“El turismo mata el barrio”: la pesadilla de Barcelona, un aviso para Japón

Economía

“¡Los turistas a su país!” Barcelona, la segunda ciudad más grande de España. En esta ciudad, centro turístico internacional conocido por sus edificios diseñados por Gaudí y convertidos ya en Patrimonio de la Humanidad, y por su equipo de fútbol, uno de los más prestigiosos del mundo, se está extendiendo desde 2016 una corriente que propugna el boicot del turismo, principalmente el que viene del extranjero. El número total de turistas que visitaron esta ciudad en 2017 fue el más alto del país: 14,5 millones, un 70 % de los cuales eran extranjeros. La ira de los oriundos de Barcelona, una ciudad con 1.620.000 habitantes, ha estallado. ¿Cuáles son las causas de esta situación?

En mi opinión son dos factores que van de la mano -la crisis económica y el desarrollo simultáneo de los negocios de bajo coste- los que han sumido a Barcelona en el caos.

España comenzó a lograr una tasa media de crecimiento en su PIB (producto interior bruto) del 4% desde el año 2002, y se lanzó de lleno en una burbuja inmobiliaria. En 2008 la burbuja estalló, al tiempo que Lehman Brothers se declaraba en quiebra. Para 2012 el ambiente ciudadano había empeorado trágicamente: la tasa de desempleo en España había alcanzado el 25 % (con un paro del 55 % entre el estrato más joven de los trabajadores).

Fue en mitad de esa crisis económica y financiera que sufría España, cuando comenzaron a asomar uno tras otro los negocios de bajo coste. Son mucho más numerosos los vuelos de compañías aéreas de bajo coste que llegan a o salen de Barcelona, hasta el punto de haber casi duplicado en 2017, con 11 millones, los que llegaron y salieron de Madrid, la capital estatal.

Ante la marea de nuevos turistas extranjeros, los habitantes de Barcelona comenzaron a buscar la forma de hacer negocios alternativos. Y ese es otro de los motivos que ha propiciado el actual movimiento en contra del turismo: un modelo de negocios que usa los servicios del gigante estadounidense Airbnb, intermediario en la búsqueda de alojamiento.

“¡Basta de especulación inmobiliaria, que nos echa del barrio!”, reza un cartel colgado en una calle de la ciudad

La popularidad del Airbnb expulsa a los ciudadanos

Los turistas no se alojan en hoteles, sino que alquilan apartamentos baratos en la ciudad. Según la página web inmobiliaria Air DNA, existen actualmente 20.786 apartamentos registrados oficialmente en Barcelona. Uno de mis conocidos, que utiliza Airbnb como anfitrión, ganaba unos 1.600 euros al mes (unos 200.000 yenes) con su trabajo normal, pero cuando alquilaba su apartamento por este sistema llegaba a ganar hasta 3.000 euros (unos 380.000 yenes).

Airbnb se convirtió en un grave problema social porque muchos inquilinos como él empezaron a realizar un “doble alquiler” de su apartamento sin ser dueños del inmueble. Las inmobiliarias pronto se dieron cuenta del fenómeno, y juzgaron que resultaba mucho más rentable alquilar pisos durante breves periodos a los turistas extranjeros, con cierto poder adquisitivo, que a los ciudadanos de Barcelona, de pocos recursos.

Esta tendencia se fue reforzando con el paso de los años hasta el punto de que la progresiva retirada del lugar por parte de los ciudadanos se convirtió en un fenómeno social, y muchos de mis amigos empezaron a tener problemas no solo con la vivienda, sino incluso con la ropa, hasta el punto de tener que compartirla. Según ciertas fuentes, son cerca de 4.000 los habitantes que se ven obligados a mudarse fuera de la ciudad, cada año.

Desde el punto de vista de los turistas extranjeros con esta situación se matan dos pájaros de un tiro: no solo los apartamentos a alquilar son baratos, sino que además desde ellos se puede saborear el ambiente de la zona. Está claro que, para un turista, se trata del culmen de un viaje, pero para los ciudadanos que deben marcharse es, simplemente, una gran molestia. Los turistas jóvenes, los estudiantes y demás, suelen optar por las fiestas y la música a fuerte volumen hasta altas horas de la madrugada, e incluso a veces llegan a las drogas y otras conductas ilegales. Si además de esto tenemos en cuenta que están causando el éxodo de los habitantes de la zona, es totalmente comprensible que la ira de estos haya terminado por explotar.

En verano de 2017 comenzaron a aparecer placas en las calles y playas de Barcelona con lemas como “Mi edificio no es un hotel”, o “Fuera los turistas borrachos”: era el comienzo de la era en la que la ciudad intenta expulsar a los indeseables turistas extranjeros.

Ciudadanos al límite

El Airbnb no es más que un ejemplo de esta situación. En agosto de 2018 muchos hombres y mujeres participaron en una manifestación en contra del turismo en el Parque Güell, famoso por haber sido diseñado por Antonio Gaudí; durante el evento mostraron una pancarta que rezaba “¡Estamos hartos del turismo masivo!”, y enfatizaron que el turismo en Barcelona “no es sostenible”. En 2017 se dieron numerosos casos en los que los activistas pincharon las ruedas de autobuses urbanos turísticos y bicicletas para uso de los turistas.

En verano también recibieron un fuerte impacto muchos chiringuitos de playa. Recientemente, según dicen, ha aumentado el número de inmigrantes que se dedican a vender de forma ilegal “cócteles asequibles” por las playas más populares entre los turistas extranjeros, por lo que los ingresos de chiringuitos en esas zonas han descendido un 30 %. Los lugareños, desencantados con esas populares playas, abarrotadas de gente y poco higiénicas, se han visto forzados a salir a los suburbios en busca de playas más tranquilas.

Los ataques terroristas casi simultáneos que sucedieron en agosto de 2017 también han causado un impacto en la seguridad ciudadana. En diciembre de 2018 la policía urbana hizo acto de presencia en el aeropuerto barcelonés para reclamar el incremento del cuerpo en 2.000 agentes. A los turistas que iban apareciendo por la salida del aeropuerto denunciaron el creciente número de delitos menores, al tiempo que llamaban la atención sobre los objetos personales; “Aunque no podamos protegerlos a todos, no queremos que se nos culpe”.

Así, año tras año los ciudadanos de Barcelona han ido llegando a los límites de la convivencia, abrumados por los numerosos problemas que provoca el turismo extranjero.

Carteles que los ciudadanos cuelgan por la ciudad. A la derecha: “Airbnb ¡Peligro! Perjudica gravemente al vecindario”

Una condición para los intercambios internacionales: lecciones a extraer de Barcelona

Ya hace veinte años que comencé a moverme y trabajar en Barcelona. El número de extranjeros residentes en la ciudad apenas ha cambiado desde 2008: unos 280.000. Pese a que la sociedad ha logrado rescatar su economía a base de negocios de bajo coste, al mismo tiempo la marea del turismo extranjero ha cambiado la ciudad por completo.

Un equipo de investigación del departamento de Ciencias Económicas de la Universidad de Sevilla señala que ese tipo de negocios pueden atraer un “turismo de baja calidad”.

Para Tokio, una ciudad a las puertas de los Juegos Olímpicos de 2020 que cada vez cuenta con más turismo extranjero, este no es un problema ajeno.

Los problemas concernientes al Airbnb que están ocurriendo en todo el territorio nacional, sobre todo en las zonas urbanas, deben resolverse por medio de una legislación estricta; los casos de desarrollo desorganizado, en su calidad de negocios en la sombra, se asemejan también a lo que hemos descrito. Todo el mundo es consciente del error que supone considerar a cualquier turista extranjero como un ser maligno. Los japoneses, al igual que los habitantes de Barcelona, no son hostiles hacia los extranjeros; más bien odian que les desordenen la vida.

Para un turista que viene del extranjero es importante respetar las reglas del país que visita, pero los ciudadanos del país anfitrión también deben tratar de mostrar una actitud de aceptación, libre de prejuicios. Esa es una condición indispensable para realizar intercambios internacionales. Yo también viví muchos años como extranjero, en otro país, pero cuando cometí algún acto deplorable nacido de diferencias en mis valores lo reconocí sin dudar y me esforcé por comprender.

Los japoneses entendemos la inferencia, la capacidad de comprender sin palabras, como una virtud, mientras que para muchos extranjeros la virtud reside más bien en la expresión. Incluso en España, donde las personas están más acostumbradas que en Japón a ver extranjeros, y comparativamente expresan con más franqueza sus sentimientos, se han extendido las citadas reacciones de rechazo, por lo que en Japón debemos estar más sólidamente preparados para que los extranjeros no se vean expulsados del país por este tipo de reacciones.

Lo más importante es no rechazar o criticar a quien tenemos delante por su aspecto, sino mostrarle la mejor cortesía japonesa que podamos. Mejor prepararnos para ofrecer nuestra hospitalidad antes que encontrarnos con una situación como la de Barcelona.

Imágenes por cortesía del autor.

(Artículo traducido al español del original en japonés. Imagen del encabezado: Carteles en Barcelona: “El turismo mata el barrio”)

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