Enfoques GO Journal entrevista a atletas con discapacidad
Tsuji Sae, una nueva estrella del atletismo
[22.11.2017] Leer en otro idioma : 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية | Русский |

Tsuji Sae logró el sexto puesto en el Campeonato Mundial de Atletismo solo seis meses después de iniciarse en el atletismo, y al año siguiente se hizo con el bronce en los 400 metros en los Juegos Paralímpicos de Río. Nació sin el antebrazo derecho por una carencia congénita de extremidad. Esta joven, que creció centrada en superar “aquello que no podía hacer”, se convirtió en una atleta en busca de “aquello que solo ella podía hacer”.

Tsuji Sae

Tsuji SaeNacida en Hokkaidō en 1994, Tsuji Sae es una velocista con una carencia congénita de extremidad en el brazo derecho. Compite en la clasificación paralímpica T47. Empezó a practicar balonmano en la escuela primaria. En bachillerato llegó a cuartos de final en el Campeonato Nacional Interescolar. Compitió en el Festival Deportivo Nacional de Japón. Cambió el balonmano por el atletismo paralímpico cuando estudiaba en la Universidad Nippon de Ciencias del Deporte. Quedó en sexto lugar en el Campeonato Mundial de Atletismo de 2015 y obtuvo el bronce en los 400 metros en los Juegos Paralímpicos de Río 2016. Actualmente cursa estudios de posgrado en la Universidad Nippon de Ciencias del Deporte. (Fotografía: Aflo)

¿Cuándo fuiste consciente de que tenías una discapacidad en el brazo?

A los tres años, cuando vi que mi hermano menor había nacido con los dos brazos enteros. Hasta entonces, solía preguntarle a mi madre si me iba a crecer el brazo, y ella respondía con un ambiguo “puede que sí o puede que no”. Por eso tenía la esperanza de que el brazo me crecería al desarrollarme. Pero, al ver a mi hermano recién nacido, lo entendí: “¡La gente nace con los dos brazos y las dos piernas!”.

¿Recuerdas claramente ese momento?

Con total claridad. Recuerdo que pensé “¡No crecen después!”. Descubrir que mi madre me había mentido fue un golpe muy duro, porque hasta entonces me aferraba a sus palabras.

¿Te sentías acomplejada por tu brazo?

En absoluto. Ya desde pequeña corría muy rápido y ganaba siempre en las carreras: en primaria, en secundaria y en bachillerato. Hasta en las carreras de relevos me ponían de última corredora, así que no tenía motivo para amargarme porque me faltase el brazo (risas). Como además era bastante hábil, todo se me daba bien. A menudo me sorprendía que los demás no pudieran hacer lo mismo que yo.

Empezaste a jugar al balonmano en quinto de primaria, ¿verdad?

Cuando estaba en cuarto me mudé a Hakodate, y mi tutor del colegio resultó ser el asesor del club de balonmano, el Kayage Handball Club. Todos mis compañeros jugaban al balonmano. Yo no sabía muy bien en qué consistía, pero parecía divertido y, como no tenía otra cosa que hacer después de las clases, me apunté al club para jugar con todos.

¿Cómo te acogieron en el equipo tus compañeros?

Cuando entré en el club el profesor Takada, que era el responsable, dijo delante de todos: “A Sae le falta el brazo derecho. Pero un antiguo alumno de este instituto a quien también le falta ahora juega al balonmano en la universidad. Así que Sae también puede jugar”. La base del balonmano, con o sin discapacidad, es pasar la pelota cerca de la cara del compañero. Y el profesor Takada nos dio un consejo que todos seguimos al pie de la letra: “Lo que podemos hacer es lanzar la pelota allí donde al otro le resulte más fácil agarrarla”.

¿Ansiabas que te considerasen igual que a una persona sin discapacidad?

Seguramente sí. Me crie como el resto de los niños. Por eso, más que querer que me “considerasen” igual, lo que deseaba era que me dejasen hacer lo mismo que a los demás. Yo era consciente de mi discapacidad. Y los adultos solían tratarme con un cuidado especial y me decían cosas del estilo de “¿Tú por qué no lo intentas de esta otra forma, Sae?”.

Estudiaste el bachillerato en la Escuela Secundaria Superior Mitsukaidō Daini de la prefectura de Ibaraki, que al parecer es una de las mejores del país en balonmano.

Sí. Como es una escuela pública prefectural, no ingresé por méritos deportivos sino mediante el examen de admisión corriente. Me metí en el equipo de balonmano con ganas de comprobar hasta dónde podría llegar, pero en bachillerato el nivel era altísimo. Encima, al ser una escuela tradicional, los de primero teníamos que lavar el uniforme de los compañeros de otros cursos, y había que hacer muchas cosas además de jugar al balonmano. Pero como en el equipo escaseaban los zurdos, me dejaron apuntarme y jugar en los partidos desde el primer año. El curso antes de que entrara yo, habían ganado en todas las grandes competiciones: el Campeonato Interescolar, los campeonatos de primavera y verano, e incluso en Festival Deportivo Nacional. Aun así, sentí que podía aportar algo desde el principio. Evidentemente me faltaba mejorar en muchísimos aspectos, pero vi que ya tenía cualidades para desenvolverme.

En la Universidad Nippon de Ciencias del Deporte empezaste jugando al balonmano, pero luego cambiaste al atletismo. ¿Cómo fue el proceso hasta convertirte en atleta paralímpica?

Me introduje en el atletismo entre el segundo y el tercer curso. En el campamento de verano de segundo, en agosto, el entrenador me preguntó qué quería hacer cuando terminase los cuatro años de balonmano en la universidad. Yo le respondí “Quiero ser profesora. Hace mucho que lo tengo decidido”. Y entonces me soltó “¿Quieres ir a por una medalla en otro deporte? ¿Por qué no lo intentas cuando termines estos cuatro años de balonmano?”. Comprendí al instante que se refería a los Paralímpicos. Me quedé de piedra.

¿Por qué te sorprendió tanto?

Porque era titular del equipo de balonmano y hasta entonces había vivido como una persona sin discapacidad en casi todo. No entendía por qué debía colgarme la etiqueta de “persona con discapacidad” a esas alturas. Por aquel entonces tenía la idea de que “deporte paralímpico” era sinónimo de personas con discapacidad, personas distintas del resto, personas con grandes dificultades. No me sentía identificada con eso. Para mí no había nada que yo no pudiera hacer; me veía capaz de más cosas que la mayoría de la gente.

Es decir que no te incluías en la categoría de “persona con discapacidad” a pesar de que te faltase el brazo derecho.

Exacto. Aunque tuviera una discapacidad, no me sentía como una “persona con discapacidad”. Por eso me pareció que el entrenador me estaba diciendo “Eres una persona con discapacidad”. Vete al deporte para personas con discapacidad”. Me quedé desconsolada de comprobar que, por más que me esforzara, incluso el entrenador seguía viéndome de ese modo.

¿Cómo pasaste de sentirte así a decidir lanzarte al atletismo?

Cuando estaba más confusa y hundida, decidí contactar con la señora Kobayashi, una profesora de la escuela secundaria. “Creo que (pasarte al atletismo) es algo que solo tú puedes hacer. ¿Por qué no aprovechas esa oportunidad que se te presenta ahora?”, me aconsejó. Luego contacté también con un profesor del bachillerato, que me dijo: “Dios no nos pone ninguna prueba que no podamos superar, y este reto solo tú eres capaz de superarlo”. Esos consejos de dos profesores que me conocían tan bien y en los que confiaba tanto me convencieron y me devolvieron un poco la objetividad.

Así que tus profesores te apoyaron en ese momento de tu vida.

Sí. Por otro lado, tenía clarísimo que mi sueño era ser profesora de educación física. Y llegué a la conclusión de que los niños se motivarían más con una profesora que hubiera practicado distintos deportes y que hubiera visto mundo. Ahí fue cuando me decidí a probar el atletismo.

Parece que tu discapacidad ha sido siempre un motor que te empuja a avanzar.

En los partidos de balonmano, por ejemplo, a veces había chicas que me miraban pensando “Le falta un brazo. Mejor evito chocarme con ella”. Cuando lo veía, pedía a mis compañeras de equipo que me pasaran todas las pelotas y me ponía a jugar fuerte. Las del equipo contrario se quedaban sorprendidas de ver cómo sumaba puntos y empezaban a marcarme. Y, cuando tenía a toda la defensa concentrada en mí, pasaba la pelota a las demás. No me gusta perder: esa es la clave de mi ambición. Me encanta lo que se siente al superar las expectativas de los demás, esa sensación de decir “¿Qué, cómo os habéis quedado?”.

El balonmano es un deporte de equipo, mientras que el atletismo es individual. ¿Qué fue lo más difícil de pasarte a esta disciplina?

Concentrarme en mí misma. En balonmano era capitana del equipo, así que siempre tenía que coordinarme con las compañeras y estar alerta de lo que pasaba a mi alrededor. Decidía mis jugadas observando las caras, las palabras y los movimientos de las demás. En atletismo, en cambio, hay que concentrarse solo en uno mismo. Pero yo, por más que esté a punto de empezar una carrera, si oigo que suena un móvil, digo “uy, están llamando”. A menudo siento que me falta concentración. Por carácter tiendo a estar demasiado pendiente de todo lo que me rodea. Últimamente, por fin, estoy aprendiendo a abstraerme más.

Regresaste de Río de Janeiro con una medalla de bronce.

Sí, pero no me quedé satisfecha con el resultado. Tan pronto como recibí la medalla y empecé a saborear la recompensa, vi como entregaban el oro a la corredora que estaba a mi lado. Me alegro de haber ganado el bronce, pero me dejó con la sensación de que no era suficiente.

En otros deportes hay marcas paralímpicas que superan las olímpicas, y se prevé que esto suceda en cada vez más disciplinas. ¿Qué futuro imaginas para los deportes paralímpicos?

Tengo una medalla de bronce, pero no quiero que los demás piensen que solo la conseguí porque competía en los Paralímpicos. Aunque es cierto que en atletismo la diferencia con las marcas olímpicas resulta evidente porque los resultados se miden en tiempo, ningún atleta paralímpico se marca límites. Ojalá que algún día la gente vea a los atletas paralímpicos simplemente como los deportistas increíbles que son. Siempre pienso que me gustaría contribuir a reducir la brecha entre el deporte olímpico y el paralímpico.

Fotografía: Ninagawa Mika
Entrevista y redacción: Zoshigaya Sen’ichi
Colaboración: Traducido a partir de un resumen de un artículo de GO Journal

  • [22.11.2017]
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