El escamoteo y la improvisación mantienen a Toshiba a la deriva

Economía

Toshiba continúa a la deriva. Su directorio sigue dando bandazos, presionado por inversores extranjeros que hacen oír sus voces y buscan rentabilidad rápida, los llamados “accionistas activistas”. Y lo que quieren ellos es poner la empresa a la venta. El directorio de la empresa propuso como alternativa la partición de esta, pero la propuesta fue rechazada en la asamblea general extraordinaria celebrada en marzo. La otrora prestigiosa firma muestra ahora su cara menos atractiva.

Vengo cubriendo la actualidad de Toshiba desde que se revelaron sus irregularidades contables en 2015. A ellas siguieron la quiebra de su filial nuclear norteamericana Westinghouse. Se han destapado, además, movimientos poco transparentes en su equipo de dirección, como utilizar a funcionarios del Ministerio de Economía, Comercio e Industria para tratar de neutralizar a los accionistas activistas. Y ahora, el escándalo que está rodeando la desmembración de la compañía y su puesta a la venta por accionistas principales. Todo tiene su origen en unos mismos vicios: el escamoteo y salir del paso como única estrategia. (Véase “Toshiba sigue al borde de la bancarrota”)

Sobre el referido escamoteo expondré aquí, para empezar, qué aspectos se han ocultado durante este último año y en qué estado de confusión ha caído la firma. Repasaré después toda la serie de ocultamientos que se hicieron desde que salieron a relucir las manipulaciones contables hasta la quiebra de Westinghouse. Toshiba ha tenido varias oportunidades para rehacerse. Pero ha continuado cayendo, incapaz de afrontar cara a cara sus problemas. Trataré de explicar cómo ha sido ese proceso.

Un artículo periodístico que trajo mucha cola

Hace poco más de un año, el 7 de abril de 2021, el periódico Nihon Keizai Shimbun (en adelante, Nikkei Shimbun) publicó, en sus ediciones digital e impresa, un artículo según el cual un fondo de inversiones británico se ofrecería a comprar Toshiba. El fondo estaba dispuesto a comprar todas las acciones de la firma japonesa, que dejaría así de cotizar en bolsa. Esa misma mañana salió al paso de la información el entonces presidente de la compañía, Kurumatani Nobuaki, diciendo que estaba estudiando la propuesta. Con sus palabras, daba inicio a un largo año de escamoteo que continúa hasta ahora.

Kurumatani había dejado su cargo de vicepresidente del Banco Mitsui Sumitomo para presidir la filial japonesa del citado fondo de inversiones británico, de donde había pasado, tres años atrás, a Toshiba con el encargo de reconstruir la firma. Su experiencia en la administración del fondo fue una de las razones por las que fue llamado a Toshiba, pero todos sus intentos por establecer buenas relaciones con los accionistas activistas estaban fracasando.

Fue la propia firma japonesa la que indujo a los fondos extranjeros a convertirse en grandes accionistas de la firma. Cuando la filial nuclear de Toshiba en Estados Unidos quebró y esta sufrió pérdidas superiores al billón de yenes, llenó el agujero con una ampliación de capital de 600.000 millones de yenes, con la que pudo evitar la insolvencia. Fue una ampliación llevada a cabo con pocas contemplaciones, pues a los 4.200 millones de acciones emitidas sumó otros 2.200 millones, multiplicando su número por 1,5.

La ampliación dio entrada en Toshiba a 60 fondos de inversión, entre ellos muchos fondos buitre, que solo buscan el beneficio a corto plazo, pero también muchos accionistas activistas, que no dudan a la hora de hacerse oír y presionan a los equipos directivos para que consigan mejores resultados empresariales. Son, pues, agentes que aportan dinero a sabiendas del riesgo que implica la operación, y que a cambio esperan también suficientes beneficios que rentabilicen su inversión.

Toshiba estaba planeando su salida del negocio de los semiconductores, pero no acababa de hacerlo. Fue entonces cuando las sociedades de valores extranjeras propusieron hacer una gigantesca ampliación de capital, a la que el equipo directivo de Toshiba se lanzó sin vacilar. Aquella decisión sigue pesando sobre la firma hasta el momento presente.

Los accionistas activistas exigieron liquidar lo liquidable para recuperar lo invertido mediante el reparto de dividendos u otros medios. Se visibilizaron en la asamblea general de accionistas presentando candidatos al consejo de administración. El equipo directivo de Kurumatani respondió contactando secretamente con funcionarios del Ministerio de Economía, Comercio e Industria para poner coto a las exigencias de los fondos. El antagonismo con estos fue extremándose hasta el punto de verse peligrar la reelección de Kurumatani como presidente en la siguiente asamblea. El equipo de Kurumatani parecía en un callejón sin salida.

Fue entonces cuando surgió el asunto del fondo de inversiones británico aireado por el Nikkei Shimbun. La oferta de compra parecía prematura, pues no contaba con el respaldo del capital necesario para hacer la operación, pero el periódico dejaba en claro que se mantendría el directorio de la empresa. En Toshiba se entendió que Kurumatani estaba vendiendo la firma a su antiguo empleador a cambió de conservar su posición y, lógicamente, muchos se posicionaron en contra.

Un año pasado en balde

A raíz de estos hechos, Toshiba entró en una situación cada vez más confusa. Con la oferta de compra pendiente de resolución, Kurumatani fue exhortado a abandonar su cargo por el presidente del Consejo de Administración (administrador externo) en lo que de hecho fue una destitución. Fue uno de los raros momentos en que se tuvo la sensación de que se estaba ejerciendo la gobernanza.

Pero el momento de gobernanza no duró demasiado. Cuando el presidente del Consejo de Administración desestimó la oferta del fondo británico comentando de ella que “ni siquiera podía ser calificada de una propuesta”, esto causó una fuerte reacción en los accionistas activistas, que esperaban poder vender sus acciones a un alto precio. Poco después, una comisión de investigación formada por abogados que habían sido recomendados por dichos accionistas hizo público un informe que revelaba las turbias relaciones entre el directorio de Toshiba y el Ministerio de Economía, Comercio e Industria.

En la asamblea general de accionistas, celebrada en medio del caos en junio, se esperaba reelegir a los administradores externos, pero finalmente se retiró la propuesta de reelección por no haber sabido descubrir los contactos secretos de le empresa con el ministerio. En votación, fue denegada también la reelección del presidente del Consejo de Administración y su equipo, siendo apartados del consejo todos los miembros que no sintonizaban con los accionistas activistas.

El consejo, que debería tener 13 miembros, pasó a estar integrado solo por ocho, lo que daba idea de su debilidad.

Tras la dimisión de Kurumatani, volvió a la presidencia ejecutiva (CEO) Tsunakawa Satoshi, que había ocupado ya el cargo después de descubrirse las irregularidades contables, con la misión de restablecer la confianza, pero que, poco después, cuando tuvo que enfrentarse a la crisis desatada por la quiebra de la filial nuclear norteamericana, se mostró muy poco resolutivo y fue “relegado” al cargo de presidente honorario. Elegirlo una vez más para la presidencia ejecutiva fue como volver hacia atrás las agujas del reloj, si bien el suyo se vio desde el principio como un mandato provisional, hasta que quedasen fijados en otoño los planes empresariales a medio plazo.

Lo que debería haber hecho Toshiba tras la dimisión de Kurumatani era reforzar su equipo directivo. Ir perfilando al futuro nuevo líder, ponerlo a trabajar junto a Tsunakawa en la planificación y relevar a este de su cargo tan pronto como fuera posible.

También eran necesarios administradores externos que inspirasen credibilidad y se mantuvieran firmes ante posibles negativas por parte de los accionistas activistas. Pero la firma no disponía de la holgura necesaria para rehacer sus órganos de gobierno. Los accionistas activistas exigieron subrepticiamente que la firma subastara todas sus acciones y las vendiera al mejor postor, dicho de otro modo, que pusiera a la venta la empresa.

Queriendo evitar esto a toda costa, el equipo de Tsunakawa se echó en brazos de la propuesta de partición de la empresa. Al principio se propuso dividirla en tres unidades, pero la idea despertó poco entusiasmo y finalmente se decidió hacerlo en dos. En vez de tomar el toro por los cuernos y hacer lo que realmente había que hacer, Toshiba se aferraba a un clavo ardiente. Lo mismo que se hizo ya con la gigantesca ampliación de capital. Pero todo quedó en agua de borrajas cuando la propuesta de partición fue rechazada durante la junta extraordinaria de accionistas.

Un escamoteo escandaloso desde que ocurrieron las irregularidades contables

Es frustrante ver cómo se ha perdido el tiempo durante todo este último año. La actuación de Kurumatani debería haber sido vista de forma mucho más crítica. Pero él, al fin y al cabo, era un agente externo que procedía del sector bancario. Los directivos de Toshiba no lo han hecho mejor. Han obedecido dócilmente a Kurumatani.

El escamoteo y la improvisación para salir del paso como única estrategia son dos vicios muy arraigados en Toshiba. Esta ha sido la tónica desde que se descubrieron las irregularidades contables. Era evidente que lo que llevó a los responsables a cometer estas irregularidades fue la mala gestión de Westinghouse.

Toshiba anunció que reiniciaría su andadura con estructuras internas que impidieran la repetición de tales manejos. Pero sus responsables han seguido apartando su mirada de la causa principal. El directorio quedó disuelto en julio de 2015. Que Westinghouse estaba al borde de la quiebra se dio a conocer en diciembre de 2016. Durante ese año y medio, se escamoteó el problema diciendo que en la Westinghouse no ocurría nada. Y las cosas no hicieron sino empeorar.

En marzo de este año Tsunakawa dimitió de su cargo y fue sustituido por Shimada Tarō. También de su equipo se ha explicado que es un equipo interino. Y así es como, una vez rechazada la idea de la partición, se ha empezado a diseñar un nuevo proyecto de reforma para la empresa.

Por su parte, el Consejo de Administración, de tan solo ocho miembros, hizo pública una declaración el 7 de abril en la que se comprometía a identificar la oferta para dejar de cotizar en bolsa más beneficiosa para los accionistas y para el resto de las partes implicadas. El mensaje parecía ser que la empresa se pondrá a la venta mediante subasta y que se elegirá la mejor solución. Se hace cuando ha transcurrido justo un año desde que el Nikkei Shimbun informó de la propuesta de compra por parte del fondo de inversiones británico.

La prioridad ahora, para la próxima asamblea ordinaria de junio, es tratar de reforzar el directorio. Sin hacerlo, no cabe esperar que el proyecto de reforma de la empresa tenga ninguna credibilidad. Pero es así como se va a poner la empresa a la venta. Es posible que la propuesta finalmente elegida sea, efectivamente, la mejor para los accionistas activistas. Pero es muy dudoso que esa propuesta sea, al mismo tiempo, la mejor para el resto de las partes implicadas.

Fotografía del encabezado: Personas se dirigen a la asamblea general extraordinaria celebrada por Toshiba la mañana del 24 de marzo de 2022 (Shinjuku-ku, Tokio). (Kyodo News)

(Traducido al español del original en japonés.)

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