Grandes figuras de la historia de Japón
Saruhashi Katsuko, una científica pionera que arrojó luz sobre los peligros de la radiactividad
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Una mujer japonesa derrota a los científicos norteamericanos
El Premio Saruhashi es uno de los galardones más prestigiosos concedidos a científicas japonesas que han realizado una contribución de importancia. Sin embargo, hoy en día no son muchos los que sepan decir cuál fue la importante contribución científica hecha por la geoquímica Saruhashi Katsuko, que fue quien instauró el premio.
Iyohara, que antes de ser novelista fue investigador de la ciencia de la Tierra y los planetas, comenzó a interesarse por Saruhashi hace unos diez años. Las primeras informaciones sobre ella las obtuvo de un profesor que le había enseñado durante el posgrado, y que entonces formaba parte del jurado del Premio Saruhashi.
Le explicó que Saruhashi había sido una investigadora de primera sobre la contaminación radiactiva de las aguas marinas, que había viajado a Estados Unidos por su cuenta, se había medido allí en el análisis de dicho campo con los científicos más prestigiosos y los había vencido.
“Hasta entonces sabía que Saruhashi había sido una investigadora del campo de la geoquímica, pero no sabía qué había hecho en concreto. Me parecía interesante como tema para una novela y me dije a mí mismo que tenía que escribir sobre ella”, comenta.
Saruhashi, que previamente, tanto antes como después de la Segunda Guerra Mundial, se había dedicado al estudio de la capa de ozono y de la composición química de los mares en el antiguo Observatorio Meteorológico Central, que precedió a la actual Agencia Nacional de Meteorología, dirigió sus pasos hacia la medición de la contaminación de las aguas marinas debida a las sustancias radiactivas.
Ya no había nadie que pudiera hablar de los primeros años de Saruhashi, y las pesquisas para encontrar documentación de tiempos de la guerra fueron muy trabajosas. Pero, escudriñando la historia y tratando de penetrar en el alma de Saruhashi, Iyohara fue escribiendo su libro, que finalmente tomó forma bajo el título de Suiu no hito (“La mujer de la lluvia del primer verano” o “de la estación del verdor”).
El análisis de la “ceniza de la muerte”
En marzo de 1954, la tripulación del Daigo Fukuryū Maru, un barco atunero japonés que faenaba en aguas del Pacífico, resultó irradiada a consecuencia de la detonación experimental de una bomba de hidrógeno por Estados Unidos en el atolón Bikini, en las Islas Marshall. Saruhashi fue la encargada de analizar una pequeña cantidad de las cenizas blancas recogidas por los integrantes de la tripulación, que resultaron ser fragmentos de coral con alto contenido de sustancias radiactivas, la posteriormente llamada “ceniza de la muerte”. Saruhashi siguió adelante con sus mediciones de radiactividad en la lluvia y en el agua marina mientras Estados Unidos, la Unión Soviética y otros países continuaban llevando a cabo ensayos nucleares.

A la izquierda, visitantes de la Sala de Exposición del Daigo Fukuryū Maru contemplan el barco en junio de 2024. A la derecha, una muestra de la “ceniza de la muerte” recogida en el barco por sus tripulantes, que se expone también en la sala, inaugurada en Kōtō-ku (Tokio) en 1976. Saruhashi fue directora de la entidad que administra la sala desde 1982 hasta sus últimos años. (Jiji Press)
En 1962 Saruhashi fue invitada a Estados Unidos para poner a prueba el método de medición del cesio radiactivo que había desarrollado ella misma junto a Miyaki Yasuo, pionero de la geoquímica japonesa, a quien Saruhashi consideró su gran maestro durante toda su vida. La precisión del método había sido puesta en entredicho. Saruhashi viajó sola, puso a prueba el método junto a investigadores norteamericanos y demostró fehacientemente su precisión.
“Las investigaciones de Miyake y Saruhashi dieron un fuerte impulso al movimiento mundial a favor de la prohibición de los ensayos con bombas atómicas y de hidrógeno. Además, su demostración de que la contaminación nuclear en las aguas marinas próximas a Japón y en toda el área del Pacífico noroccidental estaba más avanzada de lo que se suponía en Estados Unidos condujo, con el tiempo, a la firma del Tratado de Prohibición Parcial de los Ensayos Nucleares. Es una gran aportación desde la perspectiva de su influencia social”.

A la izquierda, Saruhashi junto a su maestro, Miyake Yasuo (Osaka, 1960). A la derecha, Saruhashi en 1965, cuando trabajaba en el Instituto de Investigaciones Meteorológicas, en Kōenji (Tokio). (Cortesía de la asociación Josei Kagakusha ni Akarui Mirai wo no Kai)
“Como científica, los resultados que obtuvo en su amplio y pormenorizado microanálisis sobre las variaciones que experimenta bajo diversas condiciones la cantidad de sustancias carbónicas contenidas en los océanos, así como su investigación sobre la capa de ozono, contribuyeron al avance de la ciencia”, sostiene Iyohara.
El carbono contenido en las aguas marinas es un importante eslabón en el ciclo del carbono en la Tierra, que está ligado al calentamiento global. Saruhashi hizo una tabla que muestra cómo varía la cantidad de sustancias carbonatadas según la temperatura y el pH (índice de acidez o alcalinidad) del agua de mar. La tabla fue bautizada “tabla de Saruhashi” y utilizada por los científicos de todo el mundo antes de la difusión de las computadoras.
Su cambio de orientación hacia la ciencia
Saruhashi Katsuko nació en el distrito de Shiba (el actual distrito de Minato, en Tokio) en 1920. Segunda de dos hermanos y nueve años menor que el primogénito, fue una niña de constitución débil que recibió todos los mimos de su padre, un técnico electricista. Recordaba haberse sentido muy intrigada por la naturaleza y causas de la lluvia que veía desde la ventana siendo alumna de primaria. Al terminar dicho ciclo, continuó sus estudios de secundaria y bachillerato en una escuela femenina.
Las mujeres de la época que completaban los cinco años de primaria no tenían muchas opciones educativas. Además de la Escuela Normal Femenina, solo había unas pocas instituciones especializadas privadas. Durante algún tiempo Saruhashi trabajó en una compañía de seguros de vida, pero su sueño era estudiar medicina para dedicarse a ello. Entonces sentía una gran admiración por Yoshioka Yayoi, fundadora de la Escuela Femenina de Medicina de Tokio (actual Universidad de Medicina Femenina de Tokio) y una de las primeras médicas de Japón. Tras convencer a su familia, dejó su trabajo y estudió febrilmente para poder presentarse al examen de entrada de la institución fundada por Yoshioka, con quien llegó a entrevistarse.
Pero cuando Yoshioka quiso saber la razón por la que se presentaba al examen y ella dijo que quería estudiar con todo su empeño hasta convertirse en una médica tan magnífica como ella, Yoshioka se echó a reír a carcajadas, y respondió que no por querer ser como ella iba a conseguirlo tan fácilmente.
Saruhashi incluyó la anécdota en un ensayo de carácter autobiográfico. Sorprendida y, sobre todo, dolida por las palabras de Yoshioka, sus ilusiones de estudiar en aquella escuela y hacerse médica se desvanecieron de golpe. Se presentó entonces al examen de la Escuela Imperial Femenina de Ciencias (actual Facultad de Ciencias de la Universidad de Tōhō), que casualmente había abierto sus puertas aquella misma primavera, y se convirtió en alumna de su primera promoción. Fue la primera escuela japonesa especializada donde las mujeres pudieron estudiar disciplinas como la física o la química.
En una de las prácticas del segundo año conoció a Miyake Yasuo, investigador del Observatorio Meteorológico Central que se encargaría de dirigir su trabajo de fin de carrera. El tema impuesto por Miyake fue el análisis del polonio, un elemento radiactivo descubierto en 1898 por Marie Curie, que junto a su marido recibió el Premio Nobel de Física precisamente por esa investigación. La actitud de Curie hacia la ciencia marcó el norte en la vida de Saruhashi y haber estudiado de esta forma el polonio le fue después de gran utilidad al enfrentarse al problema de la radiactividad.
En su discurso de recepción del Nobel, el matrimonio Curie expuso la duda de si el ser humano habría alcanzado la suficiente madurez como para saber aprovechar los descubrimientos científicos, una interrogante que Katsuko llevaría siempre en su corazón.
Junto al Ejército de Tierra en Hokkaidō
Las alumnas de la primera promoción de ciencias tuvieron que adelantar su graduación medio año por culpa de la guerra, que en 1943 estaba tomando ya un cariz claramente adverso para Japón. Saruhashi pasó entonces a trabajar en el laboratorio del citado observatorio. La suya era una labor constante y oscura, a un nivel muy básico, pero durante el conflicto bélico todo se ponía al servicio del ejército. En 1944 el personal del observatorio, incluyendo a Miyake y Saruhashi, participó en una investigación de gran envergadura sobre la niebla, que se desarrolló en Nemuro (Hokkaidō) en colaboración con la sección de Meteorología del Ejército de Tierra. El objetivo era recoger datos básicos que sirvieran para predecir la formación de niebla y desarrollar métodos para disiparla a voluntad.
“Se desconoce qué fue lo que investigó durante la guerra. He revisado mucha documentación, pero en muchas cosas hay que recurrir a la imaginación. Fue muy difícil”, dice Iyohara.
En las investigaciones que se llevaron a cabo en Hokkaidō durante la guerra tuvo un papel importante el rector Nakaya Ukichirō, profesor de la Universidad de Hokkaidō conocido como gran experto en los cristales de la nieve. No disponemos de ningún registro personal de esa época para saber cómo afrontaron su trabajo Nakaya, Miyake y el resto de los investigadores. Pero cabe suponer que la prioridad de ambos fue evitar que los jóvenes investigadores, que debían dar continuidad a las líneas de investigación una vez concluyese la guerra, fueran llevados al campo de batalla. Tal es la impresión que recibió Iyohara de sus pesquisas.
“Los datos japoneses son erróneos”
Las partes más sustanciales de Suiu no hito son las que relatan cómo Saruhashi analizó la “ceniza de la muerte” y probó la superioridad de su método en Estados Unidos.
El laboratorio de Miyake demostró que, por efecto de las corrientes marinas, las aguas próximas a Japón habían sufrido una contaminación nuclear varias decenas de veces superior a la de las costas de Estados Unidos a raíz del experimento de Bikini. Pero Theodore Folsom, autoridad mundial de la oceanografía, se mostró muy escéptico, diciendo que niveles tan altos no eran posibles y que los datos japoneses debían de ser erróneos. Folsom era un pionero en este campo y había conseguido un método para hacer un seguimiento de las sustancias radiactivas que se dispersaron por el océano a raíz del experimento nuclear. Miyake solicitó a la Comisión de la Energía Atómica de Estados Unidos la realización de una probación mutua de los respectivos métodos de medición, para comprobar cuál era más preciso. Miyake confió enteramente la defensa de su método a Saruhashi. En 1962 esta viajó a Estados Unidos. Allí, en el Instituto de Oceanografía Scripps de la Universidad de California, compitió con un equipo dirigido por Folsom para poner en claro qué método permitía extraer una mayor cantidad de cesio, una sustancia radiactiva, de una muestra de agua. Sola y enfrentada a todo tipo de dificultades y desventajas adicionales, Saruhashi consiguió una tasa de extracción superior a la del equipo norteamericano, probando así la elevada precisión del método japonés. Folsom mostró un gran respeto por Saruhashi y en 1963 ambos publicaron un estudio conjunto sobre los resultados de la probación. Ese mismo año, Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Prohibición Parcial de los Ensayos Nucleares.
Un premio para promover el nacimiento de nuevas científicas
Iyohara centra su libro en los primeros 40 o 50 años de la vida de Saruhashi. La figura que emerge de sus pesquisas es la de una mujer que no hace concesiones y se consagra enteramente a la investigación.
“Quizá haya lectores que piensen que se dedicó a investigaciones sin especial brillo, pero es que, en realidad, todas las investigaciones son acumulaciones de ese trabajo oscuro y tenaz. Y es ese momento en el que finalmente la verdad se deja ver a través de ese cúmulo de esfuerzos lo que lleva al científico al éxtasis”.

Saruhashi durante la ceremonia de entrega del premio que lleva su nombre, alrededor de 1998. (Cortesía de la asociación Josei Kagakusha ni Akarui Mirai wo no Kai)
Tras haberse retirado del Instituto de Investigaciones Meteorológicas en 1980, Saruhashi instauró el premio que lleva su nombre y que reconoce cada año la labor de una científica menor de 50 años. Su deseo era conseguir que el mayor número posible de mujeres tuvieran una exitosa carrera en el campo de la ciencia. Para dotar el premio, creó un fondo de asistencia para el cual recogió donaciones y puso su propio dinero. Desde su primera entrega en 1981, ya son 45 las investigadoras que lo han recibido.
Iyohara señala que, desgraciadamente, en la actualidad las mujeres que se dedican a la ciencia no son tantas como había soñado Saruhashi.
“Empezando ya con las mujeres que eligen una carrera de ciencias, en Japón son muy pocas. Yo creo que, si Saruhashi contemplase la actual situación, la descorazonaría la lentitud del avance”.
Ciencia y guerra, una relación que hace pensar

Iyohara Shin con su libro Suiu no hito, publicado por Shinchōsha. (Redacción de nippon.com)
Para escribir su libro, Iyohara ha tenido que reestudiar la historia de la ciencia japonesa anterior y posterior a la guerra, un recorrido que ha estado lleno de descubrimientos y sorpresas.
“He encontrado muchas cosas que desconocía, como el tema de las investigaciones que se hicieron durante la guerra. La mayor diferencia que he notado con nuestros tiempos es la clara conciencia que tenían los científicos japoneses de que la ciencia había que ponerla al servicio de la sociedad. Es realmente asombroso el apasionamiento con el que los analistas científicos de la posguerra abordaron la cuestión de la contaminación ambiental, en especial la de los mares, haciendo de ello causa común. Ahora ya no vemos a los científicos unidos ante un problema social o un reto global”.
“Para mí, ha sido también una oportunidad para replantearme la relación entre los científicos y la guerra. 80 años después de la Segunda Guerra Mundial, cuando seguimos inmersos en conflictos como el de Ucrania, creo que ha sido una suerte poder publicar este libro”, concluye.
Precisamente en esta coyuntura mundial de creciente incertidumbre, cuando el temor al uso de las armas nucleares parece ir tomando cada vez más cuerpo, resulta especialmente pertinente poner el foco sobre el gran legado dejado por Saruhashi Katsuko, la científica que hizo sonar las alarmas sobre la contaminación nuclear de los mares.
(Artículo traducido al español del original en japonés. Imagen del encabezado cortesía de la asociación Josei Kagakusha ni Akarui Mirai wo no Kai.)
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