Enfoques Consejos para afrontar las dificultades de la vida
¿Por qué nos da miedo estar solos?

Izumiya Kanji [Perfil]

[09.04.2018] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | العربية | Русский |

Las personas evitan estar solas e intentan ocupar su tiempo libre distrayéndose para huir de la soledad. Pero ¿pasar tiempo sin compañía es algo de lo que debemos huir a toda costa? El psiquiatra Izumiya Kanji reflexiona sobre este tema a partir de su experiencia como terapeuta.

Herramientas para huir del tiempo sin ocupar

En la actualidad sufrimos menos carencias materiales y disfrutamos de una vida más cómoda que antaño. Lo que resulta curioso es que esa satisfacción en el plano material se ha traducido en un aumento proporcional del número de personas que sienten un vacío espiritual indeterminado. Obtener cosas que deseamos puede que nos distraiga momentáneamente, pero no elimina del todo ese vacío.

Hoy en día no dejan de desarrollarse herramientas hábilmente diseñadas para satisfacer las necesidades de esas personas que se sienten vacías y distraerlas de su vacuidad interior; son herramientas repletas de mecanismos que atrapan nuestra atención para evitar que nos veamos expuestos a un tiempo desocupado en el que podríamos sentir el vacío. La televisión era el máximo exponente de las herramientas de distracción hasta hace pocos años, pero últimamente se ha visto sustituida por los teléfonos inteligentes. Nos hemos acostumbrado a ver gente enganchada a la pantalla del teléfono en todos lados: en los trenes, en las calles… Hasta los hay que cruzan los semáforos sin separar la vista de la pantalla.

Pero ¿por qué será que intentamos tan desesperadamente matar ese tiempo precioso de nuestra vida distrayéndonos?

Soledad, solitud y aislamiento

Si evitamos desesperadamente tener tiempo sin ocupar, es para huir de la solitud y no sentirnos solos. El temor a estar solos nos obliga a mantenernos distraídos a toda costa para no estar sin hacer nada. Pero ¿es la solitud algo terrible que debemos evitar sea como sea?

La filósofa alemana Hannah Arendt (1906-1975) estableció tres conceptos distintos para referirse al hecho de hallarse solo: la solitud (solitude), la soledad (loneliness) y el aislamiento (isolation). La soledad es una situación en que el individuo sufre por el hecho de sentirse solo y no logra conectar consigo mismo. El aislamiento se produce cuando el individuo se enfrasca en una actividad y se desconecta no solo de los demás sino también de sí mismo. La solitud es, según Arendt, una situación harto deseable y totalmente carente de connotaciones negativas, que define como un estado en el que “una persona son dos”. A continuación explicaremos en qué consiste ese estado.

¿Una persona son dos?

Antes de entrar a reflexionar sobre esta cuestión, primero debemos comprender la composición del ser humano. Creé el siguiente diagrama porque considero que los que se adoptan habitualmente en psicología no sirven para explicar bien los diversos fenómenos que se producen en el ser humano. Voy a utilizarlo para apoyar mi explicación, ya que constituye una herramienta muy útil para la práctica terapéutica y resulta fácil de entender para el público general.

La estructura del ser humano
Mente: lugar de la razón
Corazón: lugar de los sentimientos, los deseos y las sensaciones (sentidos)

Las personas poseemos una estructura híbrida. Por un lado, tenemos una base de corazón=cuerpo que compartimos con el resto de los animales y está compuesta por unos principios salvajes que proceden de la naturaleza. Por el otro, el proceso evolutivo añadió a esa base una mente encargada de procesar información que no responde a los principios naturales.

La mente lleva incorporada una herramienta llamada lenguaje y procesa información como un ordenador, haciendo simulaciones y comparaciones con la realidad. Sus funciones permiten analizar, prever, evaluar y planear para procesar el pasado y el futuro, pero no sirven para captar el presente. Además, la mente tiende mucho a intentar controlar los acontecimientos sirviéndose de un lenguaje del estilo “debo” y “no debo”. Por eso, cuando algo va contra sus intereses, la mente puede cerrar unilateralmente la compuerta que la separa del corazón.

Como el corazón está fusionado con el cuerpo, no existe contradicción entre ambos. Reaccionan siempre de forma intuitiva e improvisada ante el aquí y el ahora, es decir, ante el presente. Y, aunque el corazón también utiliza un lenguaje del tipo “quiero” y “no quiero” para expresar sus deseos, tiene la particularidad de no obedecer siempre a la lógica y al razonamiento como lo hace la mente.

A partir de la explicación que acabamos de ver, podemos entender la afirmación “una persona son dos” de Arendt de la siguiente forma. Dentro de cada persona hay dos “personas”: una es la mente, que es la parte formada por principios ajenos a la naturaleza, y la otra es el “corazón=cuerpo”, que es la parte formada por principios naturales. Por eso, en esencia, cada persona son dos.

Sin embargo, cuando la compuerta que conecta ambas “personas” se cierra, la comunicación se interrumpe y la mente solo se fija en su relación con el exterior. Y entonces se ve obligada a plantearse si está conectada con los demás y qué piensan estos de ella. Este es, precisamente, el estado al que nos referíamos cuando hablábamos de “estar desconectado de uno mismo” en la explicación sobre la soledad y el aislamiento.

La riqueza y la alegría de la solitud

A diferencia de lo que sucede con la soledad, la solitud, ese estado en que la compuerta interna de la persona está abierta y sus dos facetas o “personas” están conectadas, es un estado de alegría y riqueza interior. En la solitud, la persona se conmueve, tiene ideas nuevas y se sumerge en reflexiones profundas.

Como indicábamos en el gráfico de arriba, escuchar al “corazón= cuerpo” implica conectar con la naturaleza que se extiende más allá, donde yace también una abundante sabiduría que compartimos todos los seres humanos y que es como una vena de agua subterránea.

Observemos el gráfico de arriba. Si no excavamos lo suficiente, es posible que hallemos solo agua roja, verde o de cualquier otro color, es decir, que surjan diferencias de percepción. Sin embargo, si seguimos excavando hasta el fondo, podremos extraer una verdad y una belleza comunes a todos nosotros que va más allá del carácter propio o la individualidad de cada persona.

Aquello a lo que llamamos inspiración —un fogonazo de los sentidos— no es algo que nuestra mente extraiga calculando, sino una idea que surge de forma imprevista del “corazón=cuerpo”. Y es posible precisamente porque esa naturaleza que se extiende más allá del “corazón=cuerpo” conecta con la vena de agua subterránea. Todas las maravillas del arte y la literatura, así como los descubrimientos y las innovaciones tecnológicas derivadas del pensamiento profundo y la ciencia, son obras universales que nacen de esa vena de agua.

Así pues, la solitud nos permite alcanzar una vena de agua subterránea que nos brinda mucha más abundancia que conectar con los demás de forma superficial o acceder a información que ya conocíamos. Por eso no debe inspirarnos temor ni inquietud.

Sin tiempo desocupado, la persona no puede entrar en el estado de solitud y, sin solitud, no puede desplegarse su prolífico diálogo interno. Aunque, por temor al tiempo sin ocupar, uno intente desesperadamente conectar con los demás mediante las redes sociales u otros medios, mientras no conecte consigo mismo, solo logrará aislarse distrayéndose (por ejemplo, con el teléfono), pero no logrará sacudirse la sensación de vacío y soledad. Porque el vacío no proviene de la falta de conexión con los demás, sino de la falta de conexión con uno mismo.

Reunamos un poco de valor para reducir el tiempo que pasamos distrayéndonos y permitámonos tener tiempo sin ocupar. No temamos a la solitud e intentemos dialogar calmadamente con esa otra persona que habita en nuestro interior. Seguro que así empezaremos a vivir a nuestra manera y llegará el momento en que sentiremos la alegría suprema de conectar con la sabiduría de la gran vena de agua subterránea.

Ilustración del encabezado: Mica Okada
Gráficos del texto: Izumiya Kanji

  • [09.04.2018]

Psiquiatra y compositor. Graduado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Tōhoku. Ha trabajado en el Hospital Seiwa. En 1999 se traslada a Francia para estudiar en la École Normale de Musique de París. Tras trabajar un tiempo como asesor educativo en la Escuela Japonesa de París, regresa a Japón. En 2005 abre en Tokio la Clínica Izumiya, especializada en tratamiento psiquiátrico. Ha publicado varios libros, entre los cuales se encuentran ‘Futsū ga ii’ toiu yamai (El mal de querer ser normal) y Shigoto nanka ikigai ni suru na (No hagas del trabajo tu razón para vivir).

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