Enfoques La yakuza hoy
La nueva tribu violenta de los “hangure”
[30.10.2017] Leer en otro idioma : 日本語 | 繁體字 | Русский |

En un momento en que los bōryokudan (literalmente, “grupos violentos”) están muy debilitados debido a la firme acción policial y a un cerco legal cada vez más efectivo, en los bajos fondos están perfilándose como nueva fuerza emergente los grupos llamados hangure. Aprovechando el auge de las tecnologías de la información ocurrido en torno al año 2000, sus líderes consiguieron un considerable capital, gracias al cual se hicieron un hueco en la calle funcionando como nuevos aparatos violentos que no siguen la disciplina ni las maneras de los bōryokudan tradicionales. ¿Quiénes son estos individuos que están ganando influencia ocupando los espacios dejados por la yakuza?

No llegan a la categoría de bōryokudan (literalmente “grupos violentos”, integrados en la yakuza) pero tampoco son simples bōsōzoku (pandillas de gamberros motorizados). Se les llama hangure, una expresión relacionada con gurentai, que es el nombre que reciben los gangs de sujetos sin trabajo conocido que rondan las zonas animadas y protagonizan incidentes violentos. Estos grupos suelen estar formados por antiguos miembros de los bōsōzoku y su exponente más emblemático lo encontramos en el Kantō Rengō, que ha hecho de Roppongi, Nishi Azabu y otras zonas centrales de Tokio su territorio.

En su origen, el Kantō Rengō era un agregado de grupos motorizados con base en los barrios residenciales de Setagaya y Suginami. Estaba catalogado como bōzōsoku por la Policía Metropolitana, pero en 2003 notificó a esta institución su disolución. Sin embargo, posteriormente sus miembros se han involucrado en estafas y otros delitos, entre ellos algunos que son característicos de los bōryokudan.

Aunque a veces se enfrentan a estos, otras veces saben aprovechar su fuerza en beneficio propio, manteniendo siempre dos caras –la de aparato violento y la de ciudadanos normales–. ¿Cómo se desarrollan las vidas de estos hangure? Para saberlo, conversamos con Shibata Daisuke, que fue uno de los líderes del Kantō Rengō, y que ha publicado una trilogía de no-ficción, una de cuyas partes es la titulada Ibitsu na kizuna: Kantō Rengō no shinjitsu (“Un atípico vínculo: la verdad del Kantō Rengō”, editorial Takarajima-sha), que firmó con el pseudónimo Moto Kantō Rengō kanbu, Kudō Akio (Kudō Akio, excabecilla del Kanto Rengō).

–Permítanos volver una vez más a lo más básico: ¿qué son los hangure?

Hasta ahora lo más natural era que al llegar a la mayoría de edad los furyō (golfos, granujas) se integrasen en los bōryokudan. Los hangure son grupos de personas que han ido a contracorriente, que no se han metido en un bōryokudan, sino que han formado lo que en el extranjero se llamaría un gang. La palabra hangure, en sí, creo que fue creada por el periodista Mizoguchi Atsushi para designar a esa gente que no se ha metido en un bōryokudan, que no tiene un trabajo serio y que vive usando la violencia y otros métodos ilícitos de ganar dinero, o que quizás sí que tenga un trabajo serio, pero que en todo caso, como refleja ese “gure”, no sale de la “zona gris” [en japonés, “gurē”], porque son ovejas descarriadas [en japonés, “gureteru”]. Pero, claro, esa palabra cubre un campo bastante difuso, hay muchas diferencias entre zonas y también de grado.

–¿Por qué esta gente ya no pasa a las filas de los bōryokudan?

Las leyes contra los bōryokudan se han ido reforzando y la yakuza ya no tiene la misma vitalidad. Las nuevas generaciones tampoco tienen los mismos valores que las anteriores. Nosotros nacimos y crecimos en la gran ciudad, para nosotros ir a Shibuya o a Roppongi era la cosa más normal del mundo y quizás por eso el estilo de vida de los yakuza nunca nos pareció especialmente cool. Vamos, que aunque fueran un símbolo de los furyō, no nos atraía demasiado la idea de meternos en un bōryokudan, no era cool. Creo que los más jóvenes han entendido que, más que meterse en una organización que les iba a imponer limitaciones inaceptables para ellos, les convenía servirse inteligentemente de la violencia, sin más. Porque, de hecho, los que eran capaces de derrotar a los bōryokudan podían hacerse un hueco en la calle.

Vínculos con el establishment

La gran diferencia entre el Kantō Rengō y el resto de los grupos de furyō existentes ha sido su capacidad financiera y sus conexiones. Cuando, en los albores del auge de internet (burbuja punto com) de la segunda mitad de los años 90, el Kanto Rengō comenzó a extenderse por Roppongi y Nishi Azabu, tenía buenas conexiones con empresarios del mundo del espectáculo y de las joint ventures (emprendedoras o start-ups) de las tecnologías de la información, y también con grandes empresarios y accionistas, es decir, con el establishment económico del país, algo que quizás pudiera ocurrir en los bōryokudan cuando hablamos de los grandes capos, pero que para gente como esta, que apenas se situaba por encima de un granuja de barrio, hasta entonces había sido impensable.

Vista nocturna de la zona de Roppongi (Pochi/Photo Library)

–¿Cómo fue posible establecer conexiones con esas personas tan poderosas?

La principal causa de que dos grupos que en principio no suelen socializar, como son el establishment y los hangure de la calle, establecieran ese extraño contacto, fue la tecnología de la información. Con la burbuja experimentada por este sector nacieron muchos empresarios y su presencia se dejó sentir también en los ambientes nocturnos.

Ya desde antes, algunos miembros del Kantō Rengō habían trabajado como chóferes o guardaespaldas de grandes empresarios del sector de los espectáculos y en relación con esto habían empezado a montar sus propios negocios, que solían ser casas de préstamos ilegales, producción de vídeos pornográficos o tecnología de la información. Eran negocios que llevaban individualmente, por su cuenta, y que fueron creciendo con el tiempo. Yo mismo monté una agencia de publicidad para sitios web, un sector que crecía rápidamente por aquellos años, y conseguí una buena rentabilidad.

Así que también nosotros habíamos llegado a tener suficiente capital, y en Roppongi o Nishi Azabu nos encontrábamos con la gente de la tecnología de la información, que andaba por allí campando por sus fueros, haciendo valer también todo el dinero que tenían. En aquella época, ellos eran gente lanzada, temeraria, y en ese sentido había algunos puntos de coincidencia con nosotros. Ese fue el ambiente en el que se gestó nuestra relación con empresarios y accionistas del establishment.

Para estos empresarios y artistas del mundo del espectáculo que salían de noche a divertirse, mostrarse en compañía de maleantes que no eran de la yakuza, pero sí gente famosa por ser brava y aguerrida, era señal de estatus, y esa es la razón de que el Kantō Rengō obtuviera ese aprecio.

Escalada de violencia

Lo que ocurre es que la violencia siempre va a más. El nombre del Kantō Rengō se difundió por todo el país como implicado directo en casos como el ocurrido en enero de 2010, en el que el ex yokozuna Asashōryū aparecía como agresor, o el de noviembre de ese mismo año, en el que resultó herido el actor de kabuki Ichikawa Ebizō.

La desorbitada e indiscriminada violencia del Kantō Rengō alcanzó su cúspide en el ataque que tuvo como escenario el club Flower de Roppongi, en septiembre de 2012. El propietario de otro local fue asesinado por un grupo de encapuchados pertenecientes al Kantō Rengō, que lo atacaron con barras metálicas y otros objetos. Para colmo, resultó que la víctima fue elegida por error y no tenía la menor relación con el grupo rival al que pretendían dar su merecido. Por este caso fueron detenidas 18 personas, pero el principal responsable, un exlíder del Kantō Rengō llamado Mitate Shin’ichi, logró huir al extranjero y todavía pesa contra el orden internacional de búsqueda y captura.

Edificio comercial en cuyos bajos se encuentra el club en que le realizó el brutal ataque (Roppongi 5-chōme, Tokio).

Integrantes del grupo que realizó el ataque en Roppongi (Tokio), captados en las cercanías del lugar por cámaras de seguridad. Arriba, los conductores. Abajo, tres de los individuos que supuestamente efectuaron el ataque (3.40 de la mañana del 2 de septiembre de 2012. (Fotografía: Jiji Press, servida por la Policía Metropolitana)

–El Kantō Rengō protagonizó crímenes atroces. ¿Qué es lo que lo diferencia de un bōryokudan?

El Kantō Rengō no partía de una sólida estructura organizativa. Lo formaban exmiembros de bandas bōsōzoku, todos al mismo nivel, sobre los que ejercía su mando, a modo de dictador, Mitate [Shin’ichi], una figura con un gran carisma. La relación entre sus miembros no era la que caracteriza a los bōryokudan, donde se entablan relaciones horizontales y verticales de carácter pseudofamiliar sacralizadas mediante el sakazuki (brindis ritual de lealtad). Se basaba en una simple conciencia de adhesión, de camaradería.

Para nosotros, la yakuza era una gente con la que básicamente no teníamos ninguna relación y aunque la tuviéramos el objetivo era siempre servirnos de ella. Por su parte, ellos, que estaban muy limitados en cuanto a actividad y a vida social por las restricciones impuestas por la ley y las ordenanzas emitidas contra los bōryokudan, nos apreciaban a los hangure, que éramos jóvenes y dinámicos, porque para ellos éramos un medio a través del cual podían llegar a la sociedad, a la gente normal, lo mismo que para nosotros ellos también eran un medio del que nos servíamos, manteniendo por ello las distancias.

Deriva hacia los bōryokudan

–Pero el Kantō Rengō fue pervirtiéndose…

La deriva del Kantō Rengō hacia los bōryokudan se inició con un caso ocurrido en 2008. Un individuo cercano al Kantō Rengō murió en Shinjuku a consecuencia de una paliza que le propinaron miembros de un clan rival. El odio desencadenado por este hecho desembocó finalmente en el asesinato de 2012 en Roppongi. En el clan rival del caso de Shinjuku había elementos de un bōryokudan y el Kantō Rengō respondió usando también sus contactos con otros bōryokudan, y así fue implicándose en el mundo de la yakuza. Si hasta entonces, en la calle, se trataba con la yakuza de igual a igual, a partir de entonces entró en una relación de jefe y subordinado.

Aun así, mientras estuvo ahí Mitate, que era el líder indiscutible, todavía fue posible mantener un cierto equilibrio, diversificando los contactos con la yakuza. Pero desde que Mitate huyó al extranjero después del caso del club Flower, el grupo perdió su centro de gravedad y hoy en día casi todos los miembros del Kantō Rengō giran en torno a alguno de los grupos afiliados al Sumiyoshi-kai. Algunos participan haciendo aportaciones pecuniarias, al estilo de las empresas de fachada de estos grupos, mientras que otros han ingresado en las organizaciones como miembros. En ese sentido, puede decirse que el caso del Flower imprimió al Kantō Rengō una orientación que finalmente lo llevó a quedar absorbido en el mundo de la yakuza.

Un “prestigio” perdido

El caso del club Flower dio pie también a que la Policía Metropolitana estableciera la nueva categoría intermedia de junbōryokudan (semi o para-bōryokudan). En Tokio, además del Kantō Rengō, entra en esta tipificación el Chinese Dragon, cuyos miembros proceden del Doragon, una pandilla motorizada formada principalmente por descendientes de segunda y tercera generación de los japoneses huérfanos que regresaron a Japón tras haber sido abandonados por sus padres en China durante el caos originado por la derrota de Japón en la guerra. Asimismo, la nueva categoría engloba también a grupos como el Uchikoshi Specter OB Group, formado por exmiembros de pandillas motorizadas de la zona de Hachiōji (oeste de la prefectura de Tokio), o el Ōta Rengō OB Group, integrado por expandilleros de la zona de Ōta-ku (sur de Tokio). A juzgar por los casos denunciados, estos grupos están incurriendo en un amplio espectro de delitos que harían palidecer a cualquier yakuza, desde estafas bancarias, exigencias de pagos por visitar sitios pornográficos de Internet o extorsión enmascarada en el cobro de tarifas por supuestos servicios de protección, hasta crímenes atroces como asesinatos con armas de fuego, o agresiones derivadas en muerte con posterior ocultamiento del cadáver.

–¿Cuál es la situación actual del Kantō Rengō?

El “prestigio” que pudo tener un día el Kantō Rengō como gang callejero se ha echado a perder, esto es un hecho. Los casos de Asashōryū y Ebizō trajeron un gran desencanto, la gente se preguntaba qué diferencia había entonces entre aquello y la yakuza. La gente socialmente más integrada se apartó. Luego vino la tipificación como junbōryokudan a raíz del caso del Flower, de modo que el grupo ya no se situaba en la zona gris. Gracias al dinero que reunió y a sus contactos, un día llegó a tratarse de tú a tú con los bōryokudan y obtuvo autonomía económica y social, pero el caso del Flower lo abocó a su autodestrucción.

–De todos modos, ¿prevé usted que los hangure seguirán existiendo como aparatos violentos en las calles del país?

Todavía hay gente que va por ahí presentándose como Kantō Rengō, pero suelen ser los individuos más jóvenes que todavía no eran miembros de pleno derecho y otros elementos de su entorno que guardaban una relación muy tenue con el grupo. Ahora, es verdad que hay otros grupos, como el Chinese Dragon, que siguen siendo muy fuertes, y en Kansai también existen algunos otros igualmente activos.

Además, como los hangure han sido objeto de una gran atención y han adquirido una cierta popularidad, muchos maleantes de pacotilla que hasta ahora no habían hecho ninguna acción llamativa están saliendo a la calle vestidos a la moda y, animándose unos a otros en los ambientes de la pandilla, se están lanzando a formar nuevos grupos hangure. Como organizaciones no son lo suficientemente fuertes para mantener su autonomía y tampoco tienen una cara visible o valedor ante la sociedad, así que supongo que ocurrirá lo mismo con todos: acabarán siendo absorbidos por la yakuza, en este momento en que, perseguida por la ley, la yakuza está entrando de lleno en el inframundo y acentuando su carácter mafioso.

Reportaje y texto: Redacción de Power News.

Fotografía del encabezado: Póster pegados en la Comisaría de Azabu de la Policía Metropolitana muestra el rostro del exlíder del Kantō Rengō, sobre el que pesa orden de búsqueda y captura. Se ofrecen recompensas de hasta seis millones de yenes.

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