Takakura Ken y Sugawara Bunta, encarnaciones de los vínculos entre hombres en la gran pantalla

Yomota Inuhiko [Perfil]

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La muerte le llega tanto al héroe como al antihéroe

En Japón la muerte es algo que une a las personas. Especialmente hay muchas veces en que mueren dos personas próximas, cuyas personalidades parecen influirse la una a la otra para iluminar la existencia del otro, y cuando la muerte de uno parece seguir a la del otro. Este es el caso de Wakamatsu Kōji y Ōshima Nagisa. Menos de dos meses tras la muerte en accidente de tráfico de Wakamatsu (en octubre de 2012), figura que nunca cesó de criticar la hipocresía de la sociedad japonesa de posguerra, también dijo adiós a este mundo Ōshima. Habían pasado 37 años desde que dejaran a la historia del cine Ai no korīda (El imperio de los sentidos), Wakamatsu como productor de la cinta, y Ōshima como director.

En noviembre de 2014 dejaron este mundo tanto Takakura Ken como Sugawara Bunta, y en esa ocasión pensé lo mismo: durante cerca de medio siglo ambos desarrollaron largas carreras como excelentes actores, pero cuando interpretaron personajes fuera de la ley llevaron sus actuaciones hasta puntos inalcanzables. Takakura Ken era dos años mayor que Sugawara Bunta, y por tanto debutó antes en la industria del cine. O mejor dicho, Sugawara tuvo que experimentar un largo periodo como actor de segunda, antes de poder reclamar la silla de protagonista en una película. Ambos actores trabajaron exclusivamente para la Toei, una compañía especializada en películas sobre yakuza y gente con antecedentes penales. Pero sus auras no podían ser más diferentes: Takakura Ken era siempre el héroe, y Sugawara Bunta el antihéroe.

El vínculo entre ambos hombres

En un rincón de mi mente se reproduce de nuevo la siguiente escena.

El lugar: los barrios bajos del Tokio anterior a la Guerra. El héroe, incapaz de soportar la maldad de un oyabun (jefe de un clan de yakuza), asalta en solitario su guarida con intención de eliminarlo por sí mismo. En su carrera se topa, al borde de un puente, con Ikebe Ryō, que tiene planeado hacer lo mismo. Lo que mueve las acciones de Takakura es su sentido de la moral del mundo de la yakuza, mientras que el motivo que impulsa a Ikebe es su desesperación.

Takakura detiene a Ikebe. La razón es que, mientras que Takakura no es más que un yakuza con antecedentes penales, Ikebe no pertenece a ese mundo. Ikebe, en deuda con Takakura, le pide que le permita unirse a él. Vemos alternativamente primeros planos de ambos hombres. Echan a andar en silencio, y de fondo escuchamos el tema principal de la película. “Si pesamos en la balanza la razón y los sentimientos…”

Ese es el clímax final de Shōwa zankyōden – shinde moraimasu (Historias brutales en la era Showa – Muérete; Makino Masahiro, 1970). Llegado a este punto, como si hubiera estado esperando una señal, el público estalla en gritos: “¡Ken san! ¡Ken san!” Se trata de una expresión moderna de la tradición japonesa de participar en la obra, que viene del kabuki.

¿Cómo se habría desarrollado, de haberse tratado de Sugawara Bunta?

El papel que interpreta en Chizome no daimon (Juego sangriento, Fukasaku Kinji, 1970) es el de un yakuza con ambición, criado en los suburbios. A diferencia de Takakura, él no vive según un anticuado código moral de la yakuza. Para lograr permiso para expandir su territorio traiciona a sangre fría a un compañero, y tampoco duda en mancharse las manos para conseguir un fajo de billetes. Sugawara se ve presionado por su situación, y acepta ser cómplice en un plan de desarrollo que destruirá el barrio en el que creció; como partícipe en el plan de construcción, aplasta las voces de los empobrecidos habitantes. “Los yakuzas estamos sucios por definición. Para poder sobrevivir tenemos que hacer cosas sucias.”

Sin embargo al final los empresarios lo engañan, y cuando su trabajo como especulador inmobiliario termina, lo obligan a abandonar su trabajo miserablemente. Los suburbios se convierten en solares vacíos, y la gente lo deja de lado por traidor. Su colega, también yakuza, sale en busca de venganza para matar a los que los engañaron. Sin embargo este personaje tampoco logra su objetivo, y se suicida mordiéndose la lengua. Sugawara va a reclamar el cadáver, y denuncia con indignación los crímenes de sus enemigos. “No es porque sea mi colega. Es porque nació y murió en el mismo barrio que yo.”

Un personaje trágico y un enemigo de la sociedad

Desde cierto punto de vista, Takakura Ken y Sugawara Bunta tienen auras casi opuestas.

Takakura es delgado y de aspecto serio, pero también tiene algo dulce. Su mirada es amable, pero cuando la situación lo requiere se endurece. No expresa sus emociones abiertamente. Apenas lleva trajes occidentales, y casi siempre se viste de kimono. Su arma es el puñal, e incluso cuando se equivoca no usa armas pesadas. Takakura personifica con honestidad los valores caballerescos tradicionales, y cuando falla en su empeño deja salir toda la rabia que había estado conteniendo. Takakura Ken es, en esencia, un hombre trágico. Incluso sabiendo que resulta inútil luchar contra el destino, le hace frente. Su noble soledad lo envuelve como un aura.

Sugawara Bunta, por otro lado, da la impresión desde el primer momento de ser un hombre que se ha alzado desde los estratos más bajos de la sociedad. Aunque, al igual que Takakura Ken, es alto, su presencia no presagia la tragedia. Es enjuto de mejillas, tiene cejas espesas y entre ellas corren dos arrugas verticales. Podría decirse que tiene facciones pobres. El tipo de hombre que siempre saca la pajita más corta. Un hombre patético, incapaz de expresar la rabia que siente por no tener a dónde ir. Y sin embargo, una vez la sombra de la ira cruza el pecho de este hombrecillo, es capaz de una crueldad imposible de imaginar en un ser humano normal. Pisotea la humanidad a sangre fría, y es capaz incluso de violar a mujeres.

En el Japón posterior a la derrota en la Guerra, en el que los principios morales casi habían desaparecido, la trágica estética de Takakura Ken no era más que una molestia para sobrevivir entre los escombros y el mercado negro. Yotamono (El gamberro), Mamushi no kyōdai (Los hermanos Víbora), Kyōken sankyōdai (Los tres perros locos), Gorotsuki butai (Tropa de matones)… Las películas protagonizadas por Sugawara Bunta frecuentemente llevan en el titulo este tipo de epítetos atroces. En las cintas en que Takakura Ken interpreta a un yakuza no hay relación con los ciudadanos de a pie, sino que se habla de una sociedad de rufianes establecida al margen de la ley. Pero cuando Sugawara Bunta encarna a un matón da la espalda a los ciudadanos, y utiliza una violencia repugnante, como una serpiente, para amenazar.

Las diferencias entre los héroes de Asia y los de Hollywood

Así pues, ¿qué punto en común tienen ambos actores? Ambos se abstienen por completo de relacionarse con mujeres. Como compensación, logran fuertes vínculos con otros hombres. Si recordamos las dos escenas de las que he hablado anteriormente, veremos que en ambas el héroe se encuentra rodeado de hombres, y ha estrechado profundos vínculos con ellos por haberse expuesto a una situación de vida o muerte. Son hermanos espirituales, y en sus vínculos no queda un resquicio en el que pueda caber mujer alguna.

Para evitar ambigüedades: esta relación es rigurosamente distinta de la homosexualidad. Siendo rigurosos se podría hablar de una “homosocialización”, una personalidad identificable con una socialización entre personas del mismo sexo. Y al mismo tiempo que renuncian a las mujeres, estos hombres también repudian todo contacto físico con homosexuales. No hace falta hablar demasiado; en el momento en que sus miradas se cruzan, estos hombres, que son como hermanos, comprenden los motivos del otro.

Para poder comprender en mayor profundidad a estos dos hombres quizá sea mejor citar a los héroes de las películas de gángsters que produce Hollywood. Incluso aunque Clint Eastwood o Bruce Willis interpreten a personajes fuera de la ley, al final de la película siempre regresan a los brazos de una mujer que los ama. Pero este tipo de resolución no se da en las cintas de Sugawara Bunta y Takakura Ken. Ellos son hombres que, cuando se ven enfrentados a la muerte de sus colegas, caminan hacia ella en silencio.

Sin embargo no podemos decir simplemente que estas son características únicas de Japón. También en el caso de las películas de acción de Hong Kong, actores como Chow Yun-fat o Leslie Chung son habitantes de un mundo rico en esa “homosocialización”. No hablan: susurran. “Siempre hemos sido dos.” Ese concepto de “homosocialización” es algo que, en el estudio futuro de las obras cinematográficas, resulta muy válido de cara a analizar las diferencias entre el cine asiático y el de Hollywood.

(Traducido al español del original en japonés)

Imagen del título: Sugawara Bunta en Jingi naki tatakai (Lucha sin honor ni humanidad), ©Toei Co. (cortesía de Jiji Press) / Takakura Ken en Black Rain (cortesía de ANP / Jiji Photo)

  • [14.01.2015]

Nace en 1953. Es crítico y experto en materias que abarcan desde el cine y la literatura, hasta la música, la cocina y las ciudades. Realizó un máster en literatura comparada en la Universidad de Tokio. Ha sido profesor invitado e investigador en la Universidad Konkuk en Seúl, en la Universidad de Columbia, en la Universidad de Bologna, y en la Universida de Tel Aviv entre otras. Ha sido también profesor en la Universidad Tōyō, y en la Universidad Meiji Gakuin, donde ha enseñado historia del cine y literatura comparada. Es autor de obras entre las que se incluyen Ōshima Nagisa to Nihon (Ōshima Nagisa y Japón) y Ruisu Bunyueru (Luis Buñuel), así como traductor de las obras de Edward Said, Mahmoud Darwish y Pier Paolo Pasolini. En 2014 recibió el premio al Fomento de las Artes del Ministerio de Educación, Cultura, Deportes, Ciencia y Tecnología.

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