En profundidad 11 de marzo: segundo aniversario
Hablando con los muertos con una tristeza invisible

Wakamatsu Eisuke [Perfil]

[23.10.2013] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية |

Para los supervivientes del Gran Terremoto del Este de Japón, hablar con los difuntos es la vía para avanzar hacia la verdadera reconstrucción. El crítico literario Wakamatsu Eisuke defiende la necesidad de recordar la existencia de los fallecidos para poder seguir con la vida tras la tragedia de marzo de 2011.

Como escritor, me daré por satisfecho con mi trabajo si, en mi intento de situar el lugar y el tema del testimonio, logro colocar algunos indicadores que sirvan de orientación a los futuros cartógrafos del nuevo territorio ético. Dicho de otro modo, me bastará tan solo con que este libro consiga corregir algunos de los términos con los que registramos la lección decisiva del siglo y con que haga posible abandonar ciertas palabras y comprender otras en un sentido distinto.

Giorgio Agamben: Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo.

Han transcurrido ya más de dos años desde el Gran Terremoto del Este de Japón, pero la reconstrucción de las zonas afectadas sigue siendo un problema candente. La reconstrucción debe sin duda llevarse a cabo y completarse. Sin embargo, creo que va siendo hora de que, a la vez que reconstruimos el país, volvamos a reflexionar sobre lo que la catástrofe destruyó, sobre lo que nos arrebató y lo que perdimos. Ese ejercicio nos permitirá ver lo que, en cambio, no perdimos. Porque, si no recordamos lo que teníamos, ¿cómo podemos buscar lo que un día desapareció de nuestra vista?

La relación con los muertos más allá de la tristeza

En la edición matutina del periódico Asahi Shinbun del 3 de marzo de este año se publicó el artículo de un periodista que visitó Rikuzentakata, una ciudad devastada por el tsunami de 2011. En su visita, el periodista habló de nuevo con un anciano a quien ya había entrevistado un año antes, y este le explicó: “Me hace feliz ver a mi nieto en sueños. Así puedo hablar con él. ‘¿Qué hay, abuelito?’ —me pregunta.”

Su nieto Yūta fue engullido por el tsunami justo antes de ingresar en la escuela primaria. Cuando se le apareció en sueños un año después, el niño había crecido, llevaba el uniforme del colegio y era miembro de un equipo de béisbol infantil. “Así que juegas con los demás chicos, ¿eh?” —le dijo. Al final del artículo, el anciano cuenta: “Me quedé sin Yūta, sin mi mujer y sin mi hermana mayor. Al principio no sabía qué hacer. Luego descubrí que si hablaba con sus fotografías podía seguir teniendo a Yūta a mi lado”.

¿Cómo podemos reaccionar ante un artículo de este tipo? La pena del anciano es más honda de lo que podamos imaginar. Sin embargo, este tipo de testigos son incontables en las zonas afectadas por el desastre. ¿Debemos considerar que el dolor del anciano es la expresión emocional de la pérdida de sus seres queridos, o que su aparición en sueños corresponde a lo que la psicología profunda denomina “deseo del subconsciente”? Aunque no lo definamos con palabras, ¿es así como debemos interpretarlo?

Yo creo que eso no es lo que pretende el anciano; lo que quiere es que creamos exactamente lo que nos cuenta. No pretende que comprendamos la esencia de su tristeza. Su pena ya tiene suficiente sentido sin que nos lo cuestionemos. La cuestión principal son las conversaciones con su nieto, que tienen lugar más allá de la pena. Más que compartir su dolor, lo que busca es que comprendamos el hecho de que su nieto, al que nunca más podrá volver a ver, se comunica con él.

Tras perder a su mujer, su nieto y su hermana mayor, un buen día este anciano al que parece que no le quede ningún motivo para vivir empieza a hablar con ellos a través de las fotografías. Las fotografías no hablan. Cuando el anciano las mira, se le abre una puerta desconocida a otro tiempo y lugar, y entonces oye cómo le llama la voz muda de su nieto; una voz que no hace vibrar el aire, pero sí el alma del anciano. Si no se comunicase todos los días con su nieto a través de las fotografías, seguramente no habría podido seguir viviendo. Y esto no es ninguna exageración. ¿Por qué, si no, se lo contaría a la gente? El periodista apunta que en esta segunda visita la conversación con el anciano se prolongó durante horas.

Una época despojada de historia

Los pensamientos que no tienen adónde ir acaban por esconderse en un rincón profundo del corazón de las personas. Las palabras que no tienen quién las escuche no suelen pronunciarse. En cambio, si hay quien las reciba, la verdad de los acontecimientos que describen adquiere un brillo más intenso. El anciano no tiene ninguna duda de la existencia del nieto que sigue “vivo”. Sin embargo, quiere hacer que la realidad de sus conversaciones sea más tangible. Quien le permite lograrlo son las personas que le escuchan y le responden, ofreciéndole un sencillo gesto que puede salvar a una persona del abismo de la desesperación.

Según el crítico literario Kobayashi Hideo, la “historia” es el dolor de una madre que ha perdido a su hijo. Esta afirmación se ha interpretado de muchas formas distintas, y hay quien la ha tachado de expresión sentimental que confunde la historia con la experiencia individual. Sin embargo, ¿qué es la historia, si rechaza aquello que iluminan los sentimientos del individuo? Se nos puede antojar como un mero corte de los acontecimientos pasados explicado desde la perspectiva vacía que constituye el sistema de valores de una época.

La “historia” de la que habla Kobayashi es la del día a día del anciano que perdió a los suyos en el tsunami. Es algo totalmente distinto del concepto utilizado generalmente en la visión de la historia. Esta “historia” no es un recurso para reclamar ningún derecho. Y, sin embargo, sigue siendo fundamental para establecer vínculos entre las personas.

Para una madre no hay nada más cierto que su pena, ni ningún medio mejor que su dolor para vincularla profundamente al hijo que perdió. La historia va siempre acompañada de pena, y los que rechazan esa pena no pueden conocer la verdad sobre la historia. Si reflexionamos sobre nuestra vida, vemos claramente que la pena es uno de los orígenes de nuestra existencia. Cuando experimentamos la verdadera tristeza empezamos a vivir la vida realmente. La época actual ha perdido de vista la historia al perder la capacidad de imaginación que brota de la pena. La pena no se interpone en el camino de la razón, sino que la complementa y la sostiene.

Las palabras legadas a los supervivientes de Auschwitz

A continuación citaré algunos fragmentos del prólogo de Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo de Giorgio Agamben, uno de los representantes de la filosofía italiana contemporánea. Los supervivientes a los que se refiere son, como el título del libro indica, los que salieron vivos del campo de concentración de Auschwitz, al que fueron enviados por los nazis alemanes. Aunque Agamben señala la imposibilidad de relatar exhaustivamente los hechos que sucedieron en Auschwitz, es decir, la imposibilidad de comprender completamente este acontecimiento histórico, pone de manifiesto la existencia de peculiaridades y universalidades que no pueden captarse mediante ninguna teoría o explicación.

Por un lado, para los supervivientes que prestaron su testimonio, lo que sucedió en el campo es una realidad irremplazable que, como tal, no pueden olvidar de ningún modo. Por otro lado, sin embargo, esta realidad es por sí misma tan inimaginable que resulta imposible reducirla a los elementos que la componen.

Para los supervivientes de Auschwitz, es imposible olvidar la experiencia que vivieron en el campo de concentración. No fue tan solo un acontecimiento irremplazable e inviolable para cada uno de ellos, sino que sigue siendo una experiencia que no se deja reducir a ninguna explicación. Hay algo en su realidad que rechaza toda afirmación que rece cualquier cosa parecida a “el auténtico significado de Auschwitz fue…”.Tras el fragmento anterior, Agamben habla del contenido de su obra advirtiendo al lector de que puede decepcionarle el hecho de que no aporta nada nuevo sobre los testimonios de los supervivientes. Más adelante dice:

En cuanto a la forma, este libro es una especie de comentario interminable sobre los testimonios. Se me antojó imposible escribirlo de otro modo. Llegó un punto en el que se hizo evidente que los testimonios contenían una laguna intrínseca, es decir, que relataban el testimonio de algo irrelatable. A partir de entonces, comentar sobre los testimonios de los supervivientes pasó a significar preguntar sobre esa laguna o, mejor dicho, intentar escucharla.

El único modo de acercarse a los acontecimientos de Auschwitz es enfrentarse a las palabras de los testigos y examinar el significado que esconden; eso es a lo que Agamben se refiere como “comentario interminable sobre los testimonios”. Con esto el autor no pretende posicionarse como escritor que expresa sus pensamientos, sino como solemne custodio de las palabras legadas. Esta actitud constituye la máxima expresión del profundo respeto del autor hacia los supervivientes.

Los supervivientes ofrecen su testimonio. Según Agamben, no obstante, aunque lo analizásemos exhaustivamente, en él seguiría quedando un vacío que no podríamos cubrir: la laguna que queda al relatar “el testimonio de algo irrelatable”. No solo están los supervivientes; también están los que nunca pudieron regresar. La laguna existe porque los muertos no pueden hablar. Y, sin embargo, los muertos “hablan” sin voz a través de esa laguna. Cuando Agamben lee las palabras de los supervivientes e intenta comentarlas, lo que pretende es resucitar las palabras que los muertos les legaron. Intenta “escuchar” la laguna. Son los muertos los que relatan la verdad de los acontecimientos con su silencio. Esa parece ser la convicción que le impulsó, casi como un dogma de fe, a escribir este libro.

La salvación que brindan las palabras de los espíritus

Hay cosas que pueden existir aunque no podamos verlas, tocarlas o convertirlas en cifras, y la vida humana adquiere profundidad gracias a ellas. Mientras que la fe se manifiesta siempre en los actos de las personas, la pena es invisible. Y, sin embargo, este tipo de experiencias pueden ser decisivas para nuestras vidas. Es más, los hechos que nos hacen cuestionar la esencia misma de la vida se presentan de forma invisible.

Las palabras no son meras herramientas para designar las realidades físicas. Las palabras nacen cuando el significado, que es invisible, surge de las profundidades de la existencia y se nos muestra. Las palabras componen el mundo. Esta “composición” es un fenómeno por el cual el significado sale a la superficie de repente desde un lugar caótico en el que parece no haber nada.

¿No les ha sucedido nunca que, cuando habían perdido toda esperanza y pasaban los días en una profunda negrura, ciertas palabras les dieron la fuerza para resurgir de nuevo? Esas palabras no tienen por qué proceder de un libro o de una persona. Muchas veces surgen del propio interior. En esas ocasiones, las palabras componen el significado de por qué vivimos. Las personas no pueden vivir sin las palabras; su función original es acercar a las personas. Me atrevo a decir incluso que las palabras nos tocan el corazón. Y es precisamente por eso que las palabras pueden herirnos, motivarnos y darnos fuerzas para vivir.

Las palabras son como la comida. La comida no es solo para llenar el estómago cuando está vacío; nos ofrece un profundo apoyo físico y mental. Nuestra forma de pensar sobre la comida define nuestra perspectiva vital. Las escenas del Nuevo Testamento que describen comidas no constituyen momentos de placer, sino momentos de reconciliación en el sentido verdadero. La comida nutre tanto el cuerpo como el espíritu.

Del mismo modo que, cuando la comida une a las personas, comer se convierte en un acto que nos nutre, cuando las palabras se intercambian entre espíritus, el acto de hablar adquiere su función original. Al igual que nuestro cuerpo se compone de la comida que ingerimos, nuestro espíritu se cultiva con las palabras. Cuando las palabras sobre las que se sostiene el ser humano desaparecen, el alma se muere de inanición y se seca.

El silencio también son palabras

En los tiempos actuales, no solo hemos desistido de dar “forma” a todo lo inefable, sino que además intentamos negar su existencia. Aun así, no poder hablar de algo no implica de ningún modo que no exista. Es más, lo inefable corresponde a una realidad que, aunque se encuentre en el fondo de la existencia, donde no la podemos alcanzar, nos llama con fuerza. A veces la pena se parece al miedo y puede aterrar a las personas. No obstante, cuando la pena es muy profunda, se convierte en un amor infinito por algo perdido. La pérdida es tan dolorosa que puede secar las lágrimas. La intensidad de la pena indica a la vez la intensidad del amor.

Los que olvidaron que el silencio es una forma de hablar pueden dirigirse al anciano que perdió a su nieto, esposa y hermana, e increparle a que abandone su dolor en un intento de animarle. Sin embargo, para ese anciano la pena no es algo que le destruye, sino una clara prueba de que sigue en contacto con los seres queridos a los que perdió. ¿Por qué motivo habría de deshacerse de algo así? El artículo del que he hablado al principio termina de este modo (Murakami es el nombre del anciano): “Al sentir la profundidad de sus sentimientos se me saltaron las lágrimas. Cuando vio que estaba llorando, Murakami me dio un pañuelo de papel sin decir nada”. En momentos como aquel las lágrimas se convierten en “palabras” que muestran la empatía con mucha más intensidad que cualquier expresión lingüística.

El anciano dice que quiere ver a su nieto aunque sea solo en sueños. Probablemente todo aquel que haya perdido a un ser querido desea lo mismo. Para esas personas, los difuntos son aquellos a los que desean fervientemente volver a ver, y no entes aborrecibles. Sin embargo, si expresan verbalmente su deseo de reunirse con los difuntos, son pocos los que les toman en serio. Por eso es bien normal que los que han perdido a seres queridos sientan la necesidad de contenerse de hablar sobre su relación con los difuntos o sobre lo que significan para ellos.

La colaboración entre los muertos que siguen vivos y los supervivientes

Si no podemos hablar de los muertos con sinceridad, estaremos dejando una parte importante de los problemas relacionados con el desastre aparcados en un rincón oscuro. En ese rincón están las familias de las víctimas que se lamentan y sufren. En la cita del principio de este artículo, Agamben declara que su objetivo al escribir sobre los muertos es “colocar algunos indicadores que sirvan de orientación a los futuros cartógrafos del nuevo territorio ético”, y así “abandonar ciertas palabras y comprender otras (como los muertos) en un sentido distinto”.

Para llevar a buen término la auténtica reconstrucción de las zonas afectadas por el desastre, no podemos prescindir de la colaboración con los muertos. Los muertos colaboran continuamente con los vivos. Su sagrado deber es el de proteger, ayudar y caminar junto a los que dejaron atrás.

Los muertos no son un concepto metafísico, sino una realidad existente. ¿O acaso no es algo que experimentamos cada día sin la necesidad de demostrarlo? Nadie de los que estamos vivos conocemos la muerte. Aun así, muchos hemos vivido experiencias relacionadas con la muerte. Si la muerte borrase totalmente la existencia sin dejar nada a su paso, ¿a quién dirigiríamos nuestros lamentos? Lamentarse no implica enterrar a los que perdimos. La palabra japonesa itamu (lamentarse) en su sentido original indicaba el temblor del corazón ante algo invisible, pero más bien debería considerarse como la respuesta a la llamada de los “muertos que siguen vivos” y el intercambio de palabras con ellos desde el momento presente.

Referencias

Agamben, Giorgio. Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo.
Traducción al japonés de Uemura Tadao y Hiroishi Masakazu. Tokio: Getsuyosha, 2001. Traducción al inglés de Daniel Heller-Roazen. Nueva York: Zone Books, 2002. 
(Las citas incluidas en este artículo son traducciones propias de la versión en inglés y la versión en japonés).

Izumaru Nobuyo. “Yume de mo ii, mata aitai” (Quiero volver a verlos, aunque sea en sueños). Asahi Shimbun, 3 de marzo de 2013, edición matutina.

  • [23.10.2013]

Crítico literario nacido en 1968 en la prefectura de Niigata. Licenciado en Literatura Francesa por la Universidad de Keiō. Su obra Ochi Yasuo to sono jidai (Ochi Yasuo y su época; Mita Bungaku, 2007) le valió el Premio de Autores Noveles de Mita Bungaku. Algunas de sus obras son Izutsu Toshihiko: eichi no tetsugaku (Izutsu Toshihiko: la filosofía de la sabiduría; Keiō Daigaku Shuppankai, 2011), Tamashii ni fureru: daishinsai to ikiteiru shisha (En contacto con las almas: el Gran Terremoto de Tōhoku y los muertos que siguen vivos; Transview, 2012) y Uchimura Kanzō wo yomu (Leer a Uchimura Kanzō; Iwanami Shoten, 2012).

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