Osama Mohamed Aly Ibrahim, un médico egipcio en Japón
[21.08.2017] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | العربية | Русский |

El joven egipcio se propuso hacerse médico en Japón, algo sin apenas precedentes. "Será interesante precisamente por eso". Con este pensamiento en mente, logró hacer su sueño realidad y ahora trabaja como oftalmólogo en uno de los mejores hospitales del país. "El obstáculo más difícil es la lengua japonesa, pero una vez superado, lo que llega después resulta maravilloso", opina el oculista.

Osama Mohamed Aly Ibrahim

Osama Mohamed Aly IbrahimTras graduarse de la Facultad de Medicina de la Universidad de Alejandría, ciudad donde nace en 1982, obtiene la licencia necesaria para ejercer la medicina en Egipto. En 2007 llega a Japón e ingresa en la Escuela de Posgrado de Medicina de la Universidad Keiō, donde estudia cuatro años. Desde el comienzo de su estancia, aspira a obtener el permiso necesario para ejercer en el país, por lo que centra sus esfuerzos en sus trabajos de investigación y en aprender el idioma. En 2016 aprueba el examen nacional correspondiente y se convierte en el único médico de origen árabe de Tokio. En la actualidad, ejerce su labor en un hospital adscrito a la Universidad de Tokio.

Un objetivo propio

Osama Mohamed Aly Ibrahim nació en la ciudad egipcia de Alejandría, en cuya universidad se graduó en Medicina. Tras realizar un año de prácticas en su país, decidió ir a Japón. Decantarse por un camino que no había elegido nadie antes conllevaría una gran cantidad de anécdotas y sucesos interesantes. Esa fue la mentalidad que lo llevó a proponerse semejante reto.

“No sabía de nadie de origen árabe que se hubiera hecho médico en Japón, motivo precisamente por el cual decidí intentarlo yo. Además, de niño aprendía karate y el maestro nos hablaba mucho de Japón. Quería ir allí”, cuenta.

En el templo de Edfu, situado en la región meridional de Egipto (imagen cortesía de Osama Mohamed Aly Ibrahim).

“En el cuarto año de universidad, tuve la oportunidad de realizar un intercambio de corta duración en la Universidad de Palermo, en Italia. Éramos cien estudiantes de Medicina procedentes de 26 países, entre ellos Japón. Me hice muy amigo de uno de los japoneses y, cuando le dije que quería visitar su país, me respondió que debía hacerlo sin duda, y que me enseñaría muchos lugares. En ese momento pensé que no me quedaba más remedio que ir, un objetivo que cumplí un tiempo después; estuve unas dos semanas haciendo turismo, pero también me dediqué a investigar si sería posible trabajar allí y aprender técnicas médicas vanguardistas. Hasta entonces, mi idea era ir a Estados Unidos una vez obtuviera la licencia para ejercer la medicina. El viaje a Japón cambió significativamente mis planes: pensé que Japón quizás fuera mejor que Estados Unidos. Es un país que destaca por las investigaciones y las tecnologías médicas. Además, es seguro. Aunque todo esto me pareció maravilloso, sabía que me tendría que enfrentar a un único obstáculo, el idioma. Creía que me tocaría hacer frente a muchas dificultades en el país si no aprendía su lengua, especialmente en mi caso, al querer ser médico. No pensaba que sería capaz; mi confianza en mí mismo era nula. Sin embargo, me convencí de que si lograba dominar el japonés, se abriría la puerta a una gran cantidad de cosas buenas, así que fui a por ello. Es algo que no ha hecho nadie y, por lo tanto, un camino duro, pero seguro que lleno de etapas interesantes. Simplemente me lo propuse”, prosigue.

Artículos de periódico y conversaciones por Skype

Tras hacerse médico en Egipto, llegó a Japón e ingresó en la Escuela de Posgrado de Medicina de la Universidad Keiō. Además de estudiar el idioma e investigar sobre enfermedades oculares, lo primero que se propuso fue terminar el doctorado. Por norma general, se tarda cuatro años, pero él lo logró en tres. También aprobó el mayor nivel del examen que acredita los conocimientos y aptitudes en lengua japonesa. En todo ese proceso, hubo una persona que lo ayudó con el idioma.

“En Alejandría no había ningún lugar donde aprender japonés. La situación era diferente en El Cairo, pero pensé que, para eso, era mejor ir a Japón, ya que aprendería más rápido si me encontraba en un entorno y en una situación en los que tuviera que hablar el idioma a la fuerza. Sin embargo, me resultó muy duro compaginar los estudios de la lengua con los del posgrado. Dedicaba unas dos horas al día al japonés. Llegué a ir a una escuela de idiomas, pero era tal la cantidad de estudiantes en la clase que apenas tenía tiempo para practicar. No fue muy efectivo para mí”, explica.

“Cuando se aprende un idioma, lo más difícil es la competencia activa. Una vez que uno memoriza el vocabulario, es aconsejable lanzarse a utilizarlo con los hablantes nativos –en este caso los japoneses– enseguida, aunque esto signifique crear situaciones un tanto imposibles. Si se hace esto a diario, se incrementa enormemente el ritmo de aprendizaje. Quería encontrar una buena forma de mejorar, así que me puse a buscar. Me comentaron que en el ayuntamiento había un centro de voluntarios en el que presentaban a gente que enseñaba japonés, así que me dirigí allí. Me asignaron a una mujer de 70 años que se apellidaba Yomeda; era una excelente profesora. Gracias a ella, todo cambió significativamente”, relata.

“Cuando le dije que quería ser médico en Japón, me respondió que entonces tenía que aumentar el número de horas que dedicaba a aprender el idioma. Sin embargo, los dos teníamos otras cosas que hacer, por lo que resultaba difícil que nos viéramos todos los días. Entonces nos pusimos a pensar en lo que se podía hacer y decidimos utilizar el servicio gratuito Skype para hacer videollamadas, cada uno desde su casa. Mi profesora se compró su primer ordenador y aprendió a utilizarlo solo para esto. Siempre le estaré agradecido. De esta forma, me fue posible comunicarme a diario en japonés mientras continuaba estudiándolo por mi cuenta. Todos los días utilizaba artículos de periódico a modo de libro de texto; por ejemplo, la columna de portada Tensei Jingo [del periódico Asahi] o artículos sobre medicina. Cuando me equivocaba al leer, ella me corregía. Además, me explicaba de forma sencilla los términos difíciles. Cuando ella tampoco entendía una palabra, la buscaba. Lo pasábamos bien estudiando juntos. Además, este método en pareja era muy eficaz y mis destrezas fueron aumentando gradualmente. Gracias a su ayuda, pude presentarme al nivel más alto del examen de aptitudes y competencias en lengua japonesa”, afirma.

El examen nacional para ejercer la medicina en Japón

Tras doctorarse, se quedó en la universidad como investigador. Su siguiente objetivo era obtener la licencia para ejercer la medicina en territorio japonés. La de Egipto no era válida, de modo que tenía que volver a presentarse al examen, esta vez en Japón. Además, solo para acceder a la convocatoria, es necesario entregar una ingente cantidad de documentación en el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar y, posteriormente, aprobar una entrevista. Dedicó aproximadamente un año y logró sortear todos y cada uno de los obstáculos que se le presentaron hasta que por fin logró llegar al examen.

“El examen fue muy duro. Tenía una duración de tres días, de 9 de la mañana a 5 de la tarde. Tenía la sensación de estar corriendo en el desierto. Realmente fue muy difícil. Lo más duro fue, sin duda alguna, el idioma. Tardaba en leer las preguntas. Aunque tuviera los conocimientos necesarios, me faltaba tiempo. Aprobé al tercer intento. La primera vez me encontraba en un estado de resignación total. En una de las preguntas aparecía la siguiente frase: ‘Kanjawa ashiga muzumuzu suru to uttaeteiru‘ [El paciente dice que le pican los pies]. No tenía ni idea de lo que significaba ‘muzumuzu‘ y, sin darme cuenta, iba a empezar a reír. Onomatopeyas como ‘muzumuzu‘ y ‘taratara‘ [‘chorrear’] resultan muy difíciles para los extranjeros. De todos modos, me pareció interesante y el japonés, un idioma increíble por tener este tipo de expresiones. Suspendí, pero como muchos japoneses tampoco lo pasan, decidí no rendirme. A la tercera fue la vencida. Sufrí, pero la experiencia fue interesante”, cuenta.

La confianza de los pacientes

En Japón, una vez se obtiene la licencia para ejercer la medicina, es necesario pasar dos años de prácticas. Osama eligió un hospital adscrito a la Universidad de Tokio, uno de los mejores del país. En la actualidad, trabaja allí.

“Cuando uno obtiene la licencia de Japón y trabaja en el país, no lo miran como extranjero, sino como un doctor más. Antes, aunque no supiera leer los kanji [ideogramas chinos] de algunos términos especializados, elogiaban mi capacidad para hablar japonés. Ahora, sin embargo, me recriminan que no sepa leerlos. Sin embargo, esto no significa que me estén discriminando, sino todo lo contrario. A los pacientes les hablo en un tono cortés, así que confían en mí, siempre y cuando lleve a cabo los cuidados médicos apropiados. Incluso hay quienes han comentado que es más fácil hablar conmigo que con otros médicos. Eso me produjo cierta alegría. En este país se valora que uno utilice el idioma con educación y haga el trabajo correspondiente. De ahora en adelante, me gustaría pulir mis técnicas realizando muchas operaciones”, confiesa.

Osama, acompañado de dos doctores con los que trabaja. “Para nosotros es igual que el resto de médicos; no le damos importancia a su procedencia. Además, entre los propios japoneses hay personas de todo tipo. Él es uno más”, afirma el doctor Hoshi Kazuhiro. “El doctor Osama no lee el ambiente, en el sentido positivo de la expresión: dice lo que piensa sin tapujos; es algo de él que me gusta mucho”, señala la doctora Hara Chihiro.

“Sueño con aprovechar los conocimientos adquiridos en Japón para ayudar a quienes sufren de problemas oculares en Oriente Próximo. Si logro muchos pacientes, me gustaría ir a la zona durante una semana, aproximadamente, y hacer varias operaciones”, explica.

Todo es posible con afán de superación y ganas de disfrutar

Le preguntamos al oftalmólogo qué opina de Japón.

“La vida en Japón es interesante desde el primer día. Siempre descubro y me enfrento a retos que nunca antes me había planteado. Es un país muy divertido. Cuando pienso en el Estados Unidos actual, me alegro de haber elegido Japón. Nunca me he sentido discriminado aquí. Creo que es un lugar lleno de posibilidades si se tiene afán de superación y ganas de disfrutar. Cuando era estudiante de posgrado, tuve que hacer varios trabajos por horas para costearme los estudios. Por ejemplo, fui locutor y traductor en la sección internacional de la NHK. Me eligieron porque hablaba árabe y japonés. En Estados Unidos no habría tenido la misma oportunidad, ya que hay muchas personas de origen árabe. Posteriormente, aparecí también en el programa de enseñanza de lengua árabe del canal educativo de la NHK. Una vez superado el obstáculo del idioma, lo que llega después resulta maravilloso. A los japoneses les gustan mucho los extranjeros que aprenden el idioma a conciencia y tienen en cuenta a su interlocutor a la hora de expresarse con cortesía. Si uno se esfuerza al límite, siempre se abren puertas”, concluye.

Texto: Utsugi Satoshi
Imágenes: Kodera Kei

(Traducción al español del original en japonés)

  • [21.08.2017]
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