Grandes figuras de la historia de Japón

Tanizaki Jun’ichirō o la incansable búsqueda de la belleza y el eros

Literatura Cultura

Tanizaki Jun’ichirō cobró gran fama como pionero del sensualismo literario. Llevando al extremo la máxima de “el arte por el arte”, vivió como un hedonista y hasta sus últimos años mantuvo el tema de las relaciones entre hombre y mujer como principal motivo de sus obras. Un acercamiento a su figura y a su obra cuando se cumplen 140 años de su nacimiento.

Tanizaki Jun’ichirō, conocido por obras como Shisei (Tatuaje), Chijin no Ai (Naomi) o Sasameyuki (Las hermanas Makioka), es uno de los autores de la literatura japonesa moderna que con más tenacidad ha perseguido la belleza y lo erótico. Fuertemente atraído en sus inicios por el decadentismo occidental, con el paso del tiempo fue girando hacia la tradición japonesa y la estética de las sombras. Podría parecer un viraje aparatoso, pero hay un hilo conductor ininterrumpido: la búsqueda de la belleza ideal por encima de cualquier realidad. En este artículo veremos cómo seguir la pista de ese hilo conductor que penetra su actividad creativa, dividiéndola en tres etapas.

La influencia occidental en sus primeras obras

Nacido en 1886, durante sus años en la Universidad Imperial de Tokio participó en la edición de la revista cultural Shinshichō, en cuyas páginas apareció, en 1910, su novela corta Shisei (Tatuaje). En un primer momento, el relato no atrajo demasiado interés, pero en 1911, después de su expulsión de la universidad por impago de las cuotas, recibió una elogiosa crítica de Nagai Kafū, líder del movimiento antinaturalista y redactor jefe de la revista Mita Bungaku. De la noche a la mañana, Tanizaki se convirtió en la gran promesa del mundo literario. Su primera colección de relatos, también bajo el título Shisei, salió por la editorial Momiyama Shoten, un excelente punto de partida para un escritor en ciernes.

Un ejemplar de la primera edición de Shisei (editorial Momiyama Shoten, 1911; encuadernación e ilustraciones en xilografía a cargo del grabador Hashiguchi Goyō). (Colección del autor)
Un ejemplar de la primera edición de Shisei (editorial Momiyama Shoten, 1911; encuadernación e ilustraciones en xilografía a cargo del grabador Hashiguchi Goyō). (Colección del autor)

En sus primeros pasos, Tanizaki estuvo bajo el influjo del decadentismo occidental, del que Oscar Wilde es la pluma más representativa, y se adhirió ardientemente a sus valores, unos valores básicamente hedonistas, en los que la belleza artificial primaba sobre la natural, y la sensualidad sobre la ética. Por eso, al principio algunos tildaron su estilo de “satánico”. Shōnen (“Los niños”) y Himitsu (“El secreto”), que salieron un año después, incluían apreciaciones fundamentadas en las nuevas teorías de la sexología occidental. Fueron incursiones en un campo, el del erotismo y los apetitos, que hasta entonces no había sido abiertamente tratado en la literatura japonesa.

En las obras de este primer periodo, el cuerpo femenino, sus ropas y accesorios, aparecen como disociados del personaje real y convertidos en objetos al servicio de la vista o de los sentidos. Las heroínas de Shisei y de Himitsu son presentadas como encarnaciones de la belleza que solo existen para ser miradas, o como seres que nos guían fuera de la cotidianidad. En estas primeras obras de Tanizaki, la belleza no se sitúa en el plano de lo real. Es, por el contrario, algo que solo puede existir fuera de la vida real de cada día. Desde su debut hasta principios de la era Taishō (1912-1926), para Tanizaki la belleza no era algo que simplemente existiera en el mundo exterior, sino algo que hay que buscar en un territorio que trasciende la realidad.

Las posibilidades del cine como actividad artística, sus primeros guiones

En esta época, Tanizaki era un enamorado de la cultura moderna y, como tal, dirigió su interés hacia el cine. Leía ávidamente revistas de cine que él mismo se hacía enviar desde Estados Unidos y presentaba sus propias propuestas. En Japón, el cine todavía no se veía como un arte, pero Tanizaki ya lo veía como arte puro y poco a poco se va perfilando como uno de los promotores de un movimiento orientado en ese sentido. En 1920 comienza a trabajar para la productora Taishō Katsuei como asesor del departamento de guiones y toma parte activa en varias de sus producciones. Aunque las cintas no se han conservado, sabemos que se hicieron películas con guiones escritos por Tanizaki o adaptados por él de obras de Izumi Kyōka, Ueda Akinari y otros autores.

En la ficción de la gran pantalla, la mujer no envejece, es eternamente bella. El cine no solamente refleja la realidad. Puede también, mediante juegos de luz y encuadre, ofrecer una imagen idealizada de los personajes, dándoles un atractivo por encima de lo real. Tanizaki vio el potencial del cine como mecanismo para dar forma concreta a una belleza ideal. Y es que para Tanizaki el arte no estaba ahí para reproducir fielmente la realidad. Era una actividad cuyo objetivo era dar relieve a lo ideal que subyace en ella, exteriorizándolo en forma de películas. En su enfoque vemos la influencia de la teoría platónica de las ideas. En Tanizaki, esta obsesión por obtener una imagen idealizada de la mujer no se circunscribió a su actividad literaria: afectó a su forma de entender el amor y el matrimonio, permeando toda su vida.

Redescubrimiento de la belleza tradicional japonesa

A raíz del Gran Terremoto de Kantō (región de Tokio) de 1923, Tanizaki decidió mudarse a la región de Kansai, donde residió en ciudades como Kōbe o Kioto. Este cambio de entorno marcó un antes y un después en su sensibilidad estética. Frente a la región de Kantō, que había quedado reducida a escombros, la de Kansai conservaba todo el encanto de las cosas antiguas. Como obra que marca este despertar de Tanizaki a la belleza tradicional de Japón suele señalarse Tade kuu mushi (Hay quien prefiere las ortigas, 1929), una novela en la que el teatro de marionetas bunraku tiene un importante papel.

Siete años después de la primera edición, la editorial Sōgensha publicó una cuidada edición artesanal de Tade kuu mushi (Hay quien prefiere las ortigas), elaborada bajo la dirección del propio autor. (Colección del autor)
Siete años después de la primera edición, la editorial Sōgensha publicó una cuidada edición artesanal de Tade kuu mushi (Hay quien prefiere las ortigas), elaborada bajo la dirección del propio autor. (Colección del autor)

La edición artesanal está hecha en papel washi, con formato apaisado. El diseño de cubierta y las ilustraciones corrieron a cargo de Koide Narashige.
La edición artesanal está hecha en papel washi, con formato apaisado. El diseño de cubierta y las ilustraciones corrieron a cargo de Koide Narashige.

Lejos de la modernidad urbana de Tokio, al entrar en contacto con las formas de vida tradicionales y la cultura que se conservaban en la antigua capital del país y sus proximidades, el interés del escritor fue orientándose hacia los clásicos literarios y la historia de Japón. Su adaptación al japonés moderno del Genji monogatari, que comenzó en 1935 y a la que continuó haciendo modificaciones hasta sus últimos años, probablemente no habría sido posible de no haberse mudado a Kansai.

El cambio se hace patente también en su obra literaria. Si Chijin no ai (Naomi), que publicó en 1925, está ambientada en la cultura moderna, en Mōmoku monogatari (La historia de un ciego, 1931) la acción ocurre en el siglo XVI y describe emociones y un sentido estético muy japoneses. En Shunkinshō (Sobre Shunkin, 1933) Tanizaki plasmó de una forma simbólica su idea de que la belleza no puede encontrarse en las formas del mundo real, sino en una dimensión superior. Shunkin es una maestra de música tradicional cuyo rostro ha quedado deformado por una quemadura. Sasuke, su devoto discípulo, se hunde una aguja en los ojos para quedar ciego y vivir con el recuerdo de la perdida belleza de su maestra. Privándose de la vista antes de ver la triste transformación de Shunkin, Sasuke deposita su ideal de la eterna belleza femenina en el recuerdo o en una abstracción de la mujer.

Además, para Tanizaki la belleza de sus libros no debía limitarse a la letra impresa: debía estar también en su propia forma. Desde finales de los años 20, daba detalladas instrucciones a los artesanos y artistas que hacían sus encuadernaciones, ilustraciones e impresiones, de forma que sus libros fueran cristalizaciones de sus ideales estéticos.

Primera edición de Shunkinshō (Sobre Shunkin), que vio la luz por la editorial Sōgensha en 1933. La idea de usar una cubierta lacada fue de Tanizaki. (Colección del autor)
Primera edición de Shunkinshō (Sobre Shunkin), que vio la luz por la editorial Sōgensha en 1933. La idea de usar una cubierta lacada fue de Tanizaki. (Colección del autor)

Para Tanizaki, la mujer era, además de un individuo que habita el mundo real, una encarnación del ideal de la belleza. De su vida privada se recuerdan las cosas más escandalosas, como aquello de que a su primera esposa la cedió, previo acuerdo entre los tres, a su gran amigo Satō Haruo, episodio que muestra una vez más al Tanizaki que se debate entre las relaciones humanas reales y su ideal de belleza. Por Nezu Matsuko, su tercera esposa, sintió una atracción muy especial y proyectó su imagen en sus obras, como modelo de mujer ideal. Pero lo que encontramos en sus libros no son descripciones realistas, sino imágenes pulidas por la mente del autor, y en esto no hay ningún cambio con respecto a sus primeras obras.

Una belleza que se perfila al ser velada

En su ensayo In’ei raisan (El elogio de la sombra), que publicó entre 1933 y 1934, expone claramente su idea de que la belleza japonesa no queda realzada por la luz, sino por las sombras. Los objetos lacados, especialmente los que llevan decoración de oro, parecen planos cuando se los expone a la luz, pero en la penumbra se vuelven suntuosos, llenos de hondura. Su belleza va manifestándose poco a poco en el interior de las lóbregas habitaciones de la casa japonesa tradicional, en la que la luz exterior se cuela blandamente a través de las puertas correderas de papel. La idea es que, mejor que proyectar luz indiscriminadamente por todos los espacios, es dejar algunas partes menos visibles, porque allí es donde esta belleza adquiere toda su profundidad y riqueza de matices.

No quiere decir esto que Tanizaki renunciase a lo occidental y abrazase lo japonés. Fue a través de lo occidental como se percató de que la belleza que él ansiaba era más fácil hallarla en el Japón tradicional. Pero tampoco en este caso es la belleza algo que exista como tal en la realidad. No está en las cosas aceptadas tal cual son. Es necesario despojarlas de lo innecesario, a veces incluso tenemos que ponerlas de forma que no se vean demasiado, y solo así adquieren su forma pulimentada e ideal.

Búsqueda insaciable de lo erótico y del deseo

En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, Tanizaki comenzó a publicar por entregas Sasameyuki (Las hermanas Makioka). Las autoridades militares no vieron con buenos ojos que en tiempos de sacrificio se publicasen novelas con tanto lujo y frivolidad, y terminaron vetando su publicación. Se publicó finalmente una vez terminada la contienda. La acción, que se desarrolla en Osaka entre 1936 y 1941, tiene como protagonistas a cuatro bellas hermanas de una familia de abolengo, cuyas vidas exponen cómo la vieja cultura de la ciudad va siendo engullida por la ola de la modernidad.

En la posguerra su salud empeoró, sufrió algunos ictus debidos a la hipertensión, que le dejaron paralizado el brazo derecho y tomó dolorosa conciencia de que estaba envejeciendo. Pero sus ambiciones literarias, lejos de menguar, crecieron. Y su búsqueda del eros y del deseo se hizo aún más obsesiva. En Kagi (La llave, 1956) y Fūten rōjin no nikki (Diario de un viejo loco, 1961), a través de audaces descripciones, vincula sin tapujos sexo y vejez. Su explicitud dio mucho que hablar. El impulso sexual, enfatizado por el declive físico de la vejez, se acentúa y a través del eros sus obras profundizan en la dimensión más existencial del ser humano.

Tanizaki murió en 1965 a los 79 años, sin haber dejado de ser nunca un escritor comprometido en la búsqueda, a través de la sensualidad, de una belleza que trascienda la realidad.

Meses antes de morir, en su casa de Kioto, que llamó Senkantei (“Mansión del arroyo rumoroso”). Tanizaki posa junto a las actrices Kusabue Mitsuko (izquierda) y Tsukasa Yōko, habituales en los repartos de las adaptaciones al cine y a la televisión que se hicieron de obras del escritor y buenas amigas de este. (Sankei Shimbun)
Meses antes de morir, en su casa de Kioto, que llamó Senkantei (“Mansión del arroyo rumoroso”). Tanizaki posa junto a las actrices Kusabue Mitsuko (izquierda) y Tsukasa Yōko, habituales en los repartos de las adaptaciones al cine y a la televisión que se hicieron de obras del escritor y buenas amigas de este. (Sankei Shimbun)

Imagen del encabezado: elaborada a partir de una fotografía de Tanizaki Jun’ichirō a los 74 años. (Fotografía: Jiji Press)

(Traducido al español del original en japonés.)

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