Un paseo fotográfico por Kamakura, antigua capital de Japón

El Gran Buda de Kamakura durante las cuatro estaciones

Turismo Cultura

El Gran Buda del templo Kōtoku lleva siglos protegiendo Kamakura (Kanagawa), antigua capital de Japón, pese a encontrarse a la intemperie y, por lo tanto, expuesto a la lluvia y el viento. Esta estatua se ve con distintos ojos en función de la estación, el tiempo y la franja horaria, por lo que uno no se cansará de visitarla.

El Gran Buda, superviviente de desastres e inclemencias del tiempo

La única efigie de Buda de toda Kamakura que ha sido declarada Tesoro Nacional es la imagen principal del templo Kōtoku, una estatua sedente de Amitabha Tathāgata hecha de bronce. Conocida popularmente como el Gran Buda de Kamakura, se ha convertido en todo un símbolo de la antigua capital y en una parada imprescindible para quienes se acercan a la ciudad. Con una altura de 13,35 metros y un peso de 121 toneladas, comparte el título de Tesoro Nacional con otro Gran Buda, el Rushana del templo Tōdai (Nara).

El Gran Buda de Kamakura con las hojas amarillas de los ginkgos de fondo, una vista típica de otoño.
El Gran Buda de Kamakura con las hojas amarillas de los ginkgos de fondo, una vista típica de otoño.

A diferencia del Gran Buda de Nara, que se custodia en un edificio denominado Daibutsuden, el de Kamakura permanece a la intemperie. En sus orígenes, a mediados del siglo XIII, tuvo su propio Daibutsuden, pero este se derrumbó debido a los fuertes vientos y a los terremotos en torno a los siglos XIV y XV; así pues, solo sobrevivió la estatua. Según cuentan, las enormes piedras situadas alrededor de la imagen, que los visitantes suelen usar a modo de banco, formaban parte de la base del salón extinto.

Las piedras de la base del extinto Daibutsuden tienen dos metros de diámetro.
Las piedras de la base del extinto Daibutsuden tienen dos metros de diámetro.

Aunque durante muchos años fue todo un misterio cómo se pudo levantar una estatua de bronce de semejantes dimensiones en unos tiempos en los que no existía la maquinaria pesada, los últimos estudios arqueológicos han revelado que se empleó la técnica de la fundición dividida: la dividieron en siete niveles, que fueron fundiendo en orden ascendente. Luego fueron cubriendo el bronce con tierra para que este se endureciera. De hecho, si se accede al interior por la parte trasera del pedestal, se pueden observar las juntas. Por otra parte, se cree que las ventanas que hay en la espalda las instalaron para poder sacar la tierra y las herramientas una vez que se hubiera terminado la obra.

Las ventanas que hay en la espalda sirven de claraboyas en la actualidad.
Las ventanas que hay en la espalda sirven de claraboyas en la actualidad.

Interior del Gran Buda. Las juntas se aprecian claramente.
Interior del Gran Buda. Las juntas se aprecian claramente.

Cuando la erigieron, la estatua estaba cubierta de pan de oro. Sin embargo, al estar expuesta al viento y la lluvia durante tantos años, este se fue desprendiendo, lo que hizo que el bronce quedara al descubierto. No obstante, si se presta atención a la zona de la mejilla derecha, se pueden ver unos escasos vestigios de pan de oro, recuerdo de tiempos pasados.

Vestigios de pan de oro.
Vestigios de pan de oro.

Una belleza distinta en cada estación

A pesar de lo lamentable que resulta que haya perdido su majestuoso aspecto dorado, que se encuentre a la intemperie tiene su propio atractivo: el Gran Buda compite con los distintos árboles y flores que alberga el templo. En primavera, los cerezos; en verano, los árboles de Júpiter; en otoño, las hojas amarillas de los ginkgos y el follaje enrojecido de los arces. Todos ellos engalanan el Gran Buda, como si de ofrendas florales se tratara, en la estación correspondiente.

Cerezos de primavera.
Cerezos de primavera.

Verdor fresco de comienzos de verano.
Verdor fresco de comienzos de verano.

Árbol de Júpiter en pleno verano.
Árbol de Júpiter en pleno verano.

Arce con los colores propios de finales de otoño.
Arce con los colores propios de finales de otoño.

Al estar al aire libre, el Gran Buda muestra un atractivo completamente distinto en función del tiempo. Si bien la imagen más extendida que se tiene de él es con el cielo azul de fondo, la lluvia le otorga un aura de soledad. Aunque en Kamakura no nieva mucho en invierno, cuando se acumula la nieve, la estatua luce solemne envuelta en un manto blanco.

El camino que conduce a la estatua, mojado por la lluvia.
El camino que conduce a la estatua, mojado por la lluvia.

En invierno, con un poco de suerte, se puede ver el Gran Buda cubierto de nieve.
En invierno, con un poco de suerte, se puede ver el Gran Buda cubierto de nieve.

Por otra parte, conviene fijarse en los sutiles cambios de expresión que se aprecian en la estatua en función de la franja horaria en que se visite. Como el Gran Buda está mirando al sur, cuando le da el sol de la tarde en la mejilla derecha, el poco pan de oro que le queda brilla. Además, en invierno, estación en la que el sol se pone más pronto, iluminan la imagen justo antes de que el templo cierre, de modo que esta parece flotar en el firmamento nocturno. Si hacemos coincidir nuestra visita con un momento en el que brille la luna, nos encontraremos ante una estampa mística que seguramente nos quite el hipo.

Vista de la luna junto al Gran Buda iluminado.
Vista de la luna junto al Gran Buda iluminado.

Texto e imágenes: Harada Hiroshi.

Imagen del encabezado: El Gran Buda de Kamakura con el cielo azul de fondo.

(Traducción al español del original en japonés)

Fotografía Gran Buda de Kamaruka Kamakura