Matrimonios fraudulentos para emigrar: el drama de las mujeres filipinas

Nakashima Kōshō [Perfil]

[02.05.2018] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية | Русский |

Entre las mujeres filipinas que llegan a Japón hay muchas que lo hacen con la intención de trabajar en un local nocturno y entre ellas son cada vez más las que fraguan un matrimonio de conveniencia para entrar fraudulentamente en el país. ¿Por qué asumen estas mujeres tantos riesgos para venir a Japón? Un autor que cuenta con la experiencia de haberse casado con una de estas mujeres revela los dramas humanos que se originan entre estos dos desiguales países. 

Una época en que se accedía a Japón fácilmente con un visado de “artista”

“Para entrar en Japón simulé un matrimonio”. Es una mujer filipina quien, de esta forma, reconoce la falsedad en que incurrió. A través de un broker japonés, se casó en Filipinas con un hombre de nacionalidad japonesa en 2010, si bien su matrimonio no fue nunca real, sino un mero ardid para poder trabajar en Japón. Para venir a Japón se casó con un hombre del que nada sabía y con el que ni siquiera podía entenderse, pues ella no hablaba japonés. Una vez en Japón, comenzó a trabajar en un firipin pabu (pub de “chicas” filipinas). Actualmente, son cada vez más las filipinas que, como ella, vienen a Japón a trabajar en alguno de estos locales celebrando previamente un matrimonio de conveniencia.

El primer contingente significativo de mujeres filipinas llegó a Japón en la segunda mitad de los años 80. Se les concedía visado como artistas de espectáculos y con él podían actuar en Japón como bailarinas o cantantes. Una mujer que hizo el periplo en aquella época nos cuenta cómo fue el proceso hasta su llegada a Japón.

“Antes de venir a Japón para cantar o bailar ensayábamos como locas. Vivíamos en un dormitorio y practicábamos de la mañana a la noche”.

Quienes querían probar suerte en Japón antes debían superar exámenes de canto o baile. Pero incluso quienes aprobaban los exigentes exámenes y lograban pasar la frontera se encontraban con que lo que se esperaba de ellas era que se pusieran minifalda y una camiseta bien escotada para estar sexy y contentar así a los clientes masculinos mientras los hacían beber y les permitían “hacer manitas” durante largas sesiones de karaoke. Es decir, para un trabajo de hostess.

El de hostess no era uno de los trabajos previstos por el visado de espectáculos, pero este se convirtió en un coladero que permitía entrar a varias decenas de miles de filipinas todos los años. El pico se alcanzó en 2004, con 82.741 mujeres filipinas que llegaron portando dicho documento. Y con ellas, los firipin pabu se extendieron por todo el país.

Sin embargo, ese año, dos decenios después de que los locales de este tipo comenzasen a arraigar en Japón, el Departamento de Estado norteamericano, en su Informe Anual sobre el Tráfico de Personas en el Mundo, señaló que los visados de espectáculos estaban entre los medios que favorecían esta práctica. Un año después, saliendo al paso de este informe, el Gobierno de Japón modificó los criterios de concesión del visado. El cambio supuso, de hecho, cerrar a las filipinas la vía que les permitía trabajar en dichos locales, y muchos de estos se vieron obligados a cerrar sus puertas al no poder surtirse de nuevas “chicas”.

Favorecer matrimonios de conveniencia para asegurarse más “chicas”

Muchos de los pubs que han sobrevivido lo han hecho contratando a filipinas que habían conseguido entrar en el país antes de la modificación legal y que tenían aquí residencia estable. Pero no disponer de nuevas hornadas de jóvenes se traduce pronto en un envejecimiento de las hostesses. En esta situación, entre ciertos propietarios y brokers surgió la idea de renunciar a conseguir visados laborales en regla y, a cambio, hacer que las filipinas se casasen con hombres japoneses de forma que pudieran obtener el visado de cónyuge de nacional japonés, que no impide ejercer un trabajo. Así fue como esta práctica fraudulenta se fue extendiendo.

Para emigrar a Japón, estas mujeres establecen primero un contrato con un broker. La letra del contrato varía de un broker a otro, pero en muchos casos el periodo de vigencia es de entre tres y cinco años, durante los cuales la mujer recibe un pago mensual de 60.000 yenes, que va subiendo a razón de 10.000 yenes por año. Se les reconocen dos días de descanso al mes. Incluso entre mujeres que trabajan en un mismo local, existen grandes diferencias dependiendo de si han accedido a su trabajo por medio de un broker y o si lo han hecho por otra vía. A las primeras se las considera tarento (del inglés talent, en el sentido de “artista de espectáculos”) y a las segundas furī (free).

A las tarento se les impone una noruma (facturación mínima), castigándose su incumplimiento con penalizaciones. Si el día fijado por el local la mujer no ha logrado un cliente que la elija para beber juntos, se le impone una “multa” de 5.000 yenes. Si no se prestan a hacer acompañamientos (citas con un cliente fuera del local), otros 5.000 yenes. Algunos brokers llegan al extremo de subir a la báscula cada semana a las mujeres e imponer “multas” a las que han engordado. Tratándose de salarios tan bajos, acumular varias de estas “multas” puede significar para estas mujeres no ya perder todos sus ingresos, sino incluso cargarse de deudas.

Estas mujeres se alojan en lugares previamente establecidos. Son viejos edificios de pequeños apartamentos alquilados por los propietarios de los locales, donde se las coloca de dos en dos o de tres en tres. A algunas de las que han fraguado un matrimonio de conveniencia se las hace vivir con el hombre en cuestión para no levantar sospechas. Lógicamente, no pueden oponerse a estas exigencias y se ven obligadas a compartir su intimidad con ese “marido” que es un perfecto extraño para ellas. El trayecto entre el apartamento y el trabajo lo hacen en el vehículo del local, prohibiéndoseles salir al exterior por su cuenta. Para comprobar si están en casa, los brokers hacen visitas sorpresa.

En el sistema de retribución vigente en la mayor parte de los firipin pabu los pagos diarios o mensuales varían según la facturación. Las furī suelen ganar cerca de los 300.000 yenes mensuales, pero las tarento no perciben más que lo pactado con el broker por mucho que se eleve su facturación. El dinero que les entrega el local pasa inmediatamente a manos del broker. Si son, por ejemplo, 300.000 yenes, el broker devuelve a la tarento los 60.000 u 80.000 que establece el contrato, entrega otros 50.000 al hombre implicado en el matrimonio fraudulento y dedica en torno a 80.000 más al pago del alquiler del apartamento y los gastos de electricidad, gas, agua, etcétera, para embolsarse el resto. Un broker puede obtener en torno a 100.000 yenes mensuales por cada tarento. Dado que los brokers suelen manejar más de una mujer y que estas mujeres, al tratarse de jóvenes recién llegadas, suelen tener gran aceptación entre los clientes y facturaciones elevadas, es fácil adivinar que los mediadores extraen grandes beneficios de este negocio.

Para las mujeres, su vida en Japón consiste en un interminable ir y venir entre el apartamento y el local de trabajo. Si no consiguen elevar su facturación, el broker las amenaza con devolverlas a su país de origen. Y así deben soportar la presión diaria de las exigencias de facturación y las multas o penalizaciones.

“Las tarento estamos sometidas a un estrés diario. Aunque estemos en nuestro apartamento, siempre tenemos que estar acompañadas, y para que no nos falten clientes en el local, tenemos que estar en permanente contacto con ellos. No tenemos dónde ni cuándo relajarse”.

Aceptar mansamente las condiciones tampoco es garantía de nada, ya que los brokers actúan a su antojo. Pueden prolongar unilateralmente los contratos o rescindirlos súbitamente y enviarlas de vuelta a su país aun en los casos en que las mujeres han alcanzado facturaciones elevadas.

Se desconocen las cifras exactas de las mujeres filipinas que padecen estas situaciones. Solo un puñado de personas que viven en su entorno saben con certeza si el matrimonio es real o simulado. Dónde y cómo trabajan estas mujeres son asuntos que no salen fácilmente a la luz pública. Aunque deseen recibir ayuda, saben que ellas mismas han cometido un delito y son incapaces de pedir consejo. Los brokers se aprovechan de esta situación para imponerles contratos que solo les benefician a ellos mismos. Entre los brokers hay miembros de los bōryokudan (“grupos violentos” de la yakuza), japoneses sin pertenencia a ninguna organización y también filipinos.

No cabe duda de que estas mujeres explotadas y privadas de su libertad pueden incluirse entre las víctimas del tráfico de seres humanos. Pero si, por desgracia para ellas, son apresadas, se les impone un castigo. En muchos casos a las mujeres filipinas se les aplica la repatriación forzosa. En cuanto a los brokers que las han explotado y privado de su libertad, aunque los tribunales puedan castigarlos, una vez libres vuelven a las andadas, promoviendo matrimonios fraudulentos para seguir explotando a las mujeres.

La libertad al otro lado de un contrato

Aun así, no son pocas las mujeres filipinas que siguen viniendo a Japón. Muchas de ellas lo hacen para sostener económicamente a su familia. En Filipinas, vivían en casas sin ducha ni váter, que podían derrumbarse en cualquier momento. Su alimentación consistía en una única comida diaria, que apenas podían costear. Para subsistir, trabajaban como domésticas en casas de parientes. No pudieron ir a la escuela. Y cuando se planteaban qué hacer con sus vidas, se les presentó la posibilidad de ir a Japón.

“Ir a Japón es una oportunidad. Una oportunidad que, si se deja pasar, ya no vuelve. El contrato podrá ser duro, podremos perder la libertad, pero para nosotras todo eso son pasos necesarios para poder venir a Japón. Y cuando se termine el contrato, volveremos a ser libres”.

Podrán ganar mucho dinero una vez convertidas en furī tras la extinción del contrato. Conseguir que los hermanos y hermanas sean escolarizados, contratar a una asistenta, hacerse una casa grande…

Tampoco es que en Japón todo lo que encuentran sea sufrimiento. Aquí pueden comprarse ropa y cosméticos, ponerse guapas y disfrutar. Hay cosas que en Filipinas no pueden verse y que causan una honda impresión, como la nieve. Si encuentran pareja, quizás puedan burlar la vigilancia del broker y pasar ratos juntos. Y si llegan a entablar una relación de confianza con el broker, pueden acceder a un cierto grado de libertad.

“No pretendo que la gente sienta lástima de nosotras. Estamos aquí porque así lo hemos querido. Y no todos los brokers son unos malhechores”.

En Filipinas, donde nadie les ofreció una oportunidad para escapar de la pobreza, el broker es la única persona que les abrió una puerta. Cada vez son más las mujeres filipinas que, una vez completado el plazo previsto por el contrato, consideran casarse con un japonés, tener hijos y quedarse a vivir aquí.

No hará falta decir que hay un factor que explica en buena parte que estas mujeres se presten a simular un matrimonio para venir a Japón, y es la gran brecha económica que separa a ambos países. Y también hay que citar el problema que representa la errática política del Gobierno de Japón, que después de haber permitido su entrada mediante el visado de espectáculos durante tantos años, pasó a cerrar casi por completo el grifo migratorio en 2005 con el referido cambio en los criterios de concesión de visados.

Si lo único que se hace es reforzar los controles y la persecución de los matrimonios fraudulentos, los brokers muy pronto hallarán otro método para seguir trayendo a estas mujeres desde Filipinas. Y si les resulta difícil encontrar más mujeres, tratarán de asegurarse las que ya tienen mediante contratos más largos o limitando su libertad todavía más para que no escapen de sus garras, lo cual significará una nueva vuelta de tuerca en el control que ejercen sobre ellas.

Mi opinión es que, antes de tratar de detener el flujo de trabajadoras filipinas hacia Japón ahora que el sistema ya está en marcha, deberíamos adoptar otro ángulo: tratar de entender por qué estas mujeres tienen que venir a Japón aunque sea a costa de celebrar un matrimonio fraudulento, y construir un entorno en el que ellas puedan trabajar de forma totalmente legal, manteniendo una relación igualitaria e independiente con respecto a los brokers.

Fotografía del encabezado: imagen de un distrito con animada vida nocturna de una ciudad japonesa (PIXTA). Nota de Redacción: La imagen no guarda relación directa con el contenido del presente artículo.

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  • [02.05.2018]

Reportero. Nacido en la prefectura de Aichi en 1989. Estudió Relaciones Internacionales en la Escuela de Posgrado de la Universidad Chūbū. Compagina su trabajo como empleado en una empresa con sus reportajes sobre el mundo de los firipin pabu (pubs de filipinas) y otros locales nocturnos. Entre sus obras destaca Firipin pabu-jō no shakaigaku (“Sociología de las chicas filipinas de pub”, Shinchō Shinsho, 2017), que narra su propia experiencia desde el momento en que conoció a una mujer filipina en uno de estos locales hasta que se casó con ella, pasando por todas las etapas intermedias de su relación.

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