Enfoques Regreso a Hiroshima y Nagasaki
La amenaza nuclear y el papel de Hiroshima en la actualidad

Tashiro Akira [Perfil]

[19.12.2013] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | Русский |

Han pasado 70 años desde que Estados Unidos lanzó sendas bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, dos hechos históricos que marcaron el comienzo de la era nuclear. Desde 1947, cada 6 de agosto se vuelve a celebrar en el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima una ceremonia conmemorativa de lo ocurrido. Desde hace años acuden a esta ceremonia personas de la propia ciudad y del resto de Japón, así como del extranjero, para honrar la memoria de las víctimas y hacer un llamamiento para abolir las armas nucleares.

Un mayor uso de las armas nucleares tras la Guerra Fría

La media de edad de los supervivientes de la bomba atómica de Hiroshima supera los 78 años. A medida que envejecen, son cada vez menos los que participan en la ceremonia conmemorativa que se celebra todos los seis de agosto; sin embargo, el número de jóvenes y extranjeros que acuden al acto se hace notar más cada aniversario. Así, en 2013 se pudo contar con la presencia del director estadounidense Oliver Stone, ganador de varios Óscar, que visitó la ciudad japonesa por primera vez en esa ocasión. Además, asistieron representantes de los gobiernos de 70 países (Estados Unidos, Rusia, Reino Unido y Francia, entre otros), de la Unión Europea y de Naciones Unidas. Todos ellos fueron testigos ese día de la petición de Hiroshima para una pronta abolición de las armas nucleares.

Son varias las razones que explican por qué se ha despertado un interés internacional por Hiroshima y Nagasaki cuando se cumplen 70 años del lanzamiento de sendas bombas atómicas en estas dos ciudades japonesas. En primer lugar, la humanidad continúa viviendo bajo la amenaza de una guerra nuclear capaz de acabar con la raza humana incluso después de la Guerra Fría: existen unas 17.000 armas nucleares, principalmente en posesión de Rusia y Estados Unidos. Tampoco debemos olvidarnos del miedo reinante en torno al desarrollo de este tipo de tecnología por parte de países como la India, Pakistán e Israel, que todavía no se han adherido al Tratado de No Proliferación Nuclear, y de que tal preocupación se extienda a Irán y a Corea del Norte; este último decidió abandonarlo.

Por otro lado, el mayor uso de la energía nuclear con fines pacíficos se ha traducido en una mayor difusión de la tecnología y las sustancias nucleares en todo el mundo. En consecuencia, estas han comenzado a utilizarse también con fines militares, y es imposible negar el riesgo de que ciertos grupos armados cometan actos de terrorismo nuclear. De hecho, podríamos decir que hay más posibilidades de que se usen armas atómicas ahora que durante la Guerra Fría. Estaríamos ante una guerra nuclear selectiva, intencionada o accidental.

La Declaración de Hiroshima y Nagasaki de mayo de 2009

Trabajos de construcción del Cenotafio en el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima en mayo de 1952. En las cercanías se observan barracas que servían de viviendas. A lo lejos se aprecia la Cúpula de la Bomba Atómica

En mayo de 2009, 17 personas premiadas con el Nobel de la Paz, entre ellos la difunta activista keniata Wangari Maathai y el expresidente de Corea del Sur Kim Dae-Jung, publicaron conjuntamente un documento titulado Declaración de Hiroshima y Nagasaki de los Galardonados con el Premio Nobel de la Paz en la edición en papel del periódico Chūgoku, cuya sede central se encuentra en Hiroshima, y en la página web en inglés y japonés de la empresa que gestiona este rotativo especializada en asuntos relacionados con las bombas atómicas, la paz y la cuestión nuclear, Centro de Medios de Comunicación de Hiroshima por la Paz. El escrito estaba dirigido a los líderes políticos del mundo y a la ciudadanía en general, y podría considerarse como una muestra de ese sentimiento de crisis del que venimos hablando.

En el documento, los declarantes denuncian que “Debemos detener la proliferación nuclear y tomar la senda hacia la abolición de las armas atómicas, o, de lo contrario, esperar a que se vuelva a producir una desgracia como la de Hiroshima y Nagasaki”. Además, citan unas palabras pronunciadas por el físico alemán Albert Einstein en 1946: “La energía atómica desencadenada lo ha cambiado todo menos nuestro modo de pensar; así nos vemos arrastrados, impotentes, hacia una nueva catástrofe. Si la humanidad quiere sobrevivir, es necesario encontrar una manera de pensar nueva”. Por último, realizan un llamamiento a la ciudadanía, alegando que “Es posible abolir las armas nucleares. […] Debemos materializar esta idea conjuntamente”.

Muchos periódicos locales y regionales de Japón han publicado la Declaración de Hiroshima y Nagasaki; incluso el diario digital The Huffington Post, de gran influencia en Estados Unidos, abordó el tema. El documento ha tenido una gran repercusión en todo el mundo.

El final de la civilización

Supervivientes de la bomba atómica (dcha.) hablan con periodistas de cuatro países europeos. Los medios de comunicación extranjeros se hacen cada vez más eco de lo ocurrido aquel fatídico día y de la lucha de los supervivientes para la abolición de las armas nucleares. (Imagen tomada en noviembre de 2012)

Las bombas atómicas que Estados Unidos lanzó en Hiroshima y Nagasaki a finales de la Segunda Guerra Mundial fueron responsables de una catástrofe sin precedentes en la historia de la humanidad. Ambas ciudades sufrieron los efectos de los rayos caloríficos y de la onda expansiva generados por sendas explosiones, y de la radiación característica de este tipo de armamento; un hongo nuclear envolvió cada localidad. Bajo él, no importaron nada factores como la nacionalidad, la raza o la religión: mujeres, ancianos, niños, soldados japoneses, prisioneros de guerra estadounidenses, británicos y holandeses, y trabajadores coreanos, entre otros, fueron las víctimas de dos masacres indiscriminadas de grandes proporciones.

En aquel entonces, la población de Hiroshima era de unas 327.000 personas, cifra que ascendía hasta las 350.000 aproximadamente si se tiene en cuenta el personal militar. A finales de 1945, el número de víctimas de la bomba atómica en la ciudad oscilaba entre las 130.000 y las 150.000; en Nagasaki perecieron alrededor de 74.000 de sus 240.000 habitantes estimados.

Los afectados por la bomba atómica sufrieron en sus propias carnes el poder de destrucción de una de estas armas nucleares y sintieron, en medio de las ruinas de Hiroshima, que se acercaba el final de la civilización. Este sentimiento se vio muy reflejado en la Declaración de Hiroshima que Hamai Shinzō (1905-1968), alcalde de la localidad, leyó durante la primera ceremonia para conmemorar el aniversario del lanzamiento de la bomba atómica, celebrada en 1947. Ese mismo año, comenzaron las labores de reconstrucción, y en las cercanías del lugar que ocupa actualmente el Cenotafio quedaban todavía barracas. Desde entonces, el máximo dirigente de la ciudad pronuncia su propia Declaración de Hiroshima en el acto que se celebra el 6 de agosto.

“Esta horrible arma ha desencadenado una ‘revolución de pensamiento’ que nos ha servido para darnos cuenta de la necesidad y la veracidad de la paz eterna. En otras palabras, tras el lanzamiento de la bomba atómica, la gente de todo el mundo se ha dado cuenta de que una guerra mundial con armas nucleares supondría el final de la civilización y la aniquilación del ser humano. Precisamente por ello debemos sentar las bases para alcanzar una paz absoluta y crear una nueva forma de vida y un nuevo mundo”, sentenciaba Hamai.

El difícil camino hacia la reconstrucción

Tras la trágica experiencia de la guerra y el lanzamiento de la bomba atómica, la ciudad de Hiroshima pasó de ser un bastión de la cúpula militar de Japón a una localidad entregada a la paz. En 1949, la Dieta, el Parlamento del país, aprobó la Ley para la Construcción de Hiroshima como Ciudad Conmemorativa de la Paz. Esta legislación se promulgó el 6 de agosto de ese mismo año, después de recibir un apoyo abrumador en el plebiscito celebrado en la propia ciudad. Gracias a la Ley, arreglaron el actual Parque Memorial de la Paz de Hiroshima y construyeron el Cenotafio y el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, entre otros. Poco después, comenzó la andadura para que Hiroshima se convirtiera en una ciudad cultural internacional por la paz. Sin embargo, incluso en la década de los setenta, todavía quedaban barracas en la orilla del río opuesta a la Cúpula de la Bomba Atómica. El camino hacia la reconstrucción no fue nada fácil.

Muchos supervivientes de la bomba atómica han calificado la experiencia como “Un infierno en la Tierra”. No encuentran otras palabras para describir semejante horror. Las lesiones físicas y mentales que sufrieron entonces son un peso con el que tienen que cargar incluso a día de hoy; es algo que la medicina no puede curar. Además, viven con la preocupación de que la radiación a la que estuvieron expuestos derive en alguna enfermedad en cualquier momento, una intranquilidad relativa también a la salud de sus hijos. Por otro lado, están la discriminación y los prejuicios a los que tienen que enfrentarse a la hora de encontrar trabajo o casarse, y los sufrimientos derivados de las enfermedades que ya padecen y de la propia vida diaria. Un gran número de ellos ha conseguido, con el paso del tiempo, superar el dolor y la aversión hacia el país que lanzó la bomba, y se ha decantado por un fuerte sentimiento de “no desear que nadie más en el mundo tenga que pasar por lo mismo que nosotros”.

La terrible experiencia de Hiroshima y Nagasaki inculcó entre los japoneses una ‘alergia’ a lo atómico. Ese sentimiento en contra de las armas nucleares se hizo aún más fuerte a raíz de lo ocurrido el 1 de marzo de 1954 en el atolón Bikini: los tripulantes del atunero nipón Daigo Fukuryū Maru quedaron expuestos a la radiación derivada de las pruebas atómicas realizadas por Estados Unidos en el Pacífico mientras faenaban en estas aguas. Los propios pescadores denominaron “ceniza de la muerte” al polvo blanco que cayó sobre la embarcación ese día.

Por otro lado, en esta misma época se empezó a hacer publicidad de las centrales nucleares como una forma de utilizar la energía atómica con fines pacíficos. A pesar de lo ocurrido en el atolón Bikini, la idea de introducir esta fuente energética apenas despertó ‘reacción alérgica’ alguna en Japón. Muchos expertos en campos como la física, incluso los medios de comunicación, dieron su beneplácito a esta “energía de ensueño” que ayudaría a conseguir la paz y la prosperidad para el futuro de la humanidad. Los supervivientes de la bomba atómica, que habían padecido en sus propias carnes los efectos de la radiación sobre el organismo, no fueron una excepción. La reacción más extendida ante las campañas de publicidad de Estados Unidos y otras naciones que hablaban de la energía nuclear como “barata, limpia y segura” fue condenar su uso con fines militares y aceptarlo siempre y cuando fuera ético y se limitara a fines pacíficos.

La rabia y el despecho de los agricultores y pescadores de Fukushima

Harada Sadanori y su esposa dan pienso a las vacas lecheras en su establo en Iitate, en la prefectura de Fukushima, en abril de 2011, un mes después del accidente ocurrido en Fukushima Uno. Aunque su pueblo se encuentra a unos 40 kilómetros de la central, fueron obligados a abandonar la localidad por la contaminación radiactiva. Tuvieron que dejar atrás las reses a cuyo cuidado se habían dedicado en cuerpo y alma, y se vieron despojados de la vida que habían llevado hasta entonces.

El 11 de marzo de 2011 la central nuclear Fukushima Uno, gestionada por la Compañía de Electricidad de Tokio, sufrió un grave accidente que desencadenó la fusión del núcleo de varios de sus reactores. Hasta entonces, a excepción de un grupo reducido de personas, los supervivientes de la bomba atómica no abordaban el tema de las centrales nucleares cuando exponían sus testimonios sobre Hiroshima y Nagasaki. La central nuclear de Chernóbil, en la actual Ucrania, ya había liberado grandes cantidades de radiación en el accidente de 1986; sin embargo, la lejanía de la entonces Unión Soviética no había permitido percibir el peligro que esto suponía. Lo de Fukushima fue diferente. Muchos de los supervivientes que conozco que se dedican a contar su experiencia consideran que las armas atómicas y las centrales nucleares son cosas diferentes, pero lamentan no haber alzado su voz en contra de estas últimas.

Cuando ocurre un accidente nuclear, algo que escapa al control del hombre, se producen grandes daños irreparables que afectan al medio ambiente y a todos los seres vivos en general. Incluso aunque no se den problemas de este tipo, no existe suficiente espacio para almacenar de forma segura durante miles de años los desechos nucleares como la creciente cantidad de combustible nuclear usado y las aguas residuales, que presentan altos niveles de radiación. Además, los trabajadores de las instalaciones atómicas viven continuamente con el riesgo de la exposición a la radiactividad.

Me desplacé a zonas de Fukushima afectadas por el desastre de 2011 para recabar los testimonios de agricultores y pescadores a los que la tragedia les ha despojado de la vida que llevaban. Aún no puedo quitarme de la cabeza lo que me contaron: “Poco después de que terminara la Segunda Guerra Mundial, en Japón se decía que ‘Aunque el país quede destruido, sus ríos y montañas permanecen’. Ahora podríamos cambiar el dicho por ‘Aunque el país prospere, ha perdido sus montañas y ríos’. No queremos indemnizaciones. La vida de un pescador gira en torno a salir al mar y pescar; sin eso no hay ni esperanza ni sueños”.

Uno se pregunta con perspicacia qué hemos aprendido de nuestra historia los japoneses, que hemos sufrido las consecuencias de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, y de las pruebas nucleares del atolón Bikini, al pensar en la rabia y el despecho que acumulan los agricultores de Fukushima, obligados a abandonar su tierra por la contaminación radiactiva, y los pescadores de la zona, que llevan dos años y medio sin poder faenar por el accidente.

Víctimas de la radiación en todo el mundo

Un antiguo trabajador de las instalaciones nucleares de Savannah River Site, en la localidad estadounidense de Aiken, en Carolina del Sur, da su testimonio en una audiencia pública con representantes del Departamento de Energía de su país. Mientras respira ayudado de una bombona de oxígeno, denuncia que “Al principio no sabía por qué se me caía el pelo, tras haber estado expuesto a la radiación. Además, el médico no me hizo ninguna prueba”. (Imagen tomada en 2001 en Aiken, Carolina del Sur)

Todos los procesos del ciclo del combustible nuclear, desde la explotación de uranio hasta el tratamiento de los desechos radiactivos, producen radiación y afectan a las personas, independientemente de que se realicen con fines pacíficos o militares. En el periódico Chūgoku, que había perdido a un tercio de su plantilla (114 personas) por la bomba atómica de Hiroshima, comenzamos a prestarle atención a esta realidad tres años después del accidente de Chernóbil. En 1989, publicamos durante más de un año un artículo titulado Víctimas de la radiación en todo el mundo, basado en los testimonios recopilados en 15 países y 21 territorios, Estados Unidos y la antigua Unión Soviética, entre ellos. En el mismo, hablamos sobre los peligros que conlleva la dependencia atómica de la sociedad actual y pedimos que se dejen de construir instalaciones nucleares.

“Descansen en paz, pues no permitiremos que vuelva a repetirse el mismo error”

El epitafio grabado en el Cenotafio del Parque Memorial de la Paz de Hiroshima transmite ese deseo de que no se vuelva a repetir lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki, y de que no haya más guerras ni más víctimas de la radiación.

Durante nuestra labor periodística en zonas afectadas por la radiación hemos aprendido a considerar las armas nucleares no por su poder, sino por su condición de instrumento inhumano capaz de provocar desgracias no solo a las personas. Desde esta perspectiva nos hemos ido acercando individualmente a los supervivientes y hemos plasmado la realidad de lo ocurrido en Hiroshima a través de diversos artículos y fotografías. Es el mismo punto de vista en que nos hemos basado a la hora de tratar la realidad de las personas afectadas por la radiación en todo el mundo, ya sea a causa del desarrollo de armamento atómico, o de accidentes de centrales nucleares o de otro tipo.

Evitar que las generaciones futuras tengan que cargar con la ‘herencia negativa’ de la era nuclear

En esta localidad del estado de Gomel, en Bielorrusia, la contaminación radiactiva fue tan grave que un año después del accidente nuclear de Chernóbil decidieron sepultar las viviendas con bulldozers. Las señales que se ven en la fotografía son la única prueba que demuestra la existencia de este pueblo de 67 casas y 185 habitantes. (Imagen tomada en 2001)

Es cierto que son cada vez más las personas en todo el mundo que consideran las armas nucleares no por su poder, sino por su capacidad para generar desgracias, y que las ven como algo completamente negativo. Podría decirse que esto se debe a la denuncia que durante tantos años han realizado los supervivientes de la bomba atómica y otras muchas personas de la sociedad civil en general. También son más las voces que exigen el abandono de una energía peligrosa como la nuclear en favor de fuentes energéticas sostenibles y renovables. Quizás de ahora en adelante no se permita que la Tierra y las generaciones futuras se vean obligadas a cargar con la ‘herencia negativa’ generada durante la era nuclear.

Puede decirse que existe un camino realista hacia el futuro para superar las dificultades a las que se enfrenta la humanidad sin apoyarse en una capacidad militar y armamentística excesivas en la resolución de los conflictos, empezando por la ‘herencia negativa’ de la era nuclear. Este camino se encuentra en una forma de vivir en la que se reconozcan diversos valores y se conceda importancia a la simbiosis humana, a la armonía con la naturaleza y, sobre todo, a cada vida. La Constitución japonesa encarna esta ideología pacifista, que es a su vez un reflejo del espíritu de Hiroshima y Nagasaki que los supervivientes de la bomba atómica han venido protegiendo tras su terrible experiencia. Los que trabajamos en los medios de comunicación, principalmente en Hiroshima, hemos heredado esa mentalidad y queremos hacer todo lo que esté en nuestra mano para alcanzar la paz y hacer realidad un mundo sin armas nucleares.

(Fotografía principal cortesía del periódico Chūgoku. Artículo traducido al español del original japonés)

  • [19.12.2013]

Director y redactor especial del Centro de Medios de Comunicación de Hiroshima por la Paz del periódico Chūgoku. Nace en 1947 en la isla de Awaji, en la prefectura de Hyōgo. Entra en el periódico Chūgoku en 1972. Quince años más tarde, completa estudios de máster en la Escuela Fletcher de Derecho y Diplomacia de la Universidad Tufts, en Estados Unidos. Tras regresar al mundo de los medios de comunicación, realiza labores de redactor y desempeña, entre otros, el cargo de director para Asuntos de la Bomba Atómica, Paz y Diplomacia antes de acceder a su puesto actual. Entre sus obras principales destacan Hiroshima kisha ga aruku sensō kakusa shakai America y Genchi rupo kaku chō taikoku wo aruku; Iwanami Shoten, 2007 y 2003, respectivamente, y Shirarezaru hibakusha rekka uran dan no jittai; Daigaku Kyōiku, 2003. Su labor periodística ha sido reconocida con premios como el Ishibashi Tanzan Waseda y el Galardón de la Asociación Japonesa de Periodistas.

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