El asesinato de un menor en Kawasaki expone las deficientes políticas sociales de Japón para abordar la inmigración

Sugiyama Haru [Perfil]

[08.07.2015] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية | Русский |

El brutal asesinato de un estudiante de instituto en Kawasaki dejó sin habla a los japoneses en 2015. A medida que sale más información a la luz sobre la víctima y sus supuestos asaltantes, se revelan ante nosotros las profundas fisuras que existen en el conjunto de la sociedad Japonesa. Este caso ha sacado a la luz las deficiencias en la capacidad de Japón para tratar adecuadamente los asuntos relativos a las familias monoparentales, la pobreza y la inmigración.

Jóvenes incapaces de relacionarse con la sociedad

Uemura Ryōta fue asesinado en las horas previas al amanecer del 20 de febrero de 2015, a la orilla del río Tamagawa en Kawasaki, en la prefectura de Kanagawa. El niño de 13 años había sido obligado a nadar desnudo en las gélidas aguas de invierno y su cara y cuerpo cortado con un cúter. La herida que le mató fue un profundo tajo en el cuello. Había bridas de plástico en el terreno aledaño y Ryōta tenía heridas en sus rodillas, lo que sugería que también había sido tratado con brutalidad mientras estaba atado y obligado a estar de rodillas.

La policía arrestó a tres varones menores de edad como los culpables de este truculento asesinato. Uno de los tres, el “Chico A”, fue identificado como el líder y culpado de asesinato. Este joven tenía entonces 18 años, vivía con su madre filipina y su padre japonés, y había abandonado el instituto. Los otros dos, de 17 años de edad, fueron acusados de causar heridas fatales en la víctima. Uno era un antiguo compañero de instituto del líder de la banda, y el otro, un curso por debajo, había asistido a otro instituto. El más joven de ellos era el hijo de una madre soltera de origen filipino y un padre japonés.

Ryōta también vivía en una familia monoparental como el segundo de cinco hijos. Cuando Ryōta tenía cinco años, su padre se llevó a la familia a Nishinoshima, en el archipiélago de Oki situado en la prefectura de Shimane, para trabajar como pescador. Sus padres se divorciaron cuando Ryōta estaba en el tercer curso de la escuela primaria y la madre se trasladó con sus hijos a Kawasaki dos años después.

Al entrar en el instituto, Ryōta se unió al equipo de baloncesto, pero dejó de asistir a los entrenamientos después de unos meses y comenzó a salir con chicos mayores que él. Comenzó a relacionarse con el grupo liderado por el “Chico A” en diciembre de 2014, y dejó de asistir a la escuela al mes siguiente. En una fotografía tomada en esa época, Ryōta tiene un ojo morado—la consecuencia de haber sido golpeado por el chico mayor.

Entre 2004 y 2008 me dediqué a informar sobre la vida de los niños con padres extranjeros en Japón. Lo primero que pensé cuando supe del asesinato de Ryōta y de su conexión con Filipinas era que mis temores se habían hecho realidad. Noté que la delincuencia entre los hijos de padres extranjeros era en parte el resultado de prejuicios muy enraizados en la sociedad japonesa y de una red de seguridad ciudadana completamente inadecuada. Me he interesado especialmente por las circunstancias vitales de los hijos de madres filipinas.

He comprobado que los niños criados en entornos en los que no se habla japonés encuentran una barrera lingüística en la vida diaria y normalmente tienen dificultades para permanecer en las escuelas, y al mismo tiempo he aprendido que la violencia doméstica es también parte de esta ecuación. Otro descubrimiento inquietante fue que las personas responsables de ofrecer ayuda a los niños están alejados de la realidad a la que ellos se enfrentan. La ayuda de terceras personas a los niños más necesitados es inexistente. 

La pobreza de las familias compuestas por una madre soltera y su hijo o hija, independientemente de la nacionalidad, es un problema grave que sigue empeorando en Japón. Los hijos de este tipo de familias carecen de una vía para conectar con la sociedad al no existir una estructura de apoyo adecuada para ellos. El asesinato de Ryōta me pareció sintomático de una sociedad y política con defectos.

Nuevas residentes filipinas en Kawasaki

La madre de Ryōta hizo pública una declaración tras el velatorio de su hijo a través de su abogado. Cada mañana se marchaba a trabajar antes de que su hijo fuese a la escuela, y volvía a casa tarde, por lo que era difícil para ella saber qué hacía su hijo en todo ese tiempo. Esa declaración recibió respuestas de apoyo de numerosas madres solteras y otros simpatizantes.

La tasa de pobreza relativa entre las familias monoparentales de Japón—de las cuales un 85 % de ellas están encabezadas por una mujer— es del 54,6 %. Alrededor de un 80 % de las madres solteras en Japón trabajan fuera de casa, y algunas de ellas tienen dos o más trabajos para poder llegar a fin de mes. Las exigencias del trabajo limitan el tiempo libre de estas madres para estar con sus hijos y afectan a su capacidad para criarlos.

Hay muchos factores que han empeorado la situación de las madres solteras en Japón, incluso cuando el número de las familias monoparentales ha ido aumentando. En primer lugar, las políticas de empleo han asumido implícitamente que los hombres son los que ganan el sustento para la familia, y que el trabajo de las esposas fuera de casa es de naturaleza suplementaria. Otro problema es la creciente proporción de trabajo a media jornada y temporal en el porcentaje total de empleo.

Es destacable también el lugar del asesinato de Ryōta: el distrito de Kawasaki en Kanagawa. Como distrito industrial, el área ha recibido la influencia de muchos tipos de residentes desde antes de la Segunda Guerra Mundial. En mayo de 2015 un incendio en dos hostales de bajo precio en el distrito de Kawasaki acabó con la vida de 10 personas. Las víctimas eran de la clase de obreros que contribuyeron al rápido crecimiento de Japón durante las décadas de 1960 y 1970, pero vivían sus vidas en condiciones de pobreza, y el fuego tuvo lugar cerca de donde Ryōta y el “Chico A” pasaban muchas noches.

Alrededor del 5 % de los residentes de este distrito son extranjeros. Estos son los antiguos residentes—trabajadores de las dos coreas y otras colonias del Japón de preguerra y sus hijos y nietos— y nuevos residentes—extranjeros que han llegado buscando trabajo desde la década de 1980.

La iglesia de St. Claire Kaizuka, que reúne a los fieles del área, ofrece misas en inglés cada domingo por la tarde. Un 80 % de los 200 o 300 fieles que acuden son mujeres filipinas. Muchos de ellos llegaron a Japón a finales de la década de 1980 y comienzos de la década de 1990 con visas de artista, se casaron con hombres japoneses, y aseguraron su residencia como esposas de japoneses. Dos de los tres jóvenes arrestados por el asesinato de Ryōta son niños de mujeres que encajan en esta descripción.

Su asesinato asestó un golpe devastador a las madres filipinas del distrito de Kawasaki. Hablé con una de ellas, a la que llamaré “María” para preservar su anonimato. Ella tiene 45 años y cuida de un niño de 10 años como madre soltera.

“Ha sido impactante”, asegura María. “Yo recibía ayuda pública, pero estaba también trabajando duro para evitar depender demasiado del Estado. Desde el asesinato he reducido mis horas de trabajo para poder cenar con mi hijo, pasar tiempo hablando con él y mirar su tarea escolar. He fallado a su hermano mayor, y me gustaría hacer las cosas bien en esta ocasión”.

María está luchando para mantener a su hijo y a sí misma con trabajos de baja remuneración y un mínimo de ayuda pública. Su situación es lamentablemente parecida a la de las madres solteras japonesas.

Con un hijo deportado a Filipinas por delincuencia

María me contó que perdió a su padre en 1990 y vino a Japón con visa de artista para poder enviar ayuda a su madre, sus dos hermanas menores y un hermano menor. Sus dos hermanas pudieron ir a la universidad gracias al dinero que enviaba desde Japón. Trabajó al principio en un bar filipino en Japón y tuvo un hijo con un hombre japonés que conoció allí. El hombre tenía más de cincuenta años, y no se casaron. María sobrepasó el límite de estancia de su visado y regresó a Filipinas. Cuando su hijo tenía dos años, lo dejó con una hermana menor y volvió a viajar a Japón, donde encontró trabajo en otro bar y comenzó una relación con un japonés que trabajaba en la construcción.

La madre de su pareja, no obstante, se opuso a este matrimonio, y de nuevo terminó en una situación de residente irregular. Pero la pareja comenzó un negocio con sus ahorros, e inició una vida muy ocupada por el trabajo.

María y su pareja se casaron cuando ella se quedó embarazada a la edad de 37 años. Era su segundo hijo. Obtuvo el visado como esposa de un japonés y trajo a su primer hijo, de 11 años, a Japón. Aquí le matriculó en un instituto, pero este cayó en un grupo de delincuentes locales, huyó de casa en repetidas ocasiones, y fue arrestado una y otra vez por robar en tiendas y otras faltas. María perdía el contacto con su hijo durante grandes períodos de tiempo, solo para conocer su paradero a través de la policía.

A la edad de 17 años, el hijo mayor de María tuvo un hijo pero abandonó a la madre. Un arresto por robo en una tienda provocó que le deportaran a Filipinas cuando estaba a punto de renovar su visado. María estaba en Filipinas entonces con su segundo hijo. El negocio del que se había hecho cargo junto a su marido había sucumbido al comienzo de la crisis económica de 2008, y su esposo sugirió que matriculara a su hijo menor en Filipinas para que aprendiese inglés. María abrió un salón de belleza con sus ahorros de Japón, y puso a su hijo mayor a trabajar en el negocio. 

Después de cinco años de una existencia errática entre Japón y Filipinas, María regresó a Japón con su hijo menor en 2014. Ella esperaba que su hijo no olvidase lo que había aprendido sobre la lengua japonesa y las costumbres del país. Pero poco después de regresar, la constante violencia infligida por su marido la condujo a pedir el divorcio.

  • [08.07.2015]

Nacida en Tokio en 1958. Trabajó como editora de una revista después de graduarse en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Waseda, y desde entonces ha sido un periodista de investigación freelance. Entre sus obras se incluyen Negurekuto—ikuji hōki, Mana-chan wa naze shindaka (Negligencia: ¿Qué causó la muerte de la pequeña Mana?), que recibió el premio Shōgakukan a la mejor obra de no ficción, y Imin kanryū—Nambei kara kaettekuru Nikkeijintachi (Completando el círculo de la inmigración: el retorno de los nikkei de América Latina).

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