En profundidad Cuatro años en el camino de la reconstrucción
Sin retorno posible: la inevitable odisea de una comunidad de Fukushima

Tom Gill [Perfil]

[16.06.2015] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | FRANÇAIS | العربية |

La historia de Nagadoro, una pequeña aldea en el área del desastre nuclear de Fukushima, ofrece una pista sobre el futuro de otras comunidades desplazadas de la misma zona.

Esperanzas que se consumen poco a poco

Una conversación con Takahashi Masato me convenció finalmente de que Nagadoro estaba condenada.

Me encontraba haciéndole una visita a él y a su mujer en su unidad del complejo de viviendas temporales número 2 de Matsukawa. Han estado viviendo en un angosto apartamento prefabricado durante los últimos cuatro años. Me explicó que su hijo mayor, Masahiro, había firmado recientemente un contrato para adquirir una parcela de terreno en la ciudad de Fukushima en la que construir una casa para su familia. Les preguntó a Takahashi y a su madre si querrían ir a vivir con ellos una vez la casa estuviera lista, y Takahashi dijo que sí, y que podría pagar para que la casa incluyese una segunda cocina y un baño para evitar entrometerse en el camino de esta joven generación.

Takahashi Masato hace un masaje al autor del artículo durante un reencuentro de la villa de Nagadoro.

Durante cuatro años Takahashi ha tenido la firme determinación de regresar a su hogar en la aldea irradiada de Nagadoro en la villa de Iitate. Él ha vivido allí toda su vida, y tiene la intención de vivir sus últimos días allí también. Mientras que otras personas han afirmado que jamás regresarán a Nagadoro, él ha visitado el lugar varias veces cada semana, alimentando a sus gatos y a las carpas de su estanque, y limpiando su casa para mantener todo en buen estado y listo para su regreso. Junto con algunos amigos ha realizado una petición al alcalde para que comiencen las labores de descontaminación en Nagadoro. Incluso ha realizado trabajos de descontaminación él mismo, plantando girasoles en un terreno cerca del puesto de medición de radiación del Gobierno(*1) y cortando la hierba alrededor de este mismo lugar en un intento quijotesco de reducir los niveles de radiación que aparecen publicados sobre su amada Nagadoro. Hoy, sin embargo, asegura que “el sueño ha llegado a su fin”.

Una respuesta tardía

Takahashi, uno de los anteriores líderes locales de Nagadoro, tenía 75 años cuando tuvo lugar el desastre de la central nuclear de Fukushima. Las explosiones de hidrógeno en la central de Fukushima Daiichi enviaron material radiactivo a la atmósfera, y los vientos los llevaron al noroeste sobre Iitate. En los días inmediatamente posteriores a las explosiones el Gobierno evacuó a las personas que estaban en un radio de 20 kilómetros alrededor de la central nuclear, y ordenó a aquellos que vivían entre los 20 y 30 kilómetros que se mantuvieran dentro de sus casas. Iitate no está dentro de ese radio de 30 kilómetros, por lo que no hubo orden de evacuación. Pero algunas zonas de Iitate tenían mayores niveles de radiación que otras muchas que estaban dentro del radio de 20 kilómetros. Nagadoro fue la aldea más afectada al encontrarse al sur de la villa.

Takahashi frente a una alambrada que cierra el acceso a Nagadoro. Miembros de la aldea disponen de pases especiales para acceder, pero algunos se preguntan por qué el lugar se ha considerado seguro para ellos e inseguro para otras personas de fuera.

El 17 de marzo de 2011 se registró en Nagadoro un nivel de radiación atmosférica de 95,2 microsieverts por hora. Esto es equivalente a 834 milisieverts al año en un momento en el que el límite anual considerado de manera oficial como seguro era de 1 milisievert. Sin embargo, no hubo una orden de evacuación hasta el 22 de abril, 42 días después del desastre, punto en el que se ordenó a las 20 aldeas totales de Iitate que evacuaran a su población. No obstante, les dieron de plazo hasta finales de mayo, otros 40 días, lo que sugería que la situación no era tan urgente. En el caso de Nagadoro, los habitantes que siguieron las órdenes del Gobierno y evacuaron la zona para finales de mayo estuvieron expuestos a alrededor de 50 milisieverts de radiación antes de salir. Solo el tiempo dirá cómo de graves serán los efectos sobre su salud tras este retraso completamente innecesario.

Algunos hombres de la aldea eran más confiados, y se quedaron en Nagadoro incluso después del plazo de evacuación del Gobierno, a menudo debido a que tenían vacas encintas que debían parir antes de que pudieran ser vendidas.  Uno de los habitantes, Shiga Takamitsu, se quedó en Nagadoro solo con su golden retriever Ray como compañía durante todo un año después de la órden de evacuación. Había leído libros sobre radiación y concluido que los niveles alrededor de su casa no eran una seria amenaza a su salud. Además, su trabajo no requería que pasase largos periodos en el exterior. Él dirigía un pequeño negocio de comercio de algas secas que continuó cortando y empaquetando en Nagadoro hasta mayo de 2012, cuando el Gobierno reorganizó el área de evacuación. El Gobierno designó Nagadoro como un “distrito de difícil regreso” (kikan konnan kuiki), puso barreras alrededor de la aldea y la declaró inhabitable durante los siguientes cinco años. Llegado este punto Shiga finalmente cedió y trasladó su negocio y residencia a la ciudad de Fukushima.

Un cruce en el centro de la aldea desierta de Nagadoro.

 

Shiga Takamitsu se quedó en Nagadoro durante todo un año después de que todos los demás se hubiesen marchado.

Dejando atrás el hogar

La gente de Nagadoro fue reubicada, algunos como Takahashi a viviendas temporales, y otros como Shiga a viviendas de alquiler que encontraron por sí mismos, con la mensualidad pagada por la prefectura. Algunos se vieron viviendo en apartamentos relativamente lujosos, otros en cabañas prefabricadas. La comunidad fue separada por toda la prefectura de Fukushima, y los vecinos dejaron de estar en contacto.

Las viviendas prefabricadas en el complejo de residencia temporal número 1 de Matsukawa (a la izquierda). Hay personas que siguen viviendo aquí cuatro años después del desastre. Este complejo dispone de un restaurante de fideos (a la derecha) gestionado por un matrimonio de Iitate y una pequeña tienda de comestibles.

Poco a poco el dinero de las compensaciones comenzó a llegar desde TEPCO, la compañía que opera la central de Fukushima Daiichi. Las indemnizaciones básicas eran de 100.000 por persona cada mes para compensar por el “sufrimiento psicológico”. Esto era igual para todas las áreas a las que se ordenó evacuar. Pero en el caso de distritos con altos niveles de radiación como Nagadoro se realizaron dos pagos cuantiosos equivalentes a los pagos mensuales de cinco y seis años, el primero en 2012, y el segundo en 2014. Se han realizado también otros pagos, incluyendo compensaciones por la vivienda, los muebles, la maquinaria agrícola, y la pérdida de empleo. Para una familia de cinco personas la compensación total es actualmente en esta región de 100 millones de yenes, más dinero del que nadie en Nagadoro haya visto antes.

Uno de los líderes de la aldea de Nagadoro, Shigihara Yoshitomo, mira al mar, que es solo visible desde un hueco entre las montañas. Muchos habitantes de Nagadoro culpan a este hueco de permitir que la radiación llegara a la aldea.

Durante algún tiempo los habitantes de Nagadoro quedaron petrificados por el desastre que había afectado a su aldea. El alcalde de Iitate, Kanno Norio, prometió que repoblaría la aldea en dos años, una promesa que más tarde admitió que no se basaba en nada creíble. La reubicación temporal se suponía también que duraría dos años. Pero después se extendió a tres años, luego a cuatro, y ahora se ha confirmado un quinto año. A medida que pasaban los años, no obstante, más personas encontraron empleo en los lugares a los que habían sido evacuados. En 2014 el número de personas que utilizaba el dinero de las compensaciones para adquirir viviendas aumentó considerablemente. Hoy alrededor de 45 de los 71 propietarios de Nagadoro han comprado viviendas, muchos de ellos en la ciudad de Fukushima o en la ciudad aledaña de Date. Los niños se han asentado en el lugar y han hecho nuevos amigos. Para los más jóvenes, la vida en Nagadoro se ha convertido en parte de un pasado borroso.

Preocupaciones en torno a la radiación

En poco tiempo fue evidente que nadie con hijos regresaría a Nagadoro. Es conocido que la radiación es una amenaza mayor para los niños, ya que sus células se reproducen a mayor velocidad y tienen más años de vida por delante. Los niveles de radiación registrados en el puesto de medición oficial en el cruce de Nagadoro han bajado a unos 4 o 5 microsieverts por hora, pero eso supone aún entre 35 y 45 milisieverts por año, un nivel que ningún padre quería que recibieran sus hijos.

El panel de información comunitario en el cruce de Nagadoro. Pegado a él con cinta adhesiva roja hay una caja de plástico que contiene un contador Geiger del Gobierno.

Por otra parte, el descenso en los niveles de radiación será muy lento de aquí en adelante. Esto es debido a la distinta vida media de los tres isotopos principales que cayeron en Nagadoro: yodo-131 tiene una vida media de ochos días, el cesio-134 dos años y el cesio-137 de 30 años. Irónicamente, los 80 días antes de que se realizara la evacuación  fueron equivalentes a 10 vidas medias de yodo-131, lo que significa que cualquier daño que pudiera ocasionar el yodo ya había ocurrido antes de que los habitantes evacuaran la zona. A esto se debe el rápido descenso de la radiación en los primeros meses, de unos 90 a unos 20 microsieverts por hora. En los últimos cuatro años se han cubierto dos medias vidas del cesio-134, reduciéndolo a una cuarta parte de sus niveles originales y dando lugar al descenso estable hasta el presente nivel de unos 5 microsieverts por hora. Pero la mayoría de la radiación todavía presente es cesio-137, con sus 30 años de vida media, y se reducirá de manera mucho más lenta.

Poco a poco se fue evidente que si los niños y los jóvenes adultos no iban a regresar, Nagadoro se convertiría en un asentamiento mucho más pequeño, tal vez con una docena de propietarios en lugar de los 71 que había antes del desastre, habitada casi en su totalidad por personas mayores. Incluso antes del accidente nuclear Nagadoro estaba sufriendo un declive en su población: la última tienda en la aldea cerró en 2010, al igual que su única gasolinera, y con un servicio de autobús prácticamente inexistente vivir en Nagadoro sin un coche propio se había convertido en algo imposible.

Aceptando lo inevitable

Cuatro años han marcado una gran diferencia para las personas mayores como Takahashi. Ahora a los 79 años tiene varios problemas de salud. No hay hospitales cerca de Nagadoro, e incluso si la clínica más cercana en Iitate reabriese, estaría a unos 10 kilómetros. La posibilidad de volver ha despertado muchas dudas en Takahashi. ¿Cuántos años más podrá conducir? ¿Quién le llevará al hospital cuando no sea capaz de ir por sí mismo? ¿Qué tendrá de bueno vivir en una aldea despoblada con unos pocos propietarios y pensionistas como él como vecinos?

Después de realizar un análisis largo y riguroso de la situación, Takahashi aceptó la oferta de vivir con su hijo en Fukushima. Era una decisión entre la familia y su tierra. Y a pesar de la importancia de la propia tierra natal, o furusato, en la cultura japonesa, al final es la familia lo que más cuenta.

Y Takahashi ha sido afortunado. No todos sus antiguos compañeros de Nagadoro tienen hijos y nietos que quieran acogerlos en sus hogares. Muchos de ellos están viviendo solos o con sus envejecidas esposas, un interrogante sobre la forma en la que vivirán en el futuro.

Está en curso un programa de descontaminación masiva en la villa de Iitate. Muchos días hay allí más de 1.000 trabajadores, eliminando el terreno superficial y poniéndolo en miles de bolsas negras que son apiladas alrededor de la villa esperando a ser transportadas a un vertedero provisional en Futaba y Ōkuma, las dos localidades en las que está situada la central nuclear. De las 20 aldeas que hay en Iitate, solo Nagadoro no está siendo descontaminada. La política del Gobierno es dejar para el final los distritos más irradiados. El alcalde Kanno ha instado a la aldea a hacer una petición formal para que comiencen las tareas de descontaminación antes de lo previsto, pero la gente de la aldea ha rechazado firmemente esta propuesta. No le ven sentido después de que ninguno de los programas de descontaminación hayan tenido éxito en reducir la radiación en más del 50 %, lo que no sería suficiente para hacer de Nagadoro un lugar habitable.

Implicaciones mayores

De este modo creo que ahora tenemos una respuesta a este asunto. La aldea de Nagadoro no será repoblada, al menos no en esta generación y no por la gente que ha vivido allí antes del desastre nuclear.

¿Pero es Nagadoro un caso especial? ¿Qué ocurre con el resto de la villa de Iitate? ¿Qué pasa con las otras comunidades de las zonas del desastre? Mi opinión personal es que muchas de ellas tendrán el mismo destino que Nagadoro: los planes de repoblación desaparecerán, dejando estas comunidades abandonadas.

En primer lugar, está el peso del tiempo que transcurre. Si hubiera sido posible volver a las comunidades irradiadas en un par de años, al menos algunas de ellas habrían podido conservarse. Pero han pasado cuatro años y solo dos pequeñas aldeas han vuelto a ser abiertas, con solo una pequeña fracción de su población de vuelta a ellas. En los últimos cuatro años muchos han construido nuevas vidas en los lugares a los que habían sido evacuados. El regreso no parece que sea ya la cosa más lógica y natural.

En segundo lugar, está el problema de la agricultura. Incluso donde los campos han sido descontaminados, las montañas pobladas de árboles que los rodean no lo han sido. La lluvia lleva la radiactividad de las montañas a los valles, volviendo a contaminar la tierra. La necesidad de volver a descontaminar ha sido ya reconocida en algunas áreas. Incluso suponiendo que se pueda devolver a estos campos a una condición utilizable—una cuestión nada fácil si tenemos en cuenta que la tierra superficial, la más fértil, ha sido eliminada, y que el terreno no es lo suficientemente profundo en esta parte de Tōhoku—aún queda la duda de quién comprará productos agrícolas de una región cuya reputación ha sido destruida por el desastre nuclear.

En tercer lugar, la fuerte resistencia a permitir que los niños vivan en las zonas evacuadas actualmente pronto tendrá el mismo efecto que en Nagadoro—excluyendo a una parte tan cuantiosa de la población que solo las personas mayores quedarán allí, y no en número suficiente para permitir la reapertura de tiendas, clínicas y otros servicios. E incluso las personas mayores abandonarán en algún momento la opción de volver a su tierra.

Tal vez la realidad demuestre que estoy equivocado, pero creo que la aldea de Nagadoro será como el canario en la mina de carbón: su abandono anunciará el abandono de otros muchos asentamientos en el área alrededor de la central nuclear. Si estoy en lo cierto, el uso de cientos de miles de millones de yenes en complicados proyectos de descontaminación podrían terminar revelándose como un lamentable malgasto de dinero.

(Traducido al español del original en inglés escrito el 18 de mayo de 2015)

(*1) ^ Grabé a Takahashi haciendo eso: https://www.youtube.com/watch?v=rPp9BBG-48E

  • [16.06.2015]

Profesor de antropología social de la Facultad de Estudios Internacionales de la Universidad Meiji Gakuin, Yokohama. Educado en el King’s College de Cambridge y en la Escuela de Ciencias Económicas y Políticas de Londres, ha investigado aspectos como la mano de obra marginal, las personas sin techo y la masculinidad. Es autor, entre otras obras, de Hombres de incertidumbre: la organización social de los jornaleros en el Japón contemporáneo y Japón supera las calamidades - etnografías del terremoto, tsunami y catástrofe nuclear de marzo de 2011, co-editado con Brigitte Steger y David Slater.

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