La diplomacia y Japón en 2026: ¿será necesario un “plan B”?
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Los nueve elementos de una diplomacia exitosa
Para comprender qué hace eficaz a la diplomacia japonesa es necesario tener en cuenta nueve elementos clave. En primer lugar, como ocurre en otros países, el éxito de la diplomacia depende de encontrar el equilibrio adecuado entre tres “ismos”: el legalismo, el moralismo y el realismo. En segundo lugar, también es esencial la habilidad para manejar una ambigüedad táctica en torno a “tres líneas”: las líneas rojas (red lines), los plazos (deadlines) y las líneas de fondo (bottom lines). Por último, la diplomacia japonesa está moldeada de manera específica por otros tres elementos fundamentales que, según las circunstancias internacionales y nacionales, pueden actuar bien como fortalezas, bien como limitaciones: la alianza entre Estados Unidos y Japón, la fortaleza económica y fiscal, y la imagen nacional. Dadas las tensiones ideológicas y los cambios de alineamiento que caracterizaron la situación internacional en 2025, cabe sostener que estos tres elementos funcionaron más bien como factores restrictivos.
Para que 2026 sea un año exitoso en el ámbito de la política exterior, la primera ministra Takaichi Sanae deberá mantener una sensibilidad estratégica respecto a estos nueve elementos y, al mismo tiempo, adoptar un enfoque proactivo y atractivo en la diplomacia de cumbres.
Tres “ismos” que empujan en direcciones distintas
El célebre diplomático estadounidense de la época de la Guerra Fría George Kennan describió en su día los tres “ismos” de la diplomacia como el legalismo, el moralismo y el realismo.
Las nociones de legalismo y moralismo suelen tener connotaciones peyorativas cuando se aplican a la política internacional, ya que sugieren una tendencia al ensimismamiento: el legalismo implica una fijación por los aspectos formales del derecho, mientras que el moralismo sugiere una obsesión por la adhesión estricta a los ideales. Sin embargo, ambos conceptos también remiten al valor otorgado al “imperio de la ley”. Esto supone defender las normas y el derecho internacionales, el derecho de la guerra y el derecho internacional humanitario, dejando claro que la ausencia de normas no será tolerada.
En 2025 se derramó mucha sangre como consecuencia de la afirmación de intereses personales, prejuicios y filias y fobias de quienes ostentan el poder, y los preceptos del realismo se utilizaron de forma ostensible para justificar las acciones de los más fuertes. La reaparición del presidente estadounidense Donald Trump en la escena internacional como una figura hostil al legalismo y al moralismo (a los que descalificó como “palabras floridas”) aceleró esta tendencia.
El modo en que países como Japón equilibren estos tres “ismos”, que los empujan en direcciones distintas, determinará el rumbo de los asuntos mundiales. ¿Nos encaminamos hacia un mundo en el que “la fuerza hace el derecho” o en el que se impone quien tiene poder económico? ¿O será posible virar de nuevo hacia un orden internacional que fomente la participación de numerosos países, la búsqueda del consenso y el respeto de reglas justas?
El cambio de ubicación de las “tres líneas”
En 2025 se amplió aún más la ya considerable brecha entre el bloque democrático, el bloque autoritario y el Sur Global, situado entre ambos. Japón se encuentra en una posición singular: pese a su trayectoria de declive, sigue siendo considerado una gran potencia en función de su tamaño demográfico y su influencia económica. Resulta, por ello, significativo que mantenga su compromiso con una preferencia histórica por la cooperación internacional. Las iniciativas de la primera ministra Takaichi podrían, en este sentido, resultar decisivas. No obstante, dadas estas divisiones cada vez más profundas, las capacidades comunicativas de la líder japonesa se verán sin duda sometidas a prueba.
Dicho esto, tradicionalmente se ha considerado una muestra de sabiduría estratégica mantener flexibilidad, e incluso ambigüedad, en relación con las “tres líneas” de un país (las líneas rojas, los plazos y las líneas de fondo), ya que ello amplía opciones y evita conflictos innecesarios.
En términos generales, las grandes potencias pueden utilizar la flexibilidad y la ambigüedad en su propio beneficio, también en la búsqueda de un entorno estable. Sin embargo, la situación internacional actual está siendo configurada por actores que carecen de esa prudencia. La administración Trump ha priorizado sistemáticamente los plazos y las líneas de fondo en su política arancelaria y en las negociaciones de alto el fuego en torno a conflictos internacionales, incluida la invasión rusa de Ucrania, relegando el contenido sustantivo de dichas políticas a un segundo plano. El presidente ruso, Vladímir Putin, también traza líneas rojas unilaterales que hacen imposible cualquier compromiso.
Esta tendencia también está aflorando en Asia. China ha condenado las declaraciones parlamentarias de la primera ministra Takaichi sobre si una contingencia en Taiwán constituiría una “situación que amenazaría la supervivencia” de Japón, calificándolas de “cruce de una línea roja”. Esto ha generado un escenario en el que un deterioro prolongado de las relaciones sino-japonesas parece inevitable. Asimismo, las especulaciones de algunos analistas sobre la existencia de un plazo fijado por la administración de Xi Jinping para lograr la unificación con Taiwán para 2027 están agravando las tensiones regionales y alimentando la desconfianza. Dentro de Japón, los conservadores más duros también presionan al nuevo Gobierno para que adopte una postura más firme y trace sus propias líneas rojas frente a China.
El problema es que, cuando un país fija una línea de manera clara, el adversario tiende a escalar la situación hasta ese límite, convencido de que le está permitido hacerlo. Incluso puede poner a prueba dicha línea y, si el castigo resulta leve o asumible, la escalada puede continuar, lo que acaba llevando a redefinir la línea original. La historia del programa nuclear de Corea del Norte es un ejemplo clásico de esta dinámica: aunque Estados Unidos declaró las pruebas nucleares como una línea roja, no respondió de forma decisiva cuando Pionyang avanzó en su programa, con la consecuencia a largo plazo de que Corea del Norte es hoy una potencia nuclear de facto.
Un escenario en el que los Estados trazan y retrazan constantemente líneas al desafiarse mutuamente no constituye una disuasión efectiva, sino que puede desembocar en una espiral de deterioro continuo. La tradicional preferencia japonesa por la ambigüedad táctica ha sido crucial para gestionar y mitigar las tensiones regionales. Resulta preocupante que la primera ministra Takaichi parezca avanzar exactamente en la dirección opuesta en la comunicación estratégica de su Gobierno.
La importancia del “minilateralismo”
Los tres elementos fundamentales específicos de la diplomacia japonesa son la alianza entre Estados Unidos y Japón, la fortaleza económica y fiscal, y la imagen nacional. Tradicionalmente, estos han sido los puntos fuertes de la diplomacia de Japón. Sin embargo, en tiempos recientes parecen haberse convertido en factores limitantes.
El comportamiento aislacionista y errático de la administración Trump ha reforzado en Japón las voces que reclaman un “plan B” para la alianza nipoestadounidense. Dicho plan implicaría reducir la dependencia excesiva de Estados Unidos mediante el fortalecimiento de los lazos de cooperación con “cuasialiados” y con un reducido número de países afines, a través de una estrategia de “minilateralismo”. Es posible que en 2026 las demandas para profundizar en este enfoque se intensifiquen aún más.
La idea de que la alianza Estados Unidos-Japón constituye la piedra angular de la diplomacia y la seguridad japonesas es compartida por numerosos políticos de distintos partidos. Precisamente por ello, diseñar e implementar un plan B resulta esencial no solo como una alternativa que podría llegar a ser necesaria, sino también como un medio para preservar unas condiciones internacionales que permitan a Estados Unidos recuperar en el futuro algo parecido a su papel estratégico tradicional en la región. Como mínimo, los conservadores más duros dentro del Partido Liberal Democrático deben reconocer las limitaciones de una mentalidad que trata la alianza con Estados Unidos como algo sacrosanto y que, de ese modo, constriñe las iniciativas diplomáticas de Japón. Afortunadamente, en las conferencias internacionales, los enérgicos esfuerzos de la primera ministra Takaichi por relacionarse con líderes de distintos países reflejan una voluntad consciente de ampliar el horizonte diplomático de Japón, lo que contrasta, o incluso entra en tensión, con su imagen de conservadora dura que prioriza la alianza por encima de todo.
En el ámbito de la política fiscal, a medida que el gasto público se expande mediante medidas de estímulo económico, existe una tendencia paralela a recortar los fondos destinados a la diplomacia. Un ejemplo de ello son los cambios en la asignación de la ayuda oficial al desarrollo, que ha sido una de las fortalezas de Japón tras la guerra y una fuente de influencia regional.
Resultó por ello llamativo que el 6 de diciembre de 2025, pese al deterioro de las relaciones sino-japonesas tras las declaraciones de la primera ministra Takaichi sobre una contingencia en Taiwán, representantes chinos asistieran de forma inesperada a una conferencia internacional de salud pública celebrada en Tokio, para sorpresa de los organizadores. Quizá no debería haber sorprendido tanto: la población china está envejeciendo, posiblemente, a un ritmo más rápido que la japonesa, y su tasa de natalidad desciende con mayor rapidez. Pekín parece mostrar un fuerte interés por los sistemas japoneses de salud pública, atención médica y seguro de cuidados de larga duración. Algunas voces expresan la esperanza de que la cooperación en estos ámbitos pueda convertirse en una base de esfuerzos compartidos capaz de mitigar las tensiones en las relaciones entre China y Japón. La cruda realidad es, sin embargo, que incluso antes de la toma de posesión de la administración Takaichi, los presupuestos relacionados con organismos internacionales y con conferencias centradas en la cooperación para el desarrollo ya estaban siendo recortados de forma significativa, en buena medida como consecuencia de la debilidad del yen.
Japón está destinando ahora una mayor proporción de recursos fiscales al fortalecimiento de sus capacidades de defensa, pero, naturalmente, no puede atribuirse de manera directa a la defensa la desviación de recursos desde la diplomacia. Al mismo tiempo, conviene recordar que el poder militar es uno de los componentes de la diplomacia. Sin un equilibrio adecuado entre los distintos elementos militares y diplomáticos en la política fiscal, podríamos acabar socavando los propios objetivos que se pretende alcanzar.
Dicho esto, en el proceso de reforzar las capacidades defensivas de Japón es imprescindible cuidar y reforzar su imagen de posguerra como nación amante de la paz, evitando mensajes susceptibles de ser malinterpretados por los países vecinos. Japón se encuentra rodeado de actores dispuestos a desafiar su seguridad: Rusia, que ha invadido a un país vecino; Corea del Norte, que tras su aparente adquisición de armas nucleares busca ahora reforzar sus capacidades convencionales; y China, cuya expansión marítima prosigue sin freno, como simboliza la puesta en servicio de un nuevo portaaviones. Por ello, es más crucial que nunca que la comunidad internacional comprenda que Japón está fortaleciendo sus capacidades defensivas no con el propósito de librar guerras, sino de prevenirlas. Los líderes autoritarios no deberían llegar a la conclusión errónea de que Japón es un país “blando” o fácil de presionar.
Una diplomacia sólida requiere unos cimientos políticos estables
La administración Takaichi anunció recientemente su intención de revisar de forma anticipada en 2026 los tres documentos fundamentales de la política de seguridad de Japón: la Estrategia de Seguridad Nacional, la Estrategia de Defensa Nacional y el Programa de Reforzamiento de la Defensa. Antes de ello, la primera ministra también planea revisar los Tres Principios sobre la Transferencia de Equipos y Tecnología de Defensa. Esta política limita actualmente las exportaciones autorizadas de equipos y tecnología de defensa a cinco categorías de material no letal. Un cambio en la posición del Gobierno japonés abriría previsiblemente la puerta a la exportación de armas letales.
La razón para elegir este momento para el cambio de política es la disolución de la coalición entre el Partido Liberal Democrático y el Kōmeitō. Este último se había mostrado hasta ahora cauteloso ante la relajación de las restricciones a la exportación de armamento, insistiendo en que Japón no debía convertirse en un “traficante internacional de armas”. Ese planteamiento parece haberse desvanecido tras la formación, en el otoño de 2025, de una nueva coalición de Gobierno del PLD con el Nippon Ishin no Kai (Partido de la Innovación de Japón).
La eliminación de las restricciones podría permitir a Japón exportar material letal a países como Filipinas, cuya seguridad marítima se ve cuestionada por China. Una medida de este tipo podría reforzar la disuasión frente a Pekín y contribuir a proteger la integridad de las rutas marítimas estratégicas del mar de China Meridional. Japón también podría enviar munición a Ucrania para ayudar a impedir que el presidente ruso, Vladímir Putin, alcance sus objetivos en la guerra. No obstante, si la imagen internacional de Japón resultara dañada en el proceso, podría verse socavada su credibilidad como actor comprometido con la resolución pacífica de los conflictos. Será necesaria, por tanto, una aplicación prudente y una explicación cuidadosa de estas medidas.
Por último, una diplomacia flexible y firme requiere una base política estable. El PLD y el Ishin solo mantienen la mayoría en la Cámara de Representantes (Cámara Baja) gracias al apoyo de diputados independientes, y continúan siendo una coalición gobernante en minoría en la Cámara de Consejeros (Cámara Alta). Precisamente por ello, tanto los partidos en el poder como los de la oposición deben mostrar flexibilidad en materia de política exterior y atenerse al principio de que “la política debe detenerse en la orilla del agua”. Esto será esencial para que la primera ministra Takaichi ejerza un liderazgo político sostenido y eficaz, capaz de proteger los intereses de Japón y de permitirle desempeñar un papel relevante en la diplomacia internacional.
(Publicado originalmente en japonés el 7 de enero de 2026 y traducido al español de la versión en inglés. Imagen del encabezado: una fotografía conmemorativa de la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico en la que aparecen la primera ministra Takaichi Sanae [tercera desde la derecha en la fila frontal], el presidente surcoreano Lee Jae-myung [quinto], el presidente chino Xi Jinping [sexto], y el secretario del Tesoro Scott Bessent [cuarto desde la derecha en la fila posterior], entre otros, el 1 de noviembre de 2025 en Gyeongju, Corea del Sur. © Jiji.)
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