Grandes figuras de la historia de Japón

Yanagita Kunio, folclorista y transmisor del alma popular de Japón

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Tōno monogatari (publicado en 1910), una colección de relatos sobre duendes y hechos prodigiosos ocurridos en zonas de montaña que el investigador Yanagita Kunio (1875-1962) recogió de boca de vecinos de Tōno (prefectura de Iwate), es una reconocida obra que se considera el punto de partida de los estudios del folclore japonés.

La historia la hace la gente corriente

Retrato de Yanagita Kunio guardado en la Biblioteca Nacional de la Dieta.
Retrato de Yanagita Kunio guardado en la Biblioteca Nacional de la Dieta.

Yanagita Kunio, que supo compaginar su trabajo como funcionario de elite con su labor investigadora, contribuyó decisivamente a poner los cimientos de los estudios folclóricos japoneses, dejando tras de sí una gran obra. Lo que sustenta su actividad es la convicción de que la verdadera historia de Japón no es la protagonizada por los grandes hombres, sino la de la gente corriente.

Yanagita, nacido en 1875, fue el sexto hijo del médico Matsuoka Misao y su esposa Take, que vivían en lo que hoy es el barrio de Tsujikawa del municipio de Fukusaki (distrito de Kanzaki, prefectura de Hyogo). Tres de los ocho hijos que tuvieron los Matsuoka murieron en la primera infancia. Pero los cinco que alcanzaron la edad adulta, empezando por el primogénito, Kanae, que además de médico fue político, tuvieron todos trayectorias profesionales muy exitosas, hasta el punto de hacerse famosos como los “Cinco Hermanos Matsuoka”. El apellido Yanagita lo tomó el folclorista de la familia por la que fue adoptado para convertirse en heredero, lo que ocurrió en 1901.

Una experiencia de juventud muy “mística”

En su libro Kokyō 70-nen (“70 años fuera del terruño”, 1954), que escribió en su vejez, Yanagita consigna algunos recuerdos de sus años mozos. Hoy en día, cuando alguien desaparece súbitamente, se habla de que está en “paradero desconocido” o “desaparecido”, pero antiguamente se recurría a la expresión kamikakushi (literalmente, “ocultación divina”), denotando que habían sido los kami (dioses) de la montaña o los tengu (duendes malignos de cara roja y larga nariz) los que se habían llevado a esa mujer o a ese niño.

Un día, cuando tenía 2 años, Yanagita se puso pesado con su madre, preguntándole una y otra vez si tenían una tía en la vecina ciudad de Kobe. Su madre estaba entonces embarazada y a punto de dar a luz a su hermanito. Cansada de la insistencia del pequeño, acabó diciéndole que sí, que la tenían. Ni corto ni perezoso, Yanagita, que acababa de despertar de la siesta, salió de la casa y se puso a caminar, hasta que fue “interceptado” a cuatro kilómetros de distancia por unos vecinos. Yanagita afirma que, si no hubiera sido por aquellos amables vecinos, ya no se habría vuelto a saber de él. Fue su primer peligroso acercamiento al kamikakushi. Yanagita siempre pensó que tenía una predisposición muy especial a experimentar ese tipo de “cosas extrañas”.

A los 12 años se trasladó a Fukawa, un barrio del actual municipio de Tone (distrito rural de Kitasōma, prefectura de Ibaraki), donde su hermano mayor Kanae había abierto una clínica. Allí, en el jardín de la casa de la familia Ogawa, que les daba alojamiento, había un pequeño templete o capillita sintoísta cuya puerta Yanagita procedió osadamente a abrir. Para su gozo, descubrió en su interior una pulida bola de piedra de talco. El cielo estaba tachonado de decenas de brillantes estrellas. Solo lo sacó de su arrobamiento la estridente voz de un bulbul que pasaba por allí. También en este caso dice Yanagita que la experiencia le habría afectado seriamente si aquel pajarillo no lo hubiera “rescatado”.

La piedra de la capilla había sido utilizar con fines “medicinales” por una anciana de la familia que había sufrido un derrame cerebral y creía que sus síntomas se aliviarían pasándosela por la cabeza. Luego, la puso ahí a modo de yashikigami o lar (dios protector del hogar). El aprecio hacia todas estas experiencias “místicas” y el ferviente deseo de comprenderlas permea toda la actividad investigadora de Yanagita.

La falta de espacio como causa de problemas familiares

En el referido libro, Yanagita narra otras dos experiencias juveniles que lo orientaron hacia el estudio del folclore.

Take, su madre, tenía muy buena mano mediando en las peleas entre esposos que ocurrían en el vecindario. O-kō, una mujer que regentaba una posada llamada Ebisuya, solía venir muy alterada cada vez que reñía con su marido, pero el bálsamo de Take era infalible y volvía siempre tranquila. Lo irónico es que, cuando su hijo mayor de los Matsuoka se casó y comenzaron a vivir todos bajo un mismo techo, suegra y nuera andaban siempre a la greña, al punto de que esta acabó yéndose de casa, con las lógicas consecuencias sobre la vida del primogénito. Yanagita creía que la raíz de la desgracia de su hermano mayor estaba en la minúscula casa en la que habían vivido, a la que llamaba la “casa más pequeña de Japón” y que, por cierto, se conserva en un rincón del parque de Tsujikawayama. La cosa es que, en tan poco espacio, era imposible que dos matrimonios pudieran vivir juntos. La pequeñez de las viviendas y los problemas entre suegra y nuera fueron otros dos aspectos de la vida que orientaron a Yanagita hacia el estudio del folclore, una disciplina muy apegada a la realidad que se fija a menudo en los problemas domésticos.

Casa natal de Yanagita Kunio. Se conserva en el municipio de Fukusaki (distrito de Kanzaki, prefectura de Hyōgo). (Cortesía de la corporación pública Hyōgo Kankō)
Casa natal de Yanagita Kunio. Se conserva en el municipio de Fukusaki (distrito de Kanzaki, prefectura de Hyōgo). (Cortesía de la corporación pública Hyōgo Kankō)

En 1884, los Matsuoka vendieron la casa con sus terrenos y se mudaron a Hōjō (actual ciudad de Kasai, en la prefectura de Hyōgo), de donde era oriunda Take. Lo hicieron para facilitar que Kanae, el primogénito, pudiera estudiar la carrera de medicina. En 1885, cuando Yanagita tenía nueve años, pudo ver con sus propios ojos los efectos de la hambruna en Hōjō. En las casas de los comerciantes más pudientes pusieron fogones para hacer o-kayu (gachas o papilla de arroz) y repartirlo a la gente necesitada, que durante todo un mes no dejó de venir para llenar sus pobres vasijas de arcilla. Las escenas que contempló durante aquellos días y el convencimiento de que no podía consentirse que hechos tan terribles volvieran a ocurrir fueron el motor, según él mismo creía, de su decisión de estudiar en profundidad el sistema del sansō en la antigua Universidad Imperial de Tokio (actual Universidad de Tokio).

El sansō (literalmente, “tres silos” o “triple almacenaje”) era un sistema de previsión ante posibles hambrunas que contemplaba el almacenamiento de grano requisado (gisō), almacenado voluntariamente por las comunidades (shasō) y retenido para estabilizar el precio de mercado (jōheisō). Yanagita cuenta que la imperiosa necesidad de encontrar la forma de terminar de una vez por todas con las hambrunas fue otro de los estímulos que alentaron su vocación folclorista.

Rincones que se resisten a la modernización, reductos de lo fantástico

En 1900, Yanagita terminó sus estudios universitarios e ingresó en el Ministerio de Agricultura y Comercio, donde siguió una carrera como funcionario de elite coronada con su nombramiento como jefe del secretariado del antiguo Senado, puesto que abandonó en 1919. Como conferenciante e inspector tuvo la oportunidad de viajar por todo Japón, encontrando durante sus giras abundantes motivos de sorpresa, como el descubrimiento, en 1908, de que en la aldea de Shiiba (prefectura de Miyazaki) se cazaba el jabalí y se practicaba la agricultura de roza y quema. Gracias al ambicioso programa de modernización impulsado por el Gobierno Meiji, Japón se desarrollaba rápidamente, pero, siendo un país de relieve accidentado, la ola modernizadora no llegaba al mismo tiempo a todos sus rincones y en muchos lugares se conservaban también las ocupaciones y métodos tradicionales.

Ese mismo año, de la mano de Sasaki Kizen, un joven que quería ser novelista, Yanagita conoció los cuentos de dioses y yōkai (duendes y otras criaturas maravillosas) de la zona de Tōno, de la que Sasaki era oriundo, y pudo recoger y escribir muchas de las misteriosas historias que se contaban en las casas. Cabe suponer que todo aquel patrimonio encajaba a la perfección en la sensibilidad intelectual de Yanagita. En total, escribió 119 historias que fueron publicadas bajo el título de Tōno monogatari (“Cuentos de Tōno”) en 1910.

Vista de la cuenca de Tōno, en la prefectura de Iwate. (Pixta)
Vista de la cuenca de Tōno, en la prefectura de Iwate. (Pixta)

Tōno forma una pequeña cuenca en el sector meridional de las montañas de Kitakami. Se dice que en la antigüedad estaba bajo las aguas de un lago rodeado por tres montes que servían de morada a sendas diosas: el Hayachine (norte), el Rokkōshi (este) y el Ishigami (noroeste). Durante el periodo Edo (1603-1868), Tōno prosperó alrededor del castillo del clan Nanbu, que obtenía de estas tierras 10.000 koku de arroz, equivalentes a un volumen de 1,8 millones de litros anuales de grano entero. Los días de feria eran de gran concurrencia y trato, como queda de manifiesto en la expresión “uma senbiki, hito sennin” (“de mil caballos y mil personas”), y los caballos que cargaban las mercancías (productos agrícolas del interior a la costa y marinos de la costa al interior), los dachinzuke, se hicieron también muy famosos. Al parecer, este continuo trasiego contribuyó a difundir las narraciones de hechos maravillosos.

En los 119 cuentos de Tōno monogatari, encontramos mezclados con la gente corriente hombres y mujeres salvajes de la montaña, dioses de la montaña y del hogar, así como otros muchos duendes y seres fantásticos, como los citados tengu o los kappa, criaturas anfibias de extraño aspecto que arrastran al fondo de los ríos a humanos y animales. Tenemos también a los zashiki-warashi, fantasmas de niños que habitan viejas casas y que, en la mente popular, son responsables en última instancia del progreso o decadencia de las familias. Y los oshira-sama, típicos también de la comarca de Tōno, que tuvieron su origen en alguna misteriosa leyenda de unión entre una doncella y un caballo para pasar posteriormente a convertirse en deidades tutelares de la cría de gusanos de seda y otras actividades.

Los oshira-sama suelen ser parejas de ramas de moral de unos 30 centímetros de longitud. En un extremo de uno de los palos se talla el rostro de una doncella; en el del otro palo, la cabeza de un caballo. Se extraen de sus cajas durante los matsuri (fiestas anuales) y se les rinde culto después de haberlos vestido. En la fotografía, un oshira-sama de cierta familia de Rikuzen-Takata (prefectura de Iwate) que solía venerarse como dios tutelar de los gusanos de seda. (Cortesía del Museo Prefectural de Iwate)
Los oshira-sama suelen ser parejas de ramas de moral de unos 30 centímetros de longitud. En un extremo de uno de los palos se talla el rostro de una doncella; en el del otro palo, la cabeza de un caballo. Se extraen de sus cajas durante los matsuri (fiestas anuales) y se les rinde culto después de haberlos vestido. En la fotografía, un oshira-sama de cierta familia de Rikuzen-Takata (prefectura de Iwate) que solía venerarse como dios tutelar de los gusanos de seda. (Cortesía del Museo Prefectural de Iwate)

Experiencias al borde de la muerte y reencuentros con difuntos

En Tōno monogatari aparecen también muchas almas de personas muertas (yūrei), que comparten unos mismos espacios con los vivos, pues las fronteras entre la vida y la muerte no están bien definidas.

Hay, por ejemplo, relatos de reencuentros con muertos, como el de Kikuchi Matsunojō, un hombre que contrae el tifus y, en su asfixiante agonía, experimenta la separación de su alma, que vuela hacia el Kiseiin, el templo budista asociado a su familia, traspasada cuya puerta contempla gozoso una pradera cubierta de rojas amapolas. Entre las flores encuentra a su difunto padre, que le saluda con un “¡Vaya, también tú has venido!”. Tras responderle de alguna forma sigue adelante para encontrar seguidamente a su hijo, que también lo precedió en la muerte y que le dice algo muy similar: “¡Pero si está también el papá!”. Cuando Matsunojō trata de acercarse a él, el niño se lo impide. En ese instante oye que alguien le está llamando desde la puerta del templo y cuando se dirige hacia allí a regañadientes termina su experiencia. Se ve rodeado de sus parientes, que le ofrecen agua para aliviar su sufrimiento y le llaman por su nombre, con lo que comprueba definitivamente que ha vuelto a la vida. Es una “experiencia cercana a la muerte” en la que un supuesto resucitado narra el viaje de su alma.

Otra interesante historia es la de Fukuji, un hombre que se casa y se integra en la familia de su esposa en Tanohama (actual municipio de Yamada), en la zona costera próxima a Tōno. Su mujer y algunos de sus hijos han muerto en un tsunami, pero él vuelve con los dos hijos que han sobrevivido al lugar donde estaba la casa familiar y construye allí un cobertizo donde vive cerca de un año. Una noche de luna de principios del verano se levanta por la noche para ir al excusado, desde donde ve que un hombre y una mujer se le acercan en la niebla. La mujer resulta ser su difunta esposa. En cuanto al hombre, es alguien que también murió en el tsunami, alguien que había tenido una íntima relación con su mujer antes del matrimonio. La mujer le dice: “Ahora vivo con él”. Responde él: “¿Qué te pasa? ¿Ya ni te acuerdas de tus hijos?”. Ante la recriminación, la mujer palidece y se echa a llorar. En un momento de lucidez el hombre se extraña de estar hablando con muertos, se entristece y baja la mirada, momento que aprovecha la pareja para esfumarse. Aunque al principio trata de seguirlos, enseguida se da cuenta de que persigue a muertos, por lo que, ya de mañana, regresa a su cobertizo, donde queda postrado durante largo tiempo.

Esta historia está asociada a un hecho histórico: el Gran Tsunami de Sanriku de 1896. La muerta declara que desea seguir viviendo como mujer, mientras que Fukuji la censura, recordándole su condición de madre. Pero finalmente recapacita, acepta la muerte de su esposa y se decide a reemprender su propia vida. Es, pues, una historia de aceptación o redención que nos enseña que debemos ser capaces de superar el dolor y la tristeza.

Tōno monogatari, lleno de sentido también hoy en día

Yanagita Kunio en octubre de 1956 ante su casa de Seijō (Setagaya-ku, Tokio). (Colección de la Biblioteca Nacional de la Dieta)
Yanagita Kunio en octubre de 1956 ante su casa de Seijō (Setagaya-ku, Tokio). (Colección de la Biblioteca Nacional de la Dieta)

En el prólogo de Tōno monogatari, Yanagita asegura que las leyendas sobre dioses y sobre hombres y mujeres salvajes de la montaña no son meras invenciones, pues hunden sus raíces en hechos históricos. Ciertamente, estas historias cuentan con gran precisión dónde y cuándo ocurrieron estos hechos y quiénes fueron sus protagonistas. Y en ellas aparecen muchos personajes reales. Entre estas historias encontramos la de una familia que mató a una cría de kappa que acababa de nacer y la de otra que cayó en la miseria cuando dejó de aparecer el zashiki-warashi. También se narran casos relacionables con la triste costumbre del mabiki, que es un eufemismo por “matar a algún hijo pequeño” para tener menos bocas que alimentar, lo que hace de estas historias difícilmente tratables en público.

La primera edición del libro, cuya tirada fue de solo 350 ejemplares, tuvo que costeársela él mismo. Y no recibió una crítica particularmente buena. En un primer momento, la valoraron solo escritores como Izumi Kyōka o Akutagawa Ryūnosuke. Pero más tarde, cuando el estudio del folclore quedó establecido como un serio acercamiento a la historia a partir de las narraciones populares de transmisión oral, la obra de Yanagita se convirtió en un clásico. Además, ofrece mucha información sobre cómo ha afrontado la gente epidemias, desastres y otras situaciones críticas, por lo cual hoy en día permite otras lecturas que le dan un nuevo valor.

En el prólogo, Yanagita propone hacer temblar de pavor con estas historias a los heichimin (“habitantes de las llanuras”), una peculiar forma de llamar, probablemente, a la gente de Tokio y otras zonas bajas acostumbrada a las comodidades de la civilización. Desde la primera edición de Tōno monogatari han pasado ya más de 100 años y desde la muerte del folclorista, ocurrida en 1962, más de medio siglo. Durante estos años, gran parte de la vida tradicional que fue objeto de su estudio ha desaparecido, en tanto que el libro en sí se traduce ahora a lenguas como el inglés, el chino o el coreano y se lee por el mundo. Incluso ha servido de base para algunos mangas.

También los personajes fantásticos que pueblan su libro Yōkai dangi (“Lecciones sobre los yōkai”, 1956) han conseguido notable fama y son motivo de numerosos estudios. El folclore rescatado para la posteridad por Yanagita sigue encontrando nuevos lectores dentro y fuera de Japón.

Imagen del encabezado: Yanagita Kunio (colección de la Biblioteca Nacional de la Dieta) y la cuenca de Tōno (Pixta).

(Traducido al español del original en japonés.)

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