Japón, cuarto país del mundo en recepción de trabajadores extranjeros

Serizawa Kensuke [Perfil]

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El autor de Konbini Gaikokujin, un reportaje muy popular sobre la presencia de extranjeros en Japón centrado en los convenience stores, nos habla en este artículo sobre la creciente presencia extranjera en el país y las posturas que se están tomando desde diversas instancias ante este fenómeno.

Cada vez hay más extranjeros en Japón.

No hablamos de esos turistas que se deleitan en el encanto del viejo Kioto, en la naturaleza de la isla norteña de Hokkaido o en el bullicio de los barrios tokiotas de Roppongi o Akihabara. Nos referimos a los extranjero que viven en Japón.

El número de extranjeros que viven en Japón superó a finales de 2017 los 2,5 millones. Esta cifra, la más alta registrada desde que el Ministerio de Justicia comenzó a elaborar la estadística, marcó un aumento de cerca de 180.000 personas con respecto al año anterior. Tomando como referencia Tokio, de cada 10 veinteañeros, uno es extranjero.

Si paseamos nuestra mirada por el medio urbano, descubriremos a extranjeros trabajando en droguerías, family restaurants, hamburgueserías, cadenas de restaurantes de gyūdon (bol de arroz con carne de ternera) y otros muchos establecimientos. Especialmente, entre los konbini (convenience stores, minisupermercados de 24 horas) de las zonas urbanas, no son pocos los que cubren con empleados extranjeros todas sus necesidades. La sensación que se tiene es que el cambio se ha dado muy bruscamente y en estos últimos dos o tres años.

Los países de origen de estas personas son de lo más variado. Uno los encuentra llegados de China, como de Corea del Sur, Vietnam, Nepal, Sri Lanka, Uzbekistán, Tailandia, Myanmar, Indonesia, etc. Muchos de los que trabajan en konbini demuestran una fluidez en japonés superior incluso a la de algunos americanos que han trabajado conmigo en las emisiones internacionales de la NHK.

O-hashi wa nanzen ni itashimashō ka? (¿Cuántos juegos de palillos desea el señor cliente?).

O-shiharai wa ikkatsu de yoroshii deshō ka? (¿Desea que el importe se le cargue a su tarjeta de una sola vez?).

Fukuro wa betsu-betsu ni shimasu ka? (¿Desea que se lo ponga en bolsas separadas?, refiriéndose a alimentos fríos y calientes).

En muchos países del mundo, encontrar habitualmente a muchos extranjeros no es nada raro. Sin embargo, hay que pensar que en el caso de Japón, su Gobierno niega rotundamente que esté llevando a cabo una política activa de puertas abiertas a la inmigración. En lo tocante a los refugiados, el año pasado fueron oficialmente reconocidas como tales apenas 20 personas. ¿Qué explicación hay?

La política oficialmente preconizada por el Gobierno de Japón no tiene un reflejo directo en la realidad. La explicación se halla, al parecer, en la cultura del honne (verdadera idea o intención, muchas veces no expresada) y el tatemae (principio defendido públicamente), que tan importante es para comprender Japón.

Estudiantes que llegan con una deuda de un millón de yenes

Casi todos los extranjeros que trabajan en los konbini son jóvenes asiáticos de la clase media que han llegado a Japón como estudiantes.

Durante los últimos 10 años, el Gobierno ha llevado a cabo un plan para elevar el número de estudiantes extranjeros hasta los 300.000. Esta meta inicial ya ha sido superada, pues actualmente su número está entorno a los 310.000. En principio, era un proyecto orientado a hacer de Japón un país más abierto, con un entorno académico mejor preparado, para atraer más estudiantes y activar así los intercambios humanos.

La situación se explica, en parte, por el hecho de que el Gobierno permita a estos estudiantes trabajar. La ley dice que pueden trabajar, en principio, 28 horas semanales (lo de “en principio” significa, de hecho, que durante los periodos vacacionales pueden ser 40 horas semanales).

Si comparamos esta legislación con la de otros países, veremos que es bastante laxa. Es sabido que en países como Estados Unidos o Canadá los estudiantes extranjeros, en principio, no pueden trabajar.

Es decir, que en Japón de los estudiantes extranjeros se espera que estudien y, al mismo tiempo, que sirvan como fuerza laboral. Esto ocurre sobre el telón de fondo de la contracción demográfica, que ha causado una grave carencia de mano de obra. De hecho, más del 90 % de los estudiantes extranjeros realiza algún tipo de trabajo.

Muchos de quienes trabajan en los konbini y otros comercios similares están matriculados en alguna de las escuelas de japonés para extranjeros, que exigen pagos previos, entre matrícula y tasas académicas, cercanos al millón de yenes. Muchos jóvenes llegan a Japón endeudados.

Pero incluso trabajando el máximo permitido de 28 horas semanales, es muy difícil conseguir el dinero suficiente para mantenerse. No son pocos los que siguen arrastrando deudas cuando regresan a su país. El Gobierno de Japón conoce este hecho pero no les tiende la mano: pretende que estos jóvenes regresen en esa situación.

No más del 30 % de los estudiantes que pasan a la universidad con la intención de colocarse luego en Japón consiguen hacer realidad su sueño.

“No se me dan bien los extranjeros”, una excusa fuera de lugar

Algunos entienden que estos estudiantes son, al mismo tiempo, migrantes económicos. Es muy posible que algunos de ellos lo sean. Y se oyen también voces que dicen que estos estudiantes-migrantes económicos están robándoles los puestos de trabajo a los japoneses.

Pero la realidad es muy otra. En estos comercios falta mano de obra y lo que hacen los extranjeros es llenar los huecos dejados por los japoneses. Hoy en día, hasta la cocina japonesa, incluida en el Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, depende para su supervivencia de la mano de obra extranjera. No es solo que los onigiri (bolas de arroz) y otros alimentos preparados sean vendidos por dependientes extranjeros en los konbini: el proceso de fabricación está igualmente sostenido por la fuerza laboral extranjera. Si echamos una ojeada al turno de noche de las plantas de producción de alimentos, veremos que la proporción de extranjeros es alta, y encontraremos también muchos aprendices extranjeros capacitándose en las plantas de procesamiento de katsuobushi (bonito seco) o de konbu (especie de alga marina), que sirven de base a muchos caldos típicamente japoneses, y en los barcos pesqueros. Por supuesto, lo mismo ocurre en la agricultura.

Es posible que muchos japoneses ignorasen estos hechos, y que sea ahora cuando, por primera vez, estén conociéndolos. Estaban convenidos de que Japón no aceptaba inmigrantes y, para cuando han querido darse cuenta, son ya más de 2,5 millones de extranjeros los que viven en Japón. Según datos de la OCDE, Japón es ya el cuarto país en recepción de trabajadores extranjeros.

Además, el Gobierno está estudiando aceptar a más trabajadores extranjeros mediante la creación de un nuevo visado de residencia, de lo que se encarga un comité ministerial establecido ad hoc. El primer ministro, Abe Shinzō, ha manifestado que “urge crear un mecanismo que permita dar entrada en Japón a extranjeros capacitados y preparados para incorporarse rápidamente a un puesto de trabajo”.

En las zonas rurales está empezando a aumentar el número de municipios que trabajan para facilitar la integración social de los extranjeros. Uno de los municipios de vanguardia en la atracción activa de extranjeros es la ciudad de Akitakata (prefectura de Hiroshima), que desde 2010 lleva a cabo un plan para promover la convivencia intercultural. Su alcalde, Hamada Kazuyoshi, se expresa en estos términos:

“A partir de ahora, la única posibilidad de supervivencia que nos queda a los municipios afectados por la despoblación es conseguir en todo el mundo extranjeros que nos apoyen. La excusa de que “no se me dan bien los extranjeros” ya no sirve. La convivencia intercultural es para nosotros una asignatura obligatoria”.

No cabe duda de que, por lo que se refiere a su relación con los extranjeros, Japón está entrando en una nueva fase.

Konbini gaikokujin

Autor: Serizawa Kensuke
Editorial: Shinchōsha
Páginas: 223
Precio: 760+impuestos.
ISBN 9784106107672
Fecha de publicación: 20 de mayo de 2018

Fotografía del encabezado: aprendices extranjeros manejan alimentos (caballa) en una planta procesadora de productos marinos de la prefectura de Iwate. (Fotografía: Yomiuri Shimbun/Aflo)

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  • [02.10.2018]

Nacido en 1973 en la prefectura de Okinawa, creció en Tsukuba (Ibaraki). Graduado por la Facultad de Economía de la Universidad Estatal de Yokohama. Ha trabajado como escritor independiente, como miembro de redacción y como autor de textos para radiotelevisión. Ha participado en la producción de programas para la emisora internacional de la cadena pública NHK y ha dedicado largos años al seguimiento de la vida de los extranjeros residentes en Japón. Entre sus obras destacan Konbini gaikokujin (“Extranjeros de konbini”), Chi to mizu no itteki: Okinawa ni chitta seinen gun’i (“Gotas de sangre y agua: Un joven médico militar que se dejó la vida en Okinawa”). Es también coautor de Shigo rikon (“Divorcios post mortem”) y otras obras.

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