Enfoques Medio ambiente en Japón: 50 años de destrucción y rehabilitación
Los ánsares que surcan el cielo de Japón (2)

Ishi Hiroyuki [Perfil]

[30.03.2017] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | Русский |

En medio siglo se ha logrado aumentar 33 veces la población de ánsares, pero los agricultores los consideran un enemigo que causa estragos. En el pantano de Izu (prefectura de Miyagi), la mayor área de hibernación de estas aves, son pioneros en los esfuerzos para garantizar la convivencia entre el ser humano y estos ejemplares.

Los esfuerzos de conservación

Los esfuerzos realizados por los grupos de conservación de la naturaleza dieron sus frutos en 1971, año en que el ánsar y el ánsar campestre fueron retirados de la lista de animales aptos para la caza. Además, estas dos especies y la barnacla carinegra fueron designadas Tesoro Natural. No obstante, el calvario de estas aves no cesó.

Desde la segunda mitad de la década de 1980 hasta finales de la de 1990, en el pantano de Miyajima, en Hokkaidō, murió una gran cantidad de ánsares y se llegó a encontrar más de un centenar de cadáveres de estas aves. La causa de su muerte, el saturnismo derivado de la ingesta de los perdigones que habían quedado esparcidos en las inmediaciones del pantano; procedían de las escopetas empleadas en los años de caza. Las aves suelen ingerir piedras de pequeño tamaño para facilitar la digestión, una costumbre que, con los perdigones, se convirtió en su perdición. Además, se pensaba que algunos de los ejemplares habían muerto por culpa de los pesticidas empleados en la agricultura.

En aquel entonces, comenzaron a alzarse voces a favor de la protección de los ánsares y otras aves de la misma familia en distintos lugares, y la acción ciudadana en pos de la conservación del hábitat de estos animales llegó a su culmen. Los frutos de esta tendencia se hicieron palpables en torno a 2005 y se pueden comprobar gracias a un estudio sobre los ánsares y los patos silvestres. Se trata de una investigación que la Agencia de Silvicultura comenzó a realizar en el ejercicio fiscal 1970 –la entidad se encontraba a cargo de las medidas relacionadas con las aves y otros animales–, y que en años posteriores pasó a manos de la Agencia Medioambiental y, por último, del actual Ministerio de Medioambiente.

El estudio se realiza cada año a mediados de enero y de forma simultánea en todo Japón. En su primera edición, apenas había 5.790 ánsares, una cifra que en el ejercicio fiscal 1990 aumentó hasta los 20.000; en 1997 superó los 50.000; en 2002 se duplicó, mientras que en 2014 sobrepasó los 200.000.

La cuadragésima séptima edición del estudio se llevó a cabo en enero de 2016. Cerca de 4.000 voluntarios participaron en la iniciativa, que se realizó en unos 9.000 puntos de todo el país. Avistaron unas 189.000 aves de la familia del ánsar. Las zonas de migración, que llegaron a descender hasta las 50, superan el centenar en los últimos años. En casi medio siglo, Japón ha logrado aumentar 33 veces la población de estas aves y ha sido elogiado por la comunidad internacional en encuentros relacionados con la conservación de las aves.

La convivencia de las aves y el ser humano

En el archipiélago nipón, donde vive un gran número de personas en poco territorio, la convivencia del ser humano y los animales se enfrenta a numerosas dificultades. En lo que respecta a los ánsares, por ejemplo, los agricultores japoneses los consideran animales dañinos para sus cultivos, ya que muchas de estas aves acuden a los campos en busca de alimento.

En el pantano de Izu (prefectura de Miyagi), el mayor lugar de hibernación de los ánsares, son pioneros en la realización de esfuerzos para garantizar la convivencia del hombre y estos animales. El rápido aumento en el número de estas aves resultó en un empeoramiento de la calidad de las aguas de los lagos, los pantanos y los paúles de las zonas donde estas invernan, un fenómeno causado por sus excrementos. Otro problema patente lo representan los daños causados por los ánsares en los arrozales y otros campos de cultivo de la zona.

Según la investigación sobre las aves correspondiente al ejercicio fiscal 1972, a las inmediaciones del pantano de Izu solo llegaban 3.400 ejemplares en aquel entonces, una cifra que ronda los 100.000 en los últimos años. Esto se debe principalmente a diferentes medidas en pos de la conservación, tales como la designación, por parte de las autoridades estatales, del lugar como Zona Especial de Protección de la Fauna.

Sin embargo, la mayor presencia de ánsares se ha traducido en daños a las cosechas de arroz. En los arrozales de regadío de la zona, este cereal se siega desde finales de septiembre hasta mediados o finales de octubre. La siega se realiza mediante cosechadoras y el secado suele ser mecánico, pero en el caso del secado natural, se instalan unas estructuras de bambú o madera en los surcos de los campos con el objetivo de colgar las espigas, como si de la colada se tratara, para que estas queden expuestas a la luz solar hasta principios de noviembre.

Los ánsares llegan a la zona justo en esa época y se alimentan principalmente de las espigas caídas y del arroz con cáscara del suelo, aunque a veces recurren también a lo que está colgado de las estructuras. Los productores de la zona se muestran cada vez más descontentos, y hay quienes se preguntan si son más importantes las aves o las personas. Cuando la zona pasó a formar parte del Convenio de Ramsar en 2005, algunos agricultores se alzaron en contra de la decisión.

Según los estudios llevados a cabo por Kurechi Masayuki, presidente de la Asociación para la Conservación de los Ánsares, entre otros, los daños causados por los ánsares en los arrozales de regadío ascienden a un escaso 0,5 % de la cosecha de arroz. En la localidad de Wakayanagi, que abarca una parte del pantano de Izu, se establecieron en 1979 regulaciones para la compensación por los daños causados por las aves, una iniciativa pionera en todo el país a la hora de compensar a los agricultores que sufrían los estragos causados por las aves y otros animales. Posteriormente, las autoridades locales de las zonas colindantes procedieron a tomar medidas similares. Estas medidas contentaron a los afectados. Además, la carga económica para las arcas locales fue mínima, ya que las compensaciones no eran de gran cuantía.

Arrozales con agua en invierno

Por otro lado, se lanzó una iniciativa nueva para garantizar la convivencia con las aves. Básicamente, consiste en conservar el agua de los arrozales incluso en invierno. Una vez terminada la cosecha, en los arrozales de regadío se acostumbra a quitar el agua y dejar que la tierra se seque hasta el momento de la siguiente plantación. Los ánsares y otras aves de la misma familia aprovechan los pantanos poco profundos para descansar por la noche; durante el día, buscan alimento en los arrozales de regadío que se encuentran en un radio de 10 kilómetros. En muchos casos, también los utilizan como nido, de ahí que pierdan el lugar donde comer y anidar si se elimina el agua.

En el pantano de Kabukuri, situado unos 10 kilómetros al sur del pantano de Izu, dio inicio en 1998 un proyecto para conservar el agua en los arrozales de regadío durante el invierno gracias a la cooperación de los agricultores de la zona. El pantano, cuya superficie se estima en unas 150 hectáreas, es conocido por su condición de importante zona de hibernación de ánsares y cisnes. El proyecto salió adelante gracias a la organización sin fines lucrativos Tambo.

En 1993, la cosecha de arroz en las zonas aledañas al pantano de Kabukuri se vio gravemente afectada por el frío. Con el objetivo de levantar la economía local, se apostó por la agricultura orgánica, que facilita la convivencia con los ánsares. Para ello, se aumentó en varias veces la superficie del pantano mediante el estancamiento de los canales de agua y se dejó el agua de los arrozales colindantes incluso en invierno.

Arrozales con agua en invierno (imagen de Kurechi Masayuki).

Se dejó de ahondar el pantano para utilizarlo como cuenca de retardo, a fin de proteger a los ánsares, y se fueron habilitando sucesivamente lugares para la celebración de intercambios entre los agricultores, y restaurantes y alojamientos, además de diferentes talleres a cargo de voluntarios para divulgar información sobre los seres vivos, observar las aves o facilitar diferentes experiencias, todo ello con vistas a potenciar el turismo verde.

Gracias a estos esfuerzos, el número de ánsares que llegan a la zona ronda los 80.000 en los años de mayor afluencia, cuando a comienzos de la década de 1980 solo oscilaba entre los 2.000 y los 3.000. Se tiene constancia de la presencia de unas 1.500 especies de fauna y flora, de las cuales cerca de 200 corresponden a aves.

En la novena edición de los Premios al Agua de Japón, en 2009, la organización sin fines lucrativos Tambo recibió un galardón del ministro de Medioambiente por su proyecto para la conservación del agua en los arrozales de regadío durante el invierno.

La convivencia entre la agricultura y los seres vivos

La presencia de agua en los arrozales permite que aparezcan en grandes cantidades diversos seres vivos, tales como microorganismos y anélidos como el tubifex tubifex, algo que enriquece el ecosistema. Además, las aves dejan sus excrementos, que sirven de abono. Llevar el agua del pantano a los campos facilita la purificación de estos.

Se ha podido disminuir la cantidad de pesticidas y abono y, por consiguiente, se ha logrado producir, con una reducción de un 20 % en la cosecha, un arroz más seguro que ha recibido una gran acogida por parte del público. La marca de este arroz, Fuyumizutambo-mai, se vende a precios altos, lo cual ha repercutido también en el aumento de los ingresos por parte de los agricultores. Por otro lado, son muchos los turistas que visitan la zona para observar y fotografiar a los pájaros. La localidad, que antes era puramente agrícola, se ha convertido ahora en un lugar concurrido por las aves migratorias y los turistas.

El número de agricultores que participan en la iniciativa ha ido aumentando posteriormente y se ha podido constatar que conservar el agua en los arrozales durante el invierno es un método efectivo para recuperar la presencia de ánsares. Estos esfuerzos de conservación de las aves se han ido extendiendo a otras zonas. Además, se han desarrollado iniciativas  de protección como dejar de rellenar con tierra las cuencas de retardo, que sirven de lugar de migración para las aves, y protestas contra la construcción de carreteras en las inmediaciones de los lugares de hibernación.

En las inmediaciones del pantano de Miyajima, en Hokkaidō, también se ha comenzado a dejar el agua en los arrozales de regadío durante el invierno. El arroz de estos se comercializa bajo la marca Ezonogan-mai.

Los esfuerzos para compatibilizar la conservación de las aves y la producción de arroz han tenido también repercusión internacional. En la Conferencia de las Partes Contratantes de la Convención sobre los Humedales, celebrada en 2005 en Uganda, el pantano de Kabukuri y los arrozales de regadío aledaños pasaron a formar parte del Convenio de Ramsar. En la décima edición del encuentro, celebrada en 2008 en Changwon, Corea del Sur, y en la décima edición de la Conferencia de las Partes Contratantes del Convenio sobre Diversidad Biológica, celebrada en 2010 en Nagoya, Japón, se adoptaron resoluciones para la protección de la diversidad biológica de los arrozales de regadío.

1 Lago Kuccharo 26 Sakata
2 Llanura Sarobetsu 27 Tateyama Midagahara y Dainichidaira
3 Lago Tōfutsu 28 Laguna Katanokamo
4 Paúl de Uryūnuma 29 Paúl de Nakaikemi
5 Península y bahía de Notsuke 30 Lago Mikatago
6 Lago Akan 31 Paúl de Tōkaikyūryōyūsui
7 Pantano de Miyajima 32 Fujimaehigata
8 Lago Fūren y Shunkunitai 33 Lago Biwa
9 Paúl de Kushiro 34 Cuenca baja del río Maruyama y arrozales de regadío aledaños
10 Paúl de Kiritappu 35 Zona costera de Kushimoto
11 Lago Akkeshi y paúl de Bekanbeushi 36 Mar de Naka
12 Lago Utonai 37 Lago Shinji
13 Pantano Ō 38 Miyajima
14 Pantano Hotoke 39 Aguas subterráneas de Akiyoshidai
15 Pantanos de Izu y de Uchi 40 Higashiyokahigata
16 Pantano de Kabukuri y arrozales de regadío aledaños 41 Hizenkashimahigata
17 Pantano de Kejo 42 Araohigata
18 Estanques Ōyamakami y Shimo 43 Paúl de KuJū Bōgatsuru y Tadewara
19 Pantano de Hi 44 Laguna Imuta
20 Oze 45 Playa de Yakushimanagata
21 Paúl de Okunikkō 46 Torrente montañoso y paúl de Kumejima
22 Cuenca de retardo de Watarase 47 Costa del archipiélago de Kerama
23 Paúl de Yoshigadaira 48 Lago Man
24 Yatsuhigata 49 Bahía de Yonaha
25 Lago Hyō 50 Naguraanparu

Los números en rojo se corresponden con los lugares que aparecen en este artículo.

Mirando hacia el futuro

Aunque la recuperación de los ánsares se ha extendido por todo el país, plantea un gran dilema: ha sido tal el aumento que en las zonas donde hibernan se ha dado un exceso de estas aves. Se teme, además, que no haya suficiente alimento. Por otro lado, los daños a la agricultura y la carga medioambiental son excesivos incluso para la convivencia con el ser humano.

El ánsar es un ave que se ha aclimatado muy bien a los arrozales de regadío o, más bien, sería acertado decir que estas tierras son las únicas en las que puede encontrar alimento, ya que casi todos los humedales naturales han sido trasformados para la explotación arrocera. Se cree que son necesarias entre 5.000 y 6.000 hectáreas de arrozales de regadío para los cincos meses de hibernación de 10.000 ánsares que se alimentan del arroz con cáscara. En realidad, también consumen malas hierbas, pero esto no afecta apenas al hecho de que se ha de contar con una gran superficie de terreno.

Por otra parte, los arrozales de regadío están experimentando grandes cambios. La escasez de mano de obra ha fomentado la dependencia de los pesticidas y la mecanización de los trabajos. Los agricultores envencejen y no se produce un relevo generacional por falta de personal. Estos factores, así como la urbanización de las zonas rurales, se traducen en un aumento de los arrozales abandonados. Además, está descendiendo el número de estanques gestionados por las comunidades locales. La decadencia de la agricultura guarda relación con la desaparición del hábitat de aves acuáticas como los ánsares.

Si persiste el abandono de los arrozales de regadío sin que se haga nada para remediarlo, crecerán en ellos hierbas perennes como las gramíneas y el carrizo, por lo que también se producirán grandes cambios en el ecosistema. Una gestión adecuada de los arrozales de regadío abandonados es fundamental para garantizar la conservación de las aves acuáticas. Por otro lado, la amenaza de la gripe aviar se cierne ya sobre los hábitats sobrepoblados.

Según el Ministerio de Medioambiente, de noviembre de 2016 a enero de 2017, se dieron casos de contagio de un virus de la gripe aviar altamente patógeno en aves salvajes de todo el país. Hasta el 6 de enero, se había informado de 164 casos en 16 prefecturas, un dato alarmante. Estos se detectaron a partir de aves muertas o de sus excrementos.

El virus se encontró en más de 30 especies de aves: en ánsares muertos en la prefectura de Miyagi; en cisnes cantores y halcones peregrinos en Hokkaidō; en grullas monje y cuelliblancas en la prefectura de Kagoshima; y en cisnes silbadores y patos rabudos en la prefectura de Tottori.

Particularmente, destaca, con 23 casos de contagio, la grulla monje, un ave un peligro de extinción. A la llanura de Izumi, en la prefectura de Kagoshima, llegan para hibernar desde China y Rusia cerca de 13.000 ejemplares de esta ave, esto es, el 90 % de su población mundial. Sin embargo, se temía que el virus pudiera propagarse en las zonas de hibernación superpobladas.

“Es necesario dispersar las bandadas. Los ánsares anidan en los pantanos y lagos y se alimentan de lo que encuentran en los arrozales de regadío aledaños a estos. Por ello, hay que garantizar unas 20 hectáreas, entre lugares para los nidos y la comida, si se quiere dispersar a estas aves”, señala Kurechi Masayuki, presidente de la Asociación para la Conservación de los Ánsares. Hay agricultores que consideran que la conservación está garantizada solo con el aumento de ejemplares que se ha logrado hasta la fecha. En estos momentos, la recuperación de los ánsares se enfrenta a nuevos obstáculos.

Imagen del encabezado: Los ánsares surcan el cielo arrebolado sobre el pantano de Izu, en la prefectura de Miyagi, en dirección al lugar donde se les da de comer (imagen del periódico Yomiuri/Aflo).

(Traducción al español del original en japonés)

  • [30.03.2017]

Periodista y académico especializado en cuestiones medioambientales con experiencia en el Comité de Redacción del periódico Asahi. Además, ha sido asesor en el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en Nairobi y Bangkok, y profesor en las Escuelas de Posgrado de la Universidad de Tokio y de Hokkaidō, así como embajador extraordinario y plenipotenciario para Zambia. Al mismo tiempo, ha asesorado a la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) y dirigido el Centro de Cuestiones Medioambientales para el Centro y el Este de Europa, en Budapest, y la Asociación Japonesa de Aves Silvestres. Entre sus obras destacan Chikyū Kankyō Hōkoku (Informe sobre el medio ambiente en la Tierra), Kilimanjaro no Yuki ga Kiete Iku (Desaparece la nieve del Kilimanjaro) y Meisaku no Naka no Chikyū Kankyōshi (Historia del medio ambiente en las obras maestras), todas ellas publicadas por la editorial Iwanami Shoten, así como Watashi no Chikyū Henreki: Kankyō Hakai no Genba wo Motomete (Peregrinando por la Tierra: buscando lugares afectados por la destrucción medioambiental), de la editorial Kōdansha, y Tetsujōmō no Rekishi (Historia de las alambradas) y Kansenshō no Sekaishi (Historia mundial de las enfermedades infecciosas), estas dos últimas de la editorial Yōsensha.

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