Los problemas de la gestión científica: Riken no es un caso aislado

Saaler Sven [Perfil]

[07.05.2014] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية |

Las recientes revelaciones sobre irregularidades halladas en estudios publicados por varios investigadores relacionados con el instituto de investigación Riken han provocado un inusual aumento del interés mediático por la situación de la ciencia en Japón. De hecho, la situación ha sacado a la luz problemas no sólo en el sistema científico de Japón sino también en la gestión científica e investigadora en general. 

El escándalo destapa múltiples problemas

La cobertura mediática se ha dedicado tozudamente a saber cuántos de los catorce investigadores implicados en la investigación son responsables de mala praxis, como plagio o manejo erróneo o manipulación de datos. Sin embargo, este caso ha puesto de relieve temas mucho más amplios. En primer lugar, y en gran medida, los medios de comunicación son un problema por sí mismos. En segundo lugar, este incidente ha puesto claramente al descubierto problemas en el sistema de revisión, que se supone que sirve para garantizar la calidad de las publicaciones en las denominadas revistas revisadas por profesionales, como Nature. Y, en tercer lugar, la sociedad en toda su extensión no entiende con exactitud lo que realmente es la ciencia y no sabe cómo funcionan las instituciones científicas (como por ejemplo los institutos de investigación y las revistas científicas).

En cuanto a la primera cuestión, cabe destacar que el despliegue mediático de enero de 2014, cuando los estudios sobre las células STAP (del inglés “adquisición de pluripotencia por estrés”) realizados por un grupo de catorce científicos se publicaron en la prestigiosa revista Nature, fue totalmente desproporcionado. Los medios informativos parecían haber encontrado una historia de héroes. El orgullo sobre su papel predominante en la ciencia es una parte importante de la identidad de posguerra de Japón, y eso hizo que esa historia se vendiese fácilmente. No obstante, la atención mediática se centró exclusivamente en la parte heróica de la narración; es decir, en los artículos publicados en una famosa revista por un grupo de investigadores relativamente jóvenes, y por ello de futuro prometedor. Pero mientras tanto se olvidaron de explicar al público cómo funciona realmente la ciencia. 

La locura mediática de enero se tornó en profunda desilusión de igual magnitud cuando empezaron a surgir dudas sobre el contenido de los estudios. Los medios de comunicación deberían ser más cautos con este tipo de cobertura miope e irreflexiva, porque puede producir efectos no deseados muy fácilmente. Y los periodistas, la mayoría de los cuales tienen títulos universitarios, deberían saber que es un proceso totalmente normal, y nunca inesperado, que un artículo académico sea analizado por tus coetáneos tras su publicación. Es obvio que la mayoría de colegas investigadores solo verán el artículo cuando haya sido publicado, y es entonces cuando lo analizarán para verificar o refutar los resultados que en él se presentan. Por ello, en la ciencia, la crítica y el análisis de los resultados de una investigación son circunstancias que cabe esperar, al igual que lo es el descubrimiento de verdades a veces incómodas. 

El popular mito de la ciencia exacta

Sin embargo, incidentes como este ya no deberían haberse producido, sobre todo en una revista prestigiosa y revisada por profesionales como Nature. Era responsabilidad de los críticos profesionales (eruditos con una amplia experiencia, a quienes esas revistas envían los manuscritos originales para su revisión) al menos descubrir incoherencias o casos de plagio y analizar la calidad y la estructura adecuada de los manuscritos originales, la capacidad de redacción de los autores, etcétera. Que una revista tan prestigiosa como Nature no fuese capaz de ni tan siquiera encontrar casos de plagio en los artículos presentados demuestra las imperfecciones del proceso de la revisión profesional. 

Aunque se supone que el proceso es anónimo, nunca lo llega a ser. El número de científicos que llevan a cabo investigaciones sobre células madre, y sobre células STAP en particular, probablemente no es muy extenso, por lo que disponer de un grupo inusualmente grande de catorce autores para un par de artículos es prácticamente una garantía de que los revisores profesionales sabrán quiénes son esos autores. Si el científico o grupo que presenta un manuscrito tiene suerte, el revisor profesional puede reconocer al autor o autores, adoptar una postura solidaria, y concluir que el artículo puede ser aceptado para su publicación, a veces sin analizar seriamente su contenido. Por otro lado, en el peor de los casos, el revisor profesional puede saber quién es el autor o autores, no sentirse solidario con él o con ellos, y rechazar el artículo, aunque sea de una calidad incuestionable. No es díficil encontrar razones para rechazar un artículo.

Esto nos lleva a una tercera y más amplia cuestión: la comprensión de la sociedad en su conjunto sobre lo que realmente es la ciencia. Estoy convencido de que parte del motivo de la intensa indignación de los medios de comunicación es que sigue habiendo una creencia generalizada en la existencia de la ciencia exacta. Muchas personas dividen el sistema académico entre ciencias y humanidades, y consideran que las ciencias naturales son exactas, pero la investigación en las humanidades es una empresa que no implica necesariamente exactitud, y tampoco objetividad. (En japonés, la distinción es de hecho menos enfatizada, ya que hablamos de “ciencias naturales” [shizen kagaku 自然科学] y “ciencias humanas” [jinbun kagaku 人文科学]).

No obstante, el actual caso de Riken nos demuesta que la ciencia exacta no existe. Con la gran cantidad de fondos que se destinan a la investigación científica natural, además de la potencial atención mediática, la probabilidad de que se manipulen datos es de hecho mucho más alta en la ciencias naturales que en las humanidades. Pero la financiación no es la única cuestión en juego. Hoy sabemos que en el siglo XIX Gregor Mendel (1822-1884), el padre de la genética, descubrió las leyes de herencia, aunque las anotaciones que tomó de sus experimentos tenían fallos. Hoy sabemos que era imposible haber llegado a las conclusiones que él extrajo con los experimentos que describió en sus publicaciones. Pero como él sabía que iba por buen camino, los investigadores actuales aceptan que estuvo influído por lo que denominados el “sesgo de confirmación”. Probablemente de forma insconsciente, ideó sus experimentos de forma que hubiese mayores probabilidades de obtener los resultados que él esperaba, aunque existe también la teoría de que uno de sus asistentes manipuló esos experimentos. La línea que existe entre un sesgo de confirmación que influye inconscientemente en la investigación de un cientítico y la manipulación deliberada de datos es muy fina, pero es indudable que las ciencias naturales no son tan exactas, ni completamente objetivas, como mucha gente cree.

Mucho margen de mejora

Otro grave problema que surge del actual caso Riken es el plagio, es decir, el robo de la propiedad intelectual. Todavía no está claro cuánto se ha plagiado, pero el plagio es un grave problema en la ciencia y la educación contemporáneas de todo el mundo. En Alemania, por ejemplo, en los últimos tres años, dos ministros de su Gobierno han tenido que dimitir porque se descubrió que sus tesis doctorales contenían información plagiada. Uno de los alumnos de este autor fue recientemente víctima de plagio cuando envió su tésis a una universidad estadounidense y ésta acabó publicada en Internet. Que el plagio es una grave violación de las normas, por no hablar de las cuestiones morales que implica, ya se está enseñando durante los años de carrera universitaria, y muchas universidades de todo el mundo utilizan herramientas anti-plagio como Turnitin, pero parece ser que todavía hay mucho que mejorar incluso en instituciones científicas de prestigio como Riken o la Universidad de Waseda, ambas implicadas en el caso que nos ocupa. Es de vital importancia utilizar todos los medios a nuestro alcance para que los estudiantes y los jóvenes investigadores sean más conscientes de que el plagio es mucho más que hacer trampas: es un robo. 

En resumen, este incidente no se trata de un caso aislado de dos o tres manuscritos problemáticos, sino que saca a la palestra problemas muy profundos de la ciencia en general. La cobertura mediática debería centrar su atención en estos problemas y no en los fallos potenciales de los investigadores individuales. Pero, por desgracia, debido a la estructura jerárquica del mundo académico y la naturaleza efímera del periodismo, es muy probable que solo se produzcan acciones simbólicas para resolver todos estos problemas, y que no se inicie ningún tipo de investigación en profundidad. 

(Escrito originalmente en inglés el 27 de marzo de 2014)

  • [07.05.2014]

Profesor asociado de Historia Japonesa Moderna en la Universidad Sofía de Tokio y representante de la Fundación Friedrich Ebert en Japón. Nació en Alemania en 1968. Estudió historia y ciencias políticas en la Universidad de Mainz, en la Universidad de Colonia y en la Universidad de Bonn. Después de cuatro años de estudio en la Universidad de Kanazawa, Japón, se doctoró en Estudios de Japón en la facultad de Literatura de la Universidad de Bonn en 1999. Desempeñó el cargo de jefe del Departamento de Humanidades del Instituto Germano de Estudios del Japón. Posteriormente también ha sido profesor asociado en la Escuela de Postgrado de Artes y Ciencias de la Universidad de Tokio. Junto con otras publicaciones de su autoría, es coautor de Meiji shoki no nihon doitsu gaikōkan Karl von Eisendecher kōshi no shashin chō yori (El Japón de los inicios de la era Meiji –Del álbum de fotos del diplomático Karl von Eisendecher–);OAG Asociación Alemana para el Estudio de la Cultura Oriental y Iudicium, 2007, edición bilingüe en japonés y alemán; y de Pan-Asianism: A Documentary History (Pan-asianismo: Una historia documentada); Rowman & Littlefield, 2011, 2 volúmenes.

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