En profundidad Japón en la era posterior al 11 de marzo
Un territorio sumido en la desesperación

Kikuchi Masanori [Perfil]

[17.10.2011] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS |

Cuatro meses después del 11 de marzo, el periodista Kikuchi Masanori visitó zonas de Tōhoku devastadas por el terremoto y el tsunami ocurridos ese día. En su trato con residentes y líderes locales, Kikuchi es testigo de la desesperación de estas personas por superar esta tragedia y reconstruir sus vidas.

Mediados de julio en la prefectura de Miyagi. Durante el día, la temperatura se eleva hasta los 33 grados. Bajo un sol de justicia, en la población costera de Onagawa impera un extraño silencio. La primera vez que visité Onagawa, tan solo doce días después del terromoto y tsunami que asoló tramos enteros de esta costa el 11 de marzo, la ciudad presentaba una actividad febril: residentes, funcionarios del gobierno local, pescadores y miembros de la cofradía, personal de las Fuerzas de Autodefensa (FAD) y policías. Pero esta vez todo está prácticamente desierto.

Camino hacia la zona marítima. Las olas chocan contra el muro resquebrajado del puerto, donde enormes bloques de hormigón desplazados por el tsunami siguen en el mismo lugar que los encontré en mi visita anterior. Al menos la montaña de escombros es ahora considerablemente más pequeña que entonces. No veo a nadie. Entre el hedor a marisco descompuesto, lo único que se mueve son moscas y más moscas.

Sorteo de viviendas provisionales


El pabellón polideportivo municipal es uno de los trece lugares de Onagawa utilizados como centros de evacuación.


En el pabellón polideportivo hay muy poca intimidad.

En el pabellón polideportivo municipal, convertido ahora en el centro de evacuación de cientos de ciudadanos que lo han perdido todo, un obrero de la construcción jubilado se muestra cada vez más abatido por las privaciones de la vida en un centro de evacuación, y se queja de la dificultad de encontrar una vivienda. “Estoy a punto de renunciar”, me cuenta, sin intento alguno por disimular las gotas de sudor que le caen por la cara. “Por muchas veces que lo pido, nunca consigo entrar. Y no soy el único. Muchos más están en la misma situación. Tengo a mi nieto conmigo… no sé qué vamos a hacer”.

Además de su casa, a este hombre el tsunami le ha arrebatado a su madre, a su hijo mayor y a su esposa durante cuarenta años. Desde mayo, ha solicitado cuatro veces que le adjudiquen una vivienda provisional, pero su número nunca ha salido en los sorteos. Todavía atrapado en un centro de evacuación con su nieto, un estudiante de tercero de secundaria, me cuenta que su principal preocupación son los preparativos para los exámenes de entrada al instituto que deberá afrontar el año que viene.

“En el centro no hay intimidad; tan solo unos biombos de cartón no muy altos entre la zona de una familia y la siguiente. Lo puedes oír todo. Y a las nueve de la noche apagan la luz. ¿Cómo quiere que mi nieto estudie en un ambiente así? Habrá otro sorteo de viviendas pronto. A ver si tenemos suerte esta vez…”.

Antes del desastre, Onagawa tenía una población de unos diez mil habitantes. De ellos, 940 constan como fallecidos o desaparecidos. El centro de la ciudad, cercano a la costa, quedó prácticamente destruido. Según las autoridades municipales, a mediados de julio otros ochocientos aproximadamente siguen viviendo en centros de evacuación. Esto representa una considerable mejora de la situación que se vivió inmediatamente después del desastre, cuando 5.700 personas se vieron obligadas a acudir a refugios. Pero a pesar del constante progreso conseguido para construir viviendas provisionales, este verano muchos residentes siguen enfrentándose a unas condiciones deprimentes y un calor de sauna en los trece centros de evacuación de la ciudad, importunados por las moscas en todo momento.


Al señor Hirayama Takeshi le cuesta plantearse la idea de abandonar la comunidad en donde ha vivido tantos años de su vida.


Las viviendas temporales están situadas al lado del pabellón polideportivo. Incluso a plena luz del día no se ve a nadie.


El centro de coordinación de voluntarios de la ciudad también está desierto. En los momentos posteriores a la catástrofe aquí trabajaron más de cien voluntarios.

Salgo del centro de evacuación y me detengo en una de las viviendas provisionales que han levantado justo al lado. De nuevo, muy pocas señales de actividad durante el día. Hablo con el señor Hirayama Takeshi, de 77 años, nacido en Onagawa. El señor Hirayama tuvo la suerte de conseguir plaza en el primer sorteo de viviendas provisionales celebrado a principios de junio. Junto con su esposa, ocupan una pequeña habitación de unos 7,5 metros cuadrados, equipada con una sencilla cocina, baño y retrete. Los Hirayama han tenido la fortuna de haber encontrado un lugar donde vivir. Sin embargo, este lugar tan pequeño dista mucho de la comodidad de la que disfrutaban antes del desastre.

“Nuestra casa fue totalmente borrada del mapa. Tenemos suerte de estar vivos, y por eso no me quejo –pero es innegable que este lugar es un poco pequeño para dos personas. Y los insectos: no sólo moscas, sino también mosquitos; son una plaga. Es mejor que el centro de evacuación, pero…”.

Los residentes pueden permanecer en viviendas provisionales hasta dos años. Después, el señor Hirayama dice que piensan trasladarse a la casa de su hijo mayor, que vive en la prefectura de Tochigi. “Pero tenemos apego por Onagawa, después de haber vivido aquí tantos años”, afirma con un hilo de voz. “Mientras no llegue ese momento, no le puedo asegurar qué haremos…”.

Descenso repentino de los voluntarios

La situación también está tranquila en la oficina de voluntarios de Onagawa, ubicada en las proximidades del polideportivo municipal. Veo a unas cuantas personas, en su mayoría jóvenes, sentadas charlando, pero aparte de eso el lugar está prácticamente desierto.

Una de las razones de esta situación es que el número de voluntarios que llegan aquí ya no es tan grande como anteriormente. Según el secretariado del voluntariado, se presentaron unos cien durante los momentos inmediatamente posteriores al desastre, en su mayoría de fuera de la prefectura de Miyagi. Ahora son sólo unos diez.

“Al principio esto era un hervidero. Íbamos de aquí para allá con un montón de cosas que hacer: limpiar los muebles de sedimentos, quitar el barro de los utensilios de cocina, montar cocinas para hacer sopa, y ofrecer comida a la gente. Pero la situación ha ido asentándose. Ahora la comida y otros productos básicos ya llegan con regularidad, y por esa razón tal vez ya no hacen falta tantos voluntarios como al principio. Últimamente nuestra tarea se ha basado en gran parte en ayudar a la gente a ocupar las viviendas provisionales u otros lugares proporcionados por los gobiernos locales”, me explica Takeishi Kumiko, coordinadora responsable de la asignación de voluntarios.

“Aún así,” sigue explicando Takeishi, “yo diría que estamos mejor que algunas otras ciudades de la zona, como Ishinomaki, donde faltan voluntarios. El calor del verano está empezando a pegar fuerte, y hacemos lo que podemos para evitar casos de hipertermia entre las personas mayores de los centros de evacuación. Colaboramos con los equipos médicos para que la gente beba suficiente agua y descanse”.

  • [17.10.2011]

Periodista nacido en Hokkaidō en 1965. Tras trabajar como reportero de plantilla en el Hokkaidō Shimbun, se estableció por cuenta propia. Actualmente su trabajo se centra en entrevistas y artículos de sociedad para revistas como AERA, Chūō Kōron, Shinchō 45 y President. Autor del libro Sokkishatachi no kokkai hiroku (Apuntes de los taquígrafos de la Dieta; Shinchō Shinsho, 2010).

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