Enfoques Medio ambiente en Japón: 50 años de destrucción y rehabilitación
Concepciones japonesas sobre la vida (1)

Ishi Hiroyuki [Perfil]

[27.07.2017] Leer en otro idioma : 日本語 | Русский |

En esta serie venimos recogiendo diversos problemas relativos a la vida silvestre. Esta entrega es una reflexión sobre las actitudes que han venido mostrando los japoneses hacia los animales. Veamos sobre qué trasfondo histórico se han formado.

La carne en la dieta de los japoneses

El consumo de carne guarda relación con la renta de cada país, siendo mayor en los países de renta alta y menor en los de renta baja. Japón es la excepción. En consumo per cápita, Japón aparece en el puesto 12 del ranking mundial, con un promedio que equivale solo a una cuarta parte del de Estados Unidos y está por debajo del de países como Corea del Sur, China o Malasia. Y este modesto nivel no se ve compensado por un consumo particularmente alto de pescados y mariscos.

El misionero Francisco de Javier, que trasmitió el cristianismo a Japón a mediados del siglo XVI, informó a sus compañeros de la Compañía de Jesús de que los japoneses eran de salud sorprendentemente robusta, pese a que su dieta solo consistía en verduras y trigo, que complementaban ocasionalmente con algo de pescado y fruta. En su famoso poema Ame ni mo makezu, el gran escritor Miyazawa Kenji (1896-1933) limita a cuatro boles de arroz integral, miso (pasta de soja fermentada) y algo de verdura la dieta de un hombre virtuoso.

En cuanto al promedio de la esperanza de vida sana para ambos sexos, Japón se sitúa a la cabeza de los países del mundo (2015). Sin embargo, el promedio de vida durante el periodo Edo (1603-1867) era solo de unos 45 años. Solo después de la Segunda Guerra Mundial, en 1947, se superó por primera vez el promedio de 50 años, así que no puede decirse que los japoneses hayan sido longevos desde épocas remotas.

El secreto de la longevidad de los japoneses despierta un gran interés incluso a nivel internacional. Se coincide en considerar que el equilibrio alcanzado entre la dieta tradicional, consistente en arroz, verduras, pescados y mariscos, y la dieta de estilo occidental, basada en el pan, la carne y los productos lácteos, ha sido beneficioso para la salud. La cultura alimentaria japonesa, altamente valorada por su salubridad, ha sido incluida por la Unesco en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y se calcula que actualmente existen en el extranjero unos 89.000 restaurantes de comida japonesa. El aumento en el consumo de carne que se vio tras la guerra ha impulsado fuertemente tanto la esperanza de vida como la estatura de los japoneses. Entre 1950 y la actualidad, la estatura media de los varones de 20 años ha crecido 12 centímetros y las causas de este crecimiento se buscan precisamente en el consumo de carne y en la popularización del estilo de vida occidental. Sin embargo, durante los últimos 20 años no se han registrado nuevos crecimientos en el consumo de carne y en cuanto a los productos del mar se ha vuelto a los niveles del decenio de 1950. La única explicación que uno encuentra es que, en la mente de los japoneses, que durante mucho tiempo evitaron matar animales y se abstuvieron de comer carne, sigue viva la idea de que es mejor no excederse en el consumo de este alimento.

Los “barcos negros” y el primer tratado de protección de la naturaleza

Los años comprendidos entre 1830 y 1860 fueron la edad de oro de la industria ballenera norteamericana. Conforme crecía el volumen de la economía de Estados Unidos aumentaba también la demanda de aceite de ballena para lámparas, velas y lubricantes, y la caza de la ballena se convirtió en una industria de primer orden. Pero en el océano Atlántico, donde la caza de cetáceos tiene una larga historia, el agotamiento de este recurso se hizo patente y, con él, el grueso de esta actividad se trasladó al océano Pacífico.

En 1846 operaban en aguas del Pacífico 292 barcos balleneros estadounidenses. De los datos de producción de aceite se infiere que durante el año de 1853 se capturaron más de 3.000 ballenas en dichas aguas. Los barcos occidentales centraban sus capturas entre las aguas próximas a Japón y el resto del Pacífico Norte. La novela Moby-Dick, del norteamericano Herman Melville, está protagonizada por el capitán Ahab, del que se dice que perdió una pierna cuando pugnaba por capturar una gran ballena en aguas próximas a Japón. Y sería prolijo enumerar todos los marinos náufragos japoneses que fueron auxiliados por barcos balleneros norteamericanos, el más famoso de los cuales es sin duda Nakahama Manjirō (1827-1898), más conocido como John Manjirō, que fue recogido por un barco norteamericano y educado en Estados Unidos (véase el artículo sobre el albatros).

La aparición de los barcos balleneros llevó aparejados naufragios y problemas con los japoneses de las zonas costeras. Durante los decenios de 1840 y 1850, barcos balleneros ingleses y norteamericanos arribaban a los puertos japoneses, donde pedían que se les surtiera de leña, agua y alimentos. El desembarco de sus tripulaciones venía acompañado muchas veces de todo tipo de altercados. Especialmente importante era la necesidad de pertrecharse de leña, que se utilizaba en grandes cantidades para calentar las calderas donde se licuaba la grasa de los cetáceos.

Pintura del siglo XIX que reproduce la captura de un cachalote (Yale University Art Gallery).

El bakufu o Gobierno japonés respondió a esta situación reforzando la política de aislamiento nacional mediante un edicto que instaba a repeler cualquier acercamiento por parte de una nave extranjera. Como parte de esta política, el bakufu apresó a muchos marinos de balleneros extranjeros naufragados, lo cual fue motivo de protestas en Estados Unidos, donde estos apresamientos se entendían como malos tratos por parte de Japón a estas personas.

Tratados de protección de la fauna

El creciente interés en Estados Unidos por ofrecer protección y mejorar el tratamiento que recibían las tripulaciones de los balleneros naufragados condujo finalmente al envío a Japón del comodoro (almirante) de la marina de guerra Matthew C. Perry, con la finalidad de instar a Japón a una apertura. Esta iniciativa obtuvo un rotundo apoyo de parte de la industria ballenera. Así fue como los cuatro kurofune (“barcos negros”) al mando del comodoro arribaron al puerto de Uraga, en la actual prefectura de Kanagawa, en julio de 1853.

Perry portaba una misiva oficial del presidente norteamericano en la que se solicitaba al Gobierno Tokugawa que abriera sus puertos. Un años después, volvió a Japón y coronó sus esfuerzos el 31 de marzo con la firma del Tratado de Amistad Japón-Estados Unidos (Tratado de Kanagawa), cuya letra pequeña se fijó dos meses después mediante una adenda conocida como Tratado Adicional de Shimoda.

El tratado permitió que los barcos norteamericanos se aprovisionasen de leña, agua y alimentos en Japón, y estableció la apertura de los puertos de Shimoda y Hakodate, poniendo así fin al régimen de aislamiento nacional. Este segundo texto legal, consistente en 13 artículos, fijaba el radio de acción permitido a los ciudadanos estadounidenses que desembarcaban en Japón, así como los lugares donde podían alojarse y sus cementerios. Entre sus artículos, es especialmente digno de mención el 10, incluido a petición de Japón, en el que se extiende a los norteamericanos residentes en el país la prohibición total de cazar animales que pesaba sobre los japoneses. Se dice que la primera vez en que se discutió internacionalmente acerca de la protección de la fauna fue con motivo del Concordato de París de 1895, a partir del cual nacieron muchos tratados y organizaciones de defensa de la vida animal. La adenda al tratado bilateral nipo-estadounidense sería, pues, el tratado de protección de la fauna más antiguo conocido.

Los norteamericanos, gente de costumbres bárbaras

Este artículo se gestó de esta forma. Un mes antes de la firma, Perry y su equipo se habían desplazado en sus barcos a la ciudad de Hakodate para inspeccionar su puerto, que era uno de los candidatos a la apertura. El documento titulado Akokuraishi-ki (“Sobre la llegada de la misión estadounidense”, colección de la Biblioteca Municipal de Hakodate), deja constancia de la visita de forma detallada. Su autor fue Ishizuka Kanzō, samurái del han (señorío feudal) de Matsumae. El daguerrotipo de Ishizuka tomado por el fotógrafo que formaba parte del séquito del comodoro se considera la fotografía más antigua tomada en Japón y ha sido declarado Bien Cultural de Importancia.

Daguerrotipo de Ishizuka Kanzō (colección de la Biblioteca Municipal Central de Hakodate).

Debido a que no matar animales injustificadamente formaba parte de la ética de los japoneses del periodo Edo (1603-1867), ni los pájaros ni las bestias salvajes huían de la presencia humana. Al parecer, la tripulación de los “barcos negros” disparaba con sus armas de fuego, por pura diversión, a los pájaros que se posaban en los mástiles o en las cubiertas. El documento lo refiere con desagrado en estos términos: “Por medio de sus barcas, los extranjeros desembarcaron en Kamedahama, Nanaehama y Arikawabe, mataron pájaros y animales con sus redes y armas cortas de fuego y para las 4.00 de la tarde se retiraron completamente a sus barcos”. A la vista de este espectáculo, los vecinos del área pensaron que los estadounidenses eran todos personas de costumbres bárbaras. Perry, en su Narrative of the Expedition of an American Squadron to the China Seas and Japan, hace mención a esos mismos hechos explicando que, aunque vieron gansos, patos salvajes y otras muchas aves, los hombres de su escuadra solo pudieron abatir unas pocas.

Los extranjeros que visitaron el país durante los últimos años del periodo Edo e incluso durante la era Meiji (1868-1912) quedaron impresionados por la riqueza de la fauna de Japón y por el respeto que mostraban sus habitantes por los animales. Uno de ellos fue el veterinario norteamericano Edwin Dun, que llegó a Hokkaidō en 1873, invitado por el Gobierno japonés, para contribuir al desarrollo agropecuario de la isla. Estas son sus impresiones resumidas después de un paso por las calles de Tokio: “De entre los arbustos asomaban su cabeza faisanes y el agua de los fosos del Palacio Imperial, frente a la Embajada del Reino Unido, bullía de gansos, patos salvajes y otras aves acuáticas. Un día, un zorro se coló en el comedor de mi casa y, sentado sobre la mesa, comenzó a devorar lo que había en una bandeja.

A Dun le emocionaba comprobar que en una ciudad como Tokio, que estaba ya entre las más populosas del mundo, humanos y animales salvajes convivían armoniosamente. Dun hizo una importante contribución a la modernización de la industria ganadera japonesa y en sus últimos años formó parte de la legación diplomática norteamericana en Japón. Se dice que el diente de león de la variedad occidental Taraxacum officinale que tan común es hoy en día en Japón llegó al país en forma de semillas mezcladas con los forrajes introducidos en el país por Dun.

La verdad sobre los edictos de protección animal

Tokugawa Tsunayoshi, quinto shōgun de la dinastía Tokugawa, prohibió en 1687 matar y consumir la carne de cualquier especie animal en sus famosos “edictos de piedad hacia las criaturas vivientes”. Fueron 135 notificaciones administrativas que no quedaron compendiadas en una única ley. La insistencia se debió, al parecer, a la escasa observancia con que fueron respondidos por el pueblo. Entraban en esta categoría de “criaturas vivientes” perros, gatos, pájaros, peces, mariscos e incluso insectos. Los edictos más abundantes, 40, son los referidos a las aves, seguidos por los de los perros y gatos (33) y caballos (17).

Las obras teatrales y películas ambientadas en esta época suelen recalcar la perversidad de estas leyes, que supuestamente acarrearon el arresto de cientos de miles de personas. Pero en su estudio Edo no idenshi (“El gen Edo”, 2007, PHP Kenkyūjo), Tokugawa Tsunenari, vástago del insigne linaje, defiende a sus antepasados afirmando que durante los 24 años de aplicación de dichos edictos solo fueron condenadas por su incumplimiento 69 personas, de las que 13 fueron ejecutadas.

En realidad, fueron normas de notable carácter ético, que extendían su protección a las personas más desamparadas, como huérfanos, ancianos, enfermos y viajeros o vagabundos desfallecidos. “El posadero que desposeyere de sus bienes a un caminante caído será condenado a muerte”, “quien arrojare al río a un expósito será condenado a muerte”, dicen algunos de estos edictos.

Sobre los expósitos, el gobernante exhortaba a que quien los hallase, si así lo deseara, los adoptase, sin que fuera necesario entonces dar parte del hecho. Ordenó también hacer pormenorizados censos de población individuales para controlar el número de niños y evitar así los abandonos. Los transeúntes desamparados fueron recluidos en instituciones de caridad.

Destacan, entre los edictos promulgados por Tsunayoshi, los que prohíben el abandono de perros, un celo que le ganó el sarcástico apodo de “el Señor de los perros”. La explicación es que en aquella época el número de perros callejeros había aumentado mucho y eran comunes los ataques a personas. Para hacer frente a esta situación, Tsunayoshi ordenó que se estableciera un registro de perros. Se trata, probablemente, de la ley más antigua del mundo en protección animal. En el Reino Unido, la Protection of Animal Act data de 1911.

Tsunayoshi construyó instalaciones para proteger a los perros en zonas de Edo como Ōkubo, Yotsuya o Nakano. La mayor de ellas fue la última. Sus cercados y cobertizos alcanzaban una extensión de 100 hectáreas. En los años de mayor ocupación, las instalaciones recogían más de 80.000 canes. Cinco simpáticos perros de bronce colocados en un rincón próximo al edificio del Ayuntamiento Distrital de Nakano nos recuerdan que un día estos terrenos estuvieron dedicados a dicho fin.

Estatuas de bronce junto al edificio del Ayuntamiento Distrital de Nakano. Un día, estos terrenos estuvieron ocupados por las instalaciones creadas por el shōgun Tsunayoshi para recoger a los perros abandonados. (PIXTA)

En los últimos años la figura de Tsunayoshi se ha revalorizado y ya no se lo considera ni mucho menos un gobernante obtuso. Algunos libros escolares de historia de Japón lo encomian, ponderando la “política de amor y afecto” que se llevó a cabo durante su mandato. Engelbert Kämpfer, un médico alemán que fue recibido en audiencia por Tsunayoshi en dos ocasiones, afirma en sus escritos que la impresión que le dio Tsunayoshi fue la de ser un gobernante sabio.

Hecha la ley, hecha la trampa

Durante unas excavaciones dirigidas por la Junta de Educación Municipal de Okayama en las ruinas de las murallas exteriores del castillo homónimo se descubrió un basurero del periodo Edo en el que aparecieron restos óseos de diversos animales. Estudios posteriores de Tomioka Naoto, profesor de la Universidad de Ciencia de dicha ciudad, los han identificado como huesos de jabalí, cerdo, vaca, liebre, tanuki (Nyctereutes procyonoides, especie de mapache), perro, lobo, tejón y otras especies.

Debido a que muchos de los huesos presentaban incisiones de cuchillo de cocina, parece seguro que su carne fue consumida. Si consideramos que esta zona de la muralla exterior estaba ocupada por las residencias del senescal y otros altos funcionarios, todo parece indicar que los bushi (samuráis, clase guerrera) de alto rango comían carne en abundancia. Entre los restos de residencias similares hallados en terrenos del castillo de Akashi (prefectura de Hyōgo) se han hecho hallazgos similares. Por lo visto, el doble estándar en el cumplimiento de la ley tiene una larga historia en Japón.

Fotografía del encabezado: el 8 de marzo de 1854 el comodoro norteamericano Matthew C. Perry desembarcó en Yokohama. El momento fue inmortalizado por esta litografía de Wilhelm Heine, un artista germano-estadounidense que formaba parte del séquito de Perry. En los escritos del comodoro se hace referencia a la gran variedad de aves que podía encontrarse en el Japón de la época. (Aflo)

  • [27.07.2017]

Periodista y académico especializado en cuestiones medioambientales con experiencia en el Comité de Redacción del periódico Asahi. Además, ha sido asesor en el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en Nairobi y Bangkok, y profesor en las Escuelas de Posgrado de la Universidad de Tokio y de Hokkaidō, así como embajador extraordinario y plenipotenciario para Zambia. Al mismo tiempo, ha asesorado a la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) y dirigido el Centro de Cuestiones Medioambientales para el Centro y el Este de Europa, en Budapest, y la Asociación Japonesa de Aves Silvestres. Entre sus obras destacan Chikyū Kankyō Hōkoku (Informe sobre el medio ambiente en la Tierra), Kilimanjaro no Yuki ga Kiete Iku (Desaparece la nieve del Kilimanjaro) y Meisaku no Naka no Chikyū Kankyōshi (Historia del medio ambiente en las obras maestras), todas ellas publicadas por la editorial Iwanami Shoten, así como Watashi no Chikyū Henreki: Kankyō Hakai no Genba wo Motomete (Peregrinando por la Tierra: buscando lugares afectados por la destrucción medioambiental), de la editorial Kōdansha, y Tetsujōmō no Rekishi (Historia de las alambradas) y Kansenshō no Sekaishi (Historia mundial de las enfermedades infecciosas), estas dos últimas de la editorial Yōsensha.

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