¿Puede permanecer Japón indiferente ante el atentado contra Charlie Hebdo?

Sakai Kazunari [Perfil]

[12.02.2015] Leer en otro idioma : 日本語 | FRANÇAIS |

Un panorama cada vez más convulsionado

El atentado contra la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo del 7 de enero de 2015 conmocionó no solo a Francia, sino a todo el mundo. Podemos entenderlo como una reanudación en suelo francés del antagonismo entre libertad de expresión y fundamentalismo islámico, cada vez más patente y violento desde que se manifestó en 2005 con motivo de la publicación de varias caricaturas de Mahoma en el diario danés Jyllands Posten.

Una vez más encontramos el mismo esquema: un medio informativo obstinado en ejercer la libertad de expresión y alguien haciéndole frente por medios violentos. Tras el atentado, tanto en Francia como en el resto de Occidente, la sociedad se ha unido en la lucha contra el terrorismo y en la defensa de las libertades de expresión y opinión. En la marcha de solidaridad realizada en París el 11 de enero participaron varios millones de personas, entre las que estuvieron presentes más de 50 altos representantes de los Gobiernos de Europa y del mundo.

El Gobierno de Francia y el resto de los Gobiernos occidentales que amparan al semanario presentan lo que está ocurriendo como una lucha entre la libertad de expresión y la violencia. Sin embargo, frente a este posicionamiento, a nivel popular los frentes de debate se están multiplicando, pues el problema se entiende a veces en términos de lucha entre el islam y el resto, otras veces se habla de predicar la igualdad por encima de credos, naciones o razas, frente al antisemitismo o la discriminación racial, etcétera. Diríase que tras esta multiplicación de los frentes de discusión se esconde el hecho de que la inseguridad social que aquejaba a estas sociedades se ha diseminado aún más con este crimen.

El Papa advierte contra los excesos de los medios informativos europeos

Paseemos la mirada por otros ángulos y descubriremos nuevos choques en otros frentes de discusión y una situación que va reproduciéndose en todo el mundo que podríamos calificar de destrucción de la vida comunitaria. Si en muchos países europeos, particularmente en Alemania, se están convocando manifestaciones en contra del islam o de la inmigración, en Líbano, Níger y otros países de Medio Oriente y África se realizan también manifestaciones y actos violentos para protestar contra la ofensa a la religión que para ellos representan sátiras del islam como las que publican Charlie Hebdo y otros medios occidentales.

Ante esta proliferación de antagonismos y choques, no se han hecho esperar los movimientos a nivel político para tratar de poner coto a la situación. El papa Francisco comenzó por criticar duramente la violencia en sí misma, manifestando que no es aceptable causar guerras o matar a seres humanos “en nombre de tu religión” y que “matar en nombre de Dios es una aberración”, para continuar diciendo que “en la libertad de expresión hay límites”, con lo que trató de reconvenir a los medios occidentales por sus excesos. Por su parte, François Hollande, como presidente del país donde había ocurrido el atentado, dijo que “los musulmanes son las principales víctimas” y clamó por la concordia por encima de las religiones.  

¿Dónde está la raíz del problema? La lógica que conduce al terrorismo

De los argumentos utilizados por quienes han cometido el atentado terrorista se desprende que tras el problema se oculta la indignación hacia los sufrimientos que padecen muchos musulmanes a consecuencia de la intervención occidental, que está comportando acciones armadas, so pretexto de apoyar la democratización de Libia, Irak y Siria, países en los que, después de la “primavera árabe”, los movimientos populares pro democracia han dado paso a verdaderas guerras civiles contra los regímenes vigentes. Por lo que respecta a Francia, todo esto está en íntima relación también con la postura intervencionista que viene mostrando este país en el área mediterránea desde que Hollande pasó a ocupar la presidencia de la República Francesa en 2012.

No obstante, hay que evitar cometer la imprudencia de equiparar el islam con una organización terrorista. Lo que puede deducirse del atentado terrorista contra Charlie Hebdo es que miembros de organizaciones extremistas minoritarias como el llamado Estado Islámico están contactando con jóvenes descontentos con la sociedad, en Francia y otros países occidentales, influyendo sobre ellos y llevándoles a cometer acciones criminales. 

Sin embargo, hay algo más importante, y es que, visto desde una perspectiva más amplia, la destrucción del orden mundial de la guerra fría y el esquema de dominadores y dominados que lo ha sustituido impregna los móviles de la actuación de estos individuos y organizaciones que instigan actos terroristas. Si vemos la relación genealógica entre Al Qaeda y el surgimiento del Estado Islámico, lo más característico del proceso es que se han sumado al mismo un gran número de personas procedentes de Europa. Estas personas, por diversas razones –entre las que no necesariamente se encuentran la pobreza o la motivación religiosa–, no han podido desenvolverse satisfactoriamente en las sociedades en las que han nacido y crecido, siendo relegadas gradualmente a posiciones marginales. En esta situación, incapaces de denunciar ante esa sociedad de una forma adecuada su descontento y como resultado de sus contactos con organizaciones extremistas islámicas, van adhiriéndose a esas organizaciones y acaban cometiendo atentados terroristas. Podrán verse muchos paralelismos entre este fenómeno y lo que ocurrió en Japón con la secta de la Verdad Suprema (Aum Shinrikyō). En ningún sentido es la religión (llámesele islam en este caso) el problema esencial. La mayoría de los musulmanes son, en realidad, contrarios a la violencia y condenan el atentado ocurrido recientemente.

Se van perdiendo los foros para una discusión productiva

Ciertamente, es innegable que existen roces culturales y sistemas de valores contrapuestos, pero me pregunto si el verdadero problema no será la aparición de una asimetría de poder global que agudiza esos roces y antagonismos. Dicho de otra forma, hay un poder hegemónico que no se exterioriza, pero que opera por detrás, un poder militar con una faceta colonial, que está tratando de imponer “violentamente” –al menos desde la perspectiva de quien sufre la imposición– unos “valores universales”, y este último atentado se sitúa también dentro de este esquema de pensamiento. A raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos convirtió su política antiterrorista en una guerra y desde entonces, según sostienen algunos expertos(*1), ha entrado en una época de guerra antiterrorista. Esta lógica, partiendo de Occidente, está calando en todo el mundo y puede verse como un poder hegemónico que va imponiéndose con paso firme.

¿Deben ser las libertades de expresión y de opinión ilimitadas? En la práctica, cuando se establecen unos límites para estas libertades son siempre los límites trazados por las sociedades occidentales. Ahí tenemos la prohibición de las opiniones favorables al nazismo, de las expresiones de simpatía hacia el terrorismo y otras actitudes. Yo creo que también aquí se ve a los poderosos, en el ámbito global, juzgando las cosas por su cuenta, mientras se va perdiendo ese espacio o ámbito público que podría servir como foro para una discusión productiva, por encima de las diferencias de poder.  

¿Un problema ajeno a Japón?

¿Qué significado podría tener este atentado para Japón?

Tras el mismo, el Gobierno emitió un comunicado de pésame por las víctimas mortales, hecho lo cual el primer ministro, Abe Shinzō, y el titular de la cartera de Asuntos Exteriores, Kishida Fumio, se desplazaron a la Embajada de Francia para dejar registro del mismo. El Gobierno de Japón ha expresado repetidamente su más absoluto rechazo al terrorismo. Abe, que preconiza la “contribución proactiva a la paz” salió poco después de gira por el Medio Oriente. El 17 de enero visitó Egipto, donde se entrevistó con el presidente Abdelfatah Al-Sisi, a quien expuso su postura ante el terrorismo y comprometió ayuda económica. Abe expresó su adhesión hacia la política antiterrorista del mandatario egipcio frente al Estado Islámico y otras organizaciones extremistas, calificado de “opción más acertada” su moderación. Anunció también su intención de ejecutar nuevas ayudas para uso no militar en campos como la ayuda humanitaria o la dotación de infraestructuras por un valor total de 2.500 millones de dólares. Un día después, Kishida se reunió en París con su homólogo francés Laurent Fabius, con quien acordó coordinar medidas en la lucha contra el terrorismo. Kishida hizo público que Japón contribuirá, a través de organismos internacionales, con 7,5 millones de dólares al control de fronteras y otras medidas de seguridad en los países limítrofes con Irak y en el África subsahariana.

En este momento en que el Gobierno de Abe, por medio de estas visitas al país escenario del atentado, Francia, y al Medio Oriente mostraba su actitud de buscar una mayor compenetración con la comunidad internacional ha sido cuando ha ocurrido el secuestro de un periodista y de otro ciudadano japonés en Siria. No es la primera vez que ciudadanos japoneses son víctimas de actos terroristas. Ya en 2013 varios japoneses que trabajaban en una refinería de gas en Argelia resultaron muertos tras haber sido tomados de rehenes por un grupo adscrito a Al Qaeda.

Y si en el extranjero la situación se está haciendo cada vez más imprevisible, ¿qué está ocurriendo en la esfera nacional? Me gustaría reflexionar un poco sobre ciertas “patologías” que estamos vislumbrando: el discurso del odio (hate speech) que últimamente está concitando una gran preocupación, la Ley de Protección de Secretos Especiales promovida por el Gobierno de Abe o la existencia de presiones a los medios de comunicación, que quedó de manifiesto con ocasión de las elecciones generales de diciembre del año pasado.

Cómo garantizar lo imprescindible: pluralidad de opiniones y diversidad cultural

En primer lugar tenemos el discurso del odio dirigido contra los coreanos de ambas nacionalidades (Norte y Sur) que residen con permisos especiales en Japón. Se trata de un discurso que traduce en críticas al culturalmente diferente la situación límite a la que ha llegado el Estado de bienestar japonés como consecuencia de la ralentización del crecimiento económico. Añadiré aquí que estas actitudes rezuman algo de mentalidad colonial, un esquema similar al que puede apreciarse en la relación entre Francia y los países del norte de África.

En el tema de la referida ley de protección de secretos, se advierte el peligro de que el poder cometa excesos, escudándose en la colaboración política a nivel global que exige la política antiterrorista. Si pensamos también que a eso se suma la forma en que se utiliza conscientemente la presión sobre los medios, en forma de control informativo, para acallar cualquier crítica al poder, ¿no puede decirse que estamos ante los primeros síntomas de agravamiento de una violencia estructural que, debido a la situación de indisputada hegemonía de un partido sobre el resto en el legislativo nacional, podría denominarse “opresión democrática”? En esta situación, lo preocupante es que, en este proceso de obturación de la vía de la libertad de prensa para expresar la disconformidad ante la sociedad, entre los desilusionados o desengañados de esa misma sociedad vaya cundiendo, sin que nadie se dé cuenta, el pensamiento de que el único recurso que les queda son los métodos radicales y violentos, con lo que estaríamos ante un segundo Aum Shinrikyō.

Otro motivo de reflexión es el de los inmigrantes y refugiados. Si se habla de la responsabilidad de cumplir un papel en la esfera global, será inevitable abrir las puertas del país a los refugiados. Y lo mismo cabe decir desde el punto de vista de la competitividad internacional, pues para elevarla será necesario introducir mucha mano de obra extranjera. La escasez de fuerza laboral causada por la renqueante demografía nos pone cara a cara frente al hecho de que tendremos que ir acostumbrándonos a convivir con la inmigración. Y si se produce un giro en la política migratoria para ir retirando los obstáculos que se ponen al flujo de entrada de extranjeros, es de temer que tengamos nuevas oleadas del discurso del odio.

Lo único que puede decirse a partir de este análisis es que para Japón, al igual que para otros países del mundo incluyendo los occidentales, es imprescindible conseguir una situación social que avale la pluralidad de opiniones y la diversidad cultural. Si nos movemos en el sentido de excluir esa pluralidad y esa diversidad mediante la fuerza, correremos el peligro que dar paso al terrorismo como reacción. Japón debe por todos los medios afrontar adecuadamente los desafíos que se plantean en el propio país y en las relaciones con los países vecinos, y convertirlos en oportunidades para darse a conocer en el ámbito global como un “mediador para la paz”. También a este fin es necesaria una forma de hacer política que se base sobre la premisa del sostenimiento de esa pluralidad y de esa diversidad. El atentado contra Charlie Hebdo no es, pues, algo que no nos concierna. Muy al contrario, viene a poner de manifiesto patologías sociales que afectan también a Japón y nos pone sobre aviso del peligro de que una crisis similar a esa ocurra también en nuestro país.

(Escrito el 22 de enero de 2015 y traducido al español del original en japonés)

Fotografía del titular: El ministro de Asuntos Exteriores de Japón, Fumio Kishida, hace una ofrenda floral el día 18 de enero en el lugar de París donde ocurrió el atentado contra el semanario Charlie Hebdo. (Jiji Press)

(*1) ^ Nishitani Osamu: Kore wa sensō de wa nai –Sekai shinchitsujo to sono kajitsu– Fujiwara Kiichi (edición): Tero go sekai wa dō kawatta ka (Iwanami Shoten, 2002).

  • [12.02.2015]

Miembro del Subcomité Francés-Español de Nippon.com. Profesor titular para el curso de posgrado de Estudios Interculturales de la Universidad de Kobe. Graduado en 1992 por la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio, Departamento de Estudios Franceses. Obtuvo un Máster de Investigación en Cultura de Área, para luego doctorarse en Ciencias Sociales por la Universidad de Hitotsubashi. Entró en el Ministerio de Educación, Ciencia y Cultura en 1996 (como encargado de investigaciones extranjeras). Profesor invitado en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de París, cargo que también ha ocupado en Nanterre La Défense, París occidental. Entre sus obras destaca Yōroppa no Minzoku Tairitsu to Kyōsei (“Oposición y simbiosis de los pueblos de Europa”, Editorial Ashishobō, 2008.)

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