Lo que el debate sobre la sucesión al trono nos dice sobre la identidad de Japón

Sociedad Historia Familia

Se ha instalado en Japón la idea de que el trono del Crisantemo solo puede ser heredado por varones y por línea masculina. Así, a las mujeres se les cierran todas las puertas. Pero esta idea no es, en absoluto, una “tradición japonesa”. Si algo caracterizaba a la concepción japonesa de la familia, era que la herencia familiar no necesariamente era de transmisión patrilineal.

Cerrar las puertas a la entronización de una mujer

El 17 de julio fue finalmente aprobada la reforma de la Ley de la Casa Imperial, un tema muy debatido que venía dividiendo a la sociedad japonesa y que sigue siendo objeto de críticas. El artículo 1 de la Constitución de Japón establecida después de la Segunda Guerra Mundial reza: “El Emperador es el símbolo del Estado japonés y de la unidad de su pueblo, emanando esa posición de la voluntad soberana del pueblo japonés”. Es decir, que el soberano es el pueblo. El Emperador no es un monarca que gobierne o que pueda ejercer una representación política. Incluso dentro de las monarquías constitucionales, el modelo japonés se encuadra entre los que dejan al monarca menos margen de poder real, en una posición más débil. Coincide con otras monarquías en seguir una sucesión hereditaria. El artículo 2 de la Constitución dice: “La sucesión al trono será hereditaria y se regirá por una Ley de la Casa Imperial aprobada por la Dieta [Parlamento]”.

El problema comienza en este punto, pues el artículo 1 de la Ley de la Casa Imperial establece: “La sucesión recaerá en varones de la estirpe imperial descendientes por línea masculina”. Esto significa que la ley no reconoce el derecho de las mujeres a ocupar el trono. En realidad, en Japón hubo ocho mujeres que lo hicieron, dos de ellas por dos veces. La prohibición llegó en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el nuevo Gobierno Meiji promulgó una primera Ley de la Casa Imperial. Tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial se promulgó una nueva Constitución, pero no se modificó ese punto de la Ley de la Casa Imperial.

La escasez de nacimientos afecta también a la familia imperial y los actuales emperadores tienen solo una hija, la princesa Aiko. La línea de sucesión continuaría entonces por el hermano menor del emperador, príncipe de Akishino, y seguiría por el hijo de este, el príncipe Hisahito. Que solamente haya dos posibles herederos varones en la familia es muy intranquilizador y esto es lo que ha llevado a adoptar una medida especial: permitir que se reintegren a la familia imperial, mediante adopción, los miembros masculinos y por línea masculina de las ramas familiares que quedaron desgajadas de la familia imperial y pasaron a ser plebeyos. Este es uno de los puntos centrales de la reforma legal de este año. Otro aspecto de la reforma es que, en adelante, se permitirá que las princesas que contraigan matrimonio conserven su estatus como miembros de la familia imperial. Pero se especifica que tal estatus sería privativo de ellas, y que ni su cónyuge ni su descendencia lo adquirirían. Esto quiere decir que, además de impedir que una mujer ocupe el trono, se impide también que los descendientes de las princesas lo hagan.

Las últimas encuestas realizadas indican que tras la aprobación de esta reforma de la Ley de la Casa Imperial el apoyo popular al gabinete de Gobierno bajó entre el 5 % y el 11 %. Incluso en la llevada a cabo por el Yomiuri Shimbun, de tendencia conservadora, ha quedado de manifiesto que quienes desean que dicha ley sea reformada de nuevo para que una mujer pueda ocupar el trono representan el 85 % de la población, una buena prueba de la insatisfacción que ha producido el contenido de la presente reforma. Y es que la princesa Aiko goza de una gran popularidad entre la gente.

Veamos ahora cómo se ha informado de esta situación en el extranjero y qué valoraciones se hacen en las redes sociales. Por lo que he visto, predominan las quejas contra Japón por su anacronismo, su incapacidad para responder a las necesidades de la época y la forma en que discrimina a las mujeres. “If women can hold the office of Prime Minister, there is no compelling reason why Princess Aiko should be excluded from imperial succession” (“si las mujeres pueden ejercer el cargo de primera ministra, no hay razones de peso para excluir a la princesa Aiko de la sucesión al trono”), fue uno de los comentarios, que recalca la ironía de que haya sido precisamente una mujer, Takaichi Sanae, la que haya conducido esta reforma. Se ven también posturas que podríamos calificar de relativismo cultural, que enfatizan la necesidad de “respetar la cultura japonesa” y no criticar desde un punto de vista eurocentrista u occidentalista. “Let some countries keep their traditions. Not everything needs to be modernized” (“Dejemos que haya también países que conserven sus tradiciones. No todo hay que modernizarlo”), dicen estos.

Los impulsores de la presente reforma legal ponen también su énfasis en la tradición. Se escudan en que, si bien es cierto que en Japón ha habido ocho emperatrices por derecho propio, seis en la antigüedad y dos durante el periodo Edo (1603-1868), todas ellas heredaron por línea masculina, ninguna por línea femenina. Pero ellos se posicionan incluso en contra de que pueda haber una emperatriz por línea masculina, entendiendo que esto abriría las puertas a que las hubiera también por línea femenina.

Entre los lectores de un sitio plurilingüe como nippon.com hay tanto japoneses como extranjeros. ¿Qué piensan ustedes de este asunto?

Una sociedad que nunca se obsesionó con la sucesión por línea masculina

Personalmente, he dicho siempre que la propia idea de identificar la tradición japonesa con la transmisión de la herencia por vía paterna (sucesión por línea masculina) es errónea y que quienes defienden que la sucesión al trono debe ser necesariamente por línea masculina lo que están haciendo es tratar de imponer a Japón los moldes chinos.

Quizás debería haber empezado por decir que mi especialidad es la sociología de la familia y que entre mis temas de estudio está la evolución del modelo familiar entre el periodo Edo e inicios de la era Meiji, que comenzó en 1868, con metodología tomada de la demografía histórica. En esa fase de la historia japonesa, uno de cada cinco varones era adoptado por otra familia(*1). Más de la mitad de ellos terminaban casándose con una hija de su padre adoptivo, es decir, que se convertían en yernos de aquel. Estos “yernos adoptivos” hacían posible la transmisión del patrimonio familiar por línea femenina, como forma de asegurar la continuidad de la casa o actividad familiar. Las familias que no tenían un hijo en edad de tomar las riendas del negocio pero sí una hija recurrían a este sistema; las que no tenían hijo ni hija, simplemente adoptaban un varón. La regla se aplicaba prácticamente como si fuera una ley. Además, en el caso de los hijos adoptivos convencionales, podían ser de la familia materna e incluso de otra familia no relacionada. Puede decirse que lo característico de Japón era esa despreocupación por si el heredero lo es por línea paterna o no. Esto es algo que sorprende a los chinos y coreanos, países en los que impera la mentalidad de que no deben adoptarse niños que lleven otros apellidos, es decir, que a la hora de encontrar un sucesor hay que buscarlo entre los de la familia paterna, con quienes se comparte el apellido.

Habrá quien piense que, en el periodo Edo, esa despreocupación sería propia de los campesinos o de las clases inferiores en general, pero no de los samuráis. Sobre este punto, presentaré aquí el libro de la profesora Tsubouchi Reiko titulado Keishō no jinkō-shakaigaku: dare ga ‘ie’ wo tsuida ka (“Sociología demográfica de la sucesión: ¿Quién heredaba la casa?”(*2)). Es una meritoria obra de demografía histórica que analiza cuantitativamente los árboles genealógicos de los samuráis, que se elaboraban en todos los señoríos (han) del país. El libro se fija especialmente en los sistemas complementarios o alternativos usados cuando en las familias samuráis, acostumbradas a que heredase el primogénito varón, no había ningún varón al que legar el patrimonio familiar, y halla que, frente a un 60 % o 70 % de familias que recurrían a un “yerno adoptivo”, solo un 10 % o 20 % preferían la adopción convencional de un varón. La norma patrilineal de elegir siempre como heredero a un varón por línea masculina no era demasiado respetada ni siquiera entre los samuráis.

Si, hoy en día, un 85 % de la población se posiciona a favor de permitir que una mujer ocupe el trono, no es solo porque la princesa Aiko goce de gran popularidad. Es consecuencia de una tradición que se ha transmitido por generaciones.

El bilateralismo, la otra tradición japonesa

Ampliemos un poco nuestras perspectivas. El demógrafo de la historia francés Emmanuel Todd llega a la conclusión de que originariamente en Eurasia existía una sociedad basada en un sistema de parentesco bilateral. Con “bilateral” queremos decir aquí que dicha sociedad reconocía tanto el parentesco patrilineal como el matrilineal. De los antiguos clanes japoneses también se dice que tenían ese mismo parentesco bilateral. Los ocupantes de los grandes túmulos funerarios que se construían en la época eran en buena parte mujeres, no siendo Himiko en absoluto una excepción. Y una vez construida la nueva capital en Nara, que da nombre al periodo histórico homónimo, vemos que la mitad de los soberanos son emperatrices(*3). Sin embargo, en las grandes civilizaciones de China, India y el oeste de Asia, con su posición central en el continente, se desarrolló un sistema patrilineal, en razón, según se dice, de su idoneidad para hacer frente a guerras y agresiones. Este sistema acabó imponiéndose y arrinconando al sistema bilateral, que solo sobrevivió en la periferia. Tal es la historia de la familia que cree ver Todd(*4). Y yo, después de haber leído mucha bibliografía al respecto sobre la familia en Asia, he llegado a las mismas conclusiones(*5).

En Japón, a consecuencia de la introducción del sistema político y legal chino, la patrilinealidad de los clanes se fue agudizando. Aun así, en el periodo Heian (794-1185) después del matrimonio las nuevas familias seguían residiendo en la casa de la esposa. Y en familias tan influyentes como los Fujiwara o los Hōjō, esta última del periodo Kamakura (1185-1333), la familia de la mujer siguió conservando mucho poder. Así pues, el cambio fue paulatino. Y el cambio de paradigma nunca fue total en las clases populares. El tradicional sistema bilateral siguió vivo en las costumbres del pueblo. Siempre ocurre que cuando un país se propone imitar los rasgos de una civilización más “avanzada”, el proceso se inicia por las clases altas. Pero cuando se percibe una diferencia entre las costumbres de las clases superiores e inferiores, la gente tiende a pensar que gracias a los de arriba se han conservado las buenas tradiciones, y hasta lo agradece, lo cual seguramente es un error.

Japón no fue el único país que se sintió presionado por la civilización china para adoptar el sistema patrilineal. En la península coreana el hogar familiar se establecía en la casa de la esposa hasta el periodo Goryeo (siglos X-XIV), pero a partir del periodo Joseon (siglos XV-XIX), el confucianismo caló rápidamente en la sociedad. Para mantener la pureza de la línea patrilineal, se estigmatizó el segundo matrimonio de las viudas e incluso, en ciertos casos, se las abocó al suicidio. Frente a esta situación, en esa misma época en Japón era fácil divorciarse y volver a casarse. Separado del continente por el mar, Japón no recibió una influencia tan directa. Su peculiaridad es que, como en el caso de Europa, en el otro extremo del continente euroasiático, la introducción del sistema patrilineal no implicó la desaparición total de las tradiciones emanadas del sistema bilateral. Y la prueba es que en los dos extremos han seguido apareciendo reinas y emperatrices por derecho propio.

Sinificación de la Casa Imperial

Hay muchas formas de responder a las cuestiones sobre la identidad colectiva de los japoneses. Intelectuales de la corriente Kokugaku del periodo Edo como Motoori Norinaga o Hirata Atsutane, que trataron de encontrar el yamatogokoro (espíritu, forma de sentir o de pensar propiamente japoneses) frente al karagoroto continental, insistieron en que la verdadera tradición de Japón estaba en la consideración que se mostraba hacia la transmisión por línea materna, lo cual lo diferenciaba de China. En cambio, en la escuela de Mito, de inspiración confuciana, se trató de promover exclusivamente el sistema patrilineal. Fueron los miembros de esta escuela quienes propusieron que a Jingū(*6) (primera emperatriz de Japón) se le aplicase la denominación kōgō, y no la de tennō, común a hombres y mujeres, que venía usándose para ella. Como fue la escuela de Mito la que más influyó en los responsables de los Gobiernos que se crearon a raíz de la Restauración Meiji, en la primera Ley de la Casa Imperial se creó una norma que nunca había existido hasta el momento, según la cual la sucesión al trono sería siempre en varones y por línea masculina. Un emperador varón era sin duda más conveniente para un Estado moderno que deseaba impulsar su poderío, incluyendo el militar. Así, el emperador Meiji (Mutsuhito) se despojó de su atuendo tradicional, que transmitía toda la belleza de la milenaria cultura cortesana de Japón, montó a caballo y al mejor estilo occidental vistió las galas militares, personificando así el nuevo imperialismo japonés.

Las sociedades no tienen identidades monolíticas. Existe un sustrato que se manifiesta en las estructuras de parentesco sobre el que se superpone la influencia de las grandes civilizaciones, todo lo cual se reconvierte en aras de la construcción de un Estado moderno. Puede decirse que la identidad está compuesta por múltiples estratos que reflejan el carácter de cada época y se influyen mutuamente(*7).

Hoy en día el conservadurismo busca la identidad en el estrato de las grandes civilizaciones, que en todos los países suele estar vinculado a la religión. El problema es que ese estrato es, en casi todos los lugares, patrilineal y machista. Esto es lo que está ocurriendo en Japón. Por eso la Casa Imperial se ha dotado de una ley que nunca en la historia ha sido tan patrilineal. Para un país como Japón, situado en la periferia de la civilización, esto entraña un gran dilema. Hacerse más patrilineal es sinificarse, hacerse más chino y eso significa que, dentro de este orden mundial tan convulso, Japón está ubicándose a sí mismo en el ámbito de influencia china. Japón ha recibido de China los palillos, el tofu, la escritura kanji, la literatura y otras muchas cosas. Pero eso no quiere decir que vaya a aceptar también cosas como la autocracia y el supremacismo masculino. Para sobrevivir en un periodo de reconversión del orden mundial nos sería de gran utilidad atender más a esa estructura en capas superpuestas de nuestra propia sociedad, algo que no puede subsumirse en una “esfera de civilización” y que, precisamente gracias a esa multiplicidad de estratos, nos pone en contacto con otros muchos grupos de naciones.

Imagen del encabezado: La hija de los emperadores, princesa Aiko; la segunda hija de los príncipes de Akishino, Kako, y su hermano menor Hisahito en el Saludo de Año Nuevo desde el Palacio Imperial, el 2 de enero de 2026. (Fotografía: Sankei Visual)

(Traducido al español del original en japonés.)

(*1) ^ Kurosu Satomi, Ochiai Emiko: “Jinkōgaku teki seiyaku to yōshi”, en Kindai ikōki no kazoku to rekishi, edición de Hayami Tōru, editorial Minerva Shobō, 2002).

(*2) ^ Editorial Minerva Shobō, 2001.

(*3) ^ Yoshie Akiko: Jotei no kodai ōkenshi, editorial Chikuma Shinsho, 2021.

(*4) ^ Emmanuel Todd: Kazoku shisutemu no kigen, editorial Fujiwara Shoten, 2016 (original en francés: L`Origine des systèmes familiaux, 2011).

(*5) ^ Ochiai Emiko: “Ajia no jūsōteki tayōsei: Sekushuaritī to jendā kara miru”, en Ajia no kazuko to shinmitsuken, tomo III, edición de Ochiai Emiko, Morimoto Kazuhiko y Hirai Shōko, editorial Yūhikaku, 2022.

(*6) ^ Fue esposa del decimocuarto emperador, Chūai, y madre del decimoquinto, Ōjin. Se cree que gobernó el país durante 69 años, entre la muerte del primero y el ascenso al trono del segundo. Hasta la era Meiji se la consideraba decimoquinta en la línea imperial, pero fue oficialmente apartada de la lista en 1926. Si fue un personaje histórico o legendario es también objeto de debate.

(*7) ^ Ochiai: Ajia no jūsōteki tayōsei.

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