El sistema de la pena de muerte en Japón
La falta de los supuestos de una democracia

Kawai Mikio [Perfil]

[13.03.2012] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية |

En 2011, por primera vez en 19 años, no hubo ninguna ejecución, y había más reos de muerte en espera que nunca antes. Kawai Mikio, de la Universidad Tōin de Yokohama, nos explica la situación en la que se encuentra el sistema de la pena de muerte en Japón.

En el Japón actual, en el que el número de crímenes mortales por año continúa descendiendo constantemente, las sentencias de muerte se incrementan a gran velocidad. El año pasado, incluyendo los intentos de asesinato, se produjeron algo más de mil casos, y de media el número de sentencias a muerte superó la veintena. Por otro lado, como el número de ejecuciones ese año llegó a cero debido a que estaban refrenadas, el número de presos condenados a muerte en espera de su ejecución llegó a 141. Volviendo la mirada al sistema y su puesta en práctica, me gustaría examinar los argumentos sobre la pena de muerte y la situación actual.

El apoyo pasivo y la falta de interés por la pena de muerte

A partir de la Restauración Meiji se decidió introducir el sistema legislativo occidental, y en 1880 se establecieron las leyes relativas a los procesos criminales. Desde ese momento, cada sentencia firme de pena de muerte se ha alcanzado mediante juicio criminal, y el método establecido ha sido la ejecución por ahorcamiento. Aunque la ley establece que la ejecución de la sentencia debe producirse en el plazo de seis meses después del fallo judicial, como es necesaria la formalización final del ministro de justicia, en muchos casos el reglamento relativo a esos seis meses no se respeta en absoluto.

Desde la instauración de este sistema las leyes no han cambiado, pero las sentencias de muerte y el número de ejecuciones han variado con los tiempos. Ambas han seguido mostrando una tendencia a reducirse. Durante el largo periodo entre 1978 y 1989, el número de ejecuciones anuales fue de entre una y tres personas, y después, entre 1990 y 1992, el número de ejecuciones pasó a ser de cero. Por otro lado, en el mismo periodo hubo algunas sentencias de muerte, y por ese motivo el número de reos de muerte aumentó en gran medida, con lo que al final, en 1993, las ejecuciones se reanudaron. Después, hasta 2003, hubo menos de diez personas condenadas y ejecutadas, pero en 2004 de pronto el número de sentencias de muerte aumentó en gran medida, y en 2006 y 2007 se superaron las veinte personas por año. Sin embargo, como las ejecuciones continuaban refrenadas, en la actualidad hay más de 140 reos de muerte en las cárceles del país.

Incluso en Japón existen movimientos continuos para tratar de conseguir la abolición de la pena de muerte por parte de aquellos que prestan especial importancia a la protección de los derechos humanos. Por ejemplo, la Asociación de Abogados de Japón cuenta con una Comisión de Investigación para la Abolición de la Pena de Muerte que realiza muchas actividades. Sin embargo, para los japoneses de a pie la ideología de los derechos humanos no es algo que esté arraigado, y hay muchos que creen que un condenado no debería tener ningún tipo de derechos. Éste es un problema que abarca la totalidad de la justicia criminal. La llamada “facción de los derechos humanos” lucha contra esta forma de pensar, y como resultado general, cuatro reos de muerte que habían sido falsamente acusados en los ochenta fueron absueltos al revisar el juicio. No obstante no pudo unirse este resultado a la abolición de la pena de muerte.

Los que apoyan con pasividad la pena de muerte como algo inevitable son muchos, y aquellos que la apoyan activamente pocos. Aunque el sistema se mantenga, los argumentos a favor son escasos, y sus publicaciones son muy inferiores en número a las que defienden la abolición. El pueblo japonés está acostumbrado a vivir en un modo en el que tanto los asesinatos como las condenas a muerte se sienten como algo ajeno, de otro mundo. Más que una falta de interés, deberíamos decir que se trata de falta de conciencia de las partes implicadas, y son muchas las personas que toman la actitud de desentenderse del asunto por considerar que implicarse en política en general y en las medidas sobre la pena de muerte en particular no es asunto suyo.

Si el desinterés continúa de esta manera no habrá cambios en las políticas pertinentes, pero los medios de comunicación tratan a las familias afectadas por los casos de asesinato como estrellas, y han estado liderando un argumento a favor de endurecer la ley. Además, se cree que los jueces han venido malinterpretando los resultados de las encuestas, en las que la gente, por una pérdida del sentimiento de la responsabilidad, había calificado la pena de muerte de inevitable, como un apoyo a la pena de muerte, y por eso ha aumentado el número de este tipo de condenas.

Juicios basados en información exacta

El remedio básico para esta situación sería que la gente se sintiera responsable y pudiera juzgar por sí misma. Al introducir el sistema de jurados en 2009 se creyó que la nueva política sería la medida perfecta, y se aceptó de buen grado. No obstante, los miembros del jurado se ven muchas veces presionados por los jueces, que también toman parte en la discusión, y las sentencias de muerte continúan aumentando. A mi entender, el motivo de esta situación es que no reciben como premisa información exacta con la que poder emitir juicios por sí mismos. No hay visibilidad en la situación actual porque las ejecuciones se efectúan en su mayoría en secreto. Más aún, según las encuestas de opinión, los japoneses creen que están aumentando los casos violentos, y que la seguridad ciudadana de Japón está empeorando. Los juicios de valor basados en información errónea no pueden ser válidos.

No es fácil saber si la opinión pública se decanta por la pena de muerte o su abolición. Si comparamos con otros países desarrollados, en Japón los casos anuales de muerte de sospechosos durante el arresto, junto con los de asesinatos de reos en prisión, son prácticamente inexistentes, y en ese sentido hay respeto por la vida humana. Además, debido también a la influencia de las leyes budistas que aborrecen matar incluso a animales, hablamos de más de 300 años de historia, durante la Edad Media (siglos XII-XVI) en los que ha estado prohibida la pena de muerte. Sin embargo también existió una tradición guerrera que llegó a dar los kamikaze (guerreros suicidas), y ejecuciones crueles -quemando vivo al prisionero, por ejemplo. La influencia de las creencias en la reencarnación también lo convierten en un tema espinoso.

Si me pidieran que diera mi opinión para finalizar, diría que lo mejor no es abolir la pena de muerte, sino darle un valor simbólico. Para concretar un poco más: no deberíamos dejar las decisiones sobre la pena de muerte en manos de los órganos legislativos, sino decidir en cada caso a través de la judicatura. De este modo permanecería la posibilidad de sentenciar a la pena de muerte, y así, aunque en las primeras instancias esas sentencias recayeran sobre los acusados, el consiguiente procedimiento judicial podría conducir a la conmutación de la pena. Me gustaría promover una visión ideal en la que, dejando el sistema de la pena de muerte como está, las ejecuciones terminaran por desaparecer.

(Escrito el 13 de febrero 2012. Traducido al español del original en japonés.)

  • [13.03.2012]

Profesor en la Universidad Tōin de Yokohama. Nacido en 1960. Doctorado en Derecho por la Facultad de Leyes de la Universidad de Kioto. Curso de Posgrado en la Universidad de París II. Máster en Derecho. Ocupa el cargo actual tras haber trabajado como profesor ayudante en la Facultad de Leyes de la Universidad de Kioto. Autor de Anzen shinwa hōkai no paradokkusu (La paradoja del colapso del mito de la seguridad; Iwanami, 2004) y Nihon no satsujin (Los asesinos de Japón, Chikuma Shinsho, 2009), entre otros.

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