Enfoques La yakuza hoy
Yakuza, un oficio que ya no da para comer
[13.10.2017] Leer en otro idioma : 日本語 | 繁體字 | العربية | Русский |

La fractura del Yamaguchi-gumi, principal clan mafioso de Japón, expone a las claras la crítica situación financiera que atraviesa el mundo de la yakuza. Los mecanismos de obtención de fondos mediante el terror, que hunden sus raíces en los años de rápido crecimiento económico que vinieron tras la Segunda Guerra Mundial, son cada vez menos productivos gracias al cerco policial y al endurecimiento de la legislación.

La fractura del clan Yamaguchi-gumi, ocurrida hace ahora dos años, vino a evidenciar la difícil situación en la que se encuentra la yazuka japonesa. La escisión del grupo Kōbe Yamaguchi-gumi se produjo en agosto de 2015. Y en abril de 2017, una parte de la nueva organización se separó para formar el Ninkyō Dantai Yamaguchi-gumi (actualmente, Ninkyō Yamaguchi-gumi). Ahora son tres los actores en escena.

Si hubiera que dar una única explicación a esta serie de escisiones, diríamos, simplemente, que los hampones no tienen cómo ganarse la vida. Hasta hace algún tiempo, a los jefes de los grupos mafiosos directamente emparentados con el clan Yamaguchi-gumi, llamados genéricamente jikisan, les bastaba con poder mostrar el escudo romboidal y echarse a la calle con un grupo de jóvenes para tener a su alcance el sueño de cualquier bribón del hampa: una buena casa, coches caros y mujeres bonitas.

Sin embargo, debido a las repetidas reformas de las leyes contra los bōryokudan (literalmente, “grupos violentos”) y a las ordenanzas y reglamentos emitidos en todo el país para erradicar estas organizaciones, hoy en día ganarse la vida como yakuza es poco menos que imposible.

La escisión en el seno del Yamaguchi-gumi ha sido protagonizada por su principal facción, Yamaken-gumi, bajo el liderazgo de Inoue Kunio, que estaba enfrentado con una dirección que, además de imponer una draconiana cuota mensual de 850.000 yenes a las organizaciones adscritas, estaba apretándoles las clavijas de otras muchas formas.

Pero la creación del Kōbe Yamaguchi-gumi no ha traído la paz a la familia. Aunque las cuotas de los grupos jikisan que se sumaron a la nueva organización fueron reducidas a 300.000 yenes, las de los dirigentes del propio grupo central Yamaken-gumi fueron elevadas y el descontento latente se materializó en la creación del Ninkyō Yamaguchi-gumi.

Un oficio cada vez más duro

Los yakuza llaman shinogi a las actividades que les reportan ingresos. Pues bien, este shinogi ofrece cada vez menos oportunidades. Negocios que antes podían desarrollar legalmente les han sido vedados por las leyes contra los bōryokudan y otras disposiciones, así que ahora para sobrevivir tienen que entrar de lleno en la ilegalidad, y estamos hablando de compraventa de sustancias prohibidas, o de timos consistentes en embaucar a la gente para que realice transferencias bancarias innecesarias. Por lo que respecta al tráfico de drogas, este ha estado teóricamente prohibido por el Yamaguchi-gumi, si bien se ha hecho la vista gorda cuando la droga es para consumo particular. Pero ahora, más que eso, se trata de sostener la organización y a este fin se está recurriendo al tráfico de las sustancias más lucrativas –que son también las más caras–, como las anfetaminas y otras drogas sintéticas. Algo similar está pasando con los timos, de los que son principales víctimas ancianos desprevenidos que terminan transfiriendo sus ahorros. Nada más vergonzoso que estas prácticas para organizaciones que exhibían una elevada moral (robar a los ricos para repartir entre los pobres, al mejor estilo Robin Hood). Pero los tiempos no permiten andar preocupándose por las apariencias.

Por supuesto, los filones de los negocios inmobiliarios y financieros, que tantos ingresos les han reportado, no se han agotado del todo. En la compraventa de inmuebles, un mundo en el que los derechos e intereses se entrelazan de forma muy compleja, nunca viene mal tener por detrás una “fuerza” que imponga y amedrente, y la yazuka sigue presente en este sector, sobre todo en la parte urbana del país. Otro reducto en el que pueden seguir actuando las “fuerzas antisociales” lo constituyen las compañías que, cotizando en alguno de los mercados financieros del país, han visto caer por los suelos el valor de sus acciones a consecuencia de sus malos resultados empresariales, convirtiéndose en juguete de los especuladores. Y otro campo en el que, por las posibilidades que abre al fraude, estas organizaciones se sienten como pez en el agua, son los nuevos instrumentos financieros que ofrece Internet, como el social lending (servicio de intermediación entre prestamista y prestatario) o el bitcoin, una moneda virtual online.

Aun así, el volumen alcanzado actualmente por la suma de todos estos negocios de la yakuza se estima en una décima o una vigésima parte de lo que fueron durante la época de la burbuja económica.

A principios de los años 90, si alguien ganaba dinero sin esfuerzo eran los cabecillas de los bōryokudan. Se decía que, en aquella época, los jikisan del entramado Yamaguchi-gumi contaban su patrimonio por miles de millones de yenes, los wakagashira (“vasallos principales”) y otros subjefes de la organización matriz tenían cada uno más de 10.000 millones, y que los “jefazos” o líderes supremos, como Watanabe Yoshinori (quinto líder histórico) o el wakagashira Takumi Masaru, podían acercarse a los 20.000 o 30.000 millones.

Tratándose de economía sumergida que no paga impuestos, es imposible fundamentar estas cifras, pero la presencia de los jefes mafiosos en los establecimientos más exclusivos de Kitashinchi (Osaka) o Ginza (Tokio) dieron testimonio de aquellos boyantes años. A la vista de las actuales vacas flacas, no puede dejar de sentirse que los tiempos cambian.

Se derrumbó la fachada

Las causas que han llevado a esta situación son evidentes. Si antes la yakuza obtenía beneficios tanto con sus negocios de fachada como con los de su lado menos presentable, el mayor control estatal y el reforzamiento del cumplimiento normativo (compliance) por parte de las empresas ha eliminado prácticamente el lado visible de estas organizaciones, reduciéndolas a su parte oculta o “trasera”.

Los negocios de fachada que en sí mismos no eran ilegales eran los financieros, los inmobiliarios, las obras de construcción, los espectáculos, el envío de personal (agencias de empleo temporal), las demoliciones (derribos), el tratamiento de residuos industriales, la liquidación de empresas, el cobro de deudas pendientes o la resolución de pequeños conflictos de intereses y roces surgidos en su zona de influencia. En cuanto a los negocios desarrollados aprovechando lagunas legales o ya francamente al otro lado de la ley, podríamos citar las apuestas, las drogas, la prostitución, los casinos ilegales, los fraudes telefónicos citados más arriba, las cuotas de “protección” que se imponen a ciertos negocios establecidos en la zona de influencia, o la representación legal (como abogados) no autorizada.

Si en su fachada no distan demasiado de las empresas convencionales, el verdadero trabajo de la yakuza es vincular esa fachada con el inframundo, moviéndose ágilmente entre ambos espacios. Por ejemplo, en asuntos financieros, los yakuza han actuado como prestamistas que, haciendo caso omiso de las limitaciones impuestas por la ley, ofrecen financiación a intereses muy altos para proyectos o empresas de alto riesgo. Y lo que ha posibilitado este negocio es la seguridad que han tenido siempre los yakuza de que, por las buenas o por las malas, se las arreglarían para recuperar el dinero.

En aquellos tiempos, todos estos “negocios legales” de la yakuza respondían a necesidades. En las finanzas siempre puede surgir la imperiosa necesidad de recibir un préstamo de urgencia, y en el mundo inmobiliario un nuevo desarrollo urbanístico puede exigir poner a disposición del promotor, a cualquier precio con tal que se cumplan los plazos, unos terrenos sobre cuya propiedad confluyen diferentes derechos. En la industria de la energía nuclear, los servicios de la yakuza podían ser requeridos para conseguir personal que se ocupara de labores poco gratas, que implican riesgo de exposición a las radiaciones. Y en el cobro de deudas, se necesita gente con arrestos que sepa imponerse a otros acreedores y evitar que estos se adelanten en el cobro. Tal era la verdadera cara de las gentes implicadas en los bōryokudan, organizaciones que, al menos hasta la entrada en vigor de la ley de 1992, eran consideradas un mal necesario por muchos que se situaban a este lado de la ley.

Yamaguchi-gumi, una historia de 100 años

Para comprender cómo estos grupos violentos han llegado a tener negocios de esta entidad, hay que echar una mirada a los más de 100 años de historia que tiene el Yamaguchi-gumi.

Su primer líder fue Yamaguchi Harukichi, un pescador de la isla de Awaji (prefectura de Hyōgo) que se colocó como estibador en el puerto de Kōbe y que reunió en torno a sí a un grupo de unos 50 operarios, fundando en 1915 el Yamaguchi-gumi, que, entre otras cosas, se dedicó también a representar a cantantes del estilo rōkyoku, operar salas de juego y prestar servicios de vigilancia a teatros.

Sucedió a Harukichi su hijo Noboru, pero este murió todavía joven, a los 41 años, a consecuencia de las heridas recibidas en una pelea, en 1942. Los años de la Segunda Guerra Mundial no dejaron un gran margen de actuación a la yakuza, pues los jóvenes fueron llamados a filas. Para llegar a la edad de oro de la yakuza hay que esperar hasta el fin del conflicto, cuando Taoka Kazuo se puso al frente de la organización en junio de 1946.

Los yakuza de antes de la guerra se dividían en bakuto, que regentaban locales de apuestas, y tekiya, que abrían puestos de venta durante las festividades tradicionales. Los grupos yakuza funcionaban como organizaciones violentas que ritualizaban sus relaciones verticales y horizontales de lealtad mediante el sakazuki (brindis). Se trataba de hacerse temer por los comerciantes y vecinos del área, pero, al mismo tiempo, de ofrecer apoyo en ciertas situaciones. Sus ingresos eran irregulares, alternándose las etapas de abundancia con las de penuria.

Cuando Taoka, quien como bakuto había conocido los tiempos duros de la guerra, se hizo con el control de la organización, juró conseguir trabajos serios a sus miembros. Esta determinación marcó un punto de inflexión en la historia de la yakuza, que se remonta al periodo Edo (1603-1867), y puede ser entendida como el arranque de la yakuza moderna, encarnada en el Yamaguchi-gumi.

Fue el propio Taoka quien se encargó de fundar la nueva empresa. Se convirtió en jefe de la compañía de construcción Yamaguchi-gumi, para después crear, en torno a los estibadores del puerto de Kōbe, la sociedad anónima Kōyō Un’yu. Luego creó secciones de representación de artistas, y de espectáculos. Finalmente, estableció la empresa Kōbe Geinō-sha, con oficinas en su propio domicilio.

Reuniendo a su alrededor otros intereses de los sectores de la construcción, la actividad portuaria, las finanzas o los inmuebles, el Yamaguchi-gumi fue convirtiéndose en un grupo empresarial dotado de mecanismos para sacar adelante sus proyectos por la fuerza. Esta combinación de actividad industrial y violencia le permitió extenderse hábilmente por todo el país. Sus caras visibles y valedores ante el gran público a partir de los años 50 fueron la mítica cantante Misora Hibari, representada por la empresa Kōbe Geinō-sha, y Rikidōzan, as de la lucha libre, actividad esta que en la mitad occidental del país estuvo dominada por el propio Taoka como vicepresidente de la Asociación de Lucha Libre de Japón.

Su estilo era ofrecer colaboración y mutuos beneficios mediante el ritual brindis a quienes se avenían a colaborar con ellos en los espectáculos organizados en las regiones, y atacar sin vacilación a quienes se oponían a sus designios. La fuerza atrajo al dinero y este creó una fuerza todavía mayor, impulsando al Yamaguchi-gumi en su fulgurante expansión por todo Japón. A mediados de los años 60, el Yamaguchi-gumi tenía 10.000 miembros y era ya el bōryokudan más importante del país.

Pero las autoridades policiales no permanecieron de brazos cruzados ante esta expansión. Convencida de que no podía permitir que la organización siguiera creciendo, la policía puso en marcha en 1964 la “Operación Cumbre” para detener a Taoka.

En primer lugar, para debilitar la organización cortando sus fuentes de ingresos, impuso limitaciones a sus negocios. Taoka dejó su puesto de presidente de Kōyō Un’yu y tuvo que retirarse también del consejo de administración de Kōbe Geinō, desapareciendo así de la fachada o parte legal de su entramado.

Desde este momento, los bōryokudan dejaron de operar directamente empresas y adoptaron el método de encargar la realización de sus negocios a colaboradores externos de confianza. Así, estos colaboradores actuaban en las finanzas, el negocio inmobiliario, la construcción, las demoliciones, el envío de personal y la liquidación de empresa, mientras que la organización se reservaba para sí las actuaciones más violentas, cuando se consideraban necesarias. Una doble estructura perfectamente conocida por todos, por la que era posible burlar las disposiciones policiales.

Dicho modelo de negocio se consolidó bajo Taoka y supuso un nuevo impulso a la organización. Pero Taoka murió en 1981, a los 68 años. Su sucesor, Takenaka Masahisa, fue asesinado a tiros en el conflicto que enfrentó al Yamaguchi-gumi con el Ichiwa-kai, otro grupo mafioso, tras lo cual Watanabe Yoshinori, que había ejercido como wakagashira, tomó las riendas del clan, lo que ocurrió en abril de 1989.

Los dirigentes del Yamaguchi-gumi anuncian el 1 de noviembre de 1978 en su sede social de Nada-ku (Kōbe) el fin del conflicto desencadenado por el ataque contra el jefe supremo de la organización, Taoka Kazuo. De izquierda a derecha, Oda Hideomi (jefe del subgrupo Odahide-gumi), Yamamoto Ken’ichi (Yamaken-gumi) y Yamamoto Hiroshi (Yamahiro-gumi). (Fotografía: Jiji Press)

Año
1915 Nace el Yamaguchi-gumi en Kōbe.
1946 Taoka Kazuo toma el mando del Yamaguchi-gumi como tercer líder histórico, dando inicio a una etapa de rápida expansión.
1981-84 Periodo de vacancia de la jefatura.
1984 Asume la jefatura como cuarto líder Takenaka Masahisa.
1985-87 Miembros descontentos con el nombramiento de Takenaka fundan el grupo Ichiwa-kai. Se inicia una “guerra” entre ambas formaciones, que se salda con la muerte a tiros de Takenaka y más de tres centenares de incidentes.
1989 Asume la jefatura del Yamaguchi-gumi Watanabe Yoshinori, que formaba parte del Yamaken-gumi, con base en Kōbe.
1997 El wakagashira Takumi Masaru, número 2 de la organización y líder del Takumi-gumi, cae bajo los disparos de elementos del grupo rival Nakano-kai.
2003 Ocurre la “guerra de Kitakantō (región situada al norte de Tokio)” entre organizaciones del clan Yamaguchi-gumi y otras pertenecientes al Sumiyoshi-kai, durante la cual un dirigente de este último muere a tiros.
2005 Tsukasa Shinobu (alias de Shinoda Ken’ichi), procedente del Kōdō-kai, con base en Nagoya, se convierte en sexto jefe del Yamaguchi-gumi.
Agosto, 2015 Se fractura el Yamaguchi-gumi. Los escindidos forman el Kōbe Yamaguchi-gumi, bajo la dirección de Inoue Kunio.
Abril, 2017 Se fractura el Kōbe Yamaguchi-gumi. Los escindidos forman el grupo Ninkyō Dantai Yamaguchi-gumi, bajo la dirección de Oda Yoshinori. El nombre de la nueva organización se modifica a Ninkyō Yamaguchi-gumi.

La burbuja y la presión policial

La burbuja económica se instaló después en Japón y fue entonces, bajo la dirección de Watanabe, cuando el Yamaguchi-gumi acumuló un mayor capital. Con sus comandos de ultraderechistas, saboteadores de juntas generales de accionistas y sus grupos de gamberros motorizados que le servían de cuerpos de reserva, el Yamaguchi-gumi se convirtió en el núcleo vivo de las organizaciones antisociales. Sin embargo, el Estado japonés no pudo permanecer pasivo ante la enorme capacidad económica de los bōryokudan ni ante los sucios métodos que utilizaban para conseguirla.

La burbuja económica marcó el inicio de una persecución policial seria y sistemática. En una época de globalización, que elementos mafiosos lucieran sus insignias en público y a cara descubierta era algo que no podía admitirse en ningún país, y el Estado japonés tomó cartas en el asunto para conservar su prestigio.

A la entrada en vigor de la ley contra los bōryokudan de 1992 sucedió una serie de reformas legales que hicieron posible atacar con mayor efectividad estas organizaciones. Ampliando la interpretación de la figura de la conspiración para la preparación de delitos fue posible encausar a los jefes por los delitos cometidos por sus subordinados, y también en los procesos civiles fue posible obligar a los jefes a pagar indemnizaciones, como empleadores, por los perjuicios derivados a terceros de las actividades de sus subalternos. Con estos nuevos esquemas la estructura piramidal de cuya firmeza se jactaban los bōryokudan comenzó a resquebrajarse. Al tomar Tsukasa Shinobu las riendas del Yamaguchi-gumi en 2005, se extremó la disciplina prohibiendo que los miembros hicieran cosas que pudiera dañar al jefe y además se elevaron las cuotas aportadas por los jikisan, lo cual redundó en su debilitamiento.

Pero los mayores logros de esta estrategia para asfixiar a los bōryokudan han venido de la mano de las ordenanzas municipales orientadas a cortar cualquier relación de la población con estos grupos, sobre la idea básica de que todo aquel que entra en negocios con la yakuza se convierte automáticamente en un elemento antisocial. Para octubre de 2011 todas las prefecturas japonesas habían puesto en vigor dicha ordenanza. La estrategia se cobró su primera víctima de importancia en agosto de ese año en la figura del humorista Shimada Shinsuke, a la sazón uno de los rostros más conocidos de la televisión japonesa, cuyos oscuros lazos con el inframundo le acarrearon el fin de su carrera profesional. Su caída tuvo, en todo caso, un fuerte efecto de concienciación sobre la ciudadanía.

Gracias a las medidas legales tomadas, ahora los miembros de los bōryokudan se debaten para sobrevivir, ya que no pueden ni abrir una cuenta bancaria ni alquilar una vivienda. En esta situación, no se vislumbra ninguna forma de que los bōryokudan puedan conseguir nuevas fuentes de ingresos. Como se ha explicado más arriba, están implicándose en el tráfico de sustancias prohibidas y en diversos timos y engaños, y buscan salir adelante ocupándose de embrollados conflictos inmobiliarios, manipulando empresas fracasadas y operando en terrenos que ofrecen margen al fraude, como el de los nuevos negocios e inversiones a través de Internet. Pero ninguna de estas actividades tiene visos de reportarles las fabulosas ganancias que obtuvieron en otros tiempos.

Pese a la imagen que de ellos se tiene, la de gentes que “se forran” gracias a sus muchos y turbios negocios, lo cierto es que los bōryokudan están en una situación crítica que podría terminar en su extinción, y ellos son quienes mejor lo saben.

Reportaje y texto: Itō Hirotoshi (periodista)

Fotografía del encabezado: Alijo de armas importadas ilegalmente por Matsuda Tadashi y sus secuaces del grupo Matsuda-gumi, perteneciente al clan mafioso Inagawa-kai. Fueron presentadas por la Policía Metropolitana el 21 de agosto de 2006. (Fotografía: Jiji Press)

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