Relaciones Japón-China: gestionar las diferencias para mantener la estabilidad
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Las relaciones entre Japón y China se han visto sacudidas desde noviembre de 2025, cuando la primera ministra Takaichi Sanae —en respuesta a las preguntas de un político de la oposición en la Comisión Presupuestaria de la Cámara de Representantes— sugirió que una contingencia en el estrecho de Taiwán podría catalogarse como una “situación que amenace la supervivencia de Japón”. La respuesta de China ha ido mucho más allá de las palabras duras e incluye restricciones al comercio y a los intercambios personales. A continuación, identifico algunos de los factores estructurales detrás de esta reacción extrema y propongo una nueva receta para gestionar las crónicas fricciones entre ambos países.
Japón, acusado de resucitar el militarismo
La expresión desencadenante (“situación que amenace la supervivencia”) es un término legal que designa una categoría de circunstancias en las que el Gobierno podría considerar legítimamente el ejercicio limitado del derecho de Japón a la autodefensa colectiva (el uso de la fuerza militar en situaciones distintas de un ataque directo contra el país). Esto no significa que el Gobierno fuera a ejercer automáticamente ese derecho en cualquier coyuntura que considerara amenazante para la supervivencia nacional. Sin embargo, la reacción de China ante las palabras improvisadas de Takaichi ha sido intensa e incesante.
Representantes del Gobierno chino, secundados por los medios estatales y del Partido Comunista de ese país, han arremetido contra Japón por lo que califican de “nuevo militarismo”. Estas expresiones se han colado incluso en las cumbres y documentos diplomáticos de Pekín. Según diversas informaciones periodísticas, el presidente Xi Jinping utilizó el término para criticar a Japón durante la cumbre entre Estados Unidos y China celebrada en Pekín en mayo de 2026. En la cumbre entre China y Rusia celebrada poco después, ambos líderes adoptaron una declaración conjunta en la que instaban al Gobierno japonés a rechazar el neomilitarismo y a dar marcha atrás en la “remilitarización”.
¿A qué se refiere exactamente la expresión “nuevo militarismo”? En el discurso chino sobre la materia, se describe como una versión actualizada del militarismo anterior a la Segunda Guerra Mundial, adaptada a las circunstancias políticas y sociales actuales. Según la explicación de Pekín, los políticos japoneses conservadores y de derechas se han aliado con los altos funcionarios de Defensa y la industria armamentística nacional para rearmar a Japón y ampliar su capacidad de recurrir a la fuerza militar en el extranjero. Operando dentro del proceso democrático, habrían conspirado para debilitar progresivamente las limitaciones constitucionales del artículo 9 (la renuncia a la guerra) y la legislación japonesa que exige una postura orientada exclusivamente a la defensa.
En paralelo a estos ataques verbales, el Gobierno chino ha endurecido las restricciones a la exportación de bienes de doble uso hacia Japón, añadiendo a un número creciente de entidades japonesas —entre ellas empresas vinculadas al sector de la defensa, así como la Academia Nacional de Defensa, la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial y el Instituto Nacional de Estudios de Defensa— a su lista de control de exportaciones de doble uso (entidades a las que se prohíbe recibir este tipo de bienes) y a su lista de vigilancia de exportaciones de doble uso (sujetas a restricciones). Los intercambios personales también se encuentran en un momento de estancamiento.
Aunque un único comentario en el ámbito parlamentario haya podido detonar este último conflicto, este hecho no basta por sí solo para explicar la creciente volatilidad de las relaciones entre Japón y China. Entre los factores de fondo que alimentan las recientes crisis, aunque no sea en absoluto la única causa, destaca la asimetría en las percepciones fundamentales de ambos gobiernos sobre Taiwán y las cuestiones del estrecho. A continuación, analizo esta brecha de percepción como un factor clave que dificulta la desescalada de las tensiones y prolonga la fricción bilateral. Partiendo de esta base, evalúo el estado actual de las relaciones sinojaponesas y exploro la posibilidad de adoptar un enfoque de gestión de crisis que no presuponga una visión compartida de los problemas.
Visiones del mundo enfrentadas
En los círculos de seguridad japoneses, la escalada de las tensiones en el estrecho de Taiwán se debate principalmente en relación con las posibles repercusiones sobre la seguridad física de Japón, incluidas las consecuencias para las rutas marítimas, las bases militares estadounidenses en Japón y la interoperabilidad entre las Fuerzas de Autodefensa japonesas y las fuerzas de Estados Unidos. Las políticas, que abarcan desde la gestión diplomática de las tensiones hasta el despliegue de fuerzas de disuasión en la región, se formulan a partir de estas evaluaciones.
Por el contrario, en las declaraciones públicas del Gobierno chino y del Partido Comunista de China, la cuestión de Taiwán no se caracteriza simplemente como un asunto de integridad territorial y soberanía nacional, sino también como un objetivo fundamental que vincula la visión de Xi Jinping del “rejuvenecimiento nacional” con la misión histórica del Partido Comunista y del Estado chino. El relato de cómo China se impuso a la agresión extranjera y al conflicto interno para alcanzar la unidad nacional y la autonomía figura en un lugar destacado entre los factores (junto con el desarrollo económico, el orden social y el sentimiento nacionalista) que sustentan la legitimidad del régimen de partido único del PCCh. Dentro de ese relato nacional, la reunificación de Taiwán con el territorio continental se considera una tarea pendiente fundamental.
Para China, en otras palabras, el problema de Taiwán representa una amenaza no para la supervivencia física del país, sino para la continuidad de la comprensión que la propia nación tiene de su historia y su identidad. Esto es lo que los especialistas en el ámbito de la política internacional denominan “seguridad ontológica”.
Esto no quiere decir que Japón sea indiferente a la seguridad ontológica o que esta sea la única preocupación de China. Japón posee su propia imagen de sí mismo, muy valorada (centrada en su identidad de posguerra como nación amante de la paz, aliada de Estados Unidos y defensora del orden internacional basado en reglas), y las políticas exterior y de defensa de China incorporan claramente consideraciones físicas como la capacidad militar y la geografía. La asimetría radica en la importancia relativa de la seguridad ontológica frente a la física en el modo en que ambos países plantean las cuestiones del estrecho.
Esta asimetría ayuda a explicar la naturaleza y la persistencia de las tensiones entre ambos países. Las tensiones basadas en la percepción de una amenaza física tienden a centrarse en las capacidades y acciones militares de la otra parte y, por tanto, pueden gestionarse (al menos teóricamente) mediante una combinación de disuasión y garantías: ajustes en el despliegue de fuerzas, por un lado, y diálogo para aumentar la transparencia de las acciones e intenciones de cada parte, por otro. En cambio, cuando el conflicto surge de la autocomprensión de una nación y de su sentido de misión histórica, las explicaciones y los ajustes de conducta tienden a ser menos eficaces para rebajar su percepción de amenaza.
El uso reiterado del término “nuevo militarismo” por parte de representantes del Gobierno chino y de los medios estatales y del partido de ese país constituye una manifestación de esta última dinámica. La palabra crea un marco conceptual en el que la respuesta de Takaichi a una pregunta en la Dieta se convierte en un indicador de un cambio histórico en la política de seguridad y la estrategia nacional de Japón, en lugar de una simple metedura de pata aislada. La etiqueta sirve además para estigmatizar a Japón como una amenaza para la estabilidad del orden regional.
Los límites de la argumentación
Esta asimetría tiene implicaciones importantes para la respuesta de Japón ante la indignación de China.
En Japón, con frecuencia se insta a las figuras públicas a explicar el propósito de sus políticas con paciencia y detalle para prevenir o mitigar la oposición de la opinión pública. Sin embargo, el problema en este caso no reside en la cantidad o la calidad de la comunicación pública, sino en el marco en el que las palabras de Japón son recibidas e interpretadas.
La interpretación que hace China de la expresión “situación que amenaza la supervivencia” es un claro ejemplo de ello. En su contexto legal original, el término se refiere a una categoría específica, definida por criterios rigurosos, que constituye el requisito mínimo para plantearse siquiera un ejercicio limitado de la autodefensa colectiva. Vistas en el contexto más amplio en el que se pronunciaron, difícilmente pueden interpretarse como una declaración política que llame a una intervención militar japonesa en caso de una contingencia en Taiwán. En China, no obstante, el mero hecho de mencionar una contingencia en Taiwán al mismo tiempo que el término “situación que amenaza la supervivencia” fue interpretado como una manifestación explícita de la “intención de intervenir” de Japón en los asuntos del estrecho.
Las palabras que transmitimos adquieren nuevos significados al entrar en el marco conceptual del receptor. Que el emisor logre controlar la interpretación del receptor no es una tarea sencilla.
La interpretación y el lenguaje descritos no se limitan en absoluto a los altos cargos gubernamentales ni a los medios controlados por el Estado o el partido. Al mismo tiempo, a juzgar por publicaciones recientes, tampoco han sido adoptados de manera uniforme por los académicos chinos que residen en el país. A partir de junio de 2026, el sitio web Global China (un “foro global de politólogos chinos”) lanzó una serie titulada “Japón en una era de agitación”, que incluía análisis en chino de 38 académicos afincados en diversos países del mundo. Al revisar estos artículos, encontré una diversidad de marcos analíticos y terminología, incluso entre aquellos académicos que residen en China.
Es cierto que varios comentarios citan no solo la respuesta de Takaichi, sino también el creciente presupuesto de defensa de Japón, el despliegue de misiles de largo alcance (standoff), las exportaciones de armas y la política marítima integrada para sostener la tesis de que el país se ha desviado de su compromiso de posguerra con la paz y podría dirigirse hacia un “nuevo militarismo”. Sin embargo, otros ensayos de la serie evitan ese tipo de lenguaje. Un análisis caracteriza los citados cambios en la política de defensa como un “giro estratégico radical” fundamentado en una percepción del entorno internacional y de la alianza entre Japón y Estados Unidos desvinculada de la realidad. Para respaldar su argumento, cita el discurso japonés que sugiere que Japón podría responder antes que Estados Unidos ante una contingencia en Taiwán, lo que terminaría arrastrando a Estados Unidos al conflicto en lugar de lo contrario. Otros análisis describen a Japón como una nación que lucha por adaptarse a los cambios estructurales en la relación entre Estados Unidos y China. En resumen, si los ensayos de este proyecto sirven de indicativo, la supuesta marcha de Japón hacia un “nuevo militarismo” no es de ningún modo un concepto aceptado de manera unánime por la comunidad académica china.
La cadena de percepción
Un rasgo destacable de algunos de estos artículos es la forma en que seleccionan y citan minuciosamente declaraciones y políticas japonesas fuera de contexto para respaldar la tesis de un cambio fundamental en la estrategia nacional y la política exterior de Japón. El “nuevo militarismo”, uno de los términos más contundentes empleados en estos análisis, representa el extremo más radical de este abanico de posturas.
Debemos evitar agrupar todos estos comentarios como un mismo tipo de mala interpretación de las intenciones de Japón. No es mi propósito aquí criticar cada obra ni analizar los motivos de cada académico. Sin embargo, a efectos de análisis, es importante distinguir, por un lado, entre los malentendidos genuinos (causados, por ejemplo, por información o conocimientos jurídicos insuficientes) y, por otro, las distorsiones deliberadas de las intenciones con fines políticos. Esto último se corresponde con lo que los politólogos denominan encuadre estratégico (strategic framing). En lo referente a la interpretación de la respuesta de Takaichi en la Dieta como prueba de la “intención de intervenir” de Japón en el estrecho de Taiwán, es muy posible que los malentendidos genuinos y las distorsiones deliberadas coexistan.
En cualquier caso, esta percepción sobre los motivos de Japón, que aparece en diversos artículos publicados recientemente por académicos chinos, plantea dos problemas interconectados que han sido objeto de numerosos estudios en el ámbito de la política internacional: la dificultad de comunicar las verdaderas intenciones y los peligros que entraña la cadena de percepciones erróneas. Las medidas que la parte A adopta por motivos puramente defensivos pueden parecerle a la parte B una señal de intención agresiva, y es probable que las contramedidas que adopte la parte B en respuesta refuercen las percepciones que inspiraron las medidas defensivas de la parte A en un principio. Con las cuestiones de la autocomprensión nacional y el relato histórico complicando aún más el panorama, surge un círculo vicioso difícil de romper, por mucho que se expliquen las intenciones. Esto se debe a que, a medida que salen a la luz nuevos hechos, la tendencia de la otra parte es centrarse de manera selectiva en aquellos datos que encajan de forma más precisa en su relato preexistente.
Por otra parte, incluso si Japón logra limitar las malas interpretaciones sobre sus intenciones, es poco lo que puede hacer para eliminar las tergiversaciones deliberadas. En consecuencia, la vía para que Japón tome la iniciativa en la gestión de crisis regionales no consiste en intentar cambiar la interpretación que la otra parte hace de los hechos, sino en controlar los cauces mediante los cuales los malentendidos y las tergiversaciones pueden desembocar en enfrentamientos armados sobre el terreno.
Establecer nuevos objetivos
Vale la pena examinar los sistemas diseñados expresamente para prevenir enfrentamientos no deseados como una cuestión completamente independiente de la resolución de conflictos políticos. En plena Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética, a pesar de su feroz rivalidad política, lograron establecer en 1963 el teléfono rojo entre Washington y Moscú y concertar en 1972 el Acuerdo para prevenir incidentes en alta mar. Su objetivo no era encontrar puntos de encuentro ideológicos, sino establecer protocolos de comunicación, notificación y prevención, así como sentar las bases institucionales para un comportamiento mutuamente predecible. Aunque la situación actual en el estrecho de Taiwán difiere de forma evidente de la amenaza de una guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética, los principios básicos para evitar incidentes y prevenir escaladas siguen siendo aplicables.
Tampoco es necesario buscar tan lejos para encontrar un antecedente de este enfoque. De hecho, la Declaración Conjunta entre Japón y China de 1972, que normalizó las relaciones diplomáticas entre Japón y la República Popular China, señalaba que “a pesar de las diferencias en sus sistemas sociales [...] ambos países deben y pueden establecer relaciones de paz y amistad”. En las “conversaciones para la mejora de las relaciones entre Japón y China” de 2014, ambos gobiernos acordaron entablar un diálogo para “establecer un mecanismo de gestión de crisis y evitar que surjan situaciones imprevistas”, aun reconociendo que mantenían posturas distintas respecto a la situación en el mar de China Oriental. Lo que tienen en común ambos documentos es la idea de construir y mantener relaciones estables a pesar de la existencia de diferencias no resueltas. Resulta especialmente relevante para la coyuntura actual la afirmación contenida en el documento de 2014 sobre la necesidad de gestionar las crisis en medio de divergencias de percepción persistentes.
Con el espíritu de estos documentos, Japón debería reorientar el enfoque de su diplomacia hacia China para pasar de la construcción de visiones compartidas al control de crisis. El objetivo fundamental de nuestra política hacia China hoy debería ser romper la cadena de percepciones erróneas y errores de cálculo, y evitar escaladas no deseadas, no convertir a la otra parte a nuestra visión del mundo.
Esto no implica negar la importancia de la disuasión. La gestión de crisis y la disuasión se complementan mutuamente: la primera ayuda a evitar el estallido o la escalada de enfrentamientos no deseados, mientras que la segunda incrementa el coste de alterar intencionadamente el statu quo.
El requisito mínimo para la gestión de crisis en este momento es mantener en funcionamiento los marcos existentes, como el mecanismo de gestión de crisis acordado en 2014, independientemente de las tensiones políticas.
Una condición básica para una política orientada a este objetivo es la coherencia en la comunicación del Gobierno. El Gobierno japonés debería explicar desde el principio lo que significan y lo que no significan conceptos como “situación que amenace la supervivencia”, a fin de establecer un marco de referencia oficial. El objetivo no debería ser controlar las percepciones chinas, sino limitar el margen para la mala interpretación y dejar constancia de forma que China y otros países puedan verificar las intenciones del Gobierno japonés. El criterio para juzgar el éxito o el fracaso de este enfoque de gestión de crisis debería ser la medida en que evite los errores de cálculo y las escaladas, y no si conduce a una relación más estrecha entre Japón y China en su conjunto.
La estabilidad en las relaciones entre Japón y China no es una cuestión de adoptar visiones idénticas sobre la seguridad o el orden regional. Nace de nuestra capacidad para mantener abiertas las líneas de comunicación en situaciones de emergencia y controlar las repercusiones de los accidentes y errores de cálculo. La idea expresada tanto en el documento de 1972 como en el de 2014 —construir y mantener relaciones al tiempo que se reconocen las diferencias— resulta igualmente aplicable hoy en día, cuando nuestras discrepancias se centran en visiones encontradas sobre el orden regional, incluido el estrecho de Taiwán. Limitar los cauces mediante los cuales estas percepciones encontradas pueden desembocar en enfrentamientos armados, aun manteniendo nuestros propios principios, es sin duda la vía más responsable hacia la estabilidad regional. Con esta estabilidad como base, nuestras dos sociedades pueden trabajar para profundizar en la comprensión mutua, incluidas las diferencias persistentes, y continuar la búsqueda de puntos de encuentro.
(Imagen del encabezado: la primera ministra Takaichi Sanae estrecha la mano del presidente chino Xi Jinping en vísperas de una cumbre bilateral celebrada en Gyeongju, Corea del Sur, el 31 de octubre de 2025, apenas unos días antes de que las relaciones se deterioraran a raíz de la respuesta de Takaichi a una pregunta formulada en la Dieta sobre una contingencia en el estrecho de Taiwán. © Jiji.)