Panorama Tradiciones “cool”, el modernismo de la belleza tradicional
Un vistazo a la cultura de las perlas de la prefectura de Mie

Julian Ryall [Perfil]

[31.07.2017] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 |

Se necesita talento humano, un don de la naturaleza y más de cuatro años para producir una perla perfecta. Visitamos una comunidad famosa por estos lustrosos tesoros, para aprender más sobre su producción y sus prospectos de cara al futuro.

Lenta y cuidadosamente, una técnica desliza un escalpelo afilado como una hoja de afeitar en una ostra abierta y realiza un corte minúsculo en las brillantes entrañas de la criatura. Con destreza, la técnica cambia el escalpelo por unas pinzas e inserta un trozo de manto y un núcleo esférico alrededor del cual se irán formando gradualmente secreciones de nácar, hasta crear la perla perfecta.

Una operación delicada: insertando el núcleo, que después se convertirá en una perla, dentro de la concha abierta de una ostra.

Tras quitar la cuña de madera que ha mantenido la concha del molusco ligeramente abierta durante la operación, la técnica añade la criatura a una caja que contiene docenas de ostras Akoya, impregnadas de igual modo, las cuales esperan a que las devuelvan a las aguas de la bahía de Ago.

Las otras Akoya se cultivan en parejas, en redes suspendidas bajo las barcazas de perlas.

Tratar a las ostras como a los propios hijos

La familia de Inoue Hikaru ha cultivado perlas en una pintoresca caleta de la bahía durante tres generaciones. Él mismo comenzó en el negocio hace 42 años, pero aún continúa sintiendo una punzada de excitación cada vez que abre una concha y descubre una lustrosa perla en su interior. “Mi motivación es producir perlas de tal calidad que, si cien personas las ven, todos y cada uno de ellos las declaren perfectas.”

La familia de Inoue Hikaru ha cultivado perlas en la prefectura de Mie durante tres generaciones.

“El cultivo de la perla es algo muy difícil de hacer bien. Estas ostras, igual que los humanos, tienen que soportar mucha tensión medioambiental antes de poder crecer y producir”, dice. “Tratamos a cada una de estas ostras como si fuera un hijo nuestro. Las cuidamos, y cuando nos dan una perla al final, sabemos que hemos hecho un buen trabajo criándolas”.

Perlas Akoya, un modo de vida

Inoue es dueño de la empresa Inoue Pearl, con sede en la ciudad de Shima, en la prefectura de Mie. Tiene en su plantilla a un equipo de hábiles mujeres de la zona que llevan a cabo el delicado trabajo de plantar las semillas dentro de las conchas de las ostras; cada una de las mujeres trabaja en unas 500 ostras en jornadas de ocho horas. Reconoce que el trabajo es exigente: las entrañas de cada ostra son ligeramente diferentes; es decir, que las mujeres usan su experiencia y su pericia para asegurar que la ostra sobreviva a la operación.

Una técnica realiza la delicada labor de insertar el núcleo dentro de una ostra.

Las mujeres llevan a cabo su extenuante labor en una cabaña de madera sobre el muro marítimo que protege el pueblo, a unos metros de la rampa que conduce una complicada maraña de palos y tablas que flotan sobre la superficie de la bahía de Ago.

Las barcazas de ostras flotan en la bahía de Ago.

Las ostras jóvenes que caben cómodamente en la palma de la mano se colocan por parejas en redes suspendidas bajo las barcazas de perlas, donde se alimentan de las ricas aguas de la bahía, las cuales se ven constantemente recargadas con nutrientes que van desprendiéndose de las colinas circundantes.

Desde la izquierda: una ostra joven; una ostra revela los asombrosos colores del interior de su concha.

Las ostras más maduras se impregnan y se colocan en cajas que también se cuelgan bajo las barcazas durante dos años, mientras se desarrollan sus perlas. El proceso completo tarda cuatro años en dar fruto.

Cerca del lugar, algunas mujeres con sombreros de ala ancha e impermeables quitan algas marinas del exterior de las ostras. El sol brilla sobre las olas de la bahía. Una barca de perlas se mece sobre su ancla, junto a la barcaza.

Las mujeres quitan las algas del caparazón de las ostras.

Desafíos a la vista

Es un lugar idílico, asiente Morishita Bunnai, de 70 años, jefe de la asociación local de perlas, aunque hay desafíos.

“El impacto de la crisis financiera de 2008 nos golpeó duramente, aunque la industria se ha recuperado desde entonces”, dice. “Las perlas australianas también han aparecido como rivales, sobre todo porque son más grandes, pero hemos podido vencer ese desafío gracias a la calidad de las perlas que producimos. Ahora queremos expandir nuestras ventas hacia nuevos mercados emergentes, como China y el Sudeste Asiático”.

Los productores de Mie buscan la perfección en las lustrosas esferas que sus ostras les dan.

Una combinación de talento humano y botín natural

Cuando le preguntamos a Morishita qué hace a sus perlas tan incomparables, sonríe y dice que lo que diferencia a esas esferas luminiscentes es que son una creación de la naturaleza.

“Si tienes un diamante u otra piedra preciosa, no es así como la encontraron”, señala. “Ha sido cortado, dado forma y pulido por gente y maquinaria. Puede ser hermoso, pero ya no es natural. Una perla es orgánica, sin embargo… un objeto natural criado con cariño, que viene de algo que está vivo, y no de un bloque de piedra”, añade. “Una perla es un esfuerzo conjunto entre la naturaleza y la habilidad de los humanos. Eso es lo que marca la diferencia”.

Las barcazas de Inoue Hikaru flotan sobre las plácidas aguas de la bahía de Ago.

(Traducido al español del original en inglés. Imagen del encabezamiento: Morishita Bunnai se prepara para colgar una red de ostras bajo una barcaza de perlas. Todas las imágenes © Motono Katsuyoshi.)

  • [31.07.2017]

Corresponsal de Japón y Corea del Sur para el periódico londinense Daily Telegraph. Se licenció en la Universidad de Wolverhampton y obtuvo la maestría en periodismo en la Universidad de Central Lancashire. Nacido en Londres. Llegó a Japón en 1992 y actualmente reside en Yokohama. Colabora como periodista independiente en periódicos como el South China Morning Post.

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