Cuarto centenario de la misión de Hasekura
La primera misión diplomática japonesa a través del Pacífico

Hirayama Atsuko [Perfil]

[12.02.2013] Leer en otro idioma : 日本語 | FRANÇAIS |

En 1613, una embajada enviada por Date Masamune, señor feudal de Sendai, y encabezada por el samurái Hasekura Tsunenaga cruzó el Océano Pacífico y, tras una escala en México, visitó Europa, donde sus miembros fueron recibidos en audiencia por el rey de España y por el Papa. En 2013 se cumple el cuarto centenario de este importante hito en las relaciones hispano-japonesas. Este artículo analiza, a partir de los rastros históricos dejados por aquella embajada, los comienzos del intercambio transoceánico de aquella época y su desarrollo.

El año 2013 se cumple el cuarto centenario del comienzo del largo itinerario entre Japón y Europa, tras una escala en el actual México, de la embajada de Hasekura Tsunenaga, que cayó en el olvido poco tiempo después de su salida, debido a un cambio de rumbo en la política exterior del shogunato Tokugawa (periodo Edo), y apenas fue conocida durante más de 250 años, hasta que, en 1873, ya entrada la era Meiji, la delegación de reconocimiento del hemisferio occidental encabezada por Iwakura Tomomi fue informada en Roma de que quedaba registro de la llegada de aquellos japoneses.

Un periplo a través de dos tercios del globo

La embajada y sus acompañantes, algo más de 180 personas entre japoneses y españoles, se pusieron en camino a finales de octubre de 1613, cuando la nao San Juan Bautista se hizo a la mar en el puerto de Tsukinoura, en la actual ciudad de Ishinomaki (prefectura de Miyagi). El San Juan Bautista había sido construido por los españoles y los japoneses bajo dirección española y con el auspicio del señor feudal (daimio) de Sendai, Date Masamune. Unos dos meses después de zarpar, el navío arribó a Acapulco, en lo que hoy es el estado mexicano de Guerrero, desde donde la delegación se trasladó por tierra a la Ciudad de México, sede del gobierno virreinal de Nueva España.

Al frente del cuerpo principal de la embajada, formada por algo más de 20 hombres que pretendían llegar hasta Europa, marchaba el padre franciscano fray Luis Sotelo, un sevillano llegado a Japón en 1603, que fue quien llevó el peso de la planificación y realización de la misma. Como coembajador, a la cabeza de los japoneses, aparecía el samurái del citado feudo Hasekura Rokuemon Tsunenaga, cuyo nombre ha servido para identificar esta embajada.

Tras su visita a la Ciudad de México, los embajadores y sus séquitos se encaminaron hacia Veracruz, en el actual estado homónimo, desde donde se hicieron de nuevo a la mar en la flota anual para cruzar el Atlántico y llegar a Sanlúcar de Barrameda, antepuerto de Sevilla, en España. No obstante, el resto de los japoneses permanecieron en la Ciudad de México hasta 1615, año en que regresaron a Japón junto con una embajada española dirigida al shogunato Tokugawa en la nao San Juan Bautista. La embajada japonesa llegó al continente europeo en octubre de 1614, fue objeto de un gran agasajo en Sevilla, guiada hasta Madrid, capital imperial, y recibida en audiencia oficial por el rey de España, Felipe III, en enero de 1615. Posteriormente, se embarcó en Barcelona rumbo a Roma, donde en noviembre volvió a ser recibida en audiencia más de una vez por el papa Paulo V. En enero de 1616 el grupo volvió a España.

Tras su estancia en tierras europeas, la embajada y la tripulación iniciaron el largo viaje de regreso hacia Japón. Partieron de Sevilla en julio de 1617, llegaron a México y desde allí se dirigieron a Manila (Filipinas), que era territorio colonial español desde hacía ya cincuenta años. La causa de que no se dirigieran directamente a Japón fue que en este país la persecución de los cristianos por parte del shogunato Tokugawa se había hecho implacable y feroz, y regresar directamente habría significado poner en peligro las vidas de los enviados y de la tripulación del barco. En 1620 Hasekura y su séquito regresaron discretamente a su patria. El padre Sotelo, por su parte, se aventuró nuevamente a entrar en Japón en 1622, pero pronto fue apresado por difundir una religión prohibida y sufrió martirio en la hoguera en Ōmura (actual ciudad homónima, prefectura de Nagasaki) dos años más tarde.

Es difícil evaluar los frutos de esta embajada, pero fue un largo periplo que, durante un periodo cercano al decenio, llevó a Hasekura y los suyos a través de dos tercios del globo.

Enigmáticos objetivos del proyecto de embajada

El misterio más llamativo es que, en momentos en que llegaban a la corte las noticias de encarnizadas persecuciones de cristianos por parte del shogunato, la embajada pidiera al rey de España el envío de más misioneros para reforzar la Iglesia japonesa, que Hasekura y bastantes de sus acompañantes japoneses fueran convertidos a la fe católica, y que se portasen cartas para el Papa de los representantes de las comunidades cristianas de Kioto y Sakai (próspera ciudad portuaria vecina de Osaka). Uno de los factores que contribuyen a ahondar este misterio es que se trató de un arriesgado plan, una ingeniosa estratagema, podríamos decir, urdida por fray Luis Sotelo, personaje de quien se decía que había desperdiciado en el sacerdocio sus grandes dotes de estratega. Aunque tampoco hay que perder de vista la parcialidad, como fuentes de información, de las personas que dejaron registro escrito de la embajada.

Hasekura dejó también un diario, pero la pista histórica del mismo se pierde en la segunda década del siglo XIX. Entre los documentos históricos europeos tenemos la Historia del Regno di Voxu del Giapone, dell´Antichita, nobilta, e valore del suo Re Idate Masamune, obra de Scipione Amati, quien sirvió de intérprete a la embajada durante su viaje de Madrid a Roma y su estancia en la ciudad eterna. Pero la primera mitad de esta obra tiene su fuente de información en Sotelo. Existen también las Relaciones escritas originalmente en náhuatl por un franciscano, Chimalpahin Quauhtlehuanitzin, descendiente de la familia real azteca, quien dejó constancia de la llegada de la embajada. Pero, aunque objetivo, el relato de Chimalpahin es fragmentario. Finalmente, disponemos de las relaciones enviadas por un jesuita que estuvo destinado en la región nororiental de Japón al Padre General en Roma, pero es difícil dar crédito a todo lo que en ellos se dice, ya que están mediatizados por los antagonismos entre las congregaciones religiosas de la época.

Basándose, además, en la correspondencia mantenida entre el virrey de Nueva España y la metrópoli, así como en la que sostuvo la Corona con el Consejo de Indias, órgano que deliberaba y decidía sobre todo lo concerniente a las colonias españolas, los investigadores describen cómo, pese a las sospechas que alberga sobre la credibilidad de la embajada la Corona, consciente de que la evangelización era para España una razón de estado, pese a atravesar un momento de grandes dificultades financieras, dio la bienvenida a los enviados costeando con esfuerzo las expensas.

La embajada japonesa y Europa, cuatro siglos atrás

Con la perspectiva que nos proporcionan los 400 años que han transcurrido desde entonces, me gustaría señalar dos aspectos de este hecho histórico que considero destacables desde el punto de vista japonés.

Entre los japoneses que participaron en la expedición, algunos se quedaron en México y otros en España. Resulta de gran interés saber cómo se comportaron aquellos japoneses inmersos en una cultura tan diferente. Juan Gil, miembro de la Real Academia de la Historia y profesor de la Universidad de Sevilla, basándose en documentos históricos, ha recogido información sobre el destino de algunos japoneses que se quedaron en España o en el Nuevo Mundo, y concluye que no debemos verlos como personas descorazonadas en un mundo ajeno al suyo, sino como personas que viven su propio destino consciente y positivamente. Además, europeos que vieron con sus propios ojos al embajador japonés y los suyos han dejado testimonio del excelente comportamiento y la serenidad que mostraron los japoneses. A partir de estos testimonios, podemos colegir que el Japón a principios del periodo Edo había experimentado una gran transformación con respecto al Japón que conoció San Francisco Xavier entre 1549 y 1552, y estaba en una época en que se disfrutaba de una gran riqueza tanto en términos económicos como sociales y culturales, y en la que no eran excepcionales personas que, en un sentido amplio, habían gozado del mundo moral y materialmente desarrollado. Por otra parte, podemos aventurar que, en la primera mitad del siglo XVII, mucho antes de que Europa comenzase a sobrepasar social y económicamente a Asia, el salto entre ambos mundos era mucho menor de lo que pensamos, y de características muy diferentes a las que se ha llegado a imaginar en épocas posteriores, dominadas ya por el eurocentrismo.

La nueva perspectiva global propiciada por el desarrollo de las técnicas de navegación

Debemos fijarnos, en segundo lugar, en el hecho de que, aunque las ansias y ambiciones que animaban al padre Sotelo, a Date Masamune o al shogunato Tokugawa eran de muy diverso signo, por lo que respecta al envío de japoneses a México y España, hubo una total coincidencia de intereses. Es un sueño y una ambición solo concebible una vez que, alcanzadas las técnicas que permiten cruzar ese océano, se es consciente de que se ha conseguido un medio que permite un constante movimiento de personas en esa ruta marítima. Los censos de población efectuados un poco antes de la época de esta embajada en lugares como México o Lima dan constancia de la presencia de japoneses que probablemente cruzaron el océano a bordo de los llamados galeones de Manila, que cada año hacían el trayecto Manila-Acapulco. Así como, desde el lado asiático, chinos, japoneses, filipinos, indios o personas procedentes del Sudeste de Asia cruzaban el Pacífico gracias al establecimiento de esta ruta marítima, también se sabe que lo hicieron, en sentido opuesto, algunos naturales del continente americano hacia Manila desde su tierra.

En los registros españoles todas estas personas aparecen bajo la denominación de “indios”, pero si atendemos a los lugares de procedencia que a veces se consignan, nos sorprenderá la gran variedad de sus orígenes. Desconocemos hasta qué punto estas personas se embarcaban y dejaban su lugar de nacimiento por iniciativa propia, pero los documentos indican que viajar a ultramar no era una experiencia tan extraordinaria. La familiaridad con que entendían el transporte de larga distancia de carácter regular y la confianza que tenían en las rutas marítimas que se apartaban algo de la principal es, precisamente, lo que explica que personas como Sotelo o Date Masamune pudieran tener perspectivas de establecer relaciones internacionales continuas. En una época como la nuestra, donde tan patente es el fenómeno de la globalización, podemos calificar estos acontecimientos que hemos referido de hechos históricos de gran significación, pues muestran el grado de avance del fenómeno en aquella época.

(Escrito el 24 de diciembre de 2011 y traducido al español del original en japonés)

Fotografía de fondo del título: Estatua de Hasekura Tsunenaga (Parque de Tsukinoura, en la ciudad de Ishinomaki, prefectura de Miyagi).

  • [12.02.2013]

Profesora de la Facultad de Economía de la Universidad de Tezukayama. Doctora (Literatura, Universidad de Osaka) y máster en Religión (Escuela de Teología de la Universidad de Yale). Entre sus obras destaca Supein teikoku to Chūka teikoku (El imperio español y el imperio chino, Editorial Hōsei Daigaku, 2012) y, entre sus traducciones al japonés, Idarugo to samurai (Juan Gil Hidalgos y samuráis, Editorial Hōsei Daigaku, 2000).

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