Los japoneses y el inglés: 2. la ilusión del “speaking” y los exámenes de admisión

Abe Masahiko [Perfil]

[03.07.2018] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 繁體字 | العربية |

Con la reforma de los exámenes de acceso a la universidad que entrará en vigor en 2020, el inglés será medido en sus “cuatro destrezas” y quedará en manos de instituciones privadas. Las miradas se centran en el speaking test, pero en las aulas de muchos institutos de bachillerato, así como en las de muchas universidades, estos cambios han causado inquietud y están siendo vistos con preocupación. Bajo esta reforma exprés subyace el sueño de llegar a hablar fluidamente en inglés, que arraigó en los japoneses hace ya mucho tiempo, pero también los cálculos de la industria del inglés, que está sabiendo aprovecharse muy bien de ese sueño colectivo.

¿Una forma de encauzar beneficios hacia las instituciones privadas?

Los exámenes de admisión a las universidades japonesas cambiarán a partir de 2020. La atención se dirige sobre todo hacia la asignatura de Inglés. El llamado Sentā Shiken o prueba de acceso a la universidad será abolido y las universidades medirán el nivel de inglés de los solicitantes de plaza a través de alguna de un total de siete pruebas, entre las que se encuentran el Jitsuyō Eigo Ginō Kentei (Examen de Competencia en Inglés Práctico, también llamado EIKEN), el GTEC, el TOEFL, o el TOEIC, todas ellas organizadas por instituciones privadas. Los alumnos del tercer y último curso del bachillerato podrán presentarse a alguna de dichas pruebas dos veces, entre abril y diciembre. Según los promotores de esta reforma, mientras que el Sentā Shiken presentaba un fuerte sesgo, pues medía solo dos de las destrezas lingüísticas (comprensión lectora y auditiva), las citadas pruebas abarcan también las otras dos (expresión oral y escrita), razón por la cual utilizar dichas pruebas como criterio de admisión en las universidades tendrá como efecto una elevación del nivel de inglés del alumnado. Y el speaking test o prueba de expresión oral será -según afirman- la que más visiblemente hará progresar a los alumnos en el uso del inglés práctico.

Sin embargo, no hace falta pensar mucho para darse cuenta de que en esta “propaganda” hay algo extraño. Dado que no se va a introducir ningún método didáctico particularmente novedoso, no se explica por qué habríamos de esperar una elevación del nivel académico de los alumnos procediendo solo a cambiar el tipo de examen.

Aunque se nos hable de incluir las cuatro destrezas, la única novedad real es la destreza práctica del speaking. Además, las empresas que organizan estas pruebas siguen unos patrones preestablecidos en la formulación de las preguntas. Profesores y alumnos van a buscar la manera más cómoda y rápida de conseguir mejores puntuaciones, dirigiendo todo su interés al examen y relegando a un segundo plano el estudio del inglés en sí mismo. Ya vemos por las calles vallas o carteles publicitarios de academias privadas con frases como “¿Estás seguro de poder aprobar? ¡Estudia con nosotros!”, etcétera. Lejos de impulsarse el inglés práctico, lo más posible es que esto sea causa de que el nivel académico, en el verdadero sentido de la palabra, sufra una caída. Además, las mismas empresas privadas que organizan los exámenes están extendiendo sus tentáculos y poniendo a la venta libros de problemas especialmente diseñados para dichos exámenes. Se rumorea, incluso, que se está incurriendo en una suerte de dumping, ya que, para captar nuevos examinandos, las empresas están compitiendo por facilitar al máximo la obtención de altas puntuaciones. ¿Puede calificarse de justa e imparcial esta forma de hacer unas pruebas que van a utilizarse como criterio para admitir a los jóvenes en las universidades? Los problemas que se plantean son demasiados.

A quien desee profundizar más en estos temas le recomendaría la lectura de mi libro Shijō saiaku no eigo seisaku (“La peor política de promoción del inglés de la historia”, Hitsuji Shobō) pero, para decirlo con toda claridad, esto de medir las cuatro destrezas no es más que una coartada para entregar a estas empresas privadas el inglés de los exámenes de acceso a la universidad. Para empezar, eso de que las destrezas lingüísticas sean cuatro no es más que una convención y no significa que al usar el idioma inglés el cerebro pueda dividirse en cuatro partes. Y eso de que, por el mero hecho de imponer un speaking test, vayamos a conseguir que nuestros jóvenes hablen un mejor inglés, es una ilusión. Cuando el esfuerzo se dirige a un examen, la mente del alumno se vuelve más rígida y todavía menos comunicativa. Y la fiabilidad del sistema de puntuación también es baja. Mucho más deseable que estas formas de ejercitar las destrezas compartimentadas según esquemas mentales obsoletos, sería un aprendizaje integral en el que el desarrollo del interés y de un criterio independiente en el alumno ocupase una posición central.

Algunos medios de comunicación sugirieron que detrás de la promoción de esta política estaba la sospechosa intimidad existente entre Shimomura Hakubun, que fue ministro de Educación, Cultura, Deportes, Ciencia y Tecnología entre 2012 y 2015, las empresas que organizan estos exámenes, las academias preparatorias y las escuelas de inglés. De hecho, muchas personas con intereses ligados a estos exámenes externos han sido miembros del órgano que estudió la posible introducción de dichos exámenes. Debe ponerse fin inmediatamente a esta política llena de efectos perniciosos, que parece concebida con el solo objetivo de favorecer a determinados intereses.

No obstante, hay que decir que bajo estas erráticas políticas de promoción del inglés subyace un malentendido sobre este idioma que está muy arraigado entre todos nosotros. Esto tenemos que reconocerlo. Si no lo hacemos, volverá a repetirse la misma historia y, aunque las actuales políticas puedan sufrir alguna revisión, no podremos aspirar a mejorar nuestro dominio del inglés y tendremos que despedirnos de llegar a ser más competitivos internacionalmente. En lo que queda de artículo voy a hacer una reflexión sobre la “ilusión del speaking” que sufrimos los japoneses, y que constituye el núcleo de ese malentendido.

La “burbuja de inglés” de posguerra que sobrevive en el Japón de hoy

Las primeras universidades japonesas se crearon a principios de la era Meiji (1868-1912). Entonces, en dichas instituciones, todas las clases se daban en lenguas extranjeras. Todos los profesores eran extranjeros, toda la bibliografía estaba escrita en otras lenguas y no había traducciones. Todo esto era inevitable. Aunque resulta un tanto irónico, podemos decir que en aquella época Japón era más “global” que ahora. Pero con el paso del tiempo, las cosas cambiaron. Se tradujo al japonés gran parte de los textos utilizados, se formó personal docente que se expresaba en nuestra lengua y se hizo posible estudiar en ella. Para trasplantar al japonés muchos conceptos de origen foráneo, los intelectuales hicieron un gran esfuerzo. Al mismo tiempo, a través de las operaciones de traducción y de conversión, los japoneses hemos ido aprendiendo a ver las cosas desde una diversidad de ángulos, relativizando todo lo que nos llegaba de la cultura occidental.

Por lo que respecta al aprendizaje de la lengua inglesa, la maduración de esta nueva cultura fue una espada de dos filos, pues al proliferar las traducciones y ser posible aprender en japonés, disminuyó la motivación para aprender la lengua inglesa. Además, durante las eras Taishō (1912-1926) y Shōwa (1926-1989) la educación se extendió a sectores muy amplios de la sociedad y aumentó el número de personas que estudiaban el inglés sin tener una razón específica. Ya en la era Taishō se formulaban dudas tan básicas como por qué estudiamos inglés e incluso se originó un debate sobre su posible eliminación del sistema educativo.

Posteriormente, durante la Guerra del Pacífico, el inglés fue considerado “la lengua del enemigo” y prohibida, lo que, una vez concluida la contienda, produjo un movimiento pendular por el que la cultura norteamericana se enseñoreó de Japón. En aquella época sí que había una gran motivación para aprender inglés, pero no puede decirse que aumentase demasiado el número de japoneses que realmente necesitasen saber hablarlo. Se despertó una gran pasión por el inglés, pero era algo que partía de una admiración vaga y de carácter parecido al de una burbuja económica. Y esa burbuja, aunque ha cambiado algo su forma, continúa hoy en día.

El inglés, un artículo de consumo muy cool

Se dice que el mundo está inmerso en un rápido proceso de globalización, una palabra que a veces se convierte en sinónimo de “anglización”. Sin embargo, viviendo en Japón, todavía no son muchas las situaciones en las que el inglés es necesario. Si damos por cierto que los japoneses no saben hablar en inglés, esa sería su principal causa.

Hay países, como Singapur o India, que durante un periodo histórico fueron gobernados en inglés y que actualmente siguen teniendo el inglés como lengua oficial. Si en estos países la gente sigue usando esa lengua, es porque para obtener una cierta posición social ha sido necesaria. En Japón, el celo por aprender inglés no es el mismo, porque dominar esa lengua no se siente como una necesidad. Y es que recibir cinco clases de inglés a la semana no es suficiente. En los países donde toda la actividad pública se lleva en una sola lengua, es difícil reservar un espacio para el uso de una segunda lengua. Aunque tengamos conocimientos de inglés, si no disponemos del interruptor que lo ponga en marcha, serán conocimientos inútiles.

Esta es la realidad del inglés en Japón, una realidad que no va a cambiar con reformas hechas para salir del paso. Pero, cosa curiosa, en este país el inglés es visto como algo cool. Porque en Japón el inglés circula como un bien de consumo no demasiado conocido, pero deseable. Pensar que saber inglés puede reportar algún beneficio se parece a eso que nos empuja a desear un artículo de marca solo por haber visto algún anuncio en el que aparece. Los japoneses han adquirido muchos bienes de consumo pero el inglés es uno de los que todavía no han pasado a sus manos y tiene un gran valor por su escasez o rareza. El deseo de inglés está sustentado por un vano afán de consumo. Por eso, la hipertrofiada industria del inglés se desvive por conseguir que adquiramos ese nuevo bien de consumo, lanzando elaboradas estrategias de imagen. Para poner la guinda, se alía con los políticos para injerirse en las políticas sobre exámenes de acceso a la universidad.

Más que hablar, lo importante es la comprensión auditiva

Una vez más, deberíamos pensar por qué tenemos que estudiar inglés en la escuela. Y cuando hayamos clarificado esto, si de verdad aspiramos a aprender inglés, deberíamos también preguntarnos qué es lo que llamaríamos “saber inglés”. Las personas que dicen que les gusta el inglés tiene cada una un campo de preferencia. Hay gente a la que le gusta leer y otra a la que se le dan bien los ejercicios de redacción (composición). Hay gente con un gran dominio del vocabulario y otros que se apasionan por llegar a tener una buena pronunciación.

Sin embargo, cuando pensamos en alguien que “sabe inglés”, la imagen que nos hacemos no es la de alguien que sabe leer o escribir bien en este idioma, sino la de alguien que sabe hablar con fluidez en él. Nos hacemos una bucólica escena de gente plácidamente sentada en el césped, recibiendo los límpidos rayos del sol sobre una piel no demasiado cubierta de ropa y charlando risueñamente en inglés americano. Y esta imagen de “conversación en inglés” nos resulta especialmente bella.

A nosotros, como consumidores, nos venden con gran facilidad esta imagen. Quienes necesiten el inglés para sus estudios o investigaciones, lógicamente, tendrán que ir aprendiendo ellos solos el vocabulario y hacer un esfuerzo constante por desarrollar su comprensión auditiva y su pronunciación. Ejercitar únicamente el speaking no es un método eficaz. La mayor dificultad es la comprensión auditiva. Si queremos conversar, primero tendremos que entender lo que dice nuestro interlocutor y reaccionar de acuerdo a eso. Pero dadas las diferencias existentes entre los sistemas fonéticos del japonés y del inglés, para llegar a entender lo que se nos dice necesitamos un largo periodo de ejercicio. Aunque estudiemos en el extranjero esto nos hace pasar muchos apuros. Y precisamente por eso, este es el aspecto al que deberíamos dedicarle más tiempo. Pero lo bonito del inglés como artículo de marca es poder acceder de un salto a esa “bella conversación en inglés”. Esta imagen se formó hacia los años 80, durante la época de la burbuja. Y ahora esta imagen está siendo reutilizada para captar a la generación que vivió la burbuja siendo joven y que ahora roza los 50. Por eso han cobrado repentinamente tanta importancia los speaking tests.

Los japoneses seguiremos sin saber hablar en inglés

Entre quienes promueven esta reforma exprés de los exámenes hay personas como Mikitani Hiroshi, presidente de la gigante Rakuten, en cuyas oficinas el idioma de trabajo es el inglés. Él y otros muchos empresarios se quejan de que el inglés que se enseña en la escuela no sirve para el trabajo, pero es que lo que se aprende en la escuela no pasa de ser una base de vocabulario y por tanto tiene sus limitaciones. No puede pretenderse que al terminar el bachillerato hayamos adquirido un vocabulario con el que podamos enfrentarnos a cualquier situación. Por eso, sobre la base que hemos aprendido, nos esforzamos por ir complementando nuestro vocabulario en función de nuestras necesidades. Aunque, dejándonos arrastrar por esta moda de “un inglés práctico que deje al alumno listo para la batalla”, nos sometamos a exámenes diseñados para dar esa imagen de “inglés práctico”, no nos servirá de nada si previamente no hemos adquirido una buena base de vocabulario. También es necesario acostumbrarse a oír el inglés y a leerlo fuera de las clases.

Hay otras muchas cosas necesarias para llegar a hablar bien en otra lengua. Hay que saber captar la situación, imaginar lo que piensan otras personas y, por supuesto, tener algo que decir. Sin embargo, la reforma de los exámenes prevista para 2020 está enviando el equivocado mensaje de que ejercitándonos en un inglés superficial estaremos “aprendiendo a hablar en inglés”. Toda una irresponsabilidad. Antes que eso, sería mejor pensar que no hay una destreza independiente que podamos llamar speaking.

Que esta política, de suyo tan importante, que afectará a la educación en inglés, haya sido diseñada y llevada a cabo siguiendo las ideas de una serie de personas es de por sí un problema, pero nosotros, que lo hemos permitido, también somos responsables. Con esta forma de hacer las cosas, vamos a tener “japoneses que no saben inglés” por mucho tiempo.

(Escrito el 21 de mayo de 2018 y traducido al español del original en japonés.)

Fotografía del encabezado: escena en una sala que acoge el Sentā Shiken, durante el cual se reparten auriculares para la prueba de comprensión auditiva (Universidad de Tokio, en Bunkyō-ku, Tokio, 13 de enero de 2018). (Fotografía servida a los medios por Jiji Press)

  • [03.07.2018]

Profesor de la Facultad de Literatura de la Universidad de Tokio. Nacido en 1966. Compagina sus estudios sobre literatura anglosajona con su actividad crítica en temas literarios generales. Tras graduarse en dicha facultad, hizo un máster en ese mismo centro y un doctorado de investigación en la Universidad de Cambridge (1997). Ocupa su actual puesto desde 2001. Con su obra Bungaku wo gyōshi suru (“Con la mirada clavada en la literatura”, Iwanami Shoten), de 2013, se hizo acreedor al Premio Suntory de Ciencias Sociales y Humanidades. Es, además, autor de obras como Shijō saiaku no eigo seisaku (“La peor política de promoción del inglés de la historia”, Hitsuji Shobō, 2017), Shōsetsuteki shikō no susume (“Una invitación al pensamiento novelesco”, Tōkyō Daigaku Shuppan, 2012), o Eishi no wakarikata (“Cómo entender la poesía inglesa”, Kenkyūsha, 2007). Como traductor, tiene en su haber Mahō no taru hoka 12 hen (“El barril mágico y otros 12 cuentos”, de Bernard Malamud, Iwanami Bunko, 2013) y otras obras.

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