En profundidad Construyendo un camino: las universidades japonesas ante un futuro incierto
El problema de los exámenes de historia para acceder a la universidad

Momoki Shirō [Perfil]

[12.05.2016] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | FRANÇAIS | العربية | Русский |

Japón quiere dejar atrás la educación centrada en la memorización para pasar a un modelo de aprendizaje más activo, pero para lograrlo deberá cambiar por completo la forma de enfocar los exámenes de ingreso a la universidad. En este artículo el autor expone una dura crítica de la educación histórica del bachillerato y el sistema de acceso a la universidad actuales, señalando sus efectos negativos y defendiendo la necesidad de una reforma para estimular la capacidad de reflexión y expresión de los estudiantes.

Mucha memorización y poca reflexión

En Asia Oriental las calificaciones de los exámenes de ingreso constituyen el único baremo para medir los méritos de los estudiantes que quieren acceder a la universidad, y por eso el currículum y la metodología escolares se dirigen exclusivamente a su preparación. Este sistema hace que tanto la enseñanza como los exámenes prioricen la memorización por encima de la reflexión. Además, la mayoría de los ciudadanos de los países que forman la región están de acuerdo con que el Estado defina los contenidos del currículum a memorizar.

El sistema educativo y los exámenes de ingreso japoneses presentan una característica propia, especialmente negativa, que se acentuó con el cambio social que siguió a la Segunda Guerra Mundial: lo que se memoriza no son textos enteros, sino frases sueltas. Excepto en algunos centros de alto nivel, los exámenes de ingreso del bachillerato y de la universidad evitan a toda costa las respuestas elaboradas, huyendo incluso de los enunciados largos. Esto sería impensable en países como China, Corea del Sur o Vietnam, que conservan la tradición del sistema de examen imperial chino.

El trasfondo directo de ese sistema de exámenes de respuestas cortas o tipo test (fáciles de puntuar) que se difundió en Japón tras la Segunda Guerra Mundial (en la actualidad, con plantillas de respuesta que se corrigen automáticamente) fue la política desarrollista del Japón de la época, que buscaba educar y examinar al mayor número de jóvenes posible con el mínimo de presupuesto.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que en Japón casi no se educa en la expresión escrita y el debate —competencias que se cultivan desde la escuela primaria en países como China, Corea del Sur, Vietnam o Estados Unidos— debido en parte a la forma de entender la igualdad y la neutralidad en el contexto educativo; se considera que los exámenes de redacción no se prestan a una puntuación justa, que las pruebas de redacción y orales favorecen a los hijos de familias económica y culturalmente privilegiadas, y que este tipo de exámenes deben evitarse especialmente en el caso de la historia porque su evaluación puede verse influenciada por la tendencia política del examinador.

Desde la perspectiva histórica, la idea de prescindir de los textos y limitarse a frases concisas surge seguramente de una sociedad dominada por guerreros, mercaderes y agricultores sin tiempo que dedicar a las disertaciones, muy distinta de la clase intelectual confuciana que concibió el sistema de examen imperial chino de otros países de la región.

Exámenes que hacen aborrecer la historia

El crecimiento económico iniciado en la década de los sesenta trajo la popularización de la educación secundaria y universitaria. Gracias al sistema docente y examinador del que hablábamos, se logró difundir un paquete fijo y denso de conocimientos, no solo a la élite social sino a toda la masa ciudadana. El currículum educativo incluía asignaturas de historia japonesa e historia universal. Tras el período de crecimiento económico acelerado Japón contaba con una plantilla de historiadores entre las mejores del mundo, destacada por el meticuloso análisis de los documentos históricos y la amplitud geográfica de estudio, que contribuyó a la calidad de la educación histórica del país.

El problema fue que el rumbo educativo cambió a finales del siglo XX, cuando se produjo una escalada de la competitividad en los exámenes universitarios de ingreso; los conocimientos realmente esenciales quedaron sumergidos en un mar de datos irrelevantes que memorizar, y la formación de las competencias expresivas y argumentativas quedó aún más aparcada.

En el caso de la historia, el esqueleto curricular se mantuvo intacto, con un enfoque aislado de la historia de Japón como si el país se hubiera desarrollado en un vacío espaciotemporal, y una historia universal con la visión escandalosamente sesgada de la historiografía occidental del siglo XIX. Sobre dicho esqueleto se fueron implantando los nuevos contenidos a evaluar en los exámenes de ingreso a la universidad, que no hicieron más que engrosar los libros de texto y propagar el desapego de los jóvenes para con la educación histórica.

La historia universal se vio particularmente perjudicada por la nueva tendencia. A los ya copiosos contenidos de historia europea del currículum se fueron sumando contenidos fragmentarios de nuevas regiones como Oriente Medio, el Sudeste Asiático o África, que no aportaron nada a la comprensión histórica de los estudiantes. Es más, como consecuencia cayó en picado el número de estudiantes que elegían historia como materia para examinarse en las pruebas de ingreso a la universidad.

Como los estudiantes no se aplican en las asignaturas de las que no piensan examinarse, el nivel académico de historia universal de los estudiantes de bachillerato japoneses sigue a la baja. Y entre los que eligen una carrera de historia se mantienen las tendencias anteriores a la Segunda Guerra Mundial, que en lugar de corregirse son cada vez más pronunciadas: los que se decantan por la historia japonesa solo se interesan por su propio país, y los demás tienden descaradamente a elegir países “occidentales avanzados (y sofisticados)”, despreciando la historia de los “países orientales pobres (atrasados y desagradables porque casi todos van contra Japón)”.

  • [12.05.2016]

Profesor de la Escuela de Posgrado de Humanidades de la Universidad de Osaka. Especialista en historia vietnamita, historia de Asia marítima y educación histórica. Nacido en Yokohama en 1955. Obtuvo la maestría en historia oriental en la Universidad de Kioto y el doctorado en la Universidad de Hiroshima. Tras ejercer como asistente en el Centro de Investigación del Sureste Asiático de la Universidad de Kioto y como profesor adjunto de la Universidad de Estudios Extranjeros de Osaka, en 2001 accedió a su cargo actual. Preside la Asociación para la Colaboración Bachillerato-Universidad en la Educación Histórica, un organismo nacional para la reforma de la educación de geografía e historia. Autor de Chūsei Daietsu kokka no seiritsu to hen’yō (La formación y la transformación del Estado de Dai Viet medieval; Ōsaka Daigaku Shuppankai, 2011).

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