La importancia de llamarse Mishima Yukio

Damian Flanagan [Perfil]

[07.12.2017] Leer en otro idioma : ENGLISH | FRANÇAIS | العربية |

El 25 de noviembre de 1970, Japón quedó conmocionado por la muerte del aclamado escritor Mishima Yukio, que decidió poner fin a su vida al estilo de los samuráis. En este artículo se explora la posibilidad de que su muerte fuera algo más que un llamamiento nacionalista a las armas o el último acto de un hombre enajenado: tendría un significado literario auténtico y arrojaría luz sobre los últimos fines artísticos del autor.

El final impactante de un autor

El 25 de noviembre de 2017 se cumplió el cuadragésimo séptimo aniversario de lo que se ha venido conociendo como el Incidente Mishima, uno de los episodios más impactantes de la historia del Japón posterior a la Segunda Guerra Mundial. Se han hecho análisis minuciosos de lo que ocurrió en los 80 minutos extraordinarios de aquella mañana soleada de 1970; sin embargo, los hechos siguen estando envueltos en un halo de controversia y misterio.

Al menos, se sabe claramente lo que ocurrió: Mishima Yukio, el mejor escritor de la literatura japonesa después de la guerra, se dirigió, acompañado por cuatro jóvenes cadetes de su ejército privado, la Sociedad del Escudo, a una reunión acordada previamente con un general en unas instalaciones de las Fuerzas de Autodefensa en Ichigaya, Tokio. El alto mando militar, que no esperaba más que recibir unos simples cumplidos, se quedó estupefacto cuando los hombres de Mishima lo aprehendieron, amordazaron y amenazaron con matarlo a menos que se convocara a todas las personas que se encontraban en la base para que escucharan hablar al autor. Tras ser partícipe de sucesivas refriegas con algunos militares que intentaban irrumpir en la sala donde se encontraba el “prisionero”, Mishima decidió comparecer finalmente en un balcón fuera de la habitación y dirigirse al millar de efectivos que se encontraban ante él.

El escritor intimidó a su público hablando de la necesidad de una reforma constitucional y despotricó sobre la “Constitución de la Paz”; según él, este texto ni siquiera reconocía la existencia de los allí presentes. Mishima pretendía hablar media hora, pero inmediatamente fue blanco de un aluvión de comentarios violentos: “¡Loco!”, “¡Idiota!” y “¡Japón vive en paz!” fueron algunos de ellos; se dio por vencido a los siete minutos de haber comenzado su alocución. Entonces, se retiró a la sala del general, donde comenzó los preparativos meticulosos para cometer el seppuku o harakiri, esto es, para suicidarse al estilo de los guerreros samuráis: Mishima se clavó con fuerza una espada corta en el abdomen y, una vez dentro, la movió de un extremo del estómago al otro, aquejado de un dolor acuciante. Posteriormente, Morita Masakatsu, que posiblemente fuera su amante, procedió a asistirlo en la parte del ritual conocida como kaishaku, y que consiste en poner fin a la agonía mediante la decapitación con una espada de hoja larga. 

Por desgracia, Morita no era ducho con la espada y no lograba darle a Mishima en la cabeza, sino en los hombros, de forma horrible. Otro de los cadetes, experto en la práctica del kendo, decidió tomar cartas en el asunto y encargarse del final. Acto seguido, Morita procedió a seguir los pasos de su superior. Cuando la policía accedió poco después a la sala, los agentes encontraron las cabezas de ambos sobre la alfombra, una al lado de la otra.

Una tragedia electrizante

El relato de lo ocurrido se propagó como la pólvora entre los medios de comunicación, en una mezcla de incomprensión e información errónea. Hubo quienes pensaban, cuando oían el nombre de Mishima en la radio y la televisión constantemente, que el escritor había sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Ese día, El periódico Asahi publicó en su edición vespertina una fotografía de la cabeza decapitada de Mishima; hasta la fecha, la más vendida del rotativo.

El frenético análisis posterior de los hechos se tradujo en una diversidad de opiniones: Mishima había muerto como resultado de una protesta política noble. No; simplemente se había vuelto loco. Además, no faltaban menciones al deseo del escritor de morir de la misma forma heroica que los samuráis en la cúspide del poder y de satisfacer los impulsos sadomasoquistas que había tenido a lo largo de su vida

En sus últimos años de vida, Mishima se sumergió en el pasado militar de Japón y en el ethos de los samuráis que subyacía en este. (© Jiji)

En la actualidad, los supuestos motivos del suicidio dramático de Mishima ­–exigir el reconocimiento legal del Ejército japonés y una reforma de la “Constitución de Paz” impuesta por Estados Unidos– son objetivos políticos para el primer ministro Abe Shinzō y el Partido Liberal Demócrata (PLD), ambos de corte conservador. La victoria del PLD en las últimas elecciones fue aplastante. De hecho, resulta macabramente irónico que el círculo se haya cerrado: en 2014, un hombre se quemó a lo bonzo precisamente para protestar contra la reforma constitucional que Mishima exigía en su día.

Mishima se tomaba en serio la reforma constitucional, a pesar de que su interés en esta idea surgió únicamente en sus últimos años de vida, y creó un grupo de estudio de la Carta Magna japonesa en la Sociedad del Escudo. Sin embargo, son muchos los que consideran que su postura respecto a esta cuestión no era más que una pantomima para protagonizar su propia muerte espectacular al estilo de los samuráis. En obras como Para jóvenes samuráis (Wakaki samurai no tame ni), un ensayo de 1969, el escritor había hablado sobre recuperar los ideales samuráis en el Japón moderno. En el momento de su muerte, Mishima llevaba en la cabeza una cinta, o hachimaki, que rezaba: “shichishō hōkoku“, esto es, “siete vidas que sacrificar por el emperador”.

Independientemente de la perspectiva de cada uno sobre lo ocurrido, está claro que se trató de un momento horrible y macabro con grandes dosis de tragedia. En vida, Mishima era conocido por su gran sentido del humor y su risa contagiosa; sin embargo, parece que el humor lo abandonó en sus últimos momentos. Recordemos la memorable cita del escritor Yoshida Ken’ichi sobre su compañero de profesión: “Puede que se riera con la voz, pero siempre tenía seria la mirada”.

En busca del lado cómico

Esta no es la única forma de comprender la figura de Mishima. De hecho, tiene sentido intentar darle la vuelta a la tortilla y ver la situación desde la perspectiva contraria: si Mishima miraba a alguien con esa seriedad letal, también se estaba riendo. Al igual que Friedrich Nietzsche, uno de sus autores favoritos –la madre de Mishima colocó un ejemplar de una obra del filósofo alemán en el altar en memoria de su hijo para que este pudiera leerlo durante toda la eternidad–, Mishima creía que las ideas más profundas simplemente no se podían fundir con la comedia, dado que la comedia en sí es intrínseca a la filosofía del más alto nivel, al igual que ocurre con la condición humana.

Uno se pregunta entonces qué hay de cómico en el Incidente Mishima. De hecho, si se sabe dónde buscar, se puede ver que el hecho estuvo plagado de comedia.

Mishima había mostrado interés en el suicidio de los samuráis desde hacía mucho tiempo; en su relato corto Patriotismo (Yūkoku), de 1961, lo describió en detalle. Cuatro años más tarde, hizo una película basada en la obra y él mismo interpretó el papel de persona que realizaba el ritual. Antes de cometer su propio seppuku, Mishima se preparó leyendo relatos de muertes históricas por harakiri. La editora con la que trabajaba en Shinchōsha, Kojima Chikako, y para la que estaba haciendo una serie con su obra –la tetralogía El mar de la fertilidad–, recuerda que cuando lo llamaba para ir a recoger su manuscrito mensual, Mishima la obsequiaba con relatos cómicos de rituales de suicidio en los que había ocurrido algo estrafalario.

Por ejemplo, la historia del samurái que había comenzado a clavarse la espada en el estómago cuando se dio cuenta de que esta estaba desafilada, por lo que decidió afilarla y, por lo tanto, pospuso su muerte un día. Otro relato es el de un guerrero que había cometido seppuku sin la decapitación final y había agonizado durante horas. Cuando varios samuráis de menor rango descubrieron el cadáver, se pusieron a hablar de él. De repente, su superior, ya muerto, en teoría, les espetó: “¿Cómo os atrevéis a hablar de mí de esa forma?” Esta clase de suceso hacía que Mishima no pudiera contener la risa.

Puede parecer difícil encontrar similitudes entre Mishima y Óscar Wilde teniendo en cuenta todo lo expuesto hasta ahora. Sin embargo, además de la admiración, durante toda su vida, del escritor japonés al autor irlandés que nació en 1854 y falleció en 1900, el dramaturgo desempeñó un papel clave en el suicidio de 1970. El Incidente Mishima en su conjunto se puede analizar desde una perspectiva completamente nueva si se tiene en cuenta la obsesión de Mishima con Salomé, la obra de Wilde de 1891 que trata de la decapitación del Juan el Bautista a petición de Salomé, la hijastra del rey Herodes, y describe el erotismo sadomasoquista de forma cautivadora.

La conexión Mishima-Wilde

Mishima tuvo su primer contacto con Óscar Wilde y su Salomé, ilustrada por Aubrey Beardsley en su traducción de 1894 al inglés, durante la preadolescencia. Posteriormente hablaría de la tremenda repercusión de la obra en su imaginación:

“Tendría unos once o doce años cuando vi una edición de bolsillo de Iwanami del Salomé de Wilde. Sentí una fuerte atracción hacia las ilustraciones de Beardsley. Cuando la leí en casa, me sentí como si me hubiera caído encima un rayo… había dado rienda suelta a lo diabólico; la sensualidad y la belleza se habían liberado; no había rastro algo de la moralidad.”

Años más tarde, Mishima vería la Salomé de Richard Strauss en la Metropolitan Opera House, en Nueva York, durante su primera visita al extranjero: viajó a Estados Unidos en 1952.

Además de su increíble labor como novelista y escritor de relatos cortos, Mishima fue un dramaturgo muy prolífico; escribió más de 80 obras de teatro de multitud de géneros, entre los cuales se cuentan tanto obras de estilo occidental como de nō y de kabuki. Además, adaptó y dirigió algunas, y en más de una ocasión él mismo actuaba en ellas. Cuando logró cumplir su sueño de siempre de llevar a los escenarios en Tokio la Salomé de Wilde, en 1960, afirmó:

“En los últimos veinte años he soñado con dirigir Salomé. Sería una leve exageración decir que me inicié en el mundo del teatro solo para poder dirigir esta obra algún día.”

Justo antes del Incidente Mishima, el escritor preparaba otra producción de Salomé, que se estrenaría en Tokio en la primavera de 1971. Tan solo unos meses después de la muerte de este, cuando Salomé levantó la cabeza decapitada de Juan el Bautista y la besó en escena, la audiencia se dio cuenta de la relevancia de este gesto en los hechos que acababan de trastocar Japón.

Una mirada de una seriedad letal acompañada de una risa aguda, algo recurrente a lo largo de la vida de Mishima, que había querido emular ese estímulo visual fascinante –desde el martirio de San Sebastián hasta las muertes por seppuku de los samuráis– que de niño había cautivado su imaginación. Es posible, sin embargo, que no hubiera imagen alguna que le importara tanto como la de la cabeza decapitada de Juan el Bautista en la Salomé de Wilde.

El propio Wilde eligió al joven artista Aubrey Beardsley para crear imágenes con las que ilustrar la primera edición en inglés de su obra.

Consecuentemente, podríamos considerar que la imagen impactante de la cabeza de Mishima sobre la alfombra no es el final espeluznante de su llamamiento a favor de la reforma constitucional o de su deseo de morir como un samurái, sino la consecución de ese objetivo final que el autor había buscado durante toda su vida: convertirse en un Juan el Bautista de carne y hueso mediante la estocada de la espada de un amante.

No muchos lo calificarán de divertido; es sumamente perturbador. Sin embargo, Mishima hizo aquí su chiste final sobre la vida y el poder de la imaginación en sí, una broma que refleja con claridad su pasión por Óscar Wilde. Se trató de una representación cómica de la importancia de ser Mishima Yukio.

Imagen del encabezado: Mishima Yukio durante su discurso desde el balcón del segundo piso de las instalaciones de la Fuerza Terrestre de Autodefensa en Ichigaya, Tokio, poco antes de suicidarse el 25 de noviembre de 1970. © Jiji

(Traducción al español del original en inglés)

  • [07.12.2017]

Escritor y crítico literario. Después de licenciarse en Literatura Inglesa en la Universidad de Cambridge, viene a Japón y obtiene un máster y un doctorado en Literatura Japonesa en la Universidad de Kobe. Es autor de numerosos libros sobre literatura japonesa, y escribe también frecuentemente sobre política y cultura de Japón para publicaciones japonesas y occidentales. Su sitio web es www.damianflanagan.com.

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