Los Juegos Olímpicos y la diplomacia japonesa

Ikei Masaru [Perfil]

[01.08.2012] Leer en otro idioma : 日本語 | FRANÇAIS |

Los Juegos Olímpicos, donde se reúnen los mejores atletas del mundo y ponen a prueba su disciplina, no sólo son el mayor evento deportivo que existe, sino una oportunidad diplomática para cada país participante. Desde esa perspectiva diplomática, echemos un vistazo a Japón y su historia.

El aspecto diplomático de las Olimpiadas

La atleta de sóftbol Ueno Yukiko en el podio, con su medalla de oro en la mano y lágrimas en los ojos (Juegos Olímpicos de Pekín, 2008).

En los Juegos Olímpicos, ese gran evento deportivo internacional que se celebra una vez cada cuatro años, se dan cita los mejores atletas del mundo, quienes ponen a prueba los resultados de su entrenamiento. Los diversos medios de comunicación informan a diferente escala sobre el evento, y captan la atención de todo el mundo. Como consecuencia, es lógico que cada país trate de utilizar las Olimpiadas como arma diplomática.

Consideremos en qué consiste concretamente el aspecto diplomático de los Juegos Olímpicos.

En primer lugar, son un lugar para impulsar el prestigio nacional y exaltar el nacionalismo. Cuando un equipo consigue varias medallas, y sobre todo cuando un atleta del propio país recibe la medalla de oro en el podio, mientras se escucha el himno nacional con la bandera de fondo, los ciudadanos se ven arrastrados por el fervor y el orgullo. Tras la Segunda Guerra Mundial, los países del Este de Europa y la Unión Soviética se dieron cuenta de que el número de medallas era un reflejo del poder nacional, y para prepararse para las Olimpiadas de aquel entonces, en las que sólo podían participar aficionados, comenzaron a enviar a gente que sólo eran aficionados de nombre, como funcionarios públicos y demás, entrenándolos y preparándolos concienzudamente a cargo del estado.

En segundo lugar, también son altamente efectivas como publicidad para la nación. El país anfitrión de las Olimpiadas, a través de este gran evento, consigue una espléndida oportunidad de mostrar tanto la excelencia de las organizaciones y las instalaciones deportivas como el ambiente de la ciudad y el desarrollo de la nación. Un ejemplo típico fueron los juegos de Berlín de 1936, apodados “las Olimpiadas de Hitler”, durante los cuales el aparato propagandístico nazi fue capaz de hacer amplio uso del evento.

En tercer lugar, tienen también el aspecto de servir como método de legitimizar una nación. Los juegos de Seúl de 1988 se convirtieron en el vehículo con el que mostrar a la comunidad internacional la superioridad nacional de Corea del Sur sobre Corea del Norte. China, la Unión Soviética y los países del Este de Europa, que hasta entonces no habían reconocido a Corea del Sur, enviaron a sus atletas a competir en Seúl, y así abrieron un camino hacia la normalización de sus relaciones diplomáticas con el país.

En cuarto lugar, funcionan como método directo de diplomacia. Estados Unidos había convocado un boicot internacional contra las Olimpiadas de Moscú de 1980 para exigir que la Unión Soviética retirara sus tropas de Afganistán; Japón se alió con los Estados Unidos, al igual que muchos otros países. Aquello suponía una violación del ideal de las Olimpiadas modernas, expresado por su fundador, el barón Pierre de Coubertin, como “Lo importante es participar”, y entendido en este caso como “la no participación implica un significado político”.

A continuación, examinemos las relaciones entre los Juegos Olímpicos y la diplomacia japonesa.

La expansión del prestigio nacional de Japón antes de la Guerra y su participación en los Juegos Olímpicos

Los momentos en los que Japón pudo ser consciente de que las Olimpiadas sirven para ensalzar el prestigo nacional fueron los juegos de Los Ángeles de 1932, y los de Berlín de 1936.

En los Juegos de Los Ángeles, por influencia del Incidente de Manchuria ocurrido el año anterior, Estados Unidos mostraba una predisposición negativa hacia Japón. Sin embargo, Japón se labró una imagen de imperio asiático deportivo, no sólo debido a que los atletas japoneses ganaron las medallas de oro, plata y bronce en las competiciones de estilo espalda en natación masculina de 100m, sino también debido a que el teniente Nishi Takeichi, conocido como “el Barón Nishi”, ganó en las competiciones ecuestres.

En las Olimpiadas de Berlín Japón tuvo éxitos como el de Maehata Hideko, que llegó a hacerse famosa por el grito “¡Ánimo, Maehata!” de un locutor de radio, y ganó la competición de estilo braza de 200m, Nishida Shūhei y Ōe Sueo, que compartieron el podio con los puestos segundo y tercero en el salto con pértiga, y tanto la medalla de plata como la de bronce en lo que se llamó “las medallas de la amistad”, los esfuerzos de Sohn Kee-chung, nacido en Corea del Norte, en aquel momento colonia japonesa, quien ganó la competición de maratón masculino, o Tajima Naoto, que batió el récord mundial y consiguió la medalla de oro en triple salto.

Los Juegos de Tokio de 1940, desvanecidos junto con la ilusión

Tras los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, el Comité Olímpico Internacional (IOC, por sus siglas en inglés) decidió que la duodécima Olimpiada, de 1940, se celebraría en Tokio. Esto llegó como resultado de un gran esfuerzo por parte de Japón: las invitaciones activas que había llevado a cabo para conmemorar los 2.600 años desde la mítica fundación del país, las maniobras que había realizado para lograr que la otra ciudad candidata, Roma, se retirara de la competición, las justificaciones sobre lo práctico de celebrar los juegos en un lugar tan remoto, en una época en la que no había vuelos comerciales… así fue como se consiguieron los primeros Juegos Olímpicos de Asia.

Sin embargo, el año siguiente estalló la guerra sino-japonesa, y el futuro de la celebración de los duodécimos Juegos Olímpicos en Tokio comenzó a empañarse. Muchos países, comenzando por Estados Unidos, cuestionaron la celebración de los juegos en un país implicado en la Guerra, y dentro de Japón también se alzaron protestas. Además el desarrollo de la guerra hizo que los materiales, como el hierro y el cemento, escasearan, con lo que no se pudo completar la construcción del estadio. Como resultado Japón decidió renunciar al derecho a organizar los juegos y el anfitrión pasó a ser Helsinki, pero la duodécima edición de las Olimpiadas nunca se celebró debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial, y quedó como una mancha amarga en los anales de la historia.

La reconstrucción de posguerra y los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964

Después de la Segunda Guerra Mundial, miembros del equipo de natación de Japón, como Furuhata Hironoshin, continuaron batiendo récords y cumpliendo con las esperanzas de los japoneses, abrumados por la derrota de la Guerra y la rendición incondicional. No obstante Japón, derrotada junto con Alemania y el resto del Eje, no pudo presentarse a los Juegos Olímpicos de Londres de 1948 por haber sido descalificada para participar, y no fue posible que atletas como Furuhashi pudieran demostrar su fuerza en el podio internacional.

La Federación de Natación de Japón decidió, a modo de desafío, organizar el Campeonato Nacional de Natación de Japón el mismo día que las Olimpiadas de Londres, y en su transcurso Furuhashi batió los récords mundiales de estilo libre, tanto de 1.500m como de 400m. El año siguiente Furuhashi fue invitado a participar en el Campeonato Nacional de Natación en Los Ángeles, donde consiguió una aplastante victoria sobre los atletas de Estados Unidos, la nación victoriosa en la Guerra, y Furuhashi, el “pez volador del Fujiyama”, atrajo un gran entusiasmo entre los japoneses.

La procesión de entrada del equipo japonés (Olimpiadas de Tokio,1964)

Japón fue anfitrión de los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964. Durante la Segunda Guerra Mundial Japón había sido destruido y había sufrido la explosión de las bombas atómicas; era el momento perfecto para hacer un llamado internacional para mostrar la reconstrucción. Aprovechando la ocasión de los juegos, Japón fue capaz de expresar lo maravilloso de su sistema de organización, y la puntualidad y diligencia de los japoneses, junto a la apertura de la línea del tren bala Tōkaidō, la autopista Tōmei y la autopista metropolitana, a través de la transmisión por satélite, que se habilitó a tiempo para el evento. El país, confundido por los movimientos antigubernamentales en contra del Tratado de Seguridad entre Japón y Estados Unidos, fue capaz de organizarse gracias al “plan de duplicación de ingresos” del primer ministro Ikeda, y a los Juegos Olímpicos. Los Estados Unidos comprendieron que los disturbios provenían del temor del pueblo japonés al peligro que corría el sistema de la democracia parlamentaria, y no de una conspiración comunista, y con el cese del clamor popular de “Fuera el Tratado, fuera Kishi”, tras la dimisión del primer ministro Kishi, terminaron por calmarse y relajarse.

Los juegos de Moscú de 1980, boicoteados por motivos diplomáticos

Las Olimpiadas de Moscú de 1980 causaron una influencia directa en la diplomacia japonesa. Al producirse un golpe de estado por parte de una facción prosoviética en Afganistán, la Unión Soviética intervino militarmente, y decidió mantener tropas estacionadas para apoyar al fragil régimen. La comunidad internacional mostró su repulsa y exigió la retirada de las tropas por medio de una resolución de las Naciones Unidas y otros canales, pero dado que la Unión Soviética hacía oídos sordos, la administración Carter de Estados Unidos declaró que, si las tropas soviéticas no se retiraban de Afganistán antes de una fecha establecida, Estados Unidos no participaría en los Juegos Olímpicos de Moscú. Estados Unidos pidió a otros países, como Alemania Occidental y Japón, que apoyaran el boicot. Japón, razonando que no enviar atletas a Moscú era la forma más barata de ayuda posible, dentro de la cooperación entre ambos países, aceptó el boicot. Finalmente hubo 66 países que no tomaron parte en los juegos, y 8 que participaron pero no se presentaron a la ceremonia de apertura. Fue una verdadera pena para los atletas que habían entrenado tan duramente para presentarse a las pruebas. Como venganza, la Unión Soviética y los países del Este de Europa no participaron en las Olimpiadas de Los Ángeles de 1984; los Juegos Olímpicos no dejan de ser una herramienta política y diplomática.

Actualmente, Tokio ha presentado su candidatura para sede de los Juegos Olímpicos y Paraolímpicos de 2020. Además de las instalaciones y el capital necesario se necesitan tener en cuenta aspectos como las medidas antiterroristas, el cuidado del medio ambiente, las protestas en relación a los derechos humanos, y hasta que se pueda conseguir todo habrá que dar muchas vueltas. Si no se cuenta con el apoyo del público y la concentración de toda la sabiduría japonesa, los Juegos Olímpicos no se podrán celebrar.

(Escrito el 19 de julio de 2012; traducido al español del original en japonés)

  • [01.08.2012]

Profesor emérito de la Universidad Keio, donde se graduó y doctoró en Jurisprudencia. Especializado en Historia Diplomática Japonesa. Ha trabajado como profesor, profesor asistente y profesor adjunto en el departamento de Derecho de la Universidad Keio, y profesor en el Departamento de Política y Economía Internacionales de la Universidad de Aoyama.

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