Japón, la crisis de la deuda europea y la gobernanza de la globalización

Endō Ken [Perfil]

[04.04.2012] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 |

La crisis de la deuda europea, surgida a raíz de la crisis financiera griega, se ha convertido en un factor de inestabilidad para la economía mundial. ¿Cuál debería ser la actitud de Japón ante estas difíciles circunstancias? ¿Qué debería hacer?

La crisis de la deuda europea parece atravesar una fase de relativa estabilidad después de las numerosas recaídas que ha venido experimentando. Como es bien sabido, las grandes alteraciones producidas a finales de 2009 por la crisis de la deuda pública griega condujeron a la Unión Europea a una verdadera crisis existencial, lo cual se ha convertido en un factor de inestabilidad para la economía mundial. Gracias al efecto surtido por la generosa financiación a tres años y con bajo interés otorgada a la banca privada por el Banco Central Europeo a finales de 2011, la crisis de liquidez parece ahora superada y, tras el acuerdo tomado a medidos de febrero de 2012 en la reunión de ministros de Economía y Finanzas de la eurozona (Eurogrupo), se ha evitado por el momento un impago desordenado en Grecia. En este artículo trataré la crisis desde la perspectiva de cómo debería verla Japón y qué debería hacer en este momento de relativa calma.

Triple influjo de la crisis de la deuda europea sobre Japón

Cabe pensar que el influjo de la crisis de la deuda europea sobre Japón esté siendo triple: el alza del yen, el estancamiento económico en Asia y el peligro latente de una crisis en la deuda pública japonesa.

Para finales de febrero la fuerte tendencia alcista mostrada por el yen durante 2011 había remitido, pero todavía no puede decirse que nuestra divisa haya vuelto a niveles que permitan obtener beneficios a las manufactureras y al resto de la industria de la exportación. La debilidad del euro, que también es reflejo de la falta de confianza en esa divisa, se prolongará previsiblemente algún tiempo, pues es producto de la necesidad de mantener el tipo de interés en niveles bajos, para paliar el crecimiento bajo o negativo que implican las restricciones presupuestarias de los países del sur de Europa.

Además, la crisis de la deuda europea ha ejercido una nefasta influencia sobre China y el resto de las economías asiáticas. Entre los factores que han apoyado el crecimiento de Asia durante los últimos años estaban el crecimiento de las exportaciones chinas a la Unión Europea y el aumento del crédito a Asia por parte de los grupos bancarios europeos. El estancamiento económico y las restricciones crediticias causadas en Europa por la crisis de la deuda han ralentizado las exportaciones chinas, y la restricción en el crédito al exterior ha sido también un freno a la producción en Asia, no pudiendo evitarse los efectos negativos de estos dos hechos. La economía china, especialmente desde la quiebra de la financiera Lehman Brothers, arrastraba ya problemas socioeconómicos como la burbuja inmobiliaria o la elevación del nivel de los salarios, y la contracción de la economía europea ocasionada por la crisis de la deuda ha venido a agravar esta situación. Las consecuencias de la ralentización del crecimiento económico en China y en otros países asiáticos se están haciendo notar entre los pequeños fabricantes japoneses que vivían del negocio de las piezas.

El alza del yen y el estancamiento económico en Asia, junto a los efectos de las inundaciones de Tailandia, están contribuyendo poderosamente al déficit de la balanza comercial japonesa, que a su vez se traducirá en un déficit en la balanza por cuenta corriente. No puede negarse la posibilidad de que la industria japonesa recobre su competitividad y se vuelva a una situación estable de superávit corriente, pero si lo que ocurre es lo contrario, una estabilización hacia el déficit, entonces la actitud de los mercados ante la deuda pública japonesa, que supera el 200% del producto interno bruto, va a ser mucho más severa.

Para la deuda acumulada no hay recetas mágicas. Solo cabe recortar los gastos, aumentar los ingresos y, a ser posible, seguir creciendo. Sin embargo, la actual coalición gubernamental liderada por el Partido Demócratico de Japón (PDJ) es endeble, y el propio PDJ se halla dividido. Si finalmente no se aprueba una subida de impuestos, con la crisis de la deuda europea y el resto de las circunstancias objetivas a las que me he referido, es muy probable que ocurran cambios en la rentabilidad exigida a la deuda pública. Y, como vemos en el caso de Italia, para un país cargado con una pesada deuda que ha perdido su competitividad, una vez desahuciado por los mercados, recobrar la confianza perdida supone unos costes políticos y económicos muy importantes. Cuanto más rápidamente se tomen las medidas, en mayor medida podrá evitarse el dolor.

Una visión responsable de la globalización de las finanzas

Hay un problema que debe ser considerado más a largo plazo, más allá de los efectos directos que la crisis de la deuda europea pueda tener sobre Japón. Se trata de la imparable tendencia a la globalización de las finanzas, contra la que no cabe resistirse, y de la correcta gobernanza a nivel global que esa globalización exige.

Según datos de abril de 2010 ofrecidos por el Banco de Pagos Internacionales, el volumen de transacciones en los mercados cambiarios asciende cada día a un promedio de cerca de cuatro billones de dólares (se incluyen aquí los acuerdos sobre tipos de cambio futuros y los swaps de divisas). Contabilizando solo las transacciones con tipo de cambio spot, el volumen diario se acerca a los 1,5 billones de dólares. En 2004 el volumen era de 0,6 billones de dólares, lo que significa que en apenas siete años se ha multiplicado por 2,5. Si suponemos que estas transacciones se realizan durante 250 días al año, llegamos a un volumen que es 66 veces mayor que el valor de todo el comercio internacional realizado durante ese año, e incluso los cálculos más conservadores apuntan a que un 90% de ese volumen de transacciones tiene carácter especulativo. Si no se hace algo al respecto, lo que hemos venido llamando fase de calma de la crisis se convertirá en un descansillo previo a un nuevo tramo descendente.

El decenio de 1990 se llamó “la era de la globalización”, pero este fenómeno sigue extendiéndose una vez entrado el siglo XXI. Para Japón, el decenio de 1990 fue también “la década perdida”, pero desde su inicio han transcurrido ya 20 años, periodo durante el cual nuestro país se ha replegado sobre sí mismo y, pese a ser la tercera economía del mundo y, como tal, beneficiario de la globalización, ha ido perdiendo poco a poco el afán de participar activamente en la dirección de los asuntos mundiales.

No quiero decir que no se hayan tomado medidas. Inmediatamente después de la quiebra de Lehman Brothers, Japón financió con 100.000 millones de yenes al Fondo Monetario Internacional (FMI), y reforzó su compromiso también en el acuerdo para un swap de liquidez entre bancos centrales en previsión de una probable crisis de liquidez en Corea del Sur y los países del Sudeste Asiático. Más recientemente, ha fortalecido las funciones del FMI aumentando las aportaciones conjuntas con China y, en términos generales, ha venido tomando las medidas necesarias antes las crisis que han sobrevenido. Sin embargo, casi todas sus intervenciones han sido medidas “terapéuticas” para hacer frente a los problemas que se presentan y Japón sigue sin poder trazar un programa redical para hacer frente a los persistentes efectos desestabilizadores a nivel global derivados de la liberalización del flujo de capitales.

Si nos fijamos bien, veremos que en la cumbre franco-alemana se lanzó la idea de imponer un impuesto al tráfico internacional de capitales, y que desde la Secretaría del Tesoro estadounidense se han tomado medidas hacia los países que retienen en su interior el producto del superávit de su balanza por cuenta corriente. Japón tiene tiempo hasta la próxima crisis. Deberá aprovecharlo para, considerando detenidamente las opciones de que dispone para tomar medidas y las posibilidades de cooperación con otros países, comprometerse más en la búsqueda de una perspectiva de futuro que le permita asumir su responsabilidad en la gobernanza de esta globalización que se ahonda cada día.

(24 de febrero de 2012. Traducido al español del original japonés)

  • [04.04.2012]

Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Hokkaido (Política Internacional y Estudios Europeos). Nacido en 1966. Tras cursar estudios de posgrado en la Escuela de Derecho de dicha universidad, se doctoró en Politología por la Universidad de Oxford. Ha sido investigador senior en el programa Braudel del Instituto Universitario Europeo (Italia) y profesor visitante del Instituto de Estudios Políticos de París, así como investigador en el programa Elime Noël de la Escuela de Leyes de Harvard (EE.UU.) . Es autor de libros como Gurōbaru gabanansu no saizensen (Primera línea de la gobernanza global, Tōshindō, 2008), Yōroppa tōgōshi (Historia de la unificación de Europa, Nagoya Daigaku Shuppankai, 2008) y EU no kiseiryoku (La capacidad reguladora de la Unión Europea, Nihon Keizai Hyōronsha, 2012), entre otros.

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