañana. Japón es, ni más ni menos, la tercera potencia económica mundial y el principal socio de Estados Unidos en Asia Oriental. Y, como tal, debe mostrar una actitud activa, tomando la iniciativa en la formación de un orden internacional para esta región. Si queda en claro que es Japón el que lleva la voz cantante en Asia Oriental, la administración de Trump no tendrá otra opción que dirigir su política exterior en esta región sobre la base de su alianza con Japón.

Fotografía del encabezado: Donald Trump se presenta ante sus seguidores en Nueva York tras confirmarse su victoria en la noche electoral del 9 de noviembre de 2016. (Fotografía: AP/Aflo)

  • [24.11.2016]

Periodista y escritor especializado en política exterior. Director representante de Nippon.com. Graduado por la Facultad de Economía de la Universidad de Keiō. Ingresó en la NHK en 1974. Tras ejercer como jefe de las delegaciones en Bonn y Nueva York, se independizó en 2005. Entre sus obras destacan Tasogareyuku Nichi-Bei dōmei: Nippon FSX wo ute (Japón-Estados Unidos, una alianza que se eclipsa: diparad al FSX japonés; Shinchō Bunko, 2006, reedición de la obra escrita en 1991), y las novelas Urutora darā (Ultra dólar, Shinchō Bunko, 2007) y Nanji no na wa supai, uragirimono, aruiwa sagishi: interijensu kijinden (Tienes nombre de espía, traidor o impostor: leyendas de excéntricos de los servicios de inteligencia; Magazine House, 2016).

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