En profundidad Religión y espiritualidad en Japón
¿Qué buscan los jóvenes de la Era Heisei en la religión?

Shimada Hiromi [Perfil]

[10.04.2014] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | العربية | Русский |

Los jóvenes fueron quienes más activamente secundaron las nuevas formas religiosas surgidas en el Japón de la posguerra. Hoy en día estas religiones han perdido gran parte de su vitalidad y muchos jóvenes se están aficionando a visitar los numerosos templos y santuarios tradicionales con que cuenta el país. En este artículo, un estudioso del tema indaga en la religiosidad de la nueva generación de jóvenes.

Mi especialidad son las religiones y tengo algunos libros sobre temas como el sintoísmo o el budismo en Japón, así que visito a menudo templos y santuarios. En todos ellos suelo descubrir la presencia de muchos jóvenes.

Hasta hace poco, eso de viajar recorriendo los templos budistas o los santuarios sintoístas de una determinada región era algo propio de la gente mayor. Pero últimamente resulta incluso difícil ver a personas mayores en estos lugares. Puedo encontrarme con algún grupo de ancianos que ha llegado en uno de esos viajes organizados en autobús, pero no es algo que ocurra demasiado frecuentemente. Los visitantes más entusiastas de edificios religiosos son, hoy por hoy, los jóvenes.

Récord de visitas en la ceremonia de reconstrucción del Ise Jingū

En 2013 el santuario sintoísta Ise Jingū llevó a cabo el sengū, una ritual reconstrucción de sus edificios que viene celebrándose una vez cada 20 años. Finalizadas las obras, el edificio principal recién estrenado lucía soberbio. Fue un año muy especial para Ise, que recibió un gran número de visitantes. Se contabilizaron más de 14,2 millones de visitas, incluyendo Naikū y Gekū (parte interior y exterior del santuario). Las previsiones hablaban de unos 13,0 millones, pero se han visto ampliamente superadas. Ha sido, sin duda, la mayor afluencia registrada en toda la historia del famoso santuario.

Muchos de estos visitantes eran jóvenes. Yo visité el renovado santuario por primera vez a finales de año y también entonces predominaban. Además, parecían muy respetuosos con las formas, pues ni al entrar ni al salir olvidaban hacer el preceptivo saludo ante el torii. No parecía que estuvieran visitando el sitio por pura curiosidad.

Hace unos tres años, cuando visité el santuario sintoísta de Kamigamo, en Kioto, me llevé la misma impresión. Justo entonces se realizan obras de reconstrucción periódicas similares a las de Ise Jingū y era posible contemplar muy de cerca el pabellón principal. Antes de llegar allí los visitantes podíamos acercarnos a una de las estancias y recibir la explicación del sacerdote sintoísta responsable del santuario. Pues bien, también quienes recibían la explicación eran mayoritariamente jóvenes, y por lo que pude ver, escuchaban con gran interés.

Templos y santuarios vistos como power spots

¿Cuándo comenzó a ocurrir este fenómeno? No lo sé, pero el caso es que hoy en día viajar visitando templos y santuarios es ya cosa de jóvenes. Y además no se trata de un turismo superficial, de una actividad de ocio, pues para ellos experimentar el encuentro con uno de estos lugares sagrados es el principal objetivo de su viaje.

Para explicárnoslo, tenemos que pensar, primero, en la relación que esto puede tener con el boom de las visitas a los power spots [lugares donde, supuestamente, el visitante puede absorber fuerzas emanadas de la naturaleza]. El tema de los power spots aparece con gran frecuencia en revistas, sitios de internet y otros medios, que nos hablan de cuáles de estos puntos son más poderosos, etc. En 2013 el Monte Fuji fue designado Patrimonio Cultural de la Humanidad y desde entonces se han multiplicado los artículos que lo presentan como un power spot.

En efecto, uno se encuentra a menudo con jóvenes que, tras visitar un templo o un santuario, afirman haber sentido ese power. Y si acudimos a una exposición de imaginería budista es probable que lleguen a nuestros oídos admiradas voces de jóvenes apabullados por el “increíble power” de alguna de las figuras. Pero en estas actitudes yo veo algo más que un simple boom.

Después, habría que considerar también las implicaciones económicas. Últimamente se habla de recuperación económica y se alzan voces que reclaman aumentos salariales, pero el hecho es que el largo proceso deflaccionario sigue su curso y que los salarios reales siguen sin subir. La inestabilidad laboral sigue extendiéndose y afecta cada día más a la juventud. Esto significa que los jóvenes tienen escasa disponibilidad de dinero.

Aparece entonces la visita a estos lugares sagrados como una opción de ocio asequible. Ir a Disneyland supone un desembolso de unos 10.000 yenes por persona. Pero la entrada al santuario de Ise, en sí misma, no cuesta dinero, además de lo que cada visitante tenga a bien depositar, como óbolo, a las grandes cajas que se sitúan frente a los lugares de oración. Y esto es extensible a cualquier otro power spot. Especialmente en el caso de los santuarios sintoístas, la gratuidad es la norma.

Los jóvenes, siempre implicados en las nuevas religiones

Lógicamente, el escenario económico tiene su influencia, pero viendo la forma en que estos jovenes conocen y respetan los preceptos uno comprende que la explicación no puede ser solo esa. Todo nos conduce a pensar que los jóvenes de hoy en día están desarrollando un interés perfectamente serio por la religión.

Pero los vínculos que unen a los jóvenes con lo religioso no son cosa reciente. Si echamos la vista atrás y repasamos lo que ha sido la historia religiosa de Japón a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, podremos ver a los jóvenes siempre como protagonistas.

El gran cambio en el mundo religioso de la posguerra vino con el ascenso de nuevos grupos como Sōka Gakkai, secta budista basada en las enseñanzas de Nichiren, o Risshō Kōsei-kai, que procede de la Escuela del Loto o Hokkeshū. Estos grupos se han convertido en gigantescas organizaciones. Y quienes abrazaron en aquella época estas nuevas formas religiosas fueron principalmente los jóvenes.

Sobre estos temas expuse detenidamente mis puntos de vista en mi libro Sōka Gakkai (edit. Shinchō Shinsho). Entre mediados de los años 50 e inicios de los 70, es decir, durante la época de rápido crecimiento económico conocida en el mundo como “milagro japonés” este grupo religioso se nutrió principalmente de las grandes masas de jóvenes que emigraron a las ciudades procedentes de las áreas rurales. Entre ellos había muchos hijos de agricultores que por no ser primogénitos no iban a heredar las tierras y que, a su llegada a la gran ciudad, no contaban con una base social que les reportara estabilidad. Estas personas buscaron en Sōka Gakkai esa estabilidad mental que no encontraban en otro lugar. Lo mismo puede decirse de la otra organización a la que me refería, Risshō Kōsei-kai.

El papel protagónico representado por los jóvenes en Sōka Gakkai quedó de manifiesto en octubre de 1954, cuando se celebró la ceremonia llamada shutsujinshiki en las faldas del monte Fuji. La organización se disponía entonces a dar el salto a la política. Participaron en la ceremonia 13.000 jóvenes de ambos sexos pertenecientes a la sección juvenil de la organización.

Estos jóvenes, organizados por sexo, se reunían allí para realizar las prácticas de iniciación (shakubuku), que suelen imponerse a los candidatos a ingresar en la secta. El lugar elegido fue el monte Fuji porque allí es donde se encuentra el templo budista Taisekiji, matriz de la secta Nichiren Shōshū, con la que a la sazón Sōka Gakkai mantenía una estrecha relación. 

Actualmente, cuando oímos hablar de nuevas religiones los japoneses tendemos a imaginar que sus adeptos son mujeres de una cierta edad, pero en los primeros tiempos de estas sectas el papel central correspondió a personas mucho más jóvenes.

Contra el fin del mundo, poderes sobrenaturales: las “novísimas religiones”

Esto no es aplicable solo a las llamadas “nuevas religiones” (shinshūkyō). La tendencia se ha mantenido en años posteriores. En 1973 se produjo la crisis del petróleo, que cerró de hecho la etapa de rápido crecimiento económico y supuso también un freno al crecimiento de las “nuevas religiones”. En el caso de Sōka Gakkai, los años 1969 y 1970 vinieron marcados por una oleada de rechazo social, al conocerse la forma en que la organización había tratado de obstaculizar publicaciones de contenido crítico.  

A partir de entonces, las “nuevas religiones” ceden ante el empuje de las que se dieron en llamar “novísimas religiones” (shinshinshūkyō), lo cual puede relacionarse con el creciente interés que se sentía en la época por el tema del fin del mundo. Ese mismo año de 1973 fue el de la publicación en japonés de las profecías de Nostradamus, y también el de la aparición del best-seller Nihon Chinbotsu (Japón se hunde). Frente a las “nuevas religiones”, que aspiraban a soluciar los males de este mundo (pobreza, enfermedades, guerras, etc) prometiendo favores palpables, las “novísimas” predicaban el fin del mundo y centraban sus actividades en la obtención de poderes sobrenaturales que permitieran superar esa crisis.

Y quienes acudieron en masa fueron, como siempre, los jóvenes. No se trataba ya de personas recién llegadas a las ciudades del medio rural, sino, principalmente, de nacidos en el medio urbano. Desde un punto de vista generacional, corresponden a los hijos o nietos de los primeros. 

Mahikari, GLA, Agon, la Iglesia de la Unificación o los Testigos de Jehová son ejemplos de esta nueva hornada de credos, pero en esta época también los de la hornada anterior trataron de acercarse por todos los medios a la juventud. Un buen ejemplo es el movimiento Innātorippu (inner trip), promovido por el grupo Reiyūkai, que a su vez fue el origen de la secta Risshō Kōsei-kai, a la que me he referido anteriormente. Esta es la época en que Sōka Gakkai comienza a celebrar sus festivales por la paz mundial, dirigidos principalmente a los creyentes de segunda y tercera generación, para despertar la fe y atraer a más gente a la organización.

La Verdad Suprema y Happy Science, producto del boom religioso

Y con la burbuja económica llegó a Japón el llamado “boom de las religiones”, que sumó a las “novísimas religiones” un nuevo interés por diversas formas de adivinación, por el channeling para ponerse en contacto con espiríritus o con extraterretres, por los seminarios de desarrollo (crecimiento) personal, etc. Y otra vez son los jóvenes los que más se interesan por estos intentos de naturaleza similar a la de las religiones.

Es durante este boom cuando emergen formas como la Verdad Suprema (Aum Shinrikyō) o la Happy Science (Kōfuku no Kagaku). En la primera de ella los veinteaños representaban una amplia mayoría entre sus creyentes. Muchos jóvenes decidieron abandonar la sociedad real para entrar en la secta de la Verdad Suprema, algo que podían hacer fácilmente porque no tenían responsabilidades, lo que les permitía experimentar este tipo de fenómenos sin mayor dificultad.

Vemos así con toda claridad que los protagonistas de las religiones del Japón surgido de la Segunda Guerra Mundial han sido siempre los jóvenes. Cuando una religión nace y se convierte en un fenómeno que atrae la atención de la sociedad, siempre son los jóvenes los que más interés muestran. Desde esa perspectiva, es comprensible también que sean los jóvenes quienes más se acerquen hoy en día templos y santuarios.

La estabilidad trae la vuelta a lo clasico, pierden fuerza las nuevas religiones

En nuestro tiempo, las nuevas religiones de las dos hornadas que he aludido están perdiendo fuerza. Sus organizaciones ya no tienen capacidad para seguir atrayendo a los jóvenes. Sōka Gakkai y otros grupos similares, que en su momento de mayor auge lograron aumentar el número de miembros mediante formas de conversión un tanto insistentes, hoy en día ya no convierten más que a los descendientes de los creyentes.

Las llamadas “novísimas religiones” han perdido también la vitalidad que un día tuvieron y hoy en día apenas producen ningún tipo de actualidad. Entre los estudiosos de las religiones de Japón el propio término shinshinshūkyō (novísima religión) ha caído casi en desuso, considerándose estas últimas manifestaciones dentro del conjunto de las “nuevas religiones”, concepto que, por cierto, ha perdido también la frescura que tuvo en su día.

Las religiones nuevas y novísimas se convierten en focos de interés cuando grandes convulsiones afectan a nuestras sociedades y resulta difícil leer el futuro. A pesar de que nuestro tiempo también tiene sus grandes catástrofes naturales y sus grandes crisis financieras, grandes sucesos todos ellos que no somos capaces de prever, nuestra sociedad es hoy en día mucho más estable de lo que era en la época de crecimiento rápido o en la de la burbuja. Japón ha tenido en el pasado largas épocas de estabilidad en los periodos Heian y Edo, y este aspecto en nuestra actual era, la era Heisei, es comparable a aquellas.  

En épocas de estabilidad, de pocos cambios, hay una fuerte demanda de lo tradicional, de lo conservador. Esto significa que en el campo religioso ya no se demandan formas “nuevas” ni “novísimas”, sino formas de religión y de fe tradicionales, que han sobrevivido hasta nuestros tiempos tras recorrer un largo camino.

Los jóvenes sienten algo nuevo en lo más antiguo

Las religiones de Japón se enorgullecen de tener una historia relativamente larga, si la comparamos con la de otras muchas religiones del mundo. El sintoísmo ha sufrido, indudablemente, grandes transformaciones, pero en todo caso cuenta con una historia milenaria. No encontramos en ningún país ejemplos de sencillas religiones nacionales que hayan sido transmitidas hasta nuestros días.

En el caso del budismo, nos fue transmitido desde China y desde la Península Coreana y por lo tanto no es una religión local, pero desde el momento de su transmisión, allá por el siglo VI, han transcurrido ya cerca de 1.500 años. En India, donde nació, el budismo está de capa caída, y ni en China ni en la Península Coreana puede decirse que ocupe una posición central en la escena religiosa. Los únicos países en los que puede decirse que la tradición del budismo Mahayana (Gran Vehículo) se ha transmitido hasta el presente son, además de Japón, Tibet y Vietnam.

Si queremos conocer el viejo budismo o el viejo sintoísmo japonés, no tenemos más que hacer una visita a Nara o a Kioto. La ceremonia de reconstrucción periódica del Santuario de Ise es también muy antigua, pues se remonta al siglo VII. Además el mundo de las creencias religiosas se halla en Japón fundido con la naturaleza, así que no es difícil encontrar objetos naturales convertidos en objetos de culto. Esto contribuye también a proyectar la imagen de que se trata de cultos sostenidos desde tiempos muy remotos.

El Meiji Jingū, que fue construido durante la Era Taishō (1912-1926), y otros santuarios similares siguen el patrón del clásico santuario elevado en medio de un bosque sagrado y protector, dando toda la impresión de ser un lugar depositario de creencias antiquísimas.

Es posible que los jóvenes actuales perciban en esta tradición algo que les resulta novedoso. Y si muestran ese interés en las formas y preceptos, es porque piensan que sin respetarlos no es posible acercarse a estas formas tradicionales.

Solo una figura carismática puede acabar con la sensación de estancamiento

La actitud de volver a lo tradicional que vemos en estos jóvenes está relacionada también con esa “derechización” de la que tanto se habla en los últimos tiempos. Y en esto influye fuertemente las transformaciones que se experimentan en la situación del Asia Oriental. En las relaciones que Japón mantiene como estado con China y con Corea del Sur hay una creciente tensión y los jóvenes se sienten ahora más nacionalistas que antes.

Hay también una cierta sensación de estancamiento, como consecuencia de la larga estabilidad, que está dando como resultado un fortalecimiento de esos sentimientos. A mayor inmovilidad, más necesario resulta pertrecharse contra el aburrimiento cotidiano. La necesidad de “eventos” y acontecimientos que nos saquen de ese hastío se hace entonces más fuerte.

Para que una religión atraiga fuertemente, tiene una importancia decisiva que surjan personajes con carisma y atractivo. Si no hubieran aparecido hombres como Toda Jōsei o como Ikeda Daisaku, Sōka Gakkai no se habría convertido en la gigantesca organización religiosa que es hoy en día. La Verdad Suprema tampoco podría entenderse sin la figura de su líder, Asahara Shōkō.

Cabe preguntarse si en la sociedad japonesa volverán a aparecer personajes como estos. Pero es sencillamente imposible dar respuesta a esta pregunta. Pero si en este momento surgiera una persona que supiera imprimir una orientación a las ansias de religiosidad de los jóvenes, no cabe duda de que su movimiento alcanzaría una gran expansión.  

(Traducido al español del original en japonés. Fotografía del titular: AP/Aflo)

  • [10.04.2014]

Experto en religiones, escritor y presidente de la organización sin ánimo de lucro Maisō no Jiyū wo Susumeru Kai (Asociación para la Promoción de la Libertad en el Entierro). Actualmente enseña en la Univesidad Femenina de Tokio. Tras graduarse en la Facultad de Letras de la Universidad de Tokio (1976), se doctoró en la Escuela de Posgrado de Humanidades de la misma universidad, especializándose en Ciencia de las Religiones (1984). Fue profesor adjunto del Centro de Desarrollo de la Educación a Distancia y profesor de la Universidad Femenina de Tokio. Desde el año 2008 es investigador invitado en el Centro de Ciencia y Tecnología de Punta de la Universidad de Tokio. Es autor de obras como Sōka Gakkai (Shinchōsha, 2004), Nihon no 10 daishinshūkyō (10 grandes nuevas religiones de Japón; Gentōsha, 2007) o Kami mo hotoke mo daisuki na nihonjin (Un pueblo amante de dioses y budas; Chikuma Shobō, 2011).

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