Los últimos caballos de Yururi
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Arrimados unos a otros
Es invierno y día tras día el mercurio desciende hasta los 10 grados bajo cero. Buscando el calor, los caballos se apiñan en medio de la planicie nevada, entre blancas vaharadas. Los días más ventosos se resguardan del frío en hondonadas labradas por las corrientes de agua, pero los de buen tiempo pueden verse retozando plácidamente en cualquier rincón de la isla. Aquí el manto nival nunca es demasiado espeso, así que los bambús enanos que constituyen la base de su alimentación asoman enseguida apenas los equinos belfos rozan el suelo.

Apiñados en las nevadas planicies de la isla. Fotografía tomada por Okada Atsushi en febrero de 2014.
Casi toda la costa de la isla, que tiene un contorno de unos ocho kilómetros, está formada por acantilados. Su lisa superficie es una pradera. Ante la esporádica llegada de un ser humano, los caballos ya no reaccionan: ni se les acercan mendigando comida, ni huyen de ellos. Se limitan a mirarlos pacientemente.

La nieve en finos copos juguetea en torno a los cuerpos de los caballos de Yururi, donde las temperaturas suelen mantenerse en invierno por debajo de los cero grados. Fotografía tomada por Okada Atsushi en febrero de 2014.
El puerto pesquero de Hokkaidō más cercano a Yururi está a 2,6 kilómetros. Desde allí, Yururi se ve larga y lisa, como si un fino disco se hubiera posado sobre el mar. Pero durante la primavera y el verano suele mantenerse oculta tras la densa niebla marina que se forma a diario, ganándose justamente el apelativo de “isla fantasma”.

Puesta de sol sobre Yururi desde la isla principal de Hokkaidō. Fotografía tomada por Okada Atsushi en diciembre de 2019.
Okada consiguió autorización para pasar a la isla cuando terminaba el verano de 2011, después de cerca de dos años de negociaciones con el ayuntamiento de Nemuro y otras autoridades. Lo llevó una pequeña embarcación local dedicada a la recolección de konbu, una variedad de alga gigante comestible de gran importancia económica en Hokkaidō. En la isla descubrió caballos que vivían en total libertad, sin depender de nada ni de nadie.
Una red de veredas como la nervadura de una hoja
Aquí no hay caminos ni, por supuesto, una sola vivienda. Es un espacio en completo aislamiento, donde el único artificio en funcionamiento es el Faro de Yururishima, que se yergue en medio de la pradera. El haz de luz que rasga la oscuridad de la noche tiene algo de poético. Okada se ha servido a veces del faro y de la claridad de la luna para orientarse mientras localizaba los grupos de caballos por la noche. Luego compartía con ellos las primeras luces del día.
Vista desde arriba, la superficie de la isla aparece recorrida por una intrincada red de líneas que semejan la nervadura de una hoja. Son las veredas que han ido marcando sobre la hierba los cuadrúpedos, principalmente alrededor del faro, en su deambular de años.

El faro, los caballos y la fina red de veredas que han ido tejiendo estos a lo largo de los años. Fotografía tomada desde un parapente por Okada Atsushi en octubre de 2014.
En primavera, conforme la nieve comienza a derretirse, se produce la muda. El pelaje de invierno cae y es sustituido por otro nuevo, corto y lustroso. Los caballos se reúnen y se rozan. Es el llamado grooming, mediante el cual, además de acicalarse el pelaje mutuamente, se estrechan las relaciones entre los miembros de la manada.

Acicalándose mutuamente (grooming). Fotografía tomada por Okada Atsushi en mayo de 2017.
Con el deshielo de la primavera aparecen también las florecillas silvestres. Un buen observador descubrirá a sus pies algunas especies vegetales en peligro de extinción. Florecen discretamente orquídeas terrestres como el yachiran (Malaxis paludosa), o el tokisō (Pogonia japónica), y ericáceas como el himetsurukokemomo (Vaccinium microcarpum).

Florecillas de la isla de Yururi. Fotografía tomada por Okada Atsushi en mayo de 2016.
Un legado de la industrialización destinado a desaparecer
Los caballos de Yururi descienden de la raza Nihon Kushiro (japonés de Kushiro), una variedad mejorada de caballo de tiro caracterizada por sus patas resistentes, su pecho ancho y robusto, y su abultada musculatura. A principios del siglo XX, el Gobierno de Japón se percató del potencial de los caballos como fuerza motriz para el ejército y la industria. Los granjeros de las zonas orientales de Hokkaidō consiguieron nuevas variedades cruzando sus autóctonos dosanko con diferentes razas occidentales. Fue así como nació esta excelente variedad, que lleva la sangre de los percherones franceses, pero que tiene un tamaño moderado, lo cual lo hace de fácil manejo para los japoneses. El caballo de Kushiro haría una magnífica labor tanto en labores de roturación de tierras en Hokkaidō como en el frente de guerra, transportando materiales para el ejército. Es también conocida por haber sido la primera nueva variedad de caballo japonés reconocida por el Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca. Así pues, los caballos de Yururi son un vivo testimonio de la estrecha relación que hubo entre la industria japonesa y el caballo.

(A la izquierda, arriba) Un caballo trabajando en una granja costera de Hokkaidō, en una fotografía tomada por Yamamoto Masami a finales del siglo XX. (A la izquierda, debajo) Manada de caballos en Yururi. (A la derecha) Uno de los machos retirados de Yururi. Ambas fotografías tomadas por Satō Seiichirō.
Antiguamente, la isla de Yururi era un importante punto de recolección de konbu. En su época de mayor actividad llegó a haber cerca de 10 ban’ya o cabañas de pescadores. Los caballos eran una ayuda imprescindible para la vida en la isla, pues además de ser ellos los que arrastraban las pesadas hojas de konbu hasta los secaderos de la planicie superior de la isla, eran usados también en el transporte de víveres para los pescadores y combustible para el faro. El primer caballo llegó a la isla hacia 1950.
Pero al cabo del tiempo la ola de modernización impulsada por el milagroso crecimiento económico japonés llegó también a la península de Nemuro y cada vez fue siendo más fácil acondicionar terrenos para hacer secaderos. Poco a poco, los pescadores que se habían establecido en Yururi fueron mudándose a la isla principal. El último inquilino de la isla la abandonó definitivamente en 1971. Algunos caballos se quedaron en Yururi, donde se reprodujeron naturalmente hasta llegar a las 30 cabezas.
Así fue como Yururi se convirtió en un santuario equino. Allí tenían abundante bambú enano de la variedad forrajera ainumiyakozasa, una de sus favoritas, y algunas pequeñas corrientes de agua cristalina para saciar su sed. La isla reunía las condiciones ideales para que los caballos desarrollasen su vida en libertad. En años sucesivos, algunos de los antiguos pobladores de la isla retornaban a ella de vez en cuando para comprobar el tamaño de las manadas y llevar un cierto control, pero el envejecimiento de la población hizo cada vez más difícil esta tarea. En 2006 Yururi dejó de ser oficialmente un lugar de “pastos naturales para la cría en libertad” y todos los machos fueron retirados de la isla para evitar que siguieran reproduciéndose. Así, el destino de las manadas, ahora compuestas exclusivamente por yeguas, era ir extinguiéndose lentamente.
En 2011, cuando visité por primera vez la isla, pacían en ella 12 yeguas. En 2013 su número se había reducido a 10 y un año después, a cinco. En 2025 solo quedan en la isla dos yeguas nacidas y criadas allí. Algún día, ellas también morirán.
Las modestas florecillas de la turbera
El paisaje que aparece ante nuestros ojos cuando accedemos a la planicie superior de esta isla rodeada de acantilados parece, por su exquisitez y originalidad, extraído de alguno de nuestros sueños. Si se nos antoja un paraíso no es solo porque aquí podamos ver caballos asilvestrados viviendo en plena libertad, sin asistencia humana. También las florecillas silvestres que amenizan la pradera con sus vivos colores contribuyen a ese efecto.

Paciendo en la niebla del verano. En esta estación la pradera rebosa de flores silvestres. Fotografía tomada por Okada Atsushi en agosto de 2013.
¿Han oído hablar del “efecto jardín de flores”? Se llama así al proceso por el que, en lugares donde caballos y otros herbívoros comen plantas de tallo largo como las gramíneas, otras especies vegetales de tallo corto, como algunas liliáceas u orquidáceas, tienen un mejor acceso a la luz solar y se reproducen abundantemente. Es lo que ha ocurrido en Yururi, donde al acercarse el verano la alfombra verde queda moteada por una miríada de pequeñas y bellas florecillas.
Ocurre también un fenómeno muy misterioso. Ciertas especies que en condiciones normales echan flores de un suave tono violáceo, en Yururi desarrollan al mismo tiempo flores totalmente blancas. Es lo que ocurre con liliáceas como el tachigibōshi (Hosta sieboldii), orquidáceas como el hakusanchidori (Dactylorhiza aristata), geraniáceas como el ezofūro (Geranium yesoense), campanuláceas como el tsuriganeninjin (Adenophora triphylla), lamiáceas como el utsubogusa (Prunella vulgaris) o fabáceas como el kusafuji (Vicia cracca).
Envueltos en la niebla
Durante la primavera y el verano la isla queda a menudo bajo un manto de niebla, una niebla marina muy densa desprendida por las masas de aire cálidas y húmedas procedentes de las altas presiones del Pacífico que entran en contacto con las aguas frías de la corriente marina de Chishima (Oyashio).
En el centro de esta isla de clima fresco y húmedo los vegetales en descomposición generan una gran cantidad de turba que ha formado un gran humedal de altura. Formaciones naturales similares las encontramos en zonas montañosas del centro de Japón como Ozegahara, pero aquí estamos a solo 30 o 40 metros de altitud. Este peculiar entorno acoge un total de 24 especies vegetales en peligro de extinción, entre ellas la fanerógama kiyoshisō (Saxifraga bracteata) o los citados tokisō y yachiran.

Yururi envuelta en niebla durante la estación estival. Fotografía tomada en agosto de 2013 por Okada Atsushi.
Para los caballos de Yururi, el agua almacenada en este humedal es literalmente “agua de vida”. Tras ser retenida en la turbera, lentamente el agua va formando riachuelos donde beben los cuadrúpedos. Un sutil equilibrio natural sin el cual ni Yururi sería así ni sus caballos podrían sobrevivir. También hoy la isla está oculta tras la niebla. Sus plantas dan bellas florecillas que nadie contempla y sus caballos dormitan.
La isla de los cormoranes, Yururi
El musical nombre de Yururi tiene su origen en el idioma ainu, en el que significa “isla de los cormoranes”. En 1963, esta isla fue declarada monumento natural por el Gobierno prefectural de Hokkaidō. Desde esta fecha su naturaleza ha sido objeto de especial protección, siendo designada sucesivamente área de entorno natural protegido de Hokkaidō (1976) y refugio de fauna (1982). En 2001 quedó también incluida en el listado de 500 humedales del Ministerio de Medioambiente. Esta protección recibida justifica que hoy en día acceder a ella esté, en principio, prohibido. La principal razón de esta prohibición es la existencia en la isla de colonias de aves marinas muy especiales.

En las costas de la isla vive un gran número de aves de gran interés. Fotografía tomada en julio de 2020 por Okada Atsushi.
Una de las especies más emblemáticas es el arao de anteojos (Cepphus carbo), llamado keimafuri en japonés. Todo su cuerpo es de color negro, menos el contorno de los ojos, que es blanco, lo que le da un toque muy simpático. Tenemos también el frailecillo coletudo (Fratercula cirrhata; jap.: etopirika), con su grande y llamativo pico anaranjado y su plumaje negro. Es un ave muy rara, pero se han localizado varias parejas en Yururi y en la vecina isla de Moyururi.
Cuando la niebla marina se disipa, un corto otoño visita la isla. La pradera se viste de tonos ocres y las florecillas van deshojándose. Los caballos comienzan a criar su pelaje invernal, que los protegerá de los rigores del invierno.

La pradera de Yururi se tiñe en otoño de tonos dorados. Fotografía tomada en noviembre de 2017 por Okada Atsushi.
He recorrido innumerables veces estas planicies en busca de los rebaños de caballos. Caballos que van borrándose de la isla uno a uno. Los he acompañado hasta el final y atesorado en mis fotografías la luz de esa vida cada vez más débil. El tiempo que he pasado con estos “seres que se extinguen” ha tenido para mí su dosis de dolor y lo que he visto aquí me ha hecho consciente de lo efímero de la vida, pero al mismo tiempo, me ha comunicado toda su delicadeza y belleza.

La tierra de Yururi ha servido de última morada para un gran número de caballos. Fotografía tomada en febrero de 2019 por Okada Atsushi.
Los antepasados de estos últimos caballos de Yururi sostuvieron las vidas de los pobladores de este extremo oriental de Japón en los duros años de la posguerra. Ahora sus descendientes se dirigen hacia su extinción, víctimas de la mudanza de los tiempos.
Nota de la redacción: Según la Asociación “Nemuro-Ochiishi chiku to maboroshi no shima Yururi wo kangaeru Kai”, en el verano de 2025 sobrevivían en la isla dos caballos de los nacidos en la misma y otros dos trasladados allí en 2018.
Exposición de fotografías de Okada Atsushi “The Horses of Yururi Island” (2026)
- Tokyo Midtown Fujifilm Square (Fujifilm Photo Salon): 20 de febrero – 5 de marzo
- Fujifilm Photo Salon Sapporo: 18-23 de septiembre
- Fujifilm Photo Salon Osaka: 30 de octubre – 12 de noviembre
Imagen del encabezado: Caballos asilvestrados en la isla de Yururi, en el sector oriental de Hokkaidō. (Fotografía tomada en febrero de 2014 por Okada Atsushi)
(Traducido al español del original en japonés.)