La sombra de Donald Trump se cierne sobre la cumbre nipoestadounidense en Pearl Harbor

Teshima Ryūichi [Perfil]

[13.12.2016] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | Русский |

El primer ministro Abe Shinzō y el presidente Barack Obama visitarán, los días 26 y 27 de diciembre, Pearl Harbor, el lugar de Hawái donde dio inicio la Guerra del Pacífico. Allí honrarán la memoria de las víctimas y celebrarán una cumbre. El encuentro, que marcará el inicio de una nueva etapa en la alianza nipoestaounidense, tiene otro protagonista en la sombra: el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump.

Una visita sobre la que se habló en la cumbre de la APEC

Estados Unidos se prepara para el inicio de la Administración de Donald Trump, y esta embestida se ha convertido precisamente en la fuerza invisible que ha empujado a los líderes de la superpotencia y de Japón a visitar Pearl Harbor, punto de inicio de la Guerra del Pacífico.

El 17 de noviembre, el primer ministro Abe Shinzō visitó la Trump Tower, en Manhattan, Nueva York. Allí mantuvo un encuentro de una hora y media, mucho más de lo previsto, con el presidente electo. Que el próximo mandatario de un país se reúna con el de otro durante el período de transición es algo bastante inusual. Esto tiene su razón de ser en que, mientras el presidente actual sigue en su cargo, los intercambios diplomáticos que se lleven a cabo, aunque se consideren no oficiales, dualizan la diplomacia nacional.

Por consiguiente, la reunión entre Abe y Trump es un caso sumamente excepcional. La parte japonesa logró materializar el encuentro tras contactar con Jared Kushner, hijo político del presidente electo. Desde el principio hasta el final de la conversación, el republicano asumió el papel de receptor y escuchó atentamente lo que Abe tenía que contar sobre su diálogo cara a cara con líderes como el presidente ruso, Vladímir Putin.

Posteriormente, el mandatario japonés viajó a Lima, la capital de Perú, para asistir a la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC); esto fue el 20 de noviembre. Según fuentes del Gobierno nipón presentes en los actos en el país suramericano, el trato de Barack Obama hacia Abe Shinzō fue frío. El actual presidente de Estados Unidos no ocultó su malestar por el hecho de que el primer ministro japonés hubiera desatendido a la persona que todavía ocupa la Casa Blanca; ni siquiera hizo amago de cruzar la mirada con él. En semejantes circunstancias, los mandatarios no conversan. No obstante, Abe quizás albergaba esperanzas. Esperó a que la oportunidad se presentara para acercarse a Obama y abordar el tema de una visita a Pearl Harbor. Este le contestó con una advertencia: “Ir a Pearl Harbor no es una imposición”. El primer ministro le dijo entonces que llevaba pensando en materializar la visita desde que pronunció un discurso ante el Congreso estadounidense el año pasado. Obama respondió que, de ser ese el caso, lo acompañaría.

La sombra de Trump, también detrás de la visita a Hiroshima

En realidad, esta historia se remonta a la visita que el presidente Obama hizo a Hiroshima en mayo.

“No debe percibirse como una disculpa por la bomba atómica”. Esta postura tenía muchos partidarios, sobre todo entre los veteranos del Ejército estadounidense que lucharon durante la Segunda Guerra Mundial, de ahí que la visita de Obama a Hiroshima no estuviera exenta de dificultades. Entonces, ¿qué fue lo que impulsó al presidente a viajar a la ciudad víctima de la bomba atómica y a pronunciar su histórico discurso allí en este contexto?

Lo que motivó al mandatario reticente fue el comportamiento radical del entonces candidato Donald Trump, que se perfilaba como la propuesta del Partido Republicano para recuperar la Casa Blanca tras ocho años. En una entrevista con el periódico The New York Times en marzo, Trump declaró que si Japón y Corea del Sur se sentían amenazados por Corea del Norte, podían defenderse por sí mismos, motivo por el cual estaba de acuerdo con que poseyeran armas nucleares. Desde el final de la contienda mundial, en el este de Asia no se le confía armamento atómico a Japón, del mismo modo que en Europa no se hace con Alemania. Estas palabras van más allá de las diferencias entre los Partidos Demócrata y Republicano y cruzan los límites de la verdadera postura de los distintos Gobiernos de Estados Unidos tras el conflicto bélico.

Numerosos asesores cercanos al presidente Obama atestiguan la fuerte sensación de crisis que se despertó en el mandatario. La posesión de armamento nuclear por parte de Japón se asocia pronto con la de Alemania y se acaba revelando en Arabia Saudí e Israel. Esta preocupación impulsó al presidente a visitar Hiroshima por primera vez.

Los valores compartidos, los cimientos de la alianza nipoestadounidense

Tras la visita del presidente Obama a Hiroshima llega la del primer ministro Abe a Pearl Harbor; y sobre ella se cierne también la sombra del nuevo Gobierno encabezado por Trump. Durante un acto de campaña en Milwaukee, en el estado de Wisconsin, el republicano criticó enérgicamente la política de defensa de Japón:

“Si se exige que Japón también defienda a Estados Unidos, cabe esperar que el pueblo japonés rechace esta obligación. En ese caso, si se hablara de una ruptura de las negociaciones, Japón acabaría aceptando, con certeza, proteger a Estados Unidos.”

Este comentario está plagado de errores. En el mundo de la seguridad, en el que está en juego el futuro de la humanidad, los términos empresariales de Trump carecen de validez.

Japón es la tercera economía del mundo y, por lo tanto, tiene la importante misión de mantener el orden en el este de Asia. Sin embargo, uno se pregunta si debe encargarse de la defensa de Estados Unidos sin saber siquiera si el pueblo de este país así lo desea. Por otra parte, está la cuestión de sufragar hasta el sueldo del personal militar estadounidense que se encuentra en el archipiélago nipón y, por consiguiente, convertir a los soldados en mercenarios. Todos estos cambios requieren de una reforma de la Constitución japonesa desde sus cimientos. Si se modifica repentinamente el estado de la seguridad nacional, el sentimiento contra el nacionalismo estadounidense podría cobrar fuerza en Japón durante ese proceso.

En el discurso que pronunció en Hiroshima, Obama afirmó que Estados Unidos y Japón habían forjado no solo una alianza sino una amistad que había logrado mucho más para los pueblos japonés y estadounidense de lo que jamás podrían reclamar mediante la guerra. En estas palabras se perciben las amenazas ocultas que acechan a ambos países y el concepto de que su alianza no debe tener un carácter meramente militar, sino que ha de forjarse sobre los cimientos de la democracia, un valor compartido.

Una alianza firme, el pensamiento común de Abe y Obama

En diciembre de 2013, el primer ministro Abe se atrevió a visitar el santuario Yasukuni. Sorprendentemente, el mayor rechazo a esta decisión se produjo por parte del Gobierno de Barack Obama.

Al comunicado que divulgó el Departamento de Estado estadounidense le siguieron otras críticas hacia Japón de China, Rusia, la Unión Europea, Corea del Sur y Corea del Norte, entre otros. En aquel entonces, se creó instantáneamente una red antinipona, el orden exacto de la Segunda Guerra Mundial. Precisamente esta situación superaba todas las expectativas de China, que se colocaba por encima de las principales potencias marítimas y se lanzaba a competir por las aguas de los mares de la China Meridional y la China Oriental. El Gabinete de Abe debía volver a la estabilidad de la alianza nipoestadounidense tras salir de semejante apuro diplomático.

¿Qué esfuerzos diplomáticos fueron necesarios para ello? Uno de los momentos que marcaron la reconciliación entre Japón y Estados Unidos se produjo el 29 de abril de 2015, cuando Abe pronunció un discurso ante el Congreso estadounidense. El primer ministro habló sobre lo que sintió al tocar las más de 4.000 estrellas del Muro de la Libertad, en la capital, Washington, símbolo de los soldados caídos durante la Segunda Guerra Mundial:

“Cuando me contaron que cada una de las estrellas simbolizaba la vida de cien soldados caídos en el campo de batalla, me estremecí. No cabe duda alguna de que estas estrellas doradas son una recompensa por haber protegido la libertad, un símbolo de orgullo.”

A través de su alocución, Abe apeló a que la alianza nipoestadounidense es, ante todo, una alianza de valores compartidos cuyos cimientos son la libertad y la democracia, y se ganó la simpatía del Congreso. Además, el hecho de que la cumbre que pondrá punto final a estos cuatro años de la era Abe-Obama se celebre en Pearl Harbor manifiesta el deseo de solidificar esa alianza de valores.

Eso precisamente no es sino un reflejo de que no ha comprobado los valores en común con el presidente electo; ahora es el momento de fortalecer los cimientos de la alianza en el Pacífico. La casualidad ha querido que los mandatarios de Japón y Estados Unidos hayan pensado lo mismo.

Imagen del encabezado: Barack Obama, Abe Shinzō y Donald Trump (Jiji Press)

(Traducción al español del original en japonés del 7 de diciembre de 2016)

  • [13.12.2016]

Periodista y escritor especializado en política exterior. Director representante de Nippon.com. Graduado por la Facultad de Economía de la Universidad de Keiō. Ingresó en la NHK en 1974. Tras ejercer como jefe de las delegaciones en Bonn y Nueva York, se independizó en 2005. Entre sus obras destacan Tasogareyuku Nichi-Bei dōmei: Nippon FSX wo ute (Japón-Estados Unidos, una alianza que se eclipsa: diparad al FSX japonés; Shinchō Bunko, 2006, reedición de la obra escrita en 1991), y las novelas Urutora darā (Ultra dólar, Shinchō Bunko, 2007) y Nanji no na wa supai, uragirimono, aruiwa sagishi: interijensu kijinden (Tienes nombre de espía, traidor o impostor: leyendas de excéntricos de los servicios de inteligencia; Magazine House, 2016).

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