Enfoques Medio ambiente en Japón
Los ánsares que surcan el cielo de Japón (1)

Ishi Hiroyuki [Perfil]

[24.02.2017] Leer en otro idioma : 日本語 | Русский |

Los ánsares eran un ave común en todo el archipiélago nipón, pero su caza excesiva durante la era Meiji causó que el número de ejemplares descendiera hasta los 5.000. Una carta de la antigua Unión Soviética fue el detonante de que se tomaran medidas para la protección de esta ave migratoria procedente de Siberia.

Uno de los primeros paisajes que recuerdo se remonta a algunos años después del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando me encontraba en los primeros cursos de la escuela primaria. En aquel entonces, regresé a Tokio, una ciudad reducida a cenizas, del lugar donde había buscado refugio. Era un día de otoño y, al mirar hacia el cielo, pude observar una bandada de decenas de ánsares que surcaba el cielo inmenso y claro gorjeando en formación. A mi alrededor podía oír a gente gritar “gansos en fila” o “gorjeos de gansos”. Cuando se lo comenté a mi madre, esta comenzó a entonar la nana Satogokoro (Corazón de pueblo), que incluye una estrofa dedicada a estas aves.

En el Tokio de aquella época los ánsares no escaseaban, sino que representaban una estampa típica que anunciaba el comienzo de una nueva estación; fue a partir de entonces cuando dejaron de verse, pero hará unos diez años, comenzaron a oírse historias sobre su avistamiento en los distintos lugares de Japón.

El pantano de los ánsares caretos

El pantano de Miyajima se encuentra en las inmediaciones del río Ishikari, que fluye por la zona central de la llanura de Ishikari, en la región occidental de Hokkaidō. A principios de octubre, los árboles que rodean este pequeño pantano, de unas tres hectáreas, comienzan a cambiar de color. En esa naturaleza surge la silueta de una bandada de ánsares caretos que rozan la vegetación. Se trata de varias decenas de estas aves que vuelan verticalmente en fila india, formando una línea horizontal o una uve, y se van acercando al pantano como si fueran una ola. La bandada se desperdiga en el cielo y las aves van descendiendo a la superficie del agua como las hojas de los árboles; mientras lo hacen, intercambian fuertes gorjeos.

Una bandada de ánsares caretos regresa a los nidos del pantano de Miyajima al atardecer (imagen de Nakamura Takashi).

La escena descrita corresponde a la llegada de estas aves tras un largo viaje de 3.000 kilómetros desde Siberia. Poco después, regresan también las bandadas que vienen de picotear las espigas caídas de los arrozales cercanos. El pantano queda envuelto en el ruido de los gorjeos. Ante semejante estampa, es inevitable recordar los poemas de Kobayashi Issa (1763-1828); le gustaban tanto estas aves que les dedicó unas 448 composiciones. En una de ellas, habla de los gansos de la bahía de Mutsu, en la prefectura de Aomori, de los cuales dice que ya pueden descansar después del largo viaje, y que desde ese día son parte de Japón.

En 2002, el pantano de Miyajima fue declarado Humedal de Importancia Internacional en el marco del Convenio de Ramsar. Además de los ánsares caretos, acuden a esta zona numerosas especies de aves acuáticas: gansos cantores, garzas blancas, somormujos lavancos, patos cucharas… Es, de hecho, el punto más septentrional y el mayor de Japón al que vuelan los ánsares caretos, y uno de los lugares de paso más importantes del mundo, motivo por el cual fue objeto de la mencionada distinción. Aquí se abastecen de los nutrientes necesarios para continuar su viaje hacia regiones japonesas como Tōhoku y Hokuriku u otros países de Asia.

Ánsares caretos en el pantano de Miyajima (imagen del Centro de Aves Acuáticas y Humedales del Pantano de Miyajima).

Según estudios llevados a cabo por el Centro de Aves Acuáticas y Humedales del Pantano de Miyajima y otras instituciones acerca de los ánsares caretos que se concentran en el pantano antes de regresar al norte en primavera, de 1975 a 1988 el número de ejemplares se situó por debajo de los 500. Por lo tanto, el pantano no tenía mucha actividad incluso en la época de migración. A partir de 1997 la cifra superó las 40.000 aves, siendo 2015 el año con el dato más alto: cerca de 80.000. Estas regresan a las distintas zonas de Siberia donde se reproducen; lo hacen desde el pantano de Miyajima, atravesando el mar de Ojotsk y la península de Kamchatka.

Aves que habitan en todo Japón

El ideograma chino que se viene utilizando desde tiempos antiguos para escribir la palabra “ánsar” tiene dos lecturas: “gan” y “kari“. Se sabe que existen en todo el mundo 14 especies de esta ave, nueve de las cuales se encuentran en Japón: ánsar careto, ánsar campestre, barnacla de Hutchins y barnacla carinegra son algunas de ellas. El 90 % de ellas son ánsares caretos, pero todas hibernan en el archipiélago nipón de septiembre a marzo.

Los ánsares caretos son de color pardo con tintes grises. Tienen un tamaño que oscila entre el de los patos negros y el de los cisnes. La base de su pico es blanca, motivo por el cual su denominación en idiomas como el chino y el inglés incluye referencias a este color. Los japoneses están familiarizados con estas aves desde tiempos antiguos: ocupan un lugar destacado en el folclore, la poesía, la literatura y las leyendas, además de aparecer, en numerosas ocasiones, en elementos decorativos como los biombos. Su popularidad se manifestó también en las insignias de algunas familias.

Los ánsares caretos se reproducen en puntos del círculo polar ártico como Groenlandia, Canadá, Alaska y Siberia. Estas aves migratorias vuelan a lugares templados como Europa, América del Norte y Japón para hibernar. Son la especie de ganso más característica (ilustración de Izuka Tsuyoshi).

Manyōshū, una antología poética del siglo VIII, incluye hasta 80 obras en las que aparecen ánsares, una cifra que solo supera el cuco chico. Por otra parte, en las crónicas oficiales del sogunato de Tokugawa, se mencionan 467 ejemplares de esta y otras especies afines en el apartado dedicado a las actividades de caza del sogún; la cantidad supera a la correspondiente a las grullas y especies afines, siendo la cifra más alta.

Por otra parte, la carne de estas aves también gustaba, tal y como prueba que se hayan encontrado huesos en los conchales o concheros del período Jōmon. Desde los períodos Nara y Heian, la familia imperial y la aristocracia, clases privilegiadas, la disfrutaban como artículo de lujo. Durante el sogunato de Tokugawa, hubo un tiempo en el que el consumo de aves silvestres estuvo prohibido, pero el ganso formaba parte de los banquetes. De hecho, el ganmodoki, una fritura de tofu con verduras que no puede faltar en el oden ­–se prepara cociendo diversos ingredientes en un caldo de alga konbu y bonito seco– se diseñó para sustituir a la carne en la cocina vegetariana propia de los monjes budistas. El término “ganmodoki” contendría la palabra “ánsar” (gan) por el supuesto parecido de su sabor con el de la carne de este animal, prueba también de lo deliciosa que se la consideraba.

En 1734, Tokugawa Yoshimune, octavo sogún, ordenó al herbólogo Niwa Shōhaku que realizara un estudio exhaustivo de los animales, las plantas y los minerales del país, cuyos hallazgos plasmó en la obra Kyōhō Genbun Shokoku Sanbutsuchō. Aunque no se conserva el original, Yasuda Ken, experto en Historia de la Agricultura, ha recuperado información de esta a partir de documentos de los distintos clanes, entre otras fuentes. Gracias a este trabajo, se ha podido saber de qué manera estaban distribuidas la fauna y la flora del archipiélago nipón en la época y hacerse una idea de la abundancia de ambas durante el período Edo.

La reproducción de la obra de Niwa cubre cerca del 40 % del territorio del archipiélago nipón e incluye información detallada de los animales y las plantas, además de ilustraciones, suministrada por los clanes y los territorios del sogunato. Por ejemplo, el clan Satsuma informó de la existencia de las cucarachas, animal al que denominó amame; en la actualidad, se las conoce como gokiburi en japonés. Gracias a este trabajo, se ha podido saber que había lobos en las distintas regiones desde Tōhoku hasta Kyūshū, e incluso nutrias, un animal extinto ahora en Japón.

En cuanto a la distribución de los ánsares, a excepción de una zona sobre la que no se conservan los registros del herbólogo, este animal estaba presente en prácticamente todo el país. En otras palabras, era un ejemplar normal y corriente.

Luna llena de Takanawa, ukiyo-e perteneciente a la serie Lugares famosos de la capital del Este, de Utagawa Hiroshige (Museo de Arte Conmemorativo Ōta).

La novela Gan, del escritor Mori Ōgai, se desarrolla en el barrio de Hongō, en la zona tokiota de Ueno. Cuenta la fugaz historia de amor entre el protagonista, un estudiante de medicina de la Universidad de Tokio, y una hermosa joven que se convierte en amante de un prestamista para ayudar a su familia, en apuros económicos. En un momento de la trama, el joven lanza una piedra al estanque Shinobazu y mata accidentalmente un ánsar. De esto se desprende que entre 1911 y 1913, época en la que la obra se publicó en una revista, se podía ver estos animales en el centro de la ciudad.

El calvario de los ánsares

El calvario de estas aves comenzó con la llegada de la era Meiji. Hasta esa época, la caza se realizaba con redes o cepos, pero la introducción de las armas de fuego potenció enormemente los excesos. Según datos de la Agencia de Silvicultura, hasta 1962 se tiene constancia de la caza de ánsares en todas las prefecturas de Japón a excepción de Hiroshima, Kōchi y Miyazaki.

A partir de 1967, comenzó a descender drásticamente el número de aves de caza, principalmente en la región occidental del archipiélago. Según Miyabashi Yasuhiko, de la Asociación para la Conservación de los Ánsares, en la década de 1940 unas 60.000 de estas aves llegaban a todo el país, un dato que en la década de 1970 cayó hasta cerca de 5.000. Además, los 150 lugares a los que migraban se redujeron a 25.

Desde la segunda mitad de la década de 1950 hasta la de 1960, los ánsares fueron desapareciendo del país al tiempo que la economía crecía de forma acelerada. Los humedales y los pantanos se convirtieron en zonas industriales; la construcción de muros de contención, zonas residenciales y campos de golf acabó con los lugares de hibernación de las aves. En un siglo desapareció aproximadamente el 60 % de los humedales de todo Japón. Los ánsares y otras especies similares se vieron obligados a desplazarse a los arrozales de la región de Tōhoku y a la costa del mar de Japón, además de tener que llevar una vida apretada en poco espacio.

Fue entonces cuando ocurrió lo siguiente: en 1973, Yamashina Yoshimaro, director del Instituto de Ornitología Yamashina, me llamó para enseñarme una carta que había recibido de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética. En la misiva, la institución se preguntaba qué había ocurrido para que la cifra de aves que salían de Siberia y volvían desde Japón o a través de este país tras su paso por el sur fuera sumamente baja, cuando en el caso de América del Norte y Oriente Medio era prácticamente la misma cada año. Yamashina, descontento, argumentaba que nadie se tomaba en serio las aves migratorias, que no eran solo un asunto que atañe a Japón, sino una cuestión de carácter internacional. Señalaba, además, que había muchos de estos animales en el archipiélago nipón, y que en muchos casos se dirigían a otros países de Asia, a Rusia, América del Norte o Australia, o volvían de allí.

En abril del año siguiente, durante un encuentro del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara Baja, en el septuagésimo segundo período de sesiones de la Dieta, la diputada Katō Shidzue, que había escuchado la denuncia de Yamashina, cuestionó severamente al responsable de la Agencia de Medioambiente. En la respuesta, pronunciada por un jefe de sección, se reconoció que pese al gran desarrollo económico que el país había experimentado recientemente, no se podía obviar la realidad de que se había cometido una negligencia en el trato de estas especies. Se prometió, además, trabajar para proteger las aves migratorias. Fue, sin duda, una sesión memorable en la que el Parlamento debatió seriamente sobre su conservación.

Imagen del encabezado: Ánsares caretos sobrevolando el pantano de Miyajima (cortesía de Centro de Aves Acuáticas y Humedales del Pantano de Miyajima)

(Traducción al español del original en japonés)

  • [24.02.2017]

Periodista y académico especializado en cuestiones medioambientales con experiencia en el Comité de Redacción del periódico Asahi. Además, ha sido asesor en el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en Nairobi y Bangkok, y profesor en las Escuelas de Posgrado de la Universidad de Tokio y de Hokkaidō, así como embajador extraordinario y plenipotenciario para Zambia. Al mismo tiempo, ha asesorado a la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) y dirigido el Centro de Cuestiones Medioambientales para el Centro y el Este de Europa, en Budapest, y la Asociación Japonesa de Aves Silvestres. Entre sus obras destacan Chikyū Kankyō Hōkoku (Informe sobre el medio ambiente en la Tierra), Kilimanjaro no Yuki ga Kiete Iku (Desaparece la nieve del Kilimanjaro) y Meisaku no Naka no Chikyū Kankyōshi (Historia del medio ambiente en las obras maestras), todas ellas publicadas por la editorial Iwanami Shoten, así como Watashi no Chikyū Henreki: Kankyō Hakai no Genba wo Motomete (Peregrinando por la Tierra: buscando lugares afectados por la destrucción medioambiental), de la editorial Kōdansha, y Tetsujōmō no Rekishi (Historia de las alambradas) y Kansenshō no Sekaishi (Historia mundial de las enfermedades infecciosas), estas dos últimas de la editorial Yōsensha.

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