Las áreas ‘satoyama’, un tesoro natural en peligro de desaparición

Naturaleza Vida

En japonés se denomina satoyama al entorno natural que rodea los poblados, incluyendo campos, estanques, colinas boscosas y herbazales. Un fotógrafo naturalista que ha estudiado y tomado registro de este ecosistema a lo largo de 30 años nos da su autorizada opinión sobre la actual crisis medioambiental.

Don de la naturaleza, pero también fruto del esfuerzo humano

Lo natural y lo artificial. Los bosques originarios y los bosques arquitectónicos de nuestras urbes. Antónimos que dejan en medio un espacio libre. Y ese es el espacio que ocupa eso que llamamos en japonés satoyama. Satoyama es naturaleza, pero también es artificio humano. Pensemos, por ejemplo, en los campos inundados donde se cultiva el arroz. Son espacios artificiales, pero es en ellos donde, llenos de agua en primavera, crecen las ninfas de las libélulas, y en ese sentido son muy naturales. En las arboledas cercanas a los pueblos de donde tradicionalmente se ha sacado la leña para quemar, viven muchos tipos de insectos, y los campos donde se siegan las hierbas para alimentar el ganado vacuno están coloreados por muchas otras plantas que florecen a lo largo de las estaciones. Últimamente suele usarse la palabra ‘biodiversidad’ en referencia a esa combinación de formas de vida animales y vegetales que viven en un determinado lugar. La palabra satoyama encierra esa imagen idealizada de lo que un día fue el entorno rural de Japón, con toda su carga de nostalgia.

Un campo de arroz en otoño. Al fondo, las espigas cosechadas puestas a secar en los caballetes.
Un campo de arroz en otoño. Al fondo, las espigas cosechadas puestas a secar en los caballetes.

Libélulas apareándose en el poste de un caballete agrícola.
Libélulas apareándose en el poste de un caballete agrícola.

Azucenas en la pendiente que bordea una línea de ferrocarril. Suelen ser los propios lugareños quienes embellecen así estos rincones.
Azucenas en la pendiente que bordea una línea de ferrocarril. Suelen ser los propios lugareños quienes embellecen así estos rincones.

Flores de katakuri (Erythronium japonicum, liliácea) crecen entre los castaños.
Flores de katakuri (Erythronium japonicum, liliácea) crecen entre los castaños.

Desde pequeño, he sido muy aficionado a estudiar las vidas de los insectos y de las plantas, y todavía sigo acercándome a los satoyama para contemplarlos e investigar. Así que he encontrado muchas formas de vida bellas e interesantes, de cuya existencia mucha gente no tiene la menor idea.

Un ciervo volante de la especie miyama kuwagata (Lucanus maculifemoratus) se deja ver por el verano en un bosque mixto.
Un ciervo volante de la especie miyama kuwagata (Lucanus maculifemoratus) se deja ver por el verano en un bosque mixto.

Una cigarra de la especie minminzemi (Hyalessa maculaticollis) eclosiona en un bosque próximo a un área urbana.
Una cigarra de la especie minminzemi (Hyalessa maculaticollis) eclosiona en un bosque próximo a un área urbana.

La benishijimi (Lycaena phlaeas), una mariposa de encantador aspecto que suele vivir en las rampas que bordean los arrozales inundados.
La benishijimi (Lycaena phlaeas), una mariposa de encantador aspecto que suele vivir en las rampas que bordean los arrozales inundados.

La libélula hacchōtonbo (Nannophya pygmaea), que habita los humedales.
La libélula hacchōtonbo (Nannophya pygmaea), que habita los humedales.

Explicaré cómo funciona la relación entre los humanos y la naturaleza en un área satoyama con el ejemplo de las luciérnagas.

Los lampíridos (la familia de las luciérnagas) viven en casi todas las latitudes y en un amplio espectro de hábitats, desde los bosques de caducifolios hasta los de lluvia tropicales, pasando por los manglares. Se sabe que prefieren los lugares naturales, apartados de los poblamientos humanos. Sin embargo, la genjibotaru (Luciola cruciata), una de las especies más emblemáticas entre las luciérnagas japonesas, gusta de vivir en las acequias que conducen el agua a los arrozales. Hoy en día su número ha menguado, pero en otros tiempos, en el Japón rural, ver luciérnagas volando alrededor de las casas era una escena de lo más normal. Antes de la introducción de la maquinaria, cuando las acequias se abrían a golpe de azada, estas nuevas vías de agua eran lógicamente artificiales, pero adoptaban formas muy cercanas a las de la naturaleza, que se adaptaban muy bien a las necesidades de estas luciérnagas, pues alojaban un gran número de caracoles de agua dulce de la especie kawanina (Semisulcospira libertina), que les sirven de alimento. Pero ahora las acequias se hacen de cemento y son auténticamente artificiales, imposibilitando la vida de estos insectos.

Una luciérnaga de la especie genjibotaru (Luciola cruciata) despidiendo luz.
Una luciérnaga de la especie genjibotaru (Luciola cruciata) despidiendo luz.

Cientos de luciérnagas genjibotaru revolotean una noche de verano sobre un arrozal inundado.
Cientos de luciérnagas genjibotaru revolotean una noche de verano sobre un arrozal inundado.

La biodiversidad de las áreas satoyama es fruto de los usos que, por diversos motivos, les han dado los humanos. No son usos caprichosos, sino planificados con el fin de pertrecharse de las cosas necesarias para la subsistencia en las aldeas, unidad mínima de producción. En las aldeas se hacía un uso racional de los recursos. Al cortar las hierbas para el ganado y la leña para el hogar, se seguían normas para evitar que estos materiales se agotasen. Los aldeanos colaboraban en muchas tareas comunales que no podían ser realizadas a título individual, como la quema de las hierbas secas, a la salida del invierno, en las grandes extensiones de campos. En los últimos años, al hablar del problema del abastecimiento de energía, suele utilizarse la expresión “sostenibilidad”, pero en aquella época en que las áreas satoyama permitían la autarquía en las aldeas, en estas se vivía ya siguiendo una planificación a largo plazo.

La quema de las hierbas secas a principios de la primavera era una forma de mantener productivos los campos.
La quema de las hierbas secas a principios de la primavera era una forma de mantener productivos los campos.

La crisis de un ecosistema

Durante este último medio siglo, las áreas satoyama han sufrido una violenta transformación. El rápido crecimiento económico experimentado por el país en los años 60 del siglo pasado acarreó, entre otros cambios, la construcción de muchas carreteras en las zonas rurales, que facilitaron el uso de los vehículos de motor por todo el país y, con ellos, el abastecimiento del comercio. La gente que hasta entonces había conseguido lo necesario en el campo, pasó a comprarlo en las tiendas. La autarquía alimentaria de las aldeas ya no era necesaria. Tampoco había que ir al bosque a por leña, ni que hacer carbón: las cocinas de gas solucionaban el problema. Con la difusión de los cultivadores y tractores, se redujo considerablemente el tiempo necesario para cultivar los arrozales y, además, ya no fue necesario criar y mantener animales de tiro. Todos estos cambios se debieron a la difusión del uso como combustibles del gas y de los derivados del petróleo.   

Una vieja haya. Su extraña forma delata que a lo largo de mucho tiempo su madera ha sido utilizada para alimentar las carboneras. Los lugareños la bautizaron Agariko.
Una vieja haya. Su extraña forma delata que a lo largo de mucho tiempo su madera ha sido utilizada para alimentar las carboneras. Los lugareños la bautizaron Agariko.

Con el abandono de aquella forma de vida autosuficiente en el campo, mantener la biodiversidad en las áreas satoyama resultó imposible. Muchas de las flores más familiares que coloreaban las estaciones del año desaparecieron. Los caballones que separaban las parcelas de los arrozales pasaron a construirse con máquinas, de forma que fuese más fácil meter y sacar los tractores y el resto del instrumental. Los campos donde se dejaban crecer la hierba para el ganado se convirtieron en pastizales o praderas de estilo europeo. De un día para otro, flores como el ominaeshi (Patrinia scabiosifolia) o el kikyō (Platycodon grandiflorus) han desaparecido de muchos lugares. La especie de mariposas usuiro hyōmon modoki (Melitaea pritomedia), cuyas larvas se alimentan del ominaeshi, ha desaparecido de todo el país y hoy solo es posible encontrarlas en cierto lugar. Está, pues, al borde de la extinción.

La mariposa usuiro hyōmon modoki (Melitaea pritomedia), que depende para su subsistencia de una planta cada vez más escasa, se encuentra al borde de la extinción.
La mariposa usuiro hyōmon modoki (Melitaea pritomedia), que depende para su subsistencia de una planta cada vez más escasa, se encuentra al borde de la extinción.

Las flores del campo no solo están desapareciendo de las áreas satoyama: lo hacen también de la mente humana. En la época en que las áreas satoyama se mantenían vivas, los japoneses que convivían con aquel rico medio natural conocían las flores que anunciaban cada estación y reflejaban esa “cultura estacional” en su tradición oral y escrita. Por ejemplo, en el poemario Man’yōshū, que tiene más de 1.000 años de antigüedad, encontramos abundantísimas referencias a especies vegetales, y estas ocupan un puesto de honor en los poemas. Sin embargo, en las creaciones literarias de nuestro tiempo, casi todas esas especies brillan por su ausencia. En Japón existe la tradición del o-bon, una fiesta budista de la canícula en la que se celebra el retorno de las almas de los familiares muertos. En esta ocasión tan especial, era costumbre en todo el país adornar los altarcillos budistas de las casas con las flores de ominaeshi y kikyō. Salir a los campos y recoger estas flores era trabajo de los niños. Hoy los mayores van a las floristerías y compran allí flores de jardinería para adornar sus altares.

Flores de ominaeshi en una ladera con vegetación natural, en la estación veraniega.
Flores de ominaeshi en una ladera con vegetación natural, en la estación veraniega.

Agricultores con sus ramos de ominaeshi y kikyō que acaban de recoger en el campo para adornar los altares budistas de sus casas.
Agricultores con sus ramos de ominaeshi y kikyō que acaban de recoger en el campo para adornar los altares budistas de sus casas.

Con el abandono del uso de las áreas satoyama cada vez es mayor el número de insectos y plantas que quedan en peligro de extinción, y este peligro es cada vez de un grado más crítico. La tendencia se ha agudizado durante el último medio siglo, un periodo en el que nuestras vidas se han transformado con la introducción de los combustibles fósiles. La situación es grave en los herbazales, pero algo parecido está pasando en los arrozales y en los bosques. Ahora la atención se dirige mayoritariamente hacia el gran problema global que supone el calentamiento de la Tierra por los gases de efecto invernadero, pero deberíamos pensar también en cómo, por ejemplo, se están talando bosques, que son recursos naturales renovables, para construir plantas de energía eólica o solar, lo cual es una clara muestra de la falta de visión a largo plazo de la que adolecen las actuales políticas.

Una ladera boscosa de la que ha desaparecido la vegetación de los niveles inferiores por culpa de los ciervos que han invadido muchas áreas descuidadas por los humanos.
Una ladera boscosa de la que ha desaparecido la vegetación de los niveles inferiores por culpa de los ciervos que han invadido muchas áreas descuidadas por los humanos.

Una zona de labranza abandonada. Hace apenas 30 años había aquí arrozales inundados y una aldea rural.
Una zona de labranza abandonada. Hace apenas 30 años había aquí arrozales inundados y una aldea rural.

Una planta de energía solar para cuya construcción ha sido necesario talar una gran área satoyama.
Una planta de energía solar para cuya construcción ha sido necesario talar una gran área satoyama.

Las áreas satoyama de Japón, más que en declive, se encuentran ya en fase terminal. Es algo que se evidencia cuando uno estudia las especies animales y vegetales. Pero la gente tiene una idea excesivamente bucólica de este ecosistema.  

Por ejemplo, en la reunión internacional COP10 sobre biodiversidad que se celebró en Nagoya en 2010, se lanzó la Iniciativa Satoyama, con la que se pretendía promover el uso sostenible de los recursos naturales. En aquella reunión se presentaron las áreas satoyama como un gran patrimonio del que los japoneses podían sentirse orgullosos. Y hoy en día se sigue ofreciendo una visión idílica de estos espacios, con lo que solo se consigue que la gente aparte su mirada de su grave situación.

Cómo hacer que la rueda dentada vuelva a trabajar

Transformadas nuestras vidas como están, será seguramente imposible devolver las áreas satoyama al estado de sostenibilidad de que disfrutaban hace medio siglo. Pero lo que sí es posible es ir devolviendo la vida, antes de que se extingan definitivamente, a algunas de esas especies animales y vegetales, y recuperar también las técnicas tradicionales que sostenían esos espacios.

Por lo que respecta a la biodiversidad, en muchas regiones existen ya iniciativas para conservar las especies que están extinguiéndose. Personalmente, estoy comprometido en algunas de ellas. La tendencia en nuestra época es la de favorecer el desarrollo de tecnologías eficientes de conservación medioambiental, pero yo a lo que aspiro es a que se estudie mejor la gestión sostenible que se hacía de las áreas satoyama cuando todavía se utilizaban provechosamente. Ir restaurando cada uno de los dientes de aquella eficiente rueda dentada para conseguir que vuelva a funcionar. Por ejemplo, quemar las hierbas a principios de la primavera, segarlas en verano y volver a hacerlo en otoño. Así es como funciona el mecanismo. Los agricultores de más de 70 años han heredado y dominan esta forma tradicional de tratar el terreno, pero conforme esa generación desaparezca, la transmisión de esa sabiduría popular que les ha permitido evitar los errores se irá haciendo más difícil.

Siega de hierbas en una ladera para regenerar una área satoyama.
Siega de hierbas en una ladera para regenerar una área satoyama.

Jóvenes aprenden de los agricultores sobre la gestión del agua en los arrozales inundados.
Jóvenes aprenden de los agricultores sobre la gestión del agua en los arrozales inundados.

Por eso, hay que concienciar a las generaciones jóvenes. Hasta cierto punto, el conocimiento puede transmitirse a través de los libros, pero las técnicas no se transmiten correctamente si no es de persona a persona. Si transmitimos la sabiduría popular que había en las aldeas rurales, todavía estaremos en condiciones de restaurar esa gran rueda dentada que forman las áreas satoyama dispersas por todo el país. La mejor forma de responder a los desafíos medioambientales globales no es desarrollar nuevas tecnologías, sino reconsiderar seriamente la relación que hemos sostenido los humanos con el medio natural.

Una garza blanca de la especie daisagi (Ardea alba) busca comida en un arrozal inundado donde ha comenzado ya la plantación.
Una garza blanca de la especie daisagi (Ardea alba) busca comida en un arrozal inundado donde ha comenzado ya la plantación.

Fotografías y texto: Nagahata Yoshiyuki.

(Traducido al español del original en japonés. Fotografía del encabezado: Primavera en una zona montañosa de la región norteña de Tōhoku donde florecen los cerezos silvestres y echan brotes las hayas.)

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