La pena de muerte en Japón. 1: El ámbito de lo invisible

Mori Tatsuya [Perfil]

[10.02.2017] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | Русский |

Japón es uno de los pocos países desarrollados que mantienen la pena de muerte. Un director de cine documental intrigado por ese 80 % de apoyo popular a la pena capital del que hablan las encuestas llama una vez más la atención sobre los muchos ángulos muertos de este sistema.

Un sistema que selecciona vidas

El asesinato, ocurrido en julio del año pasado, de 19 personas con discapacidad que recibían cuidados en una institución de Sagamihara fue un tremendo golpe para la sociedad japonesa. Se dio a conocer, además, que el criminal había enviado previamente cartas en las que anunciaba que mataría a discapacitados “por la paz de Japón y del mundo”, y que matar a estas personas era una forma de “contener al máximo la infelicidad”, expresiones que causaron honda indignación y muchas reacciones. Se oyeron expresiones como “esto es idea eugenésica”, “ninguna vida está privada de sentido” o “la vida no puede ser objeto de selección”.

Todas las vidas son dignas de respeto. No puede hacerse con ellas un ranking, ni elegir unas descartando otras. Sobre esto estamos plenamente de acuerdo. Pero me veo obligado a decir, entonces, que ahora mismo la sociedad japonesa sigue apartando la vista de un sistema basado, en cierto sentido, en ese mismo pensamiento supremacista según el cual hay vidas desechables. Me estoy refiriendo a la pena de muerte.

La pena de muerte es el sistema mediante el cual una vida cuya continuidad un tribunal ha juzgado carente de sentido o de valor es eliminada mediante la acción humana. Y este sistema es apoyado por más del 80 % de la población de Japón.

Lo importante aquí no es la existencia en sí del sistema de la pena de muerte, sino que mucha gente aparte sus ojos de este hecho. Por supuesto, también ellos saben que este sistema existe. Pero no profundizan más en él. Cómo son ejecutados los reos de muerte, qué pasa por sus mentes en ese momento, qué vida llevan hasta el momento de su ejecución, cuál es, pensándolo bien, el sentido de este sistema…, son cosas en las que muy poca gente piensa en su vida diaria.

Los dirigentes de Aum sentenciados a muerte

Igual que mis conciudadanos, anteriormente tampoco yo estaba demasiado interesado en estos temas. Hay personas que cometen crímenes tan graves como matar a su prójimo y que son por ello castigadas con la muerte. Es lógico que se las mate, pues ellas mismas han matado. Hasta ahí llegaba mi conciencia sobre el asunto. Sin embargo, hubo un momento en que sentí una gran confusión. Fue durante mis visitas a un centro de detención donde, con motivo de la elaboración de un documental, entrevisté a seis dirigentes de la secta Aum Shinrikyō (Verdad Suprema) a quienes se les había dictado ya sentencia de muerte. Y es que me di cuenta de que estaba conversando con alguien a quien poco después se iba a matar.

Por supuesto, morir es algo que termina ocurriéndonos a todos. Hay accidentes. Hay enfermedades. Está también la decrepitud. Pero estas personas que ahora dialogan conmigo a través de esta placa de acrílico transparente no van a morir por accidente ni por enfermedad. Se las va a matar. Y eso, de forma perfectamente legal.

Ellos estaban arrepentidos. De haber cometido fatales equivocaciones. De su fervor religioso. Algunos de ellos decían entre lágrimas, pensando en los sentimientos de los familiares de las víctimas, que era lógico que a ellos mismos se les matase. Me reuní con ellos muchas veces. Intercambié con ellos cartas. No era solo arrepentimiento. Sonreían también algunas veces, ante una broma. Se enfadaban ligeramente otras, corrigiéndome sobre mi interpretación de alguno de los detalles de un caso criminal. Las personas que tenía ante mis ojos eran hombres normales. En cierto sentido eran incluso más amables, puros y bienintencionados que el común de los humanos. Y esto es lo que me confundió. No se puede matar a otra persona. Ellos habían roto la ley y por eso se les mataba, legalmente. Pero yo dejé de entender el sentido de esta lógica. ¿Por qué se les mata? ¿Por qué esta sociedad lo considera lógico?

Posteriormente comencé a hacer reportajes sobre el tema de la pena de muerte y conocí a muchas personas. Pensé muchas cosas. Me debatí en dudas. Busqué a tientas. Esta experiencia, esta búsqueda que duró más de dos años, la condensé en mi libro Shikei (“La pena de muerte”, actualmente disponible en la edición de bolsillo de Kadokawa Bunko).

Comenzando por la conclusión a la que he llegado, diré que apoyar el sistema de la pena de muerte no demuestra una gran coherencia lógica. Muchos japoneses que apoyan este sistema citan entre las razones de su apoyo que la pena de muerte disuade de cometer crímenes, pero si la pena de muerte fuera eficaz en la disuasión del crimen, esos dos tercios de los países del mundo que ya han abolido el sistema habrían sufrido un gran deterioro de sus niveles de seguridad ciudadana. Pero apenas hay datos estadísticos que lo corroboren. En el campo de la sociología se considera ya una premisa el hecho de que el sistema de la pena de muerte no desempeña ninguna función significativa en la disuasión del crimen.

Muchos partidarios de la abolición de la pena de muerte aluden al riesgo de que se condene a muerte a personas inocentes. Quienes desean mantener el sistema objetan que ese riesgo no es exclusivo de la pena de muerte. Su razonamiento es que, puesto que en todos los castigos legales puede ocurrir que se condene a un inocente, abolir la pena de muerte aduciendo la posibilidad de error judicial nos llevaría a negar la posibilidad de imponer cualquier otro castigo penal.

Pero esto es una equivocación. Los castigos penales, si excluimos la pena de muerte, consisten en la privación de libertad. Se trata de conseguir la regeneración del preso, imponiéndole como castigo esa privación de libertad. Pero la pena de muerte consiste en privar de la vida. Arrebatarle la vida a esa persona. Un castigo penal consistente en cortarle el brazo a alguien alegando que él también se lo cortó a otra persona (es decir, la ley del talión), no es compatible con el espíritu del derecho moderno. Pero el sistema de la pena de muerte es el único que incorpora la idea de que es correcto tomar una represalia que cause tanto daño como la acción inicial. Y si esto es así, entonces lo que significa un error judicial en el caso de la pena de muerte no tiene nada que ver con lo que puede significar en otros castigos penales. Porque, sencillamente, es irreparable.

La pretendida comprensión de los sentimientos ajenos

No es, pues, la lógica, lo que da base a la mayor parte de quienes defienden la pena de muerte. Son los sentimientos de los familiares de las víctimas mortales. Cada vez que ocurre un crimen, los medios de comunicación difunden a los cuatro vientos los sentimientos de rencor o de odio de estas personas. Y muchos de quienes reciben este tipo de información consideran que ellos mismos abrigarían similares sentimientos si el asesinado hubiera sido un familiar suyo. Concluyen, por eso, que en consideración a los familiares de la víctima mortal el sistema de la pena de muerte es necesario. En esto no hay ninguna lógica. Lo que hacen es hablar por boca de los familiares, asumiendo sus deseos de que el culpable se lleve su merecido. Por supuesto, los familiares que han sufrido una violencia tan irracional tienen que ser auxiliados en tanto sea posible. En cuanto a cobertura social y cuidados, todavía es mucho lo que queda por hacer. Pero no es lo mismo auxiliar a los familiares de las víctimas que tomar represalias contra el culpable. Si la madurez consiste aquí en abordar el problema con serenidad, primando la lógica, puede decirse que este país todavía no ha llegado a ese punto.

Frecuentemente encuentro a personas que rebaten mis argumentos dudando de que yo fuera capaz de mantenerlos en caso de que el asesinado fuese mi hijo. Con el preámbulo de que soy incapaz de imaginar con precisión una situación así, suelo decirles que muy posiblemente desease no ya su condena a muerte, sino matarlo yo mismo. Al oír esto, muchos se desconciertan. Entre ellos, hay quien se enoja, diciéndome que estoy aplicando un doble estándar. Y yo replico: lo lógico es, precisamente, aplicar un doble estándar. Porque desde el momento en que el asesinado es mi hijo, yo paso a ser uno de los afectados por ese hecho. Tratar de imaginar los sentimientos de los familiares de la víctima mortal es muy importante. Pero también lo es darse cuenta de que, en tanto uno mismo no esté afectado, la identificación total con los sentimientos de quienes sí lo están tiene sus límites. Muchos de los familiares de víctimas mortales con quienes he hablado tienen fuertes deseos de que el culpable reciba su merecido, pero al mismo tiempo también se culpan a sí mismos por no haber impedido que el día de los hechos la víctima saliera de casa, o por haberla perdido de vista durante unos instantes. Continuaban implorando el perdón de la víctima ante el altar budista donde honraban su memoria. Debe de ser un sufrimiento infernal. Sin embargo, muchos de quienes apoyan la pena de muerte no han experimentado nunca ese mismo estado de ánimo. Solo comparten con los afectados un deseo superficial de darle al culpable su merecido y elevan la voz reclamando a los demás comprensión para los sentimientos de esos familiares.

En realidad, la mayor parte de los asesinatos que ocurren en Japón se producen entre miembros de una misma familia. En muchos casos, los familiares de la víctima mortal lo son también del agresor. A estas personas les resulta muy difícil manifestarse ante los demás. Y por eso los medios de comunicación tampoco suelen tratar demasiado estos casos. Esto significa que más de la mitad de los casos no son socialmente visibles. Nadie se pone a pensar en estos otros familiares de víctimas mortales.

Si hacemos de los sentimientos de los familiares de víctimas mortales la razón más importante para mantener el sistema de la pena de muerte, entonces en el caso de que el asesinado fuera un desamparado sin familia ni amigos podríamos pensar en hacer el castigo más benévolo. Y no es un simple razonamiento apartado de la realidad. Estas cosas están ocurriendo. Y si esto es así, entonces estamos destruyendo el principio más importante del derecho moderno, que se expresa en la frase latina nullum crimen, nulla poena sine praevia lege (ningún crimen, ninguna pena sin ley previa). Sería la derrota de la lógica frente al sentimentalismo. El resultado es una gran cantidad de contradicciones. Pero el 80 % de la población de este país no se da cuenta de eso. Aparta su mirada del problema. Esto es lo que ocurre con el sistema de la pena de muerte en Japón.

Iniciativa política en la abolición de la pena de muerte en Francia

Hay quien defiende que Japón es el país del mundo donde más fácilmente se crea un best-seller o un nuevo boom. Es decir, que la gente acaba pensando de la misma manera que el resto. Somos un país gregario, donde funciona bien el dicho de “¿A dónde va Vicente? Adonde va la gente”. La tendencia a obedecer las decisiones emanadas del poder político es también muy fuerte. Esta idiosincrasia nacional tiene mucho que ver con el hecho de que sigamos sin deshacernos del sistema de la pena de muerte.

Es ya clásico el ejemplo del último país europeo en abolir la pena de muerte, Francia, donde antes de tomarse esa medida la pena capital tenía más partidarios que detractores. Ocurrió, sin embargo, que los políticos hicieron frente a la oposición popular y tomaron la iniciativa de abolirla. Con esto cambió la mentalidad de la gente. Y si cambió, fue porque la inseguridad no creció con la abolición. De la misma forma, otros muchos países han dado el paso. Lo que se ha hecho es primar la lógica sobre los impulsos sentimentales. Pero en Japón es difícil conseguir algo así. Muchos parlamentarios creen que si defendiesen públicamente la abolición de la pena de muerte, podrían perder su escaño en las siguientes elecciones.

En este país, el principio de mercado (es decir, el populismo) está muy arraigado. Y esto se manifiesta también en el modo de informar de los medios. Para gustar a las masas, los medios seleccionan las informaciones. O las transforman. Cuando ocurre un caso criminal, enfatizan la ira o la tristeza de quienes han perdido a un familiar. Porque así consiguen elevar los índices de audiencia o aumentar la tirada de las publicaciones. Se prioriza la comprensibilidad. Los razonamientos complicados se desechan como los decimales en los cálculos aproximados. Por medio de los sentimientos van formándose amplias mayorías. Y es así como acaba justificándose la pena de muerte.

Ni se pone en común la información, ni se debate

Hay algo más, y es que en Japón apenas se difunde información sobre las ejecuciones. Entre los países desarrollados Japón y Estados Unidos son las dos excepciones donde se mantiene la pena de muerte, pero hay grandes diferencias entre ellos. En Estados Unidos las informaciones sobre este tema se hacen públicas y muchos estados permiten que, cuando se lleva a cabo una ejecución, estén presentes no solo los familiares de ambas partes, sino también los medios de comunicación. Por eso existe la duda. La gente piensa. Sigue aumentando el número de estados que, o bien van hacia la abolición, o bien posponen indefinidamente las ejecuciones. Sin embargo, en Japón es impensable que se permita presenciar la ejecución. El resultado es que no se genera la duda. La gente no piensa.

Esto explica también que el método de ejecución en Japón siga siendo el ahorcamiento, que fue fijado en 1873. A nadie parece preocupar el hecho de que los ajusticiados no mueran rápidamente, que su agonía se prolongue muchos minutos. En Estados Unidos se ha producido una evolución, pasándose del ahorcamiento a la silla eléctrica y de esta a la inyección letal. La razón es que se dispone de información. El debate entre abolición y mantenimiento sigue vivo porque es un debate a nivel popular.

Lo normal sería, de suyo, que los medios de comunicación de Japón solicitaran al Ministerio de Justicia apertura informativa, pero debido a que la gente no siente esa necesidad, los medios no se mueven. Esa es la situación que tenemos desde hace tiempo.

Habría que empezar por compartir la información sobre la pena de muerte. Esto es una condición indispensable y la base de cualquier idea o discusión posterior. ¿No existirán fallas en el sistema? ¿Cuáles son los riesgos? ¿Qué piensan los reos? ¿Qué efectos secundarios acompañan al sistema de la pena de muerte?

Si, después de promover un debate sobre el tema, este país decide mantener la pena de muerte, no tendré nada que decir al respecto. Pero por ahora sigo teniendo cosas que decir, entre ellas, que el sistema de la pena de muerte en Japón es retorcido y que está hecho de forma que se impide su visibilización.

(Escrito el 19 de diciembre de 2016 y traducido al español del original en japonés)

Fotografía del encabezado: sala de mandos de la instalación donde se realizan las ejecuciones, en el Centro de Detención de Tokio. Desde aquí se aprieta el botón que activa la trampilla y produce el ahorcamiento del reo. Tres funcionarios presionan simultáneamente sendos botones, de forma que no sea posible determinar cuál de ellos ha producido el efecto. (Fotografía: Ministerio de Justicia / Reuters / Aflo)

  • [10.02.2017]

Director de cine y escritor. Profesor de la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad Meiji. Nacido en la prefectura de Hiroshima en 1956. En 2001 produjo el documental A, sobre la secta Aum Shinrikyō (Verdad Suprema), que tuvo su continuación en A2 (2001). Una tercera parte, A3, aparecida en forma de libro en 2011 (editorial Shūeisha International) obtuvo la 33 edición del Premio Kōdansha a Obras de No Ficción. Además, es autor de Shikei (La pena de muerte; Asahi Shuppansha, 2008 / Kadokawa Bunko, 2013), Fujii Seiji-shi to no taidan ‘Shikei no aru kuni Nippon’ (Conversaciones con Fujii Seiji: Japón, país con pena de muerte; Kawade Bunko, 2015) y otras obras.

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