Japón, actor global: una cuestión de supervivencia diplomática

Watanabe Hirotaka [Perfil]

[04.11.2011] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS |

Una vez iniciada la andadura del gabinete encabezado por Noda Yoshihiko, el nuevo primer ministro se estrenó en el terreno diplomático en septiembre, con su discurso en la ONU y su entrevista con el presidente estadounidense Barack Obama. Desde un principio, Noda ha dejado clara su postura de priorizar la alianza Japón-EE.UU., que considera un “bien público internacional”, buscando al mismo tiempo la forma de garantizar la seguridad en Asia. Todo ello implica una reflexión tras el serio bache en las relaciones con Estados Unidos que ocasionaron las súbitas propuestas del ex primer ministro Hatoyama Yukio, como su idea de una comunidad del Asia Oriental, o la transferencia a otro lugar de las funciones actualmente desempeñadas por la base militar conjunta de Futenma (Okinawa). Esta reflexión está más que justificada.

Personalmente, valoro el realismo de esta postura, pero desearía que el gobierno ampliara un poco más sus horizontes diplomáticos.

Japón está plenamente reconocido como actor en la escena internacional. En los aspectos monetario y económico, o en la alta tecnología, nadie pondrá en duda su entidad como tal. Esto debería conducir también a una valoración de la presencia política de Japón en el mundo.

La forma en que un país se implica en los asuntos de seguridad, como también en los económicos, debería estar sustentada por una visión panorámica de lo que ocurre en el mundo. Hoy en día ya no sorprende a nadie que la Unión Europea, como parte de su política común de seguridad, coopere en actividades civiles para realizar funciones policiales en Aceh (Indonesia). El problema de la seguridad ya no puede contemplarse sino desde un punto de vista global. Esto era ya evidente nada más terminar la Guerra Fría.

La imprescindible ampliación de los horizontes diplomáticos

Un ejemplo lo encontramos en el problema de la devolución de la base militar de Futenma, que debe ser comprendido en el contexto de una reorganización de las relaciones de Estados Unidos con sus aliados occidentales, y de una revisión del Tratado de Seguridad entre Japón y EE.UU.. Ya después del fin de la Guerra Fría, en 1996, el entonces presidente norteamericano Bill Clinton visitó Japón y declaró que devolvería la base de Futenma y revisaría el citado tratado, para incluir en su marco a Asia. Si bien el motivo inmediato era un caso criminal ocurrido en Okinawa, donde un marine violó a una escolar japonesa, también puede decirse que, de entre las alianzas establecidas por Estados Unidos con los diversos países del mundo, le había tocado el turno de revisión a la alianza del Pacífico. En Japón se insiste en que todo esto fue consecuecia del escandaloso comportamiento de los marines, pero desde el punto de vista de las relaciones internacionales, es más correcto pensar que fue un paso inevitable dentro de la reorganización del sistema de seguridad global.

Para Estados Unidos los aliados más importantes son Reino Unido y el resto de los países de Europa Occidental. Sin embargo, esta alianza -la atlántica- no es enteramente independiente de la otra -la pacífica-, como se advierte en el hecho de que Europa, cuya seguridad había sido garantizada durante el periodo de la Guerra Fría por el poder militar estadounidense, una vez concluido ese periodo comenzara a reclamar autonomía en materia de defensa y llegara finalmente a un acuerdo con EE.UU. en la cumbre de la OTAN celebrada a principios de 1994.

El acercamiento norteamericano a Japón había comenzado ya para esas fechas. Esto era algo evidente para el que escribe estas líneas, pues lo había experimentado en 1993, durante mi estancia en aquel país. Evidente en el hecho de que, uno tras otro, los principales responsables de la política norteamericana para el área Asia-Pacífico mostraran sus deseos de entrevistarse conmigo, en mi calidad de japonés, para conocer mi opinión acerca de la amenaza que suponía el proyecto nuclear norcoreano, un tema que apenas recibía atención en Japón. Es decir, que ya estaban buscando la forma de reestructurar el sistema de seguridad de Asia Oriental. Eso ocurría cuando se le había visto una solución al problema del sistema de seguridad en Occidente.

La segunda experiencia a este respecto la tuve en Washington, durante el tiempo que pasé en la Universidad George Washington como investigador invitado. Estaba en curso la Guerra de Irak. En la etapa previa a la guerra, en Japón, donde todavía se sentía el trauma de la escasa valoración internacional que había obtenido su ayuda exclusivamente económica en la anterior Guerra del Golfo, se propugnaba, por encima de todo, dar un pronto respaldo a EE.UU. Sin embargo, en una perspectiva más global, no conviene olvidar que en el sector atlántico había dos países, Alemania y Francia, que no apoyaban a EE.UU., y que entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU había otros dos países, China y Rusia, que tampoco cooperaban, de forma que era Japón el principal país que respaldaba la posición estadounidense desde Asia. Este hecho tuvo un significado mayor de lo que solemos pensar. Corea del Sur, Indonesia y otros países del Extremo Oriente hasta entonces opuestos a la guerra secundaron la postura japonesa y empezaron a rivalizar en su lealtad a Washington, así que puede decirse que fue Japón el que actuó como catalizador en Asia.

Coyuntura mundial más allá de la alianza Japón-EE.UU.

La diplomacia japonesa, tal y como sale retratada en estos ejemplos, entraña una significación que supera con creces el mero debate doméstico. Y solo puede comprenderse en un contexto global. La impresión inicial que se recibe en Japón es la de que los acontecimientos europeos nos tocan solo de refilón, pero el mundo sigue dominado por valores y patrones de comportamiento fundamentalmente occidentales. Para dejar atrás la diplomacia de la miopía hay que empezar por ampliar los horizontes, y aunque el primer ministro Noda Yoshihiko afirme que no hay que encerrarse en uno mismo, se siente un dejo de inquietud al oírle defender la “política de la armonía”. Para recuperarse de los daños sin precedentes acarreados por el gran terremoto de marzo resulta imprescindible conseguir una cierta unanimidad en la política nacional, pero si esto implica una merma en el interés hacia los asuntos exteriores, de ahí puede derivarse un gran problema. Como también lo es que solo las relaciones bilaterales entre Japón y EE.UU. aparezcan en el campo visual. Aunque estas sigan siendo el eje, desde una perspectiva más amplia, debemos velar por su funcionamiento dentro de un marco más amplio de alianzas multilaterales.

Y es que comportarse como un verdadero actor en la escena global es, para Japón, la única forma de ejercer la diplomacia. Hablando, por ejemplo, sobre el actual debate en torno al Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP, más conocido como P4), hay que decir que la ola de la liberalización del comercio internacional es imparable. En este marco, tenemos ante nosotros la formidable tarea de tratar de mantener nuestra competitividad. Sin embargo, ante este acuerdo estratégico, se plantea también el problema de elegir entre construir un área de libre comercio puramente asiática, que deje al margen a Estados Unidos, u optar por un área Asia-Pacífico que tenga por eje a ese país. Topamos también aquí con el eterno dilema de la diplomacia japonesa.

En conclusión, la superación de este estado de cosas dependerá, en último término, de hasta qué punto Japón, con plena conciencia de ser un actor global, es capaz de sostener ante el mundo su propio criterio en los asuntos internacionales.

En el ámbito mundial no puede pretenderse concebir de forma independiente economía, política y diplomacia. No parece que en los foros de discusión nacionales haya una gran resistencia a discutir los problemas económicos en términos globales, pero cuando se trata de la diplomacia todo suele reducirse a las relaciones Japón-EE.UU. o a la diplomacia en la región asiática. ¿No será todo esto una consecuencia del trauma que nos ha dejado la Guerra del Pacífico?

La alianza Japón-EE.UU. es una forma de asociación global. Tener exactamente eso, una visión global, beneficiará a esa alianza. Comprendiendo profundamente la coyuntura mundial que se sitúa más allá de esta alianza seremos sin duda mejores socios de Estados Unidos. Espero que el nuevo gobierno lleve adelante una diplomacia que contemple también estos aspectos. (13 de octubre de 2011)

(Traducido al español del original en japonés)

  • [04.11.2011]

Miembro de la subcomisión editorial de lengua francesa de nippon.com. Director del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio (TUFS). En 1978 se graduó por el Departamento de Lengua Francesa de esa universidad, donde concluyó también un posgrado en Estudios Culturales Regionales (1980). En 1983 se doctoró en Derecho por la Universidad de Keiō. En 1988 completó también un doctorado en la Escuela de Posgrado de la Universidad de París 1. Enseña en la TUFS desde 1999. Entre 2008 y 2010 fue ministro consejero en la Embajada de Japón en Francia, encargándose de relaciones públicas y asuntos culturales. Ha estado presente en los consejos de redacción de revistas como Cahiers du Japon o Gaikō. Entre sus obras destacan Mitteran jidai no Furansu (“La Francia de Mitterrand”; Ashi-Shobō, 1990, Premio Shibuzawa-Claudel), Furansu gendaishi (“Historia Contemporánea de Francia”; Chūō Kōron Shinsho, 1998), Furansu no bunka-gaikō senryaku ni manabu (“Aprendiendo de la estrategia de la diplomacia cultural francesa”; Daishūkan Shoten, 2013), Gendai Furansu - Eikō no jidai no shūen, Ōshū e no katsuro (“Francia contemporánea: Final de la época gloriosa y el camino hacia Europa”; Iwanami Shoten, 2015), etc.

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