En profundidad La veneración de los caídos en la guerra en el santuario de Yasukuni
Japón y la memoria de los caídos en la guerra

Hiyama Yukio [Perfil]

[14.11.2013] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية | Русский |

A partir de las dos principales contiendas civiles ocurridas durante los primeros años de la Era Meiji, la forma en que se recuerda a los caídos en la guerra sigue en Japón dos tradiciones bien diferenciadas: la del estado central y la de las comunidades regionales o locales. El presente artículo, sustentado sobre un estudio in situ de las instalaciones existentes en diversos rincones de Japón, explica el peculiar proceso de consolidación del Santuario de Yasukuni.

Las ceremonias en memoria de los caídos en la guerra que se realizan en Japón encuentran su base histórica, por una parte, en las que se hicieron a los shishi (guerreros de nobles ideales, patriotas) que lucharon por la restitución del poder al emperador y cayeron durante el proceso de la Restauración Meiji, y por la otra en las ceremonias de carácter premoderno en memoria de los “leales vasallos”, promovidas por su “señor” (el propio emperador o alguno de los señores feudales), en honor de quienes, obedeciendo a aquel, se incorporaron a filas y cayeron en batalla luchando en el bando vencedor durante la Guerra de Boshin(*1). Por tanto, en estas ceremonias no operaba la lógica de la patria, tal como la entendemos en un contexto de nación-estado. Esto se irá convirtiendo en una contradicción esencial a la hora de plantear en Japón el problema de la forma de honrar la memoria de los caídos en batalla.

Caídos en las guerras del imperio y honras a los “leales vasallos”

Las ceremonias en memoria de las almas de los leales vasallos comienzan en 1868, año en que se realizó en Higashiyama (Kioto) el shōkonsai (“fiesta de convocatoria de almas”, literalmente) en homenaje a los soldados de Satsuma (Kagoshima), Chōshū (Yamaguchi) y otros tres han o señoríos feudales, que habían perecido en el Incidente de Kinmon(*2) y en la batalla de Toba-Fushimi(*3). Un año después, en 1869, se construyó el Santuario de Tōkyō Shōkonsha, que posteriormente sería rebautizado como Santuario de Yasukuni. Aquí fue dándose forma a este tipo de conmemoración en honor de los leales vasallos del emperador, que tiene su cúspide precisamente en Yasukuni.

Por otra parte, las conmemoraciones organizadas por los señores feudales fueron formándose en torno a los santuarios construidos por los diversos han una vez celebrado el shōkonsai. El han de Chōshū construyó el Yamaguchi Shōkonsha, el de Satsuma el Isatama Reisha, el de Inshū (Tottori) el Shōkonshi, el de Geishū (Hiroshima) el Miku Reisha, el de Owari (Nagoya) el Seichūsha. De esta manera, al ir formándose una red de instituciones erigidas en memoria de los soldados de los han que formaron el autodenominado “ejército gubernamental” y murieron luchando por el derrocamiento del shogunato, fue creándose el sistema de celebraciones en sufragio de los leales vasallos que tiene por cúspide a Yasukuni. Sin embargo, si bien todo ello parece ir abriendo el camino hacia la lógica que se expresa cuando se habla de los kami (dioses sintoístas) del Japón imperial consagrados por el emperador, o del reconocimiento de la heroicidad de quienes perecieron como soldados del Japón imperial, inevitablemente brilla por su ausencia esa otra lógica de que este reconocimiento pudiera simbolizar la unidad del pueblo japonés.

Esto quedó de manifiesto con ocasión de la expedición militar japonesa a Taiwán de 1874, que fue la primera de ese tipo efectuada por Japón en tierra extranjera en su historia moderna. En ella murieron 538 personas, que representan aproximadamente un 13% del total del personal movilizado para la expedición (3.658 soldados y personal agregado, más algo más de 500 operarios que trabajaban para el ejército). Sin embargo, en el Santuario de Tōkyō Shōkonsha (Yasukuni) solo se rinde culto conjunto a 12 de ellos, cifra que apenas representa el 2,2% del total de fallecidos. Es decir, que incluso tratándose de una guerra de estado frente a un poder extranjero, no se disponía entonces de una lógica que “consagrase” a todos por igual como “almas heroicas” que se han sacrificado por la “patria”. La contradicción esencial de estas ceremonias por las almas de los caídos en las guerras del imperio estribaba en esta diferenciación sustentada sobre la idea de honrar la memoria de los “leales vasallos”. Esta situación solo pudo subsanarse gracias al complemento que supusieron las celebraciones populares en sufragio de las almas de los caídos en batalla, realizadas por las comunidades locales, que proliferaron por todo el país.

Ceremonias populares para honrar a los paisanos

En realidad, estas celebraciones populares no se iniciaron con las guerras exteriores de Japón, sino con la Rebelión de Satsuma(*4)(1877), una guerra civil de grandes proporciones. El emperador ordenó rendir culto conjunto en el Santuario de Tōkyō Shōkonsha (Yasukuni) a los 6.959 miembros de los ejércitos gubernamentales que murieron tras ser enviados para aplastar la serie de rebeliones que dio comienzo con la de Saga(*5)(1874) y concluyó con la citada de Satsuma.

Paralelamente, para honrar la memoria de los samuráis locales caídos en esta guerra civil, en mucho lugares, de forma voluntaria y por propia iniciativa se realizaron celebraciones en sufragio de los caídos en batalla o se erigieron monumentos recordatorios siguiendo las tradiciones locales y teniendo a las propias comunidades como protagonistas. En la prefectura de Wakayama, el antiguo señor feudal, Tokugawa Mochitsugu y otros personajes llevaron a cabo una ceremonia de este tipo, y en el actual distrito rural de Chōsei (prefectura de Chiba), en el recinto del santuario sintoísta de Tamasaki, se elevó un monumento recordatorio a los caídos en batalla originarios de los distritos de Nagara y Habu. Además, en el templo de Otowa Gokokuji, en el antiguo distrito de Koishikawa (Tokio), los miembros de un cuerpo policial elevaron un cenotafio a sus compañeros que fueron incorporados al ejército y murieron en batalla.

Un buen exponente de esta corriente es el caso de la ciudad de Matsue, en la prefectura de Shimane. No bien terminó la guerra civil se construyó el Santuario de Matsue Shōkonsha, que fue escenario, 10 años después, de una multitudinaria ceremonia en honor de los caídos en la Rebelión de Satsuma. Un año después, en 1888, en el antiguo castillo de Matsue se elevó en recuerdo de los caídos en esta contienda oriundos de Izumo, Iwami y Oki (los tres antiguos señoríos que conforman la prefectura) un recordatorio que fue sufragado mediante cuestación, en la que hicieron sus aportaciones desde alumnos de primaria de todos los municipios de la prefectura al gobernador o al antiguo señor feudal. En esa ocasión se realizó un acto público de elevación del monumento, ceremonias budistas y sintoístas por las almas de los caídos, y se engalanó la ciudad con banderas, ramos ornamentales y linternas colgantes, con tal afluencia de gente y animación que parecía celebrarse en las calles una victoria guerrera. En igual momento, en la aldea de Fukumitsu (distrito rural de Nima), como expresión de duelo por la muerte de los paisanos muertos en batalla, vecinos de la aldea, a título particular, elevaron un cenotafio, y se llevaron a cabo ceremonias sintoístas y budistas por los muertos, acompañadas por combates de sumō y otras muchas atracciones. Los muertos en la guerra recibieron, pues, un tratamiento de “héroes familiares” y fueron reconocidos como tales, siguiendo una lógica ajena totalmente a lo estatal.

Convivencia entre ceremonias estatales y de la nación

Así, pues, sobre la base de las celebraciones por las almas de los leales vasallos que murieron en la Guerra de Boshin y de la conciencia de país que fue formándose mediante la guerra civil que de hecho fue la Rebelión de Satsuma, se creó en Japón una forma de honrar la memoria de los caídos en batalla propia del país, que tomó su forma definitiva con ocasión de la Guerra Sino-Japonesa (1894-95), que fue una guerra hondamente sentida por el pueblo. En esta fase, quedó fijada la fórmula básica que se sigue en Japón para rendir memoria a los caídos, que posteriormente fue complementada por los sistemas de apoyo al ejército y los sentimientos nacionalistas gestados a lo largo de conflictos con otros pueblos y guerras exteriores como la referida de Taiwán(*6), el Levantamiento de los Bóxers o la Guerra Ruso-Japonesa. En resumen, tenemos por un lado las honras estatales del Japón imperial que vemos en la consagración que el emperador y el ejército hacen de las almas de los caídos como kami en Yasukuni, y por otra, como un vector independiente de lo anterior, las honras populares basadas en la conciencia de país (en el sentido tradicional de identidad regional), en las tradiciones de las comunidades locales y en la propia cultura, dos líneas japonesas de honrar la memoria de los caídos en batalla que han convivido la una al lado de la otra.

Con el ascenso del militarismo en los años 30 del siglo pasado, fue endureciéndose el control sobre las honras a los caídos, que se efectuó desde una mentalidad estatalista y se materializó en los movimientos para construir por todo el país monumentos a los leales vasallos caídos en batalla y santuarios sintoístas de inspiración estatal que fueron llamados gokoku jinja (literalmente, “santuarios de la defensa del país”). Sin embargo, si nos fijamos en los cementerios de los caídos en la guerra existentes en todos los municipios urbanos y rurales del país, no parece que esta forma de honrar a los caídos de inspiración militarista calase profundamente en el conjunto del pueblo japonés. Más bien, parece que fue después de la Segunda Guerra Mundial cuando, conforme iban tomando protagonismo las asociaciones de familiares de fallecidos en la guerra, las honras a los caídos en el santuario de Yasukuni adquieren un mayor peso en la mente japonesa. Simultáneamente siguieron celebrándose las otras ceremonias tradicionales en memoria de los muertos de la guerra en torno a los enterramientos colectivos existentes en muchos pueblos y ciudades. Resumiendo, el periodo que se abre tras la Segunda Guerra Mundial se caracteriza por una dicotomía en la forma de honrar a los muertos, entre las manifestaciones de reconocimiento al heroico espíritu de los caídos, representadas por el Santuario de Yasukuni, y las honras más tradicionales, donde predominan los sentimientos de pesar y de duelo, marcando la diferencia con el periodo anterior el hecho de que ambos tipos de manifestaciones encierran básicamente un deseo de paz.

Contradicciones internas en Yasukuni: la discriminación de los taiwaneses

La forma de honrar las almas de los caídos en las guerras del imperio, que se articula sobre el eje del Santuario de Yasukuni como institución religiosa donde el emperador, el ejército de tierra y la armada honran la memoria de aquellos, comienza a tomar su forma definitiva en 1887, año en que las nuevas reglamentaciones relativas al santuario estipulan que serán los titulares de los ministerios del Ejercito y de la Armada quienes remitirán a aquel las listas de fallecidos que pasarán a recibir culto, y no el dajō daijin, autoridad civil que se encargó de ello hasta su abolición a finales de 1885.

Es decir, que con esta reforma ya no es el gobierno, sino el ejército el que designa a los candidatos a recibir culto conjunto en Yasukuni. Esto significa que las honras de carácter estatal, que a duras penas habían mantenido en Yasukuni sus formas estatales, adoptan bajo la autoridad del Ejército y de la Armada una forma específicamente militar. Esto trae consigo una nueva contradicción: la del culto conjunto rendido a los soldados de origen taiwanés.

Del hecho de que las honras a los caídos en las guerras del imperio se rijan básicamente por la fórmula de las honras a los leales vasallos se deriva que sea la voluntad del emperador la que determine que sus almas sean consagradas como kami. El Japón imperial adoptó una política según la cual todos los pobladores de las tierras regidas bajo autoridad imperial, incluidos los pueblos dominados cuyas tierras habían sido conquistadas por Japón, pasaban a integrarse como súbditos del emperador. Así pues, en Japón no hubo unidades militares coloniales a modo de legiones extranjeras. El primer caso de un oriundo de Okinawa que recibe culto en Yasukuni data de la Guerra Sino-Japonesa, y el de un ainu en recibir ese mismo trato de la Guerra Ruso-Japonesa (1904-05). En el caso de los coreanos, la primera inclusión en Yasukuni data de 1926, cuando comenzó a rendirse culto conjunto a un grupo de personas de ese origen que murieron en las filas japonesas entre 1914 y 1920.

En resumen, no se utilizaron criterios étnicos a la hora de establecer los requisitos para obtener la cualificación como candidato a ser “consagrado” en Yasukuni ni para convertirse en soldado imperial. Si embargo, entre estos grupos no había entonces ningún taiwanés, por la sola razón de que el culto conjunto rendido en Yasukuni a las almas de los caídos en guerra no respondía a ningún sistema legal del estado imperial japonés. Surge aquí el problema de la discriminación de los taiwaneses en el culto conjunto rendido en Yasukuni.

En primer lugar, hay que decir que ni los indígenas taiwaneses ni los colonos chinos de origen continental que vivían en la isla dieron su consentimiento ni su bienvenida al dominio japonés. Los residentes de origen chino se opusieron tenazmente a la ocupación y su resistencia derivó en una guerra. Incluso después de la represión que siguió a la guerra, continuó la resistencia armada de los pueblos indígenas de Taiwán, que fue calificada por los dominadores japoneses de “sedición” o “motines de delincuentes” que “infestaban” la isla. Lógicamente, en la represión de esta resistencia y subyugación de estos pueblos, así como en las campañas de riban(*7) murieron muchos policías y miembros de los aiyū(*8).

En este contexto, en 1908 la Oficina del Gobernador General de Taiwán elevó una petición para que los oficiales de policía muertos en la represión de los insurgentes o defendiendo posiciones japonesas frente a los seiban(*9) fuesen objeto de culto conjunto en el Santuario de Yasukuni. Esta petición supone el inicio del problema de la inclusión de los caídos de origen taiwanés en el santuario. De todos modos la petición de las autoridades japonesas en Taiwán encontraron una férrea oposición por parte de los ministerios del Ejército y de la Armada, que se negaron a aceptarla.

El Santuario Tōkyō Shōkonsha fue rebautizado en 1879 Santuario de Yasukuni y elevado a una categoría especial entre las instalaciones religiosas del estado. La fotografía apareció en 1910 en una colección titulada Tōkyō Meisho Shashinchō, con la leyenda “Santuario de Yasukuni, en Kudan”. (Cedida por el sitio web de la Biblioteca Nacional de la Dieta)

Sin embargo, dentro de la política de dominación de la isla, el asunto era de vital importancia, y la Oficina del Gobernador General de Taiwán continuó tratando de convencer al Ministerio del Ejército con esmero e insistencia, sin cejar hasta que, por fin, dos años después, obtuvo una respuesta positiva, si bien con la condición de que los aiyū, que estaban formados por indígenas taiwaneses, quedasen excluidos. La Oficina del Gobernador General procedió inmediatamente a cursar las candidaturas al culto conjunto en Yasukuni, y en marzo de 1911 la petición llegó formalmente al emperador a través del ministro del Ejército. Sin embargo, la respuesta que se hizo llegar a través del ministro de la Casa Imperial fue la de que la petición había sido denegada y que el emperador no reconocería que se rindiera culto a taiwaneses en Yasukuni, por lo que la Oficina del Gobernador General de Taiwán hubo de resignarse y se cerraron las puertas a la inclusión de estos entre los caídos honrados en el santuario.

Esto sirvió para reafirmar que el derecho a decidir sobre la “consagración” en Yasukuni correspondía al emperador, y que en contra de su voluntad nadie podía recibir culto en el santuario. Dicho en otras palabras, que si se rendía culto en un santuario a alguien en tal caso, ese santuario no podía ser el de Yasukuni.

Un segundo sistema de honras ajeno a la lógica del imperio

La Oficina del Gobernador General de Taiwán no podía permitirse permanecer inactiva ante la negativa a rendir culto conjunto en Yasukuni a los caídos en batalla taiwaneses. En 1928 se decidió construir un santuario en el que rendir culto como kami de la defensa del país a los caídos taiwaneses que habían sacrificado su vida por el estado. Es el Santuario de Kenkō, en el que quedaron consagrados como kami todos aquellos que habían sacrificado su vida en Taiwán desde 1895, ya fuese en acciones bélicas o en el ejercicio de sus cargos. Fueron honrados en este santuario las almas de 16.805 personas, 3.339 (19,9%) de ellas taiwaneses de origen chino, y 281 (1,7%) indígenas de la isla. Así pues, comenzó a existir un sistema de honras a los caídos diferenciado del promovido por el imperio.

Sin embargo, con el recrudecimiento de la Segunda Guerra Sino-Japonesa, desarrollada bajo el militarismo imperante durante la fase fascista de la Era Shōwa, el ejército japonés utilizó a muchos taiwaneses como personal agregado u operarios, con lo que aumentaron también las bajas de taiwaneses en el continente y comenzó a resultar problemático seguir aplicando el mismo trato discriminatorio. Además, también en Taiwán se abrió el alistamiento voluntario en el ejército, algo que ya se había hecho en Corea, lo cual prácticamente obligaba a aceptar la inclusión de los taiwaneses en Yasukuni, tal como se había hecho con los coreanos. A ese fin se erigió en 1942 en la isla el Taiwan Gokoku Jinja, para rendir culto a las almas “consagradas” en Yasukuni de oriundos de Taiwán. No habrá que decir que tras este movimiento se escondía la intención de extender a los taiwaneses la orden de alistamiento forzoso.

En octubre de 1943, entre las almas a las que comenzaba a rendirse culto conjunto en el santuario dentro de la sexagésima tercera tanda de inclusiones aparecían las de 19 taiwaneses de origen chino. Se produce así una anómala dicotomía entre el Santuario de Kenkō y el Taiwan Gokoku Jinja, con una creciente complejidad en el sistema de honras a los caídos en las guerras del imperio.

Ocurre aquí una gran contradicción. En circunstancias normales, la “consagración” en Yasukuni venía siendo anunciada en el Boletín Oficial cuando en el momento de la inclusión de las nuevas almas, como una forma de conseguir que los “heroicos espíritus” del estado lo fueran también del pueblo japonés. Pero para evadirse de las responsabilidades derivadas de la derrota japonesa en la batalla de Midway, así como para evitar que el pueblo tomase conciencia del giro desfavorable que tomaba la guerra, desde la sexagésima cuarta tanda de inclusiones que se efectuó en abril de 1944 ya no se hicieron públicas las listas de nuevas inclusiones. A partir de aquel momento, las “consagraciones” del santuario se convirtieron en “consagraciones de heroicas almas del ejército”, que se hacían a espaldas del pueblo. Y después de la guerra esta herencia arrastrada por Japón se ha reducido todavía más, hasta convertirte simplemente en las “heroicas almas de Yasukuni”.

1959, primer cementerio estatal para las víctimas de la guerra

Con el fin de la guerra se produjo un cambio radical en los valores compartidos por el pueblo japonés y en su visión de la guerra, cambio que llegó provocado por la contemplación de un país que había quedado reducido a cenizas, y por la aceptación de una derrota que llevó aparejados ingentes sacrificios de vidas humanas. El arrepentimiento, la profunda reflexión en torno a la guerra, y una vehemente deseo de paz fueron las bases de un pacifismo que llevó a la creación de nuevas instalaciones para honrar las almas de los caídos y al establecimiento de nuevos ritos para expresar el duelo por todos los que perecieron durante la guerra, incluyendo a la ciudadanía en general.

En 1959 se construyó el primer cementerio estatal para los caídos en la guerra, el Cementerio Nacional de Chidorigafuchi, donde fueron reunidos los restos mortales de quienes perecieron en ultramar. Fue el primero y el último cementerio estatal concebido para las víctimas de todo el país. Además, como instalaciones estatales, pueden citarse el cementerio para las víctimas de la batalla de Okinawa en la ciudad de Itoman, o los memoriales de la paz de Hiroshima y Nagasaki para las víctimas de las bombas atómicas. Igualmente, existen otras muchas construcciones para fines específicos, como los cenotafios de las víctimas de la guerra elevados en los lugares del área del Pacífico donde tuvieron lugar acciones bélicas, así como en los lugares de Siberia donde muchos japoneses murieron tras ser confinados durante años en campos de trabajo, después del fin de la guerra.

Detalle del Cementerio Nacional de Chidorigafuchi, construido en 1959. En el Pabellón Hexagonal se honran las almas de 358.260 fallecidos (mayo de 2013).

Otras instalaciones, como el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, o el cementerio y el salón recordatorio de las víctimas de la guerra construidos por el Gobierno Metropolitano de Tokio, han sido construidas por los gobiernos locales o provinciales. Son muchas, por otra parte, las instalaciones promovidas por diversos colectivos o grupos civiles, como la torre alzada en Himeji (Hyōgo) en honor de las víctimas de los bombardeos aéreos de todo el país, el museo en memoria de los colonos japoneses enviados a Manchuria y otras regiones del norte de China, sito en Achi (Nagano), el museo de Chiran (Kagoshima), que recuerda a los jóvenes aviadores de los escuadrones especiales de ataque (conocidos como “kamikaze”), o el de Shūnan(*10) (Yamaguchi), que honra a los jóvenes utilizados en la fase final de la guerra como torpedos humanos. Finalmente, entre las instalaciones propiamente religiosas, además del santuario de Yasukuni y la red de santuarios denominados Gokoku Jinja, podemos citar como ejemplo de recordatorio budista la pagoda llamada Nihon Chūreiden en el templo de Zenkōji, en la ciudad de Nagano.

También las ceremonias de duelo que incluyen a todas las víctimas de la guerra y no solo a las del ejército arrancan del Japón de la posguerra. La más representativa de todas ellas es la que se celebra en memoria de los muertos de la guerra organizada por el gobierno el 15 de agosto, fecha en que se conmemora en Japón el fin de la Segunda Guerra Mundial. En rigor, no puede decirse que esta ceremonia honre las almas de todos los muertos en las guerras del imperio, pues se especifica que incluye solo a las causadas desde la Segunda Guerra Sino-Japonesa, que estalló en 1937. Las honras a las víctimas de guerras anteriores quedan, pues, confiadas a los gobiernos locales o provinciales, comunidades, asociaciones de familiares de fallecidos, de ex prisioneros en Siberia, ex colonos de Manchuria, repatriados o ex compañeros de armas. La mayor parte de estas ceremonias se realizan siguiendo los cánones tradicionales de Japón.

Como queda de manifiesto, las celebraciones para honrar la memoria de los caídos en la guerra están marcadas por una división entre las promovidas por el estado central y las llevadas a cabo por las comunidades locales, división que parte de la circunstancia de que, en su origen, se trataba de honrar las almas de los vasallos leales a su señor. Estas comunidades han desarrollado una lógica propia, distinguible de la que opera en las celebraciones del gobierno central. Ambas lógicas han convivido respetándose y sin interferir mutuamente, lo cual puede entenderse también como algo cimentado en la propia tradición cultural de Japón.

*Para obtener información sobre la bibliografía original de este artículo, recomendamos consultar las referencias del texto original en japonés.

(*1) ^ Contienda civil que se desarrolló entre enero de 1868 y mayo de 1869, en la que se enfrentaron el ejército del gobierno restaurador y las facciones que apoyaban el sostenimiento del shogunato de los Tokugawa.

(*2) ^ Acción bélica ocurrida el 19 de julio de 1864 entre el han o señorío feudal de Chōshū (actual prefectura de Yamaguchi) y otros clanes que, como el de Aizu (Fukushima) o el de Satsuma (Kagoshima), apoyaban al shogunato y tenían apostados a sus soldados alrededor del Palacio Imperial de Kyōto. También llamado Incidente de Hamaguri Gomon.

(*3) ^ Rebelión que dio origen a la Guerra de Boshin. En enero de 1868, la guarnición del castillo de Osaka y las fuerzas militares de los clanes de Aizu y Kuwana, que habían salido en auxilio del último shogun, Tokugawa Yoshinobu, chocaron en Toba y en Fushimi con los soldados de la alianza Satsuma-Chōshū, saliendo derrotadas. Yoshinobu tuvo que regresar a Edo.

(*4) ^ Se trató de la mayor rebelión ocurrida en Japón. Fue provocada por Saigō Takamori y otros miembros de la clase samurái, descontentos con el rechazo mostrado por el gobierno de Meiji a sus pretensiones de favorecer una expedición punitiva contra Corea.

(*5) ^ Primera de las rebeliones de la época, encabezada por samuráis descontentos con las reformas efectuadas por el gobierno Meiji.

(*6) ^ Guerra de represalia llevada a cabo en 1895.

(*7) ^ Conjunto de medidas llevadas a cabo en Taiwán durante la época de dominio japonés para “civilizar” a los banjin o indígenas de las zonas montañosas, fijarlos a puestos de trabajo y mejorar sus condiciones higiénicas, entre otras cosas. En la práctica esta política fue acompañada de otras medidas para evitar alteraciones del orden público y para llevar a cabo la represión.

(*8) ^ Organización defensiva para prevenir los ataques de los indígenas taiwaneses.

(*9) ^ Durante la época de dominación japonesa de Taiwán previa a la Segunda Guerra Mundial, fueron denominados seiban los indígenas taiwaneses de las tribus Takasago que no habían sido aculturados por los chinos.

(*10) ^ Este museo es actualmente municipal, pero fue fundado por una asociación que promueve la memoria de estos hechos.

  • [14.11.2013]

Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chūkyō experto en historia de la Guerra Sino-Japonesa, la política de dominación japonesa de Taiwán y aspectos de la política contemporánea de Japón como los recordatorios y ceremonias en honor de los caídos en la guerra. Nacido en 1949, cursó estudios de doctorado en la Universidad Nihon. Ocupa su actual cargo desde 1981. Entre sus obras destaca Kindai Nihon no keisei to Nisshin Sensō – Sensō no shakaishi (La formación del Japón moderno y la Guerra Sino-Japonesa – Una historia social de la guerra; Yūzankaku Shuppan, 2001).

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